19/2/11

La sonrisa - J.G Ballard



LA SONRISA
Ahora que una lógica de pesadilla ha llegado a su conclusión cuesta creer que, cuando llevé a Serena Cockayne a vivir conmigo a mi casa de Chelsea, mis amigos y yo lo consideramos el más inocente de los caprichos.

Dos temas me han fascinado siempre –la mujer y lo raro–, y Serena los combinaba a ambos, aunque no en un sentido vulgar o perverso. Durante las prolongadas cenas que tanto nos entretuvieron el primer verano que pasamos juntos, tres años atrás, su presencia a mi lado, hermosa, callada y eternamente tranquilizadora a su extraña manera, estuvo rodeada por toda clase de complejas y encantadoras ironías.

Nadie que conociese a Serena dejaba de quedar fascinado. Sentada tímidamente en su silla dorada junto a la puerta de la sala de estar, los pliegues azules del vestido de brocado la abrazaban como un tierno y devoto océano. A la hora de la cena, ya sentados, mis invitados miraban con divertido y tolerante afecto cómo llevaba yo a Serena y la ponía en el otro extremo de la mesa. Su tenue sonrisa, la más delicada flor de aquella piel incomparable, presidía nuestras ricas veladas con invariable calma. Después que se marchaban los últimos invitados, presentando sus respetos a Serena que los miraba desde la sala, la cabeza ladeada en esa pose tan característica, la llevaba con alegría a mi dormitorio.

Desde luego, Serena nunca participaba de nuestras conversaciones, y ése era sin duda un vital elemento de su encanto. Mis amigos y yo pertenecíamos a esa generación de hombres que al comienzo de la madurez se había visto obligada, aunque sólo fuese por necesidad sexual, a una aburrida aceptación del feminismo militante, y había algo en la pasiva belleza de Serena, en su inmaculado pero anticuado maquillaje, y ante todo en su inquebrantable silencio que expresaba una profunda y grata deferencia hacia nuestra herida masculinidad. En todos los sentidos, Serena era el tipo de mujer que inventan los hombres.

Pero eso fue antes de que descubriese la verdadera naturaleza del temperamento de Serena, y el papel más ambiguo que desempeñaría en mi vida, del que ahora quiero librarme con tanto anhelo.

Apropiadamente –aunque entonces se me escapó del todo la ironía–, vi a Serena por primera vez en el Fin del Mundo, en esa zona del lado bajo de King's Road ocupado ahora por un grupo de edificios de departamentos pero que sólo tres años atrás era todavía un enclave de tiendas de antigüedades de segunda, boutiques andrajosas y galerías del siglo diecinueve que pedían a gritos una reurbanización. Volviendo de la oficina me detuve ante una pequeña tienda de curiosidades que anunciaba oportunidades por cierre, y escudriñé, a través de la vidriera manchada de azufre, lo poco que quedaba en exhibición. Casi todo se había terminado, fuera de un montículo de raídos paraguas victorianos desplomados en un rincón como una bruja putrefacta y un viejo juego de patas de elefante disecadas. Había algo de conmovedor en esa docena de monolitos, todo lo que quedaba de una manada solitaria masacrada a causa del marfil hacía un siglo. Los imaginé exhibidos secretamente alrededor de mi sala de estar, llenando el aire con sus presencias invisibles pero dignas. Dentro de la tienda una joven empleada, sentada detrás de una mesa de marquetería, me miraba con la cabeza inclinada hacia un lado como calculando pacientemente hasta qué punto sería yo un cliente serio. Esa pose tan poco profesional, y su total falta de reacción cuando entré en la tienda, me tendrían que haber puesto sobre aviso, pero el aspecto tan poco común de la joven ya me había impresionado.

Lo primero que noté, y que transformaba el sucio interior de la tienda, era la magnificencia de su vestido de brocado, muy lejos de las posibilidades de una vendedora en ese deteriorado extremo de King's Road. Sobre un fondo de un lustroso azul, un cerúleo de profundidades casi oceánicas, el dibujo de oro y plata subía desde el suelo, a sus pies, tan suntuoso que casi temí que el vestido se levantase como una ola y se la llevase. En comparación, su cabeza y sus hombros recatados, el busto pálido discretamente sugerido por el corpiño bajo, brotaban con extraordinaria serenidad de ese mar resplandeciente, como si su dueña fuese una dócil y doméstica Afrodita tranquilamente sentada a horcajadas sobre Poseidón. Aunque poco más que una adolescente, su pelo, deliberadamente, no estaba peinado a la moda, como si se lo hubiera arreglado, con mucho cariño, una anciana devota de las revistas de cine de la década del veinte. Bajo de ese casco rubio, su rostro había sido pintado y empolvado con el mismo cuidado pródigo, depiladas las cejas y subida la línea del cuero cabelludo, sin ningún ánimo de pastiche ni de falsa nostalgia, tal vez obra de una madre excéntrica que todavía soñaba con Valentino.

Sus manos pequeñas descansaban en su falda, aparentemente enlazadas pero en realidad separadas por un estrecho espacio, una pose estilizada que sugería que estaba tratando de apresar un instante de tiempo que de lo contrario podría escabullírsele. En su boca flotaba una débil sonrisa, a la vez pensativa y tranquilizadora, como si se hubiese resignado, de la manera más adulta, al mundo caduco de esa moribunda tienda de curiosidades.

–Lamento enterarme de que va a cerrar –le dije–. Esos pies de elefante que hay en la vidriera... tienen algo de conmovedor. Ella no contestó. Sus manos siguieron enlazadas con la misma separación de milímetros, sus ojos mirando fijo, con esa expresión de trance, la puerta que yo había cerrado a mis espaldas. Estaba sentada en una silla de un diseño peculiar, un artefacto de tres patas de teca barnizada que era una mezcla de pedestal y de caballete de pintor.

Al comprender que se trataba de un aparato ortopédico y que ella era probablemente lisiada –eso explicaba el complejo maquillaje y la postura tiesa– me incliné para hablarle

de nuevo. Entonces vi la placa de bronce clavada en la cúspide del trípode de teca donde ella estaba sentada: «Serena Cockayne» , unida a la placa había una etiqueta polvorienta con un precio: «250».

Haciendo memoria, me resulta curioso que haya tardado tanto en darme cuenta de que no estaba mirando una mujer verdadera sino un complejo maniquí, una obra maestra, el producto de un notable virtuoso. Eso explicaba al fin su vestido Eduardiano y su peluca antigua, los cosméticos y la expresión facial de la década del veinte. A pesar de todo, el parecido con una mujer verdadera era asombroso. Los contornos de los hombros ligeramente curvos, la piel demasiado perlina e inmaculada, las pocas hebras de pelo de la nuca que habían escapado de la atención del fabricante de pelucas, la insólita delicadeza con que habían sido modelados –casi por un acto de amor sexual– las ventanas de la nariz, las orejas y los labios, representaban en conjunto un tour de forcé tan pasmoso que casi ocultaba el ingenio sutil de toda la aventura. Yo ya pensaba en el impacto que esa réplica de tamaño natural tendría en las mujeres de mis amigos cuando se la presentase.

Sentí que corrían una cortina a mis espaldas. El dueño de la tienda, un homosexual joven y astuto, se acercó con un gato blanco en brazos; alzó la mandíbula al oír mi risa de satisfacción. Yo ya había sacado la chequera y estampado mi firma con un gesto ceremonioso digno de la ocasión.

Cargué a Serena Cockayne en un taxi y me la traje a vivir conmigo. Al pensar en el primer verano que pasamos juntos, lo recuerdo como un tiempo de perpetuo buen humor, en el que la presencia de Serena enriquecía casi cada aspecto de mi vida. Correcta y discreta, ella teñía todo lo que me rodeaba con las más deliciosas ironías. Sentada tranquilamente junto a la chimenea de mi estudio mientras yo leía, presidiendo la cena como dueña de casa, su sonrisa plácida y su mirada serena iluminaban el aire.

Ninguno de mis amigos dejó de caer en el engaño, y todos me felicitaron por haber montado semejante golpe de efecto. Sus mujeres, desde luego, miraban a Serena con recelo, y evidentemente la consideraban parte de una travesura adolescente o sexista. Pero yo ponía mi cara más inexpresiva, y en unos pocos meses todos dimos por sentada su presencia en mi casa.

En verdad, al llegar el otoño ya formaba parte de mi vida, hasta tal punto que muchas veces no reparaba en ella.

Poco después de su llegada le había sustituido el pedestal por una pequeña silla dorada en la que podía transportarla cómodamente de una a otra habitación. Serena era notablemente liviana. Sin duda su inventor –ese genio desconocido del arte de fabricar muñecas– le había insertado una sólida armadura, pues su postura, al igual que su expresión, nunca cambiaba. En ninguna parte había indicios de la fecha o lugar de fabricación, pero por los gastados zapatos de charol que a veces asomaban por debajo del vestido de brocado calculé que la habían armado hacía unos veinte años, probablemente como doble de una actriz durante la época dorada de la industria cinematográfica de posguerra. Cuando regresé a la tienda a preguntar por sus anteriores dueños todo el Fin del Mundo había sido reducido a escombros.

Una noche de domingo, en noviembre, aprendí algo más sobre Serena Cockayne.

Después de trabajar toda la tarde en el estudio levanté la mirada del escritorio y la vi sentada de espaldas en el rincón. Distraído por un problema profesional, la había dejado allí sin darme cuenta después del almuerzo, y se le notaba una cierta melancolía en los hombros cargados, casi como si hubiese caído en desgracia.

Al hacerla girar hacia mí noté una pequeña mancha en su hombro izquierdo, tal vez una partícula de yeso caída del cielo raso. Intenté cepillarla, pero la mancha no desapareció. Se me ocurrió que la piel sintética, probablemente fabricada con algún plástico experimental primitivo, podría haber comenzado a deteriorarse. Encendí una lámpara de mesa y examiné los hombros de Serena con mayor atención.

Contra el oscuro fondo del estudio, la aureola de vello que cubría la piel de Serena confirmaba toda mi admiración por el genio de su hacedor. Defectos casi imperceptibles, manchas sutilmente tenues que sugerían superficiales vasos capilares, arraigaban la ilusión en el realismo más firme. Yo siempre había creído que esa obra maestra de imitación cutánea no se prolongaría más allá de unos cinco centímetros por debajo del vestido, y que el resto del cuerpo de Serena estaría hecho con madera y cartón piedra.

Mirando los angulosos planos de esos omóplatos, las modestas curvaturas de los pechos tan bien ocultos, di rienda suelta a un impulso repentino y nada lascivo. De pie detrás de Serena, tomé entre los dedos el cierre plateado y, con un solo movimiento, se lo bajé hasta la cintura.

Mientras miraba la ininterrumpida extensión de piel blanca que se prolongaba hasta un par de caderas rollizas y los inconfundibles hemisferios de las nalgas, comprendí que el maniquí que tenía delante representaba a una mujer completa, y que su creador había prodigado tanta habilidad y arte en esas partes cubiertas de su anatomía como en las visibles.

El cierre se había atascado en el extremo inferior de la oxidada cremallera. Había algo de ofensivo en el forcejeo con el vestido suelto de esa mujer semidesnuda. Mis dedos tocaron la piel de la espalda, sacando el polvo que se había acumulado allí durante años.

Entre la columna y la cadera, en diagonal, presentaba la huella de una considerable cicatriz.

Di por sentado que esa marca señalaba una abertura esencial para la fabricación de esos modelos. Pero las hileras de suturas, a ambos lados de la cicatriz, eran demasiado evidentes. Me levanté, y por unos instantes observé a esa mujer parcialmente desnuda, que miraba plácidamente la chimenea con la cabeza ladeada y las manos enlazadas.

Cuidando de no dañarla, le aflojé el corpiño.

Aparecieron las curvaturas superiores de los pechos, marcadas por los breteles.

Entonces vi, dos centímetros por encima del pezón izquierdo todavía oculto, un enorme lunar negro. Le subí el cierre del vestido y le alisé con suavidad la tela sobre los hombros. Me arrodillé en la alfombra delante de ella y le miré con atención el rostro, las tenues fisuras de las comisuras de la boca, las diminutas venas de la mejilla, una cicatriz infantil debajo de la barbilla. Me dominó una curiosa sensación de excitación y de asco, como si hubiera cometido un acto de canibalismo.

Ahora sabía que la persona sentada en la silla dorada no era un maniquí sino una mujer que en otro tiempo había estado viva, y cuya piel incomparable había sido disecada y conservada para siempre por un maestro, pero no un maestro del arte de fabricar muñecas sino del arte de la taxidermia.

En ese momento me enamoré perdidamente de Serena Cockayne.

Durante el mes siguiente mi obsesión amorosa por Serena tuvo toda la intensidad de la que es capaz un hombre maduro. Abandoné la oficina, dejando que el personal se las arreglase por su cuenta, y pasé todo el tiempo con Serena, cuidándola como el amante más devoto. A un costo inmenso hice instalar en mi casa un complejo sistema de aire acondicionado, de un tipo que solamente se utiliza en museos de arte. En el pasado yo había trasladado a Serena de una habitación caliente a una fría sin pensar en su cutis, que suponía hecho con plástico insensible, pero ahora regulaba cuidadosamente la temperatura y la humedad, decidido a preservarla para siempre. Cambié de orden todo el mobiliario de la casa para evitar lastimarle los brazos y los hombros cuando la llevaba de un ambiente a otro. Por las mañanas me despertaba ansioso para verla a los pies de la cama, luego la sentaba a la mesa del desayuno. Se mantenía todo el día a mi alcance, sonriéndome con una expresión que casi me convencía de que respondía a mis sentimientos.

Abandoné por completo la vida social, interrumpiendo las cenas y viendo a pocos amigos. Acepté una o dos visitas, pero sólo para mitigar sospechas. Durante esas conversaciones breves y vacías yo observaba a Serena en el otro extremo de la sala de estar con toda la excitación que puede producir una relación ilícita. Celebramos la Navidad solos. Dada la juventud de Serena –a veces, distraído, la sorprendía mirando desde el otro lado de la sala y me parecía poco más que una niña– decidí decorar la casa de la manera tradicional, con un árbol cubierto de adornos, hojas de acebo, serpentinas y muérdago.

Poco a poco transformé las habitaciones en una serie de glorietas, desde las cuales ella presidía nuestras festividades como la virgen de una procesión de retablos. En la Nochebuena, a las doce, la coloqué en el centro de la sala y le puse mis regalos a los pies. Por un momento sus manos parecieron casi tocarse, como aplaudiendo mis esfuerzos. Inclinándome debajo de la rama de muérdago que le colgaba por encima de la cabeza, acerqué mis labios a los de ella, hasta una distancia similar a la que separaba sus manos.

A todo ese cariño y devoción, Serena respondía como una novia. Su rostro delgado, antes tan ingenuo con esa sonrisa vacilante, se ablandó y adquirió el aire alegre de una esposa joven y satisfecha. Después de Año Nuevo decidí volver a mostrarnos en el mundo, y ofrecí la primera de una pequeña serie de cenas. Mis amigos se alegraron de vernos de tan buen humor, y aceptaron a Serena como una más del grupo. Regresé a la oficina, y allí trabajaba feliz todo el día hasta que partía hacia mi casa, donde indefectiblemente me esperaba Serena con el cálido interés de una esposa orgullosa y devota.

Mientras me vestía para una de esas veladas se me ocurrió que Serena era la única de todos nosotros que no podía cambiar su ropa o su peinado. Desafortunadamente, el descuido formal de su aspecto comenzaba a revelar los primeros signos de una domesticidad excesiva. El peinado antes tan elegante se le había desarreglado, y se le veían muy claramente los pelos rubios sueltos. Del mismo modo, el inmaculado maquillaje del rostro mostraba ahora los primeros signos de desgaste.

Después de pensarlo mucho, decidí pedir los servicios de un cercano salón de peluquería y belleza. Cuando los llamé por teléfono aceptaron instantáneamente enviar a mi casa un integrante del equipo.

Y ahí empezaron mis problemas. La única emoción que nunca había sospechado poseer, y que jamás había sentido por ningún ser humano, me atenazó el corazón. El joven que llegó, trayendo consigo un equipo que era una pequeña mudanza, parecía bastante inofensivo. Aunque de tez morena y físico vigoroso, tenía algo de afeminado, y evidentemente no había peligro en dejarlo solo con Serena.

A pesar de toda la seguridad que mostraba, pareció sorprenderse cuando le presenté a Serena; su cortés «Buenos días, señora...» terminó en un murmullo. La miró boquiabierto, temblando en el aire frío, evidentemente pasmado por su belleza y por su serenidad. Lo dejé para que continuase con lo que tenía que hacer y pasé la hora siguiente trabajando en mi estudio, distraído de vez en cuando por algunos compases de El barbero de Sevilla y Mi bella dama que sonaban en el piso de abajo. Cuando el hombre concluyó su tarea, inspeccioné el trabajo, encantado de ver que le había devuelto a Serena todos los matices de su gloria original. Había desaparecido el ama de casa excesivamente hogareña, y en su lugar estaba la ingenua Afrodita que había visto por primera vez en la tienda de curiosidades seis meses antes.

Yo estaba tan complacido que decidí pedir de nuevo los servicios del joven, y sus visitas se convirtieron en un acontecimiento semanal. Gracias a sus atenciones, y a mi devoción por controlar la temperatura y la humedad, el cutis de Serena recuperó toda su perfección. Hasta mis huéspedes señalaban el notable florecimiento de su aspecto.

Profundamente satisfecho, esperaba con ilusión la llegada de la primavera, y la celebración de nuestro primer aniversario.

Seis semanas más tarde, mientras el joven peluquero trabajaba en la sala de estar de Serena, en la planta alta, volví por casualidad al dormitorio a buscar un libro. Oí nítidamente la voz del joven, casi un susurro, como si estuviera transmitiendo un mensaje personal. Miré por la puerta abierta. Estaba arrodillado delante de Serena, dándome la espalda, la paleta de cosméticos en una mano y el pincel en la otra, gesticulando con ellos de un modo travieso y divertido. Iluminada por la obra del joven, Serena lo miraba directamente a la cara, los labios recién pintados casi húmedos de anticipación. Sin lugar a dudas, el joven le estaba murmurando discretas palabras de cariño.

Durante los días siguientes sentí que una especie de enfermedad se había apoderado de mi cabeza. Mientras trataba sin éxito de dominar el dolor de aquellos primeros e intensos celos, me vi obligado a admitir que el joven era de la edad de Serena, y que ella siempre tendría más en común con él que conmigo. Superficialmente, nuestra vida siguió como antes –nos sentábamos juntos en el estudio cuando yo volvía de la oficina, llevaba a Serena a la sala de estar cuando venían mis amigos, y nos acompañaba en la mesa a la hora de cenar– pero yo sabía que en nuestra relación había entrado una nota de formalidad. Serena no volvió a pasar la noche en mi dormitorio, y noté que, a pesar de esa sonrisa tranquila, yo no la atraía como antes.

A pesar de mis crecientes sospechas, el joven peluquero continuó realizando sus visitas. Fuera lo que fuese la crisis que Serena y yo estábamos atravesando, no pensaba rendirme.

Durante las largas horas de esas visitas tenía que luchar cada segundo para contenerme y no subir corriendo por la escalera. Desde la sala yo oía a menudo la voz del peluquero murmurando en ese tono insinuante, ahora en voz más alta, como si quisiera incitarme. Cuando se iba sentía su desprecio.

Yo me tomaba una hora antes de subir lentamente las escaleras hasta la habitación de Serena. Su belleza extraordinaria, encendida de nuevo por los halagos del joven, hacía crecer mi rabia. Incapaz de hablar, caminaba alrededor de ella como un marido fracasado, notando los sutiles cambios en el rostro de Serena. Aunque más juvenil en todo sentido, recordándome dolorosamente los treinta años que nos separaban, su expresión, después de cada visita, se volvía un poco menos ingenua, como la de una joven esposa que se plantea la primera aventura amorosa. Una onda sofisticada modulaba ahora la curva de pelo rubio que le caía sobre la sien derecha. Los labios eran más delgados, la boca más fuerte y más madura.

Inevitablemente, inicié una relación con otra mujer, la esposa separada de un amigo íntimo, pero me aseguré de que Serena no supiese nada de esa ni de las demás infidelidades que ocurrieron durante las semanas siguientes. Además, patéticamente, empecé a beber, y me pasaba las tardes borracho sentado en los departamentos vacíos de mis amigos, sosteniendo largas e imaginarias conversaciones con Serena en las que yo era a la vez abyecto y agresivo. En casa empecé a hacerme el marido dictatorial, a dejarla toda la noche en el piso de arriba y a negarme caprichosamente a hablar con ella en la mesa, durante la cena. Mientras tanto miraba con ojos paralizados cómo entraba y salía el joven peluquero, galán insolente que subía las escaleras silbando.

Tras la última de sus visitas llegó el fastidioso desenlace. Yo había pasado la tarde bebiendo solo en un restaurant, ante la paciente mirada de los camareros. Mientras volvía en taxi a mi casa tuve una repentina y confusa revelación acerca de Serena y de mí mismo. Comprendí que nuestro fracaso había sido totalmente culpa mía, que mis celos por su inofensivo coqueteo con el joven habían exagerado todo hasta proporciones absurdas.

Liberado de semanas de agonía por esa decisión, pagué el taxi en la puerta, entré en el frío ambiente de mi casa y subí corriendo las escaleras. Desaliñado pero feliz, caminé hacia Serena, sentada tranquilamente en el centro de su sala de estar, dispuesto a abrazarla y a perdonarnos a ambos.

Entonces noté que, a pesar de su inmaculado maquillaje y de su peinado extravagante, el vestido de brocado le colgaba de los hombros de una manera extraña. Del lado derecho se le veía toda la clavícula, y su corpiño se había deslizado hacia adelante como si alguien le hubiera estado manoseando el pecho. Todavía le flotaba la sonrisa en los labios, como pidiéndome de la manera más amable que me resignase a las realidades de la vida adulta.

Furioso, me adelanté y le di una bofetada.

Cuánto lamento ese absurdo arrebato. En los dos años que han pasado he tenido tiempo de sobra para reflexionar sobre los peligros de una catarsis demasiado apresurada. Serena y yo todavía vivimos juntos, pero todo ha terminado entre nosotros.

Ella se queda todo el tiempo en su silla dorada al lado de la chimenea de la sala de estar, y me acompaña a la mesa cuando vienen mis amigos a cenar. Pero lo que se ve de nuestra relación no es más que la cáscara seca de un sentimiento que ya no está.

Al principio, después de golpearla en la cara, no noté demasiados cambios. Recuerdo haberme quedado en esa habitación de la planta alta con la mano lastimada. Me tranquilicé, me cepillé el polvo de tocador de los nudillos y decidí hacer un balance de mi vida. Desde entonces dejé de beber y fui a la oficina todos los días, entregándome por entero al trabajo.

Para Serena, no obstante, el incidente marcó la primera etapa de lo que resultó ser una transformación decisiva. En unos pocos días noté que había perdido parte de su lozanía. La cara se le arrugó, la nariz se le volvió más prominente.

La comisura de la boca donde la había golpeado pronto se le hinchó y se le torció hacia abajo en un gesto irónico. Con la ausencia del peluquero –a quien yo había despedido diez minutos antes de golpearla a ella– el deterioro de Serena pareció acelerarse. El exquisito peinado que el joven le había creado pronto se le desató, y los pelos sueltos le cayeron sobre los hombros.

Al cabo de nuestro segundo año de convivencia Serena Cockayne había envejecido toda una década. A veces, al verla encorvada en su silla dorada y con esas ropas todavía brillantes, casi me convencía de se había propuesto perseguirme y alcanzarme como parte de un complejo plan de venganza. Su postura se había hundido, y los hombros caídos le daban un prematuro aspecto de vieja. Con esos ojos desenfocados y esos pelos desordenados me hacía pensar a menudo en una solterona entrada en años. Sus manos se habían tocado al fin, y se enlazaban de un modo protector y nostálgico.

Últimamente se ha producido un hecho mucho más inquietante. Tres años después de nuestro primer encuentro Serena entró en una nueva etapa de franco deterioro. A causa de alguna intrínseca debilidad de la columna, tal vez vinculada con la operación cuyas cicatrices le atraviesan la espalda, la postura de Serena se ha alterado. En el pasado se inclinaba ligeramente hacia adelante, pero hace tres días descubrí que se había desplomado contra el respaldo de la silla. Ahora está allí sentada de un modo rígido y torpe, estudiando el mundo con un ojo crítico y desequilibrado, como una belleza descolorida y demente. Casi se le ha cerrado un párpado, lo que le da al rostro ceniciento un aspecto casi cadavérico. Las manos siguen chocando lentamente, y han comenzado a retorcerse una sobre la otra, rotando hasta crearse una parodia deforme que pronto se transformará en un ademán obsceno.

Me aterroriza ante todo su sonrisa. Verla ha alterado toda mi vida, pero me resulta imposible apartar de ella la mirada. A medida que su cara se ha ido ablandando, la sonrisa se le ha ido ensanchando y torciendo todavía más. Aunque ha tardado dos años en lograr todo su efecto, aquella bofetada ha convertido la boca en una mueca de reproche. Hay en la sonrisa de Serena algo de perspicaz e implacable. Mientras la miro ahora mismo, desde el otro lado del estudio, creo ver en ella un conocimiento completo de mi personalidad, un juicio que desconozco y del que nunca podré escapar.

Cada día la sonrisa se arrastra otro poco por esa cara.

El avance es irregular, y muestra aspectos de su desprecio hacia mí que me dejan aturdido y mudo. La baja temperatura ayuda a conservar a Serena, y hace frío en este lugar. Si encendiera el sistema de calefacción quizá podría librarme de ella en unas pocas semanas, pero jamás lo haré. Me lo impide esa mueca. Además, estoy completamente atado a Serena.

Por fortuna, Serena envejece ahora más rápido que yo. Mirando impotente su sonrisa, el abrigo sobre los hombros, espero que se muera y me deje en libertad.


J.G Ballard
De: Mitos del futuro próximo (1982)
***

23/3/10

Cartas de mamá


Cartas de mamá
Julio Cortazar 

Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a Luis le bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que otra vez más habría de franquear el puente. San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde lo esperaban a veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino. Con el sobre en la mano, después del Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya lo mismo que el día anterior, que todos los días anteriores. Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la vida de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. Aun antes de eso que acababa de leer —y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de convencerse—, las cartas de mamá; eran siempre una alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había querido y trazado y conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su vida y a París en su vida. Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después el las borraba en el acto mismo de contestarlas cariñosamente) que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja de lana que los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad condicional, la irrisión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar una puerta.

     Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco del pasado, casi nunca del caserón de Flores. No es que a Luis no le gustara acordarse de Buenos Aires. Más bien se trataba de evadir nombres (las personas, evadidas hacía ya tanto tiempo, los verdaderos fantasmas que son los nombres, esa duración pertinaz). Un día se había animado a decirle a Laura: «Si se pudiera romper y tirar el pasado como el borrador de una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre, manchando la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro.» En realidad, por qué no habían de hablar de Buenos Aires donde vivía la familia, donde los amigos de cuando en cuando adornaban una postal con frases cariñosas. Y el roto-grabado de La Nación con los sonetos de tantas señoras entusiastas, esa sensación de ya leído, de para qué. Y de cuando en cuando alguna crisis de gabinete, algún coronel enojado, algún boxeador magnífico. ¿Por qué no habían de hablar de Buenos Aires con Laura? Pero tampoco ella volvía al tiempo de antes, sólo al azar de algún diálogo, y sobre todo cuando llegaban cartas de mamá, dejaba caer un nombre o una imagen como monedas fuera de circulación, objetos de un mundo caduco en la lejana orilla del río.

—Eh oui, fait lourd —dijo el obrero sentado frente a él.
«Si supiera lo que es el calor —pensó Luis—. Si pudiera andar una tarde de febrero por la Avenida de Mayo, por alguna callecita de Liniers.»

      Sacó otra vez la carta del sobre, sin ilusiones: el párrafo estaba ahí, bien claro. Era perfectamente absurdo pero estaba ahí. Su primera reacción, después de la sorpresa, el golpe en plena nuca, era como siempre de defensa. Laura no debía leer la carta de mamá. Por más ridículo que fuese el error, la confusión de nombres (mamá había querido escribir «Víctor» y había puesto «Nico»), de todos modos Laura se afligiría, sería estúpido. De cuando en cuando se pierden cartas; ojalá ésta se hubiera ido al fondo del mar. Ahora tendría que tirarla al water de la oficina, y por supuesto unos días después Laura se extrañaría: «Qué raro, no ha llegado carta de tu madre.» Nunca decía tu mamá, tal vez porque había perdido a la suya siendo niña. Entonces él contestaría: «De veras, es raro. Le voy a mandar unas líneas hoy mismo», y las mandaría, asombrándose del silencio de mamá. La vida seguiría igual, la oficina, el cine por las noches, Laura siempre tranquila, bondadosa, atenta a sus deseos. Al bajar del autobús en la rue de Rennes se preguntó bruscamente (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) por qué no quería mostrarle a Laura la carta de mamá. No por ella, por lo que ella pudiera sentir. No le importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara. (¿No le importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara?) No, no le importaba gran cosa. (¿No le importaba?) Pero la primera verdad, suponiendo que hubiera otra detrás, la verdad inmediata por decirlo así, era que le importaba la cara que pondría Laura, la actitud de Laura. Y le importaba por él, naturalmente, por el efecto que le haría la forma en que a Laura iba a importarle la carta de mamá. Sus ojos caerían en un momento dado sobre el nombre de Nico, y él sabéa que el mentón de Laura empezaría a temblar ligeramente, y después Laura diría: «Pero qué raro... ¿qué le habrá pasado a tu madre?» Y él habría sabido todo el tiempo que Laura se contenía para no gritar, para no esconder entre las manos un rostro desfigurado ya por el llanto, por el dibujo del nombre de Nico temblándole en la boca.

     En la agencia de publicidad donde trabajaba como diseñador, releyó la carta, una de las tantas cartas de mamá, sin nada de extraordinario fuera del párrafo donde se habáa equivocado de nombre. Pensó si no podría borrar la palabra, reemplazar Nico por Víctor, sencillamente reemplazar el error por la verdad, y volver con la carta a casa para que Laura la leyera. Las cartas de mamá interesaban siempre a Laura, aunque de una manera indefinible no le estuvieran destinadas. Mamá le escribía a él; agregaba al final, a veces a mitad de la carta, saludos muy cariñosos para Laura. No importaba, las leía con el mismo interés, vacilando ante alguna palabra ya retorcida por el reuma y la miopía. «Tomo Saridón, y el doctor me ha dado un poco de salicilato...» Las cartas se posaban dos o tres días sobre la mesa de dibujo; Luis hubiera querido tirarlas apenas las contestaba, pero Laura las releía, a las mujeres les gusta releer las cartas, mirarlas de un lado y de otro, parecen extraer un segundo sentido cada vez que vuelven a sacarlas y a mirarlas. Las cartas de mamá eran breves, con noticias domésticas, una que otra referencia al orden nacional (pero esas cosas que ya se sabían por los telegramas de Le Monde, llegaban siempre tarde por su mano). Hasta podía pensarse que las cartas eran siempre la misma, escueta y mediocre, sin nada interesante. Lo mejor de mamá era que nunca se había abandonado a la tristeza que debía causarle la ausencia de su hijo y de su nuera, ni siquiera al dolor —tan a gritos, tan a lágrimas al principio— por la muerte de Nico. Nunca, en los dos años que llevaban ya en París, mamá había mencionado a Nico en sus cartas. Era como Laura, que tampoco lo nombraba. Ninguna de las dos lo nombraba, y hacía más de dos años que Nico había muerto. La repentina mención de su nombre a mitad de la carta era casi un escándalo. Ya el solo hecho de que el nombre de Nico apareciera de golpe en una frase, con la N larga y temblorosa, la o con una torcida; pero era peor, porque el nombre se situaba en una frase incomprensible y absurda, en algo que no podía ser otra cosa que un anuncio de senilidad. De golpe mamá perdía la noción del tiempo, se imaginaba que... El párrafo venía después de un breve acuse de recibo de una carta de Laura. Un punto apenas marcado con la débil tinta azul comprada en el almacén del barrio, y a quemarropa: «Esta mañana Nico preguntó por ustedes.» El resto seguía como siempre: la salud, la prima Matilde se había caído y tenía una clavícula sacada, los perros estaban bien. Pero Nico había preguntado por ellos.

      En realidad hubiera sido fácil cambiar Nico por Víctor, que era el que sin duda había preguntado por ellos. El primo Víctor, tan atento siempre. Víctor tenía dos letras más que Nico, pero con una goma y habilidad se podían cambiar los nombres. Esta mañana Víctor preguntó por ustedes. Tan natural que Víctor pasara a visitar a mamá y le preguntara por los ausentes.

      Cuando volvió a almorzar, traía intacta la carta en el bolsillo. Seguía dispuesto a no decirle nada a Laura, que lo esperaba con su sonrisa amistosa, el rostro que parecía haberse dibujado un poco desde los tiempos de Buenos Aires, como si el aire gris de París le quitara el color y el relieve. Llevaban más de dos años en París, habían salido de Buenos Aires apenas dos meses después de la muerte de Nico, pero en realidad Luis se había considerado como ausente desde el día mismo de su casamiento con Laura. Una tarde, después de hablar con Nico que estaba ya enfermo, se había jurado escapar de la Argentina, del caserón de Flores, de mamá y los perros y su hermano (que ya estaba enfermo). En aquellos meses todo había girado en torno a él como las figuras de una danza. Nico, Laura, mamá, los perros, el jardín. Su juramento había sido el gesto brutal del que hace trizas una botella en la pista, interrumpe el baile con un chicotear de vidrios rotos. Todo había sido brutal en eso días: su casamiento, la partida sin remilgos ni consideraciones para con mamá, el olvido de todos los deberes sociales, de los amigos entre sorprendidos y desencantados. No le había importado nada, ni siquiera el asomo de protesta de Laura. Mamá se quedaba sola en el caserón, con los perros y los frascos de remedios, con la ropa de Nico colgada todavía en un ropero. Que se quedara, que todos se fueran al demonio. Mamá había parecido comprender, ya no lloraba a Nico y andaba como antes por la casa, con la fría y resuelta recuperación de los viejos frente a la muerte. Pero Luis no quería acordarse de lo que había sido la tarde de la despedida, las valijas, el taxi en la puerta, la casa ahí con toda la infancia, el jardín donde Nico y él habían jugado a la guerra, los dos perros indiferentes y estúpidos. Ahora era casi capaz de olvidarse de todo eso. Iba a la agencia, dibujaba afiches, volvía a comer, bebía la taza de café que Laura le alcanzaba sonriendo. Iban mucho al cine, mucho a los bosques, conocían cada vez mejor París. Habían tenido suerte, la vida era sorprendentemente fácil, el trabajo pasable, el departamento bonito, las películas excelentes. Entonces llegaba carta de mamá.

     No las detestaba; si le hubieran faltado habría sentido caer sobre él la libertad como un peso insoportable. Las cartas de mamá le traían un tácito perdón (pero de nada había que perdonarlo), tendían el puente por donde era posible seguir pasando. Cada una lo tranquilizaba o lo inquietaba sobre la salud de mamá, le recordaba la economía familiar, la permanencia de un orden. Y a la vez odiaba ese orden. Y a la vez odiaba ese orden y lo odiaba por Laura, porque Laura estaba en París pero cada carta de mamá la definía como ajena, como cómplice de ese orden que el había repudiado una noche en el jardín, después de oír una vez más la tos apagada, casi humilde de Nico.

     No, no le mostraría la carta. Era innoble sustituir un nombre por otro, era intolerable que Laura leyera la frase de mamá. Su grotesco error, su tonta torpeza de un instante —la veía luchando con una pluma vieja, con el papel que se ladeaba, con su vista insuficiente—, crecería con Laura como una semilla fácil. Mejor tirar la carta (la tiró esa tarde misma) y por la noche ir al cine con Laura, olvidarse lo antes posible de que Víctor había preguntado por ellos. Aunque fuera Víctor, el primo tan bien educado, olvidarse de que Víctor había preguntado por ellos.

      Diabólico, agazapado, relamiéndose, Tom esperaba que Jerry cayera en la trampa. Jerry no cayó, y llovieron sobre Tom catástrofes incontables. Después Luis compró helados, los comieron mientras miraban distraídamente los anuncios en colores. Cuando empezó la película, Laura se hundió un poco más en su butaca y retiró la mano del brazo de Luis. Él la sentía otra vez lejos, quién sabe si lo que miraban juntos era ya la misma cosa para los dos, aunque más tarde comentaran la película en la calle o en la cama. Se preguntó (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) si Nico y Laura habían estado así de distantes en los cines, cuando Nico la festejaba y salían juntos. Probablemente habían conocido todos los cines de Flores, toda la rambla estúpida de la calle Lavalle, el león, el atleta que golpea el gongo, los subtítulos en castellano por Carmen de Pinillos, los personajes de esta película son ficticios, y toda relación... Entonces, cuando Jerry había escapado de Tom y empezaba la hora de Bárbara Stanwyck o de Tyron Power, la mano de Nico se acostaría despacio sobre el muslo de Laura (el pobre Nico, tan tímido, tan novio), y los dos se sentirían culpables de quién sabe qué. Bien le constaba a Luis que no habían sido culpables de nada definitivo; aunque no hubiera tenido la más deliciosa de las pruebas, el veloz desapego de Laura por Nico hubiera bastado para ver en ese noviazgo un mero simulacro urdido por el barrio, la vecindad, los círculos culturales y recreativos que son la sal de Flores. Había bastado el capricho de ir una noche a la misma sala de baile que frecuentaba Nico, el azar de una presentación fraternal. Tal vez por eso, por la facilidad del comienzo, todo el resto había sido inesperadamente duro y amargo. Pero no quería acordarse ahora, la comedia había terminado con la blanda derrota de Nico, su melancólico refugio en una muerte de tísico. Lo raro era que Laura no lo nombrara nunca, y que por eso tampoco él lo nombrara, que Nico no fuera ni siquiera el difunto, ni siquiera el cuñado muerto, el hijo de mamá. Al principio le había traído un alivio después del turbio intercambio de reproches, del llanto y los gritos de mamá, de la estúpida intervención del tío Emilio y del primo Víctor (Víctor preguntó esta mañana por ustedes), el casamiento apresurado y sin más ceremonia que un taxi llamado por teléfono y tres minutos delante de un funcionario con caspa en las solapas. Refugiados en un hotel de Adrogué, lejos de mamá y de toda la parentela desencadenada, Luis había agradecido a Laura que jamás hiciera referencia al pobre fantoche que tan vagamente había pasado de novio a cuñado. Pero ahora, con un mar de por medio, con la muerte y dos años de por medio, Laura seguía sin nombrarlo, y él se plegaba a su silencio por cobardía, sabiendo que en el fondo ese silencio lo agraviaba por lo que tenía de reproche, de arrepentimiento, de algo que empezaba a parecerse a la traición. Más de una vez había mencionado expresamente a Nico, pero comprendía que eso no contaba, que la respuesta de Laura tendía a desviar la conversación. Un lento territorio prohibido se había ido formando poco a poco en su lenguaje, aislándolos de Nico, envolviendo su nombre y su recuerdo en un algodón manchado y pegajoso. Y del otro lado mamá hacía lo mismo, confabulaba inexplicablemente en el silencio. Cada carta hablaba de los perros, de Matilde, de Víctor, del salicilato, del pago de la pensión. Luis había esperado que alguna vez mamá aludiera a su hijo para aliarse con ella frente a Laura, obligar cariñosamente a Laura a que aceptara la existencia póstuma de Nico. No porque fuera necesario, a quién le importaba nada de Nico vivo o muerto, pero la tolerancia de su recuerdo en el panteón del pasado hubiera sido la oscura, irrefutable prueba de que Laura lo había olvidado verdaderamente y para siempre. Llamado a la plena luz de su nombre el íncubo se hubiera desvanecido, tan débil e inane como cuando pisaba la tierra. Pero Laura seguía callando el nombre de Nico, y cada vez que lo callaba, en el momento preciso en que hubiera sido natural que lo dijera y exactamente lo callaba, Luis sentía otra vez la presencia de Nico en el jardín de Flores, escuchaba su tos discreta preparando el más perfecto regalo de bodas imaginable, su muerte en plena luna de miel de la que había sido su novia, del que había sido su hermano.

      Una semana más tarde Laura se sorprendió de que no hubiera llegado carta de mamá. Barajaron las hipótesis usuales, y Luis escribió esa misma tarde. La respuesta no lo inquietaba demasiado, pero hubiera querido (lo sentía al bajar las escaleras por la mañana) que la portera le diera a él la carta en vez de subir al tercer piso. Una quincena más tarde reconoció el sobre familiar, el rostro del almirante Brown y una vista de las cataratas del Iguazú. Guardó el sobre antes de salir a la calle y contestar el saludo de Laura asomada a la ventana. Le pareció ridículo tener que doblar la esquina antes de abrir la carta. El Boby se había escapado a la calle y unos días después había empezado a rascarse, contagio de algún perro sarnoso. Mamá iba a consultar a un veterinario amigo del tío Emilio, porque no era cosa de que el Boby le pegara la peste al Negro. El tío Emilio era de parecer que los bañara con acaroína, pero ella ya no estaba para esos trotes y sería mejor que el veterinario recetara algún polvo insecticida o algo para mezclar con la comida. La señora de la lado tenía un gato sarnoso, vaya a saber si los gatos no eran capaces de contagiar a los perros, aunque fuera a través del alambrado. Pero qué les iba a interesar a ellos esas charlas de vieja, aunque Luis siempre había sido muy cariñoso con los perros y de chico hasta dormía con uno a los pies de la cama, al revés de Nico que no le gustaban mucho. La señora de al lado aconsejaba espolvorearlos con dedeté por si no era sarna, los perros pescan toda clase de pestes cuando andan por la calle; en la esquina de Bacacay paraba un circo con animales raros, a lo mejor había microbios en el aire, esas cosas. Mamá no ganaba para sustos, entre el chico de la modista que se había quemado el brazo con leche hirviendo y el Boby sarnoso.

       Después había como una estrellita azul (la pluma cucharita que se enganchaba en el papel, la exclamación de fastidio de mamá) y entonces unas reflexiones melancólicas sobre lo sola que se quedaría si también Nico se iba a Europa como parecía, pero ese era el destino de los viejos, los hijos son golondrinas que se van un día, hay que tener resignación mientras el cuerpo vaya tirando. La señora de al lado...

     Alguien empujó a Luis, le soltó una rápida declaración de derechos y obligaciones con acento marsellés. Vagamente comprendió que estaba estorbando el paso de la gente que entraba por el angosto corredor al métro. El resto del día fue igualmente vago, telefoneó a Laura para decirle que no iría a almorzar, pasó dos horas en un banco de plaza releyendo la carta de mamá, preguntándose qué debería hacer frente a la insania. Hablar con Laura, antes de nada. Por qué (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) seguir ocultándole a Laura lo que pasaba. Ya no podía fingir que esta carta se había perdido como la otra, ya no podía creer a medias que mamá se había equivocado y escrito Nico por Víctor, y que era tan penoso que se estuviera poniendo chocha. Resueltamente esas cartas eran Laura, eran lo que iba a ocurrir con Laura. Ni siquiera eso: lo que ya había ocurrido desde el día de su casamiento, la luna de miel en Adrogué, las noches en que se habían querido desesperadamente en el barco que los traía a Francia. Todo era Laura, todo iba a ser Laura ahora que Nico quería venir a Europa en el delirio de mamá. Cómplices como nunca, mamá le estaba hablando a Laura de Nico, le estaba anunciando que Nico iba a venir a Europa, y lo decía así, Europa a secas, sabiendo tan bien que Laura comprendería que Nico iba a desembarcar en Francia, en París, en una casa donde se fingía exquisitamente haberlo olvidado, pobrecito.

      Hizo dos cosas: escribió al tío Emilio señalándole los síntomas que lo inquietaban y pidiéndole que visitara inmediatamentte a mamá para cerciorarse y tomar las medidas del caso. Bebió un coñac tras otro y anduvo a pie hacia su casa para pensar en el camino lo que debía decirle a Laura, porque al fin y al cabo tenía que hablar con Laura y ponerla al corriente. De calle en calle fue sintiendo cómo le costaba situarse en el presente, en lo que tendría que suceder media hora más tarde. La carta de mamá lo metía, lo ahogaba en la realidad de esos dos años de vida en París, la mentira de una paz traficada, de una felicidad de puertas para afuera, sostenida por diversiones y espectáculos, de un pacto involuntario de silencio en que los dos se desunían poco a poco como en todos los pactos negativos. Sí, mamá, sí, pobre Boby sarnoso, mamá. Pobre Boby, pobre Luis, cuánta sarna, mamá. Un baile del club de Flores, mamá, fui porque él insistía, me imagino que quería darse corte con su conquista. Pobre Nico, mamá, con esa tos seca en que nadie creía todavía, con ese traje cruzado a rayas, esa peinada a la brillantina, esas corbatas de rayón tan cajetillas. Uno charla un rato, simpatiza, cómo no vas a bailar esa pieza con la novia del hermano, oh, novia es mucho decir, Luis, supongo que puedo llamarlo Luis, verdad. Pero sí, me extraña que Nico no la haya llevado a casa todavía, usted le va a caer tan bien a mamá. Este Nico es más torpe, a que ni siquiera habló con su papá. Tímido, sí, siempre fue igual. Como yo. ¿De qué se ríe, no me cree? Pero si yo no soy lo que parezco... ¿Verdad que hace calor? De veras, usted tiene que venir a casa, mamá va a estar encantada. Vivimos los tres solos, con los perros. Che Nico, pero es una vergüenza, te tenías esto escondido, malandra. Entre nosotros somos así, Laura, nos decimos cada cosa. Con tu permiso, yo bailaría este tango con la señorita.

     Tan poca cosa, tan fácil, tan verdaderamente brillantina y corbata rayón. Ella había roto con Nico por error, por ceguera, porque el hermano rana había sido capaz de ganar de arrebato y darle vuelta la cabeza. Nico no juega al tenis, qué va a jugar, usted no lo saca del ajedrez y la filatelia, hágame el favor. Callado, tan poca cosa el pobrecito, Nico se había ido quedando atrás, perdido en un rincón del patio, consolándose con el jarabe pectoral y el mate amargo. Cuando cayó en cama y le ordenaron reposo coincidió justamente con un baile en Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque. Uno no se va a perder esas cosas, máxime cuando va a tocar Edgardo Donato y la cosa promete. A mamá le parecía tan bien que él sacara a pasear a Laura, le había caído como una hija apenas la llevaron una tarde a la casa. Vos fijate, mamá, el pibe está débil y capaz que le hace impresión si uno le cuenta. Los enfermos como él se imaginan cada cosa, de fija que va a creer que estoy afilando con Laura. Mejor que no sepa que vamos a Gimnasia. Pero yo no le dije eso a mamá, nadie de casa se enteró nunca que andábamos juntos. Hasta que se mejorara el enfermito, claro. Y así el tiempo, los bailes, dos o tres bailes, las radiografías de Nico, después el auto del petiso Ramos, la noche de la farra en casa de la Beba, las copas, el paseo en auto hasta el puente del arroyo, una luna, esa luna como una ventana de hotel allá arriba, y Laura en el auto negándose, un poco bebida, las manos hábiles, los besos, los gritos ahogados, la manta de vicuña, la vuelta en silencio, la sonrisa de perdón.
La sonrisa era casi la misma cuando Laura le abrió la puerta. Había carne al horno, ensalada, un flan. A las diez vinieron unos vecinos que eran sus compañeros de canasta. Muy tarde, mientras se preparaban para acostarse, Luis sacó la carta y la puso sobre la mesa de luz.

—No te hablé antes porque no quería afligirte. Me parece que mamá...
Acostado, dándole la espalda, esperó. Laura guardó la carta en el sobre, apagó el velador. La sintió contra él, no exactamente contra pero la oía respirar cerca de su oreja.
—¿Vos te das cuenta? —dijo Luis, cuidando su voz.
—Sí. ¿No creés que se habrá equivocado de nombre?
Tenía que ser. Peón cuatro rey, peón cuatro rey. Perfecto.
—A lo mejor quizo poner Víctor —dijo, clavándose lentamente las uñas en la palma de la mano.
—Ah, claro. Podría ser —dijo Laura. Caballo rey tres alfil.
Empezaron a fingir que dormían.

     A Laura le había parecido bien que el tío Emilio fuera el único en enterarse, y los días pasaron sin que volvieran a hablar de eso. Cada vez que volvía a casa, Luis esperaba una frase o un gesto insólitos en Laura, un claro en esa guardia perfecta de calma y de silencio. Iban al cine como siempre, hacían el amor como siempre. Para Luis ya no había en Laura otro misterio que el de su resignada adhesión a esa vida en la que nada había llegado a ser lo que pudieron esperar dos años atrás. Ahora la conocía bien, a la hora de las confrontaciones definitivas tenía que admitir que Laura era como había sido Nico, de las que se quedan atrás y sólo obran por inercia, aunque empleara a veces una voluntad casi terrible en no hacer nada, en no vivir de veras para nada. Se hubiera entendido mejor con Nico que con él, y los dos lo venían sabiendo desde el día de su casamiento, desde las primerras tomas de posición que siguen a la blanda aquiescencia de la luna de miel y el deseo. Ahora Laura volvía a tener la pesadilla. Soñaba mucho, pero la pesadilla era distinta, Luis la reconocía entre muchos otros movimientos de su cuerpo, palabras confusas o breves gritos de animal que se ahoga. Había empezado a bordo, cuando todavía hablaban de Nico porque Nico acababa de morir y ellos se habían embarcado unas pocas semanas después. Una noche, después de acordarse de Nico y cuando ya se insinuaba el tácito silencio que se instalaría luego entre ellos, Laura lo despertaba con un gemido ronco, una sacudida convulsiva de las piernas, y de golpe un grito que era una negativa total, un rechazo con las dos manos y todo el cuerpo y toda la voz de algo horrible que le caía desde el sueño como un enorme pedazo de materia pegajosa. Él la sacudía, la calmaba, le traía agua que bebía sollozando, acosada aún a medias por el otro lado de su vida. Decía no recordar nada, era algo horrible pero no se podía explicar, y acababa por dormirse llevándose su secreto, porque Luis sabía que ella sabía, que acababa de enfrentarse con aquel que entraba en su sueño, vaya a saber bajo qué horrenda máscara, y cuyas rodillas abrazaría Laura en un vértigo de espanto, quizá de amor inútil. Era siempre lo mismo, le alcanzaba un vaso de agua, esperando en silencio a que ella volviera a apoyar la cabeza en la almohada. Quizá un día el espanto fuera más fuerte que el orgullo, si eso era orgullo. Quizá entonces él podría luchar desde su lado. Quizá no todo estaba perdido, quizá la nueva vida llegara a ser realmente otra cosa que ese simulacro de sonrisas y de cine francés.

     Frente a la mesa de dibujo, rodeado de gentes ajenas, Luis recobraba el sentido de la simetría y el método que le gustaba aplicar a la vida. Puesto que Laura no tocaba el tema, esperando con aparente indiferencia la contestación del tío Emilio, a él le correspondía entenderse con mamá. Contestó su carta limitándose a las menudas noticias de las últimas semanas, y dejó para la postdata una frase rectificatoria: «De modo que Víctor habla de venir a Europa. A todo el mundo le da por viajar, debe ser la propaganda de las agencias de turismo. Decíle que escriba, le podemos mandar todos los datos que necesite. Decíle también que desde ahora cuenta con nuestra casa.»

      El tío Emilio contestó casi a vuelta de correo, secamente como correspondía a un pariente tan cercano y tan resentido por lo que en el velorio de Nico había calificado de incalificable. Sin haberse disgustado de frente con Luis, había demostrado sus sentimientos con la sutileza habitual en casos parecidos, absteniéndose de ir a despedirlo al barco, olvidando dos años seguidos la fecha de su cumpleaños. Ahora se limitaba a cumplir con su deber de hermano político de mamá, y enviaba escuetamente los resultados. Mamá estaba muy bien pero casi no hablaba, cosa comprensible teniendo en cuenta los muchos disgustos de los últimos tiempos. Se notaba que estaba muy sola en la casa de Flores, lo cual era lógico puesto que ninguna madre que ha vivido toda la vida con sus dos hijos puede sentirse a gusto en una enorme casa llena de recuerdos. En cuanto a las frases en cuestión, el tío Emilio había procedido con el tacto que se requería en vista de lo delicado del asunto, pero lamentaba decirles que no había sacado gran cosa en limpio, porque mamá no estaba en vena de conversación y hasta lo había recibido en la sala, cosa que nunca hacía con su hermano político. A una insinuación de orden terapéutico, había contestado que aparte del reumatismo se sentía perfectamente bien, aunque en esos días la fatigaba tener que planchar tantas camisas. El tío Emilio se había interesado por saber de qué camisas se trataba, pero ella se había limitado a una inclinación de cabeza y un ofrecimiento de jerez y galletitas Bagley.

     Mamá no les dio demasiado tiempo para discutir la carta del tío Emilio y su ineficacia manifiesta. Cuatro días después llegó un sobre certificado, aunque mamá sabía de sobra que no hay necesidad de certificar las cartas aéreas a París. Laura telefoneó a Luis y le pidió que volviera lo antes posible. Media hora más tarde la encontró respirando pesadamente, perdida en la contemplación de unas flores amarillas sobre la mesa. La carta estaba en la repisa de la chimenea, y Luis volvió a dejarla ahí después de la lectura. Fue a sentarse junto a Laura, esperó. Ella se encogió de hombros.
—Se ha vuelto loca —dijo.

      Luis encendió un cigarrillo. El humo le hizo llorar los ojos. Comprendió que la partida continuaba, que a él le tocaba mover. Pero a esa partida la estaban jugando tres jugadores, quizá cuatro. Ahora tenía la seguridad de que también mamá estaba al borde del tablero. Poco a poco resbaló en el sillón, y dejó que su cara se pusiera la inútil máscara de las manos juntas. Oía llorar a Laura, abajo corrían a gritos los chicos de la portera.

     La noche trae consejo, etcétera. Les trajo un sueño pesado y sordo, después que los cuerpos se encontraron en una monótona batalla que en el fondo no habían deseado. Una vez más se cerraba el tácito acuerdo: por la mañana hablarían del tiempo, del crimen de Saint-Cloud, de James Dean. La carta seguía sobre la repisa y mientras bebían té no pudieron dejar de verla, pero Luis sabía que al volver del trabajo ya no la encontraría. Laura borraba las huellas con su fría, eficaz diligencia. Un día, otro día, otro día más. Una noche se rieron mucho con los cuentos de los vecinos, con una audición de Fernandel. Se habló de ir a ver una pieza de teatro, de pasar un fin de semana en Fontainebleau.

      Sobre la mesa de dibujo se acumulaban los datos innecesarios, todo coincidía con la carta de mamá. El barco llegaba efectivamente al Havre el vierrnes 17 por la mañana, y el tren especial entraba en Saint-Lazare a las 11:45. El jueves vieron la pieza de teatro y se divirtieron mucho. Dos noches antes Laura había tenido otra pesadilla, pero él no se molestó en traerle agua y la dejó que se tranquilizara sola, dándole la espalda. Después Laura durmió en paz, de día andaba ocupada cortando y cosiendo un vestido de verano. Hablaron de comprar una máquina de coser eléctrica cuando terminaran de pagar la heladera. Luis encontró la carta de mamá en el cajón de la mesa de luz y la llevó a la oficina. Telefoneó a la compañía naviera, aunque estaba seguro de que mamá daba las fechas exactas. Era su única seguridad, porque todo el resto no se podía siquiera pensar. Y ese imbécil del tío Emilio. Lo mejor sería escribir a Matilde, por más que estuviesen distanciados Matilde comprendería la urgencia de intervenir, de proteger a mamá. ¿Pero realmente (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) había que proteger a mamá, precisamente a mamá? Por un momento pensó en pedir larga distancia y hablar con ella. Se acordó del jerez y las galletitas Bagley, se encogió de hombros. Tampoco había tiempo de escribir a Matilde, aunque en realidad había tiempo pero quizá fuese preferible esperar al viernes diecisiete antes de... El coñac ya no lo ayudaba ni siquiera a no pensar, o por lo menos a pensar sin tener miedo. Cada vez recordaba con más claridad la cara de mamá en las últimas semanas de Buenos Aires, después del entierro de Nico. Lo que él había entendido como dolor, se lo mostraba ahora como otra cosa, algo en donde había una rencorosa desconfianza, una expresión de animal que siente que van a abandonarlo en un terreno baldío lejos de la casa, para deshacerse de él. Ahora empezaba a ver de veras la cara de mamá. Recién ahora la veía de veras en aquellos días en que toda la familia se había turnado para visitarla, darle el pésame por Nico, acompañarla de tarde, y también Laura y él venían de Adrogué para acompañarla, para estar con mamá. Se quedaban apenas un rato porque después aparecía el tío Emilio, o Víctor, o Matilde, y todos eran una misma fría repulsa, la familia indignada por lo sucedido, por Adrogué, porque eran felices mientras Nico, pobrecito, mientras Nico. Jamás sospecharían hasta qué punto habían colaborado para embarcarlos en el primer buque a mano; como si se hubieran asociado para pagarles los pasajes, llevarlos cariñosamente a bordo con regalos y pañuelos.

      Claro que su deber de hijo lo obligaba a escribir en seguida a Matilde. Todavía era capaz de pensar cosas así antes del cuarto coñac. Al quinto las pensaba de nuevo y se reía (cruzaba París a pie para estar más solo y despejarse la cabeza), se reía de su deber de hijo, como si los hijos tuvieran deberes, como si los deberes fueran los de cuarto grado, los sagrados deberes para la sagrada señorita del inmundo cuarto grado. Porque su deber de hijo no era escribir a Matilde. ¿Para qué fingir (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) que mamá estaba loca? Lo único que se podía hacer era no hacer nada, dejar que pasaran los días, salvo el viernes. Cuando se despidió como siempre de Laura diciéndole que no vendría a almorzar porque tenía que ocuparse de unos afiches urgentes, estaba tan seguro del resto que hubiera podido agregar: «Si querés vamos juntos.» Se refugió en el café de la estación, menos por disimulo que para tener la pobre ventaja de ver sin ser visto. A las once y treinta y cinco descubrió a Laura por su falda azul, la siguió a distancia, la vio mirar el tablero, consultar a un empleado, comprar un boleto de plataforma, entrar en el andén donde ya se juntaba la gente con el aire de los que esperan. Detrás de una zorra cargada de cajones de fruta miraba a Laura que parecía dudar entre quedarse cerca de la salida del andén o internarse por él. La miraba sin sorpresa, como a un insecto cuyo comportamiento podía ser interesante. El tren llegó casi en seguida y Laura se mezcló con la gente que se acercaba a las ventanillas de los coches buscando cada uno lo suyo, entre gritos y manos que sobresalían como si dentro del tren se estuvieran ahogando. Bordeó la zorra y entró al andén entre más cajones de fruta y manchas de grasa. Desde donde estaba vería salir a los pasajeros, vería pasar otra vez a Laura, su rostro lleno de alivio porque el rostro de Laura, ¿no estaría lleno de alivio? (No era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo.) Y después, dándose el lujo de ser el último una vez que pasaran los últimos viajeros y los últimos changadores, entonces saldría a su vez, bajaría a la plaza llena de sol para ir a beber coñac al café de la esquina. Y esa misma tarde escribiría a mamá sin la menor referencia al ridículo episodio (pero no era ridículo) y después tendría valor y hablaría con Laura (pero no tendría valor y no hablaría con Laura). De todas maneras coñac, eso sin la menor duda, y que todo se fuera al demonio. Verlos pasar así en racimos, abrazándose con gritos y lágrimas, las parentelas desatadas, un erotismo barato como un carroussel de feria barriendo el andén, entre valijas y paquetes y por fin, por fin, cuánto tiempo sin vernos, qué quemada estás, Ivette, pero sí, hubo un sol estupendo, hija. Puesto a buscar semejanzas, por gusto de aliarse a la imbecilidad, dos de los hombres que pasaban cerca debían ser argentinos por el corte de pelo, los sacos, el aire de suficiencia disimulando el azoramiento de entrar en París. Uno sobre todo se parecía a Nico, puesto a buscar semejanzas. El otro no, y en realidad éste tampoco apenas se le miraba el cuello mucho más grueso y la cintura más ancha. Pero puesto a buscar semejanzas por puro gusto, ese otro que ya había pasado y avanzaba hacia el portillo de salida, con una sola valija en la mano izquierda, Nico era zurdo como él, tenía esa espalda un poco cargada, ese corte de hombros. Y Laura debía haber pensado lo mismo porque venía detrás mirándolo, y en la cara una expresión que él conocía bien, la cara de Laura cuando despertaba de la pesadilla y se incorporaba en la cama mirando fijamente el aire, mirando, ahora lo sabía, a aquél que se alejaba dándole la espalda, consumaba la innominable venganza que la hacía gritar y debatirse en sueños.

      Puestos a buscar semejanzas, naturalmente el hombre era un desconocido, lo vieron de frente cuando puso la valija en el suelo para buscar el billete y entregarlo al del portillo. Laura salió la primera de la estación, la dejó que tomara distancia y se perdiera en la plataforma del autobús. Entró en el café de la esquina y se tiró en una banqueta. Más tarde no se acordó si había pedido algo de beber, si eso que le quemaba la boca era el regusto del coñac barato. Trabajó toda la tarde en los afiches, sin tomarse descanso. A ratos pensaba que tendría que escribirle a mamá, pero lo fue dejando pasar hasta la hora de la salida. Cruzó París a pie, al llegar a casa encontró a la portera en el zaguán y charlo un rato con ella. Hubiera querido quedarse hablando con la portera o los vecinos, pero todos iban entrando en los departamentos y se acercaba la hora de cenar. Subió despacio (en realidad siempre subía despacio para no fatigarse los pulmones y no toser) y al llegar al tercero se apoyó en la puerta antes de tocar el timbre, para descansar un momento en la actitud del que escucha lo que pasa en el interior de una casa. Después llamó con los dos toques cortos de siempre.

—Ah, sos vos —dijo Laura, ofreciéndole una mejilla fría—. Ya empezaba a preguntarme si habrías tenido que quedarte más tarde. La carne debe estar recocida.

       No estaba recocida, pero en cambio no tenía gusto a nada. Si en ese momento hubiera sido capaz de preguntarle a Laura por qué había ido a la estación, tal vez el café hubiese recobrado el sabor, o el cigarrillo. Pero Laura no se había movido de casa en todo el día, lo dijo como si necesitara mentir o esperara que él hiciera un comentario burlón sobre la fecha, las manías lamentables de mamá. Revolviendo el café, de codos sobre el mantel, dejó pasar una vez más el momento. La mentira de Laura ya no importaba, una más entre tantos besos ajenos, tantos silencios donde todo era Nico, donde no había nada en ella o en él que no fuera Nico. ¿Por qué (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) no poner un tercer cubierto en la mesa? ¿Por qué no irse, por qué no cerrar el puño y estrellarlo en esa cara triste y sufrida que el humo del cigarrillo deformaba, hacía ir y venir como entre dos aguas, parecía llenar poco a poco de odio como si fuera la cara misma de mamá? Quizá estaba en la otra habitación, o quizá esperaba apoyado en la puerta como había esperado él, o se había instalado ya donde siempre había sido el amo, en el territorio blanco y tibio de las sábanas al que tantas veces había acudido en sueños de Laura. Allí esperaría, tendido de espaldas, fumando también él su cigarrillo, tosiendo un poco, riéndose con una cara de payaso como la cara de los últimos días, cuando no le quedaba ni una gota de sangre sana en las venas.

     Pasó al otro cuarto, fue a la mesa de trabajo, encendió la lámpara. No necesitaba releer la carta de mamá para contestarla como debía. Empezó a escribir, querida mamá. Escribió: querida mamá. Tiró el papel, escribió: mamá. Sentía la casa como un puño que se fuera apretando. Todo era más estrecho, más sofocante. El departamento había sido suficiente para dos, estaba pensado exactamente para dos. Cuando levantó los ojos (acababa de escribir: mamá), Laura estaba en la puerta, mirándolo. Luis dejó la pluma.

—¿A vos no te parece que está mucho más flaco? —dijo.
Laura hizo un gesto. Un brillo paralelo le bajaba por las mejillas.
—Un poco —dijo—. Uno va cambiando...

20/3/10

UNA AVENTURA

UNA AVENTURA
Sherwood Anderson
(1876-1941)


ALICE HINDMAN, que tenía ya veintisiete años cuando George Willard era todavía un muchacho, había pasado toda su vida en Winesburgo. Estaba empleada en la tienda de ultramarinos de Winney, y vivía en casa de su madre, que estaba casada en segundas nupcias. El padrastro de Alice, pintor de coches, era dado a la bebida. Tenía una historia muy extraña; valdrá la pena de que la cuente algún día. Cuando Alice tenía veintisiete años era una muchacha alta y más bien delgada. Su cabeza, muy voluminosa, era lo que más destacaba de su cuer-po; tenía las espaldas un poco inclinadas; los ojos y los cabellos castaños. Alice era una mujer muy tranquila que ocultaba, bajo apariencias de placidez, un fermento interior en continua actividad.
Alice había tenido una aventura amorosa con cierto joven, siendo ella una chiquilla de dieciséis años. En aquel entonces no había empezado todavía a trabajar en el almacén. El joven, que se llamaba Ned Currie, era mayor que Alice. Estaba empleado, como George Willard, en el Winesburg Eagle; durante mucho tiempo se veía casi todas las noches con Alice. Paseaban juntos bajo los árboles, por las calles del pueblo, y hablaban del destino que darían a sus vidas. Alice era entonces una chiquilla muy linda, y Ned Currie la estrechó entre
sus brazos y la besó. El joven se exaltó y dijo cosas que no pensaba decir; también Alice se llenó de exaltación, porque la traicionó su deseo de que entrase en su vida monótona un rayo de belleza. También ella habló, quebróse la corteza exterior de su vida, toda su reserva y desconfianza características, y se entregó por completo a las emociones del amor. A finales del otoño, Ned Currie se marchó a Cleveland, esperando colocarse en un periódico de aquella ciudad y abrirse camino en el mundo; y ella, con sus dieciséis años, quería irse con él.
Manifestóle con voz temblorosa su oculto pensamiento. «Yo trabajaré y tú podrás también trabajar —díjole—. No quiero echarte encima una carga inútil que te impida progresar. No te cases ahora conmigo. Prescindiremos por ahora de ello, aunque vivamos juntos. Nadie murmurará aunque vivamos en la misma casa, porque nadie nos conocerá en aquella ciudad y la gente no se fijará en nosotros.»
Ned Currie se quedó confuso ante aquella resolución y entrega que de sí misma le hacía su novia, pero se sintió también conmovido. Su primer deseo había sido hacer de la muchacha su amante, pero cambió de resolución. Pensó en protegerla y cuidar de ella. «No sabes lo que te dices —le contestó con aspereza—. Ten la seguridad de que no te consentiré que hagas semejante cosa. En cuanto consiga un buen empleo regresaré. Por el momento tendrás que quedarte aquí. Es lo único que podemos hacer.»
La víspera del día en que había de marchar de Winesburgo para empezar su nueva vida en la ciudad, fue Ned Currie a buscar a Alice. Empezaba a anochecer. Pasearon por las calles durante una hora, luego alquilaron un cochecillo en las caballerizas de Wesley Moyer y salieron a dar un paseo por el campo. Salió la luna y los muchachos no supieron qué decirse. La tristeza le hizo olvidar al joven los propósitos que había hecho respecto a su manera de conducirse con la joven. Saltaron del coche junto a un extenso prado que descendía hasta el lecho del Wine Creek, y allí, en la pálida claridad, se hicieron amantes. Cuando regresaron a la población, hacia la media noche, los dos estaban alegres. Parecíales que ningún acontecimiento futuro podía
borrar la maravilla y la belleza de lo que acababa de ocurrir. Ned Currie dijo al despedirse de la joven a la puerta de la casa de su padre: «De aquí en adelante tendremos que seguir unidos, suceda lo que suceda.»
El joven periodista no consiguió colocarse en Cleveland y marchó hacia el Oeste, a Chicago. Durante algún tiempo sentía su soledad y escribía todos los días a Alice. Pero la vida de la ciudad lo envolvió en su torbellino; fue haciendo amigos y descubrió en la vida nuevos motivos de atracción. Se hospedaba en Chicago en una pensión en la que había varias
mujeres. Una de ellas despertó su interés y se olvidó de Alice, que había quedado en
Winesburgo. Antes de finalizar el año dejó de escribirla y sólo se acordaba de la muchacha
muy de tarde en tarde, cuando se sentía solitario o cuando paseaba por algunos de los
parques de la ciudad y veía brillar la luz de la luna sobre la hierba, como brillaba aquella
noche en el prado cercano al Wine Creek. La muchacha de Winesburgo, iniciada ya en el amor, fue creciendo hasta hacerse mujer. Cuando tenía veintidós años falleció de repente su padre, que tenía una guarnicionería. Como el guarnicionero era un antiguo soldado, su viuda empezó a cobrar al cabo de algunos meses una pensión de viudedad. Invirtió el primer dinero que cobró en comprar un telar, para dedicarse a tejer alfombras. Alice consiguió un empleo en la tienda de Winney. Durante varios años no hubo nada capaz de hacerle creer que Ned Currie no acabaría por volver a buscarla.
Se alegró de estar empleada, porque la diaria rutina del trabajo en la tienda hacía menos largo y aburrido el tiempo de la espera. Empezó a ahorrar dinero, con la idea de ir a la ciudad en busca de su amante en cuanto tuviese ahorrados dos o trescientos dólares, a fin de intentar reconquistar su cariño con su presencia. Alice no censuraba a Ned Currie por lo que había ocurrido en el campo, a la luz de la luna, pero experimentaba la sensación de que no sería capaz ya de casarse con otro hombre.
Parecíale una monstruosidad la idea de entregar a otro lo que ella tenía conciencia de que sólo podía pertenecer a Ned. No hizo caso alguno de otros jóvenes que procuraron atraer su interés. «Soy su mujer y continuaré siéndolo, vuelva o no vuelva», se decía a sí misma; y por muy dispuesta que estuviese a mirar por su propio interés, no habría sido capaz de comprender el ideal, cada vez más difundido hoy, de una mujer dueña de sus propios destinos y persiguiendo, en un toma y daca, su propia finalidad en la vida. Alice trabajaba en la tienda desde las ocho de la mañana hasta las seis de la noche, y tres tardes por semana volvía a la tienda a trabajar de siete a nueve. Conforme fue pasando el tiempo y ella sintió cada vez más su soledad, empezó a poner en práctica los recursos comunes a todas las personas solitarias. Por la noche, cuando subía a su cuarto, se arrodillaba en el suelo para rezar, y en medio de sus rezos murmuraba las cosas que hubiera querido decir a su amante. Se aficionó a objetos inanimados, y no consintió que nadie pusiese la mano en los muebles de su habitación. porque ésta era suya exclusivamente. Continuó ahorrando dinero, aun después de que abandonó su propósito de marchar a la ciudad en busca de Ned Currie.
El ahorro se convirtió para ella en un hábito adquirido, y cuando necesitaba comprar ropa nueva se privaba de hacerlo. A veces, en tardes lluviosas, sacaba en el almacén su libreta del Banco y, abriéndola delante de ella, se pasaba las horas soñando cosas imposibles para economizar una cantidad de dinero suficiente para que ella y su futuro marido pudiesen vivir de las rentas.
«A Ned le ha gustado siempre viajar por el mundo —pensó—. Yo le daré la oportunidad de hacerlo. Cuando estemos ya casados y pueda yo ahorrar su dinero y el mío, nos haremos ricos. Entonces podremos viajar juntos por todo el mundo.» Y fueron pasando las semanas, que se convirtieron en meses, y los meses en años, y Alice continuó esperando en la tienda de ultramarinos, soñando siempre con la vuelta de su
amante. Su patrón, un anciano de pelo entrecano, dentadura postiza y un bigotito ralo que le caía sobre la boca, era poco aficionado a la charla; a veces, en los días lluvioso o en los días de invierno en que el temporal se desencadenaba sobre Main Street, pasaban horas y horas sin que entrase un solo cliente. Entonces Alice arreglaba y volvía a arreglar los géneros de la tienda. Permanecía de pie junto al escaparate, desde donde podía observar la calle desierta, y pensaba en las noches en que paseaba con Ned Currie y en las cosas que éste le había dicho.
«De aquí en adelante tendremos que ser el uno del otro.» Aquellas palabras resonaban una y
otra vez en el cerebro de aquella mujer que iba entrando en años. Asomaban las lágrimas a
sus ojos. A veces, cuando había salido su patrón y ella se encontraba sola en la tienda,
apoyaba su cabeza en el mostrador y lloraba. «Ned, te estoy esperando», murmuraba una y
otra vez; y su temor, que se iba deslizando en su in1crior, de que no volviese nunca más
adquirió cada vez mayor fuerza.
La región que rodea a Winesburgo es deliciosa durante la época de primavera, después de las lluvias del invierno ,y antes de que lleguen los calurosos días del estío. El pueblo se levanta en medio de una llanura, pero más allá de los sembrados surgen encantadoras extensiones de bosques. Hay en esas arboledas muchos pequeños rincones escondidos, lugares sosegados a donde suelen ir a sentarse los enamorados en las tardes de los domingos. Por entre los árboles se descubre la llanura y se ve desde allí a la gente de las granjas atareada en los corrales y a las personas que van y vienen en carruaje por las carreteras. Repican las
campanas en el pueblo y de vez en cuando pasa un tren que, visto a lo lejos, parece de juguete. Pasaron muchos años después de la marcha de Ned Currie sin que Alice fuese al bosque los dorningos con otros jóvenes; pero cierto día, a los (los o tres años de la marcha de aquél, haciéndosele insoportable su soledad, se vistió con sus mejores ropas y salió del pueblo.
Encontró un pequeño espacio abrigado desde el cual podía distinguir el pueblo y una ancha faja de campo v se sentó. Asaltóle el temor de su edad y de la inutilidad de todo lo que hiciese. No pudo permanecer sentada y se levantó. Puesta en pie, y al ir recorriendo con la mirada el paisaje, hubo algo, tal vez el pensamiento de aquella vida que no se interrumpía jamás a través de la cadena de las estaciones del año; hubo algo que la hizo fijar su atención en los años que pasaban. Se dio cuenta de que había perdido la belleza y la frescura de la juventud, y se estremeció de temor. En aquel momento tuvo por primera vez la sensación de que la
habían estafado. No le echaba la culpa a Ned Currie y no sabía tampoco a quien echársela. Se sintió invadida de tristeza; cayó de rodillas y se esforzó por rezar, pero en lugar de oraciones salieron de sus labios palabras de protesta. «No volverá ya a mí. No volveré a encontrar ya la felicidad. ¿Por qué trato de engañarme a mí misma?», exclamó; y se sintió poseída de una extraña sensación de alivio, nacida de aquel primer esfuerzo para enfrentarse con el miedo, que había llegado a ser una parte de su vida diaria.
El año en que Alice cumplió los veinticinco ocurrieron dos cosas que rompieron la triste monotonía de sus días. Su madre se casó con Bush Milton, el pintor de coches de Winesburgo, y ella, por su parte,
ingresó en la congregación de la Iglesia Metodista. Alice se había hecho de la iglesia porque había llegado a tener miedo de la soledad de su vida. El segundo matrimonio de su madre había puesto más aún de relieve su aislamiento. «Me estoy haciendo vieja y rara. Si Ned vuelve, ya no me querrá. Los hombres de la ciudad donde él está viven en una perpetua juventud. Son tantas las cosas que allí ocurren que no tienen tiempo de hacerse viejos», se decía a sí misma con una sonrisa de amargura; y empezó a relacionarse resueltamente con
otras personas. Todos los martes por la noche, después de cerrar la tienda, iba a una reunión religiosa que se celebraba en el sótano de la iglesia, y los domingos por la noche, acudía a las reuniones de una sociedad que se llamaba la Liga de Epworth. Alice no dijo que no cuando Will Hurley, un hombre de mediana edad, empleado en una droguería y que pertenecía también a la iglesia, se ofreció a acompañarla hasta su casa.
«Claro está que no consentiré que se acostumbre a estar conmigo, pero no veo peligro alguno en que venga de cuando en cuando», pensó, resuelta siempre a continuar siendo fiel a Ned Currie.
Alice, sin que ella misma se diese cuenta, intentaba asirse de nuevo a la vida, débilmente al principio, pero luego con mayor resolución cada vez. Caminaba en silencio al lado del empleado de la droguería; pero más de una vez, en la oscuridad, mientras caminaban como dos estúpidos, alargó la mano para tocar suavemente los pliegues de su americana. Cuando se despedía de ella, frente a la puerta de la casa de su madre, Alice, en lugar de entrar en casa, se quedaba un momento junto a la puerta. Sentía impulsos de llamar al empleado aquel, de rogarle que se sentase con ella en la oscuridad del porche de la casa, pero temía que no la comprendiese. «No es a él a quien yo quiero —se decía a sí misma—. Lo que yo busco es huir de mi gran soledad. Si no tomo precauciones acabaré por desacostumbrarme del trato de la gente.»
. . .
A principios de otoño del año en que cumplía los veintisiete, se apoderó de Alice un desasosiego apasionado. No podía sufrir la compañía del empleado cíe la droguería y cuando llegaba, al atardeceder, para sacarla de paseo, ella lo despachaba. Su cerebro trabajaba con una intensa actividad; volvía a casa fatigada de permanecer largas horas detrás del mostrador y se metía en la cama, pero no podía conciliar el sueño. Permanecía con los ojos muy abiertos, queriendo penetrar en la oscuridad. Su imaginación jugaba dentro del cuarto como un niño que se despierta después de muchas horas de sueño. En lo más profundo de su ser había algo que no se dejaba engañar con fantasías y que exigía a la vida una respuesta bien definida.
Alice cogió una almohada entre sus brazos y la apretó fuertemente contra sus senos. Se echó fuera de la cama y arregló la manta de manera que, en la oscuridad, abultaba como si hubiese alguien entre las sábanas; se arrodilló junto al lecho y acarició aquel bulto, susurrando una v otra vez como una cantilena: «¿ Por qué no ocurre algo de improviso? ¿ Por qué me dejan sola?» Aunque algunas veces se acordaba de Ned Currie, lo cierto es que no contaba ya con él. Sus deseos se habían hecho imprecisos. No suspiraba por Ned Currie ni
por ningún otro hombre determinado. Quería ser amada, que hubiese algo que hiciese; eco a la llamada que surgía de su interior cada vez con mayor fuerza.
Así las cosas, tuvo Alice una aventura; fue en una noche de lluvia, y aquella aventura la llenó de terror y confusión. Había regresado de la tienda a las nueve y no estaba nadie en casa. Bush Milton andaba por el pueblo y su madre había ido a casa de una vecina. Alice subió a su cuarto y se desvistió a oscuras. Permaneció un momento junto a la ventana, escuchando el ruido de las gotas que golpeaban los cristales, y de pronto se apoderó de ella un extraño deseo. Sin detenerse a pensar en lo que iba a hacer, echó a correr escaleras abajo por la casa en tinieblas y se zambulló en la lluvia que caía. Mientras permanecía de pie en el
pequeño espacio sembrado de yerba que había frente a su casa, sintiendo correr por su cuerpo la fría lluvia, se adueñó por completo de ella un deseo loco de echar a correr desnuda por las calles.
Se imaginó que la lluvia ejercía sobre su cuerpo un influjo creador y maravilloso. Hacía muchos años que no se había sentido tan llena de juventud y de energía. Sentía impulsos de saltar y de correr, de gritar, de topar con algún ser humano solitario y abrazarse a él. Por la acera enladrillada se oyeron las torpes pisadas de un hombre que iba camino de su casa. Alice echó a correr. Poseíala un capricho salvaje y desesperado. «¡Qué me importa quién sea! Está solo, y yo me llegaré a él —pensó—; y sin detenerse a reflexionar en las posibles
consecuencias de su locura, lo llamó cariñosamente de este modo: ¡Espera! No marches. Seas quien seas, tienes que esperar.» El hombre que pasaba por la acera se detuvo v se quedó escuchando. Era viejo y algo
sordo. Se llevó la mano a la boca para dar más resonancia a sus palabras y gritó con toda su
fuerza: «¿Cómo? ¿Qué dice?» Alice se dejó caer al suelo toda temblorosa. Tan asustada quedó, pensando en lo que había hecho, que cuando el hombre siguió su camino ella no tuvo valor para ponerse en pie, sino
que se dirigió hasta su casa gateando sobre la yerba. Cuando llegó a su cuarto, se cerró por dentro y arrimó la mesa de tocador a la puerta. Su cuerpo tiritaba como si hubiese cogido frío; y era tal el temblor de sus manos que no podía ponerse el camisón. Se metió en la cama, hundió su rostro en la almohada y sollozó desconsoladamente. «¿Qué es lo que me pasa? Si no tomo precauciones, un día haré algún disparate horrible», pensaba. Se volvió de cara a la pared y procuró armarse ele valor para hacerse a la idea de que son muchas las personas que se ven obligadas a vivir y morir solitarias, aun en Winesburg.

12/3/10

El Extraño

EL EXTRAÑO
Howard Phillips Lovecraft (1890-1937)

EL EXTRAÑO


H. P. Lovecraft

Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenza con ir más allá, hacia el otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, muerciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo.
Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.
Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.
A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.
Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna. De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.
Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití —un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa—, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo —o al menos había dejado de serlo—, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboléandome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslay mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.

F I N