<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744</id><updated>2012-01-07T10:00:20.013-08:00</updated><category term='Juan Jose Arreola'/><category term='Rodrigo Fresán'/><category term='Escritores Cubanos'/><category term='Diario de un Loco'/><category term='Guy de Mauppasant'/><category term='Luvina'/><category term='las doradas manzanas del sol'/><category term='Ciencia Ficción'/><category term='Ciudad de Dios'/><category term='La sonrisa'/><category term='EL COLLAR'/><category term='Cuento'/><category term='MARGUERITE YOURCENAR'/><category term='Un artista del hambre'/><category term='La carne'/><category term='Carlos Castillo Quintero'/><category term='Taller de cuento Bogotá'/><category term='Roland Topor'/><category term='Lu Sin'/><category term='Juan José Arreola'/><category term='Rubem Fonseca'/><category term='El traje nuevo del Emperador'/><category term='Diles que no me maten'/><category term='Ray Bradbury'/><category term='J.G Ballard'/><category term='Isaac Bashevis Singer'/><category term='Virgilio Piñera'/><category term='Giovanni Papini'/><category term='Cómo se salvó Wang-Fô'/><category term='Juan Rulfo'/><category term='Franz Kafka'/><category term='Philip Dick'/><category term='El guardagujas'/><category term='cuento anónimo'/><category term='Hans Christian Andersen'/><title type='text'>Antología Universal de Cuento</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Administrador del blog</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_hCWovI7lS10/TTYg_PojhpI/AAAAAAAACOU/eS3qFrXTQYo/S220/ccq.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>42</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-3122388157316150624</id><published>2011-02-19T20:58:00.001-08:00</published><updated>2011-02-19T20:58:44.594-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ciencia Ficción'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La sonrisa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='J.G Ballard'/><title type='text'>La sonrisa - J.G Ballard</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_hCWovI7lS10/TTKjlc0IafI/AAAAAAAACOQ/VEyPEBlmfFQ/s1600/Mu%25C3%25B1eca.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="217" src="http://4.bp.blogspot.com/_hCWovI7lS10/TTKjlc0IafI/AAAAAAAACOQ/VEyPEBlmfFQ/s320/Mu%25C3%25B1eca.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="color: orange; font-size: x-small;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: orange; font-size: large;"&gt;LA SONRISA&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: orange; font-size: x-large;"&gt;A&lt;/span&gt;hora que una lógica de pesadilla ha llegado a su conclusión cuesta creer que, cuando llevé a Serena Cockayne a vivir conmigo a mi casa de Chelsea, mis amigos y yo lo consideramos el más inocente de los caprichos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos temas me han fascinado siempre –la mujer y lo raro–, y Serena los combinaba a ambos, aunque no en un sentido vulgar o perverso. Durante las prolongadas cenas que tanto nos entretuvieron el primer verano que pasamos juntos, tres años atrás, su presencia a mi lado, hermosa, callada y eternamente tranquilizadora a su extraña manera, estuvo rodeada por toda clase de complejas y encantadoras ironías. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie que conociese a Serena dejaba de quedar fascinado. Sentada tímidamente en su silla dorada junto a la puerta de la sala de estar, los pliegues azules del vestido de brocado la abrazaban como un tierno y devoto océano. A la hora de la cena, ya sentados, mis invitados miraban con divertido y tolerante afecto cómo llevaba yo a Serena y la ponía en el otro extremo de la mesa. Su tenue sonrisa, la más delicada flor de aquella piel incomparable, presidía nuestras ricas veladas con invariable calma. Después que se marchaban los últimos invitados, presentando sus respetos a Serena que los miraba desde la sala, la cabeza ladeada en esa pose tan característica, la llevaba con alegría a mi dormitorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde luego, Serena nunca participaba de nuestras conversaciones, y ése era sin duda un vital elemento de su encanto. Mis amigos y yo pertenecíamos a esa generación de hombres que al comienzo de la madurez se había visto obligada, aunque sólo fuese por necesidad sexual, a una aburrida aceptación del feminismo militante, y había algo en la pasiva belleza de Serena, en su inmaculado pero anticuado maquillaje, y ante todo en su inquebrantable silencio que expresaba una profunda y grata deferencia hacia nuestra herida masculinidad. En todos los sentidos, Serena era el tipo de mujer que inventan los hombres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero eso fue antes de que descubriese la verdadera naturaleza del temperamento de Serena, y el papel más ambiguo que desempeñaría en mi vida, del que ahora quiero librarme con tanto anhelo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apropiadamente –aunque entonces se me escapó del todo la ironía–, vi a Serena por primera vez en el Fin del Mundo, en esa zona del lado bajo de King's Road ocupado ahora por un grupo de edificios de departamentos pero que sólo tres años atrás era todavía un enclave de tiendas de antigüedades de segunda, boutiques andrajosas y galerías del siglo diecinueve que pedían a gritos una reurbanización. Volviendo de la oficina me detuve ante una pequeña tienda de curiosidades que anunciaba oportunidades por cierre, y escudriñé, a través de la vidriera manchada de azufre, lo poco que quedaba en exhibición. Casi todo se había terminado, fuera de un montículo de raídos paraguas victorianos desplomados en un rincón como una bruja putrefacta y un viejo juego de patas de elefante disecadas. Había algo de conmovedor en esa docena de monolitos, todo lo que quedaba de una manada solitaria masacrada a causa del marfil hacía un siglo. Los imaginé exhibidos secretamente alrededor de mi sala de estar, llenando el aire con sus presencias invisibles pero dignas. Dentro de la tienda una joven empleada, sentada detrás de una mesa de marquetería, me miraba con la cabeza inclinada hacia un lado como calculando pacientemente hasta qué punto sería yo un cliente serio. Esa pose tan poco profesional, y su total falta de reacción cuando entré en la tienda, me tendrían que haber puesto sobre aviso, pero el aspecto tan poco común de la joven ya me había impresionado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero que noté, y que transformaba el sucio interior de la tienda, era la magnificencia de su vestido de brocado, muy lejos de las posibilidades de una vendedora en ese deteriorado extremo de King's Road. Sobre un fondo de un lustroso azul, un cerúleo de profundidades casi oceánicas, el dibujo de oro y plata subía desde el suelo, a sus pies, tan suntuoso que casi temí que el vestido se levantase como una ola y se la llevase. En comparación, su cabeza y sus hombros recatados, el busto pálido discretamente sugerido por el corpiño bajo, brotaban con extraordinaria serenidad de ese mar resplandeciente, como si su dueña fuese una dócil y doméstica Afrodita tranquilamente sentada a horcajadas sobre Poseidón. Aunque poco más que una adolescente, su pelo, deliberadamente, no estaba peinado a la moda, como si se lo hubiera arreglado, con mucho cariño, una anciana devota de las revistas de cine de la década del veinte. Bajo de ese casco rubio, su rostro había sido pintado y empolvado con el mismo cuidado pródigo, depiladas las cejas y subida la línea del cuero cabelludo, sin ningún ánimo de pastiche ni de falsa nostalgia, tal vez obra de una madre excéntrica que todavía soñaba con Valentino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus manos pequeñas descansaban en su falda, aparentemente enlazadas pero en realidad separadas por un estrecho espacio, una pose estilizada que sugería que estaba tratando de apresar un instante de tiempo que de lo contrario podría escabullírsele. En su boca flotaba una débil sonrisa, a la vez pensativa y tranquilizadora, como si se hubiese resignado, de la manera más adulta, al mundo caduco de esa moribunda tienda de curiosidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Lamento enterarme de que va a cerrar –le dije–. Esos pies de elefante que hay en la vidriera... tienen algo de conmovedor. Ella no contestó. Sus manos siguieron enlazadas con la misma separación de milímetros, sus ojos mirando fijo, con esa expresión de trance, la puerta que yo había cerrado a mis espaldas. Estaba sentada en una silla de un diseño peculiar, un artefacto de tres patas de teca barnizada que era una mezcla de pedestal y de caballete de pintor. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al comprender que se trataba de un aparato ortopédico y que ella era probablemente lisiada –eso explicaba el complejo maquillaje y la postura tiesa– me incliné para hablarle&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;de nuevo. Entonces vi la placa de bronce clavada en la cúspide del trípode de teca donde ella estaba sentada: «Serena Cockayne» , unida a la placa había una etiqueta polvorienta con un precio: «250».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Haciendo memoria, me resulta curioso que haya tardado tanto en darme cuenta de que no estaba mirando una mujer verdadera sino un complejo maniquí, una obra maestra, el producto de un notable virtuoso. Eso explicaba al fin su vestido Eduardiano y su peluca antigua, los cosméticos y la expresión facial de la década del veinte. A pesar de todo, el parecido con una mujer verdadera era asombroso. Los contornos de los hombros ligeramente curvos, la piel demasiado perlina e inmaculada, las pocas hebras de pelo de la nuca que habían escapado de la atención del fabricante de pelucas, la insólita delicadeza con que habían sido modelados –casi por un acto de amor sexual– las ventanas de la nariz, las orejas y los labios, representaban en conjunto un tour de forcé tan pasmoso que casi ocultaba el ingenio sutil de toda la aventura. Yo ya pensaba en el impacto que esa réplica de tamaño natural tendría en las mujeres de mis amigos cuando se la presentase. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentí que corrían una cortina a mis espaldas. El dueño de la tienda, un homosexual joven y astuto, se acercó con un gato blanco en brazos; alzó la mandíbula al oír mi risa de satisfacción. Yo ya había sacado la chequera y estampado mi firma con un gesto ceremonioso digno de la ocasión. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cargué a Serena Cockayne en un taxi y me la traje a vivir conmigo. Al pensar en el primer verano que pasamos juntos, lo recuerdo como un tiempo de perpetuo buen humor, en el que la presencia de Serena enriquecía casi cada aspecto de mi vida. Correcta y discreta, ella teñía todo lo que me rodeaba con las más deliciosas ironías. Sentada tranquilamente junto a la chimenea de mi estudio mientras yo leía, presidiendo la cena como dueña de casa, su sonrisa plácida y su mirada serena iluminaban el aire. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ninguno de mis amigos dejó de caer en el engaño, y todos me felicitaron por haber montado semejante golpe de efecto. Sus mujeres, desde luego, miraban a Serena con recelo, y evidentemente la consideraban parte de una travesura adolescente o sexista. Pero yo ponía mi cara más inexpresiva, y en unos pocos meses todos dimos por sentada su presencia en mi casa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En verdad, al llegar el otoño ya formaba parte de mi vida, hasta tal punto que muchas veces no reparaba en ella. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después de su llegada le había sustituido el pedestal por una pequeña silla dorada en la que podía transportarla cómodamente de una a otra habitación. Serena era notablemente liviana. Sin duda su inventor –ese genio desconocido del arte de fabricar muñecas– le había insertado una sólida armadura, pues su postura, al igual que su expresión, nunca cambiaba. En ninguna parte había indicios de la fecha o lugar de fabricación, pero por los gastados zapatos de charol que a veces asomaban por debajo del vestido de brocado calculé que la habían armado hacía unos veinte años, probablemente como doble de una actriz durante la época dorada de la industria cinematográfica de posguerra. Cuando regresé a la tienda a preguntar por sus anteriores dueños todo el Fin del Mundo había sido reducido a escombros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche de domingo, en noviembre, aprendí algo más sobre Serena Cockayne.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de trabajar toda la tarde en el estudio levanté la mirada del escritorio y la vi sentada de espaldas en el rincón. Distraído por un problema profesional, la había dejado allí sin darme cuenta después del almuerzo, y se le notaba una cierta melancolía en los hombros cargados, casi como si hubiese caído en desgracia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al hacerla girar hacia mí noté una pequeña mancha en su hombro izquierdo, tal vez una partícula de yeso caída del cielo raso. Intenté cepillarla, pero la mancha no desapareció. Se me ocurrió que la piel sintética, probablemente fabricada con algún plástico experimental primitivo, podría haber comenzado a deteriorarse. Encendí una lámpara de mesa y examiné los hombros de Serena con mayor atención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contra el oscuro fondo del estudio, la aureola de vello que cubría la piel de Serena confirmaba toda mi admiración por el genio de su hacedor. Defectos casi imperceptibles, manchas sutilmente tenues que sugerían superficiales vasos capilares, arraigaban la ilusión en el realismo más firme. Yo siempre había creído que esa obra maestra de imitación cutánea no se prolongaría más allá de unos cinco centímetros por debajo del vestido, y que el resto del cuerpo de Serena estaría hecho con madera y cartón piedra. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mirando los angulosos planos de esos omóplatos, las modestas curvaturas de los pechos tan bien ocultos, di rienda suelta a un impulso repentino y nada lascivo. De pie detrás de Serena, tomé entre los dedos el cierre plateado y, con un solo movimiento, se lo bajé hasta la cintura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras miraba la ininterrumpida extensión de piel blanca que se prolongaba hasta un par de caderas rollizas y los inconfundibles hemisferios de las nalgas, comprendí que el maniquí que tenía delante representaba a una mujer completa, y que su creador había prodigado tanta habilidad y arte en esas partes cubiertas de su anatomía como en las visibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cierre se había atascado en el extremo inferior de la oxidada cremallera. Había algo de ofensivo en el forcejeo con el vestido suelto de esa mujer semidesnuda. Mis dedos tocaron la piel de la espalda, sacando el polvo que se había acumulado allí durante años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre la columna y la cadera, en diagonal, presentaba la huella de una considerable cicatriz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Di por sentado que esa marca señalaba una abertura esencial para la fabricación de esos modelos. Pero las hileras de suturas, a ambos lados de la cicatriz, eran demasiado evidentes. Me levanté, y por unos instantes observé a esa mujer parcialmente desnuda, que miraba plácidamente la chimenea con la cabeza ladeada y las manos enlazadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuidando de no dañarla, le aflojé el corpiño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aparecieron las curvaturas superiores de los pechos, marcadas por los breteles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces vi, dos centímetros por encima del pezón izquierdo todavía oculto, un enorme lunar negro. Le subí el cierre del vestido y le alisé con suavidad la tela sobre los hombros. Me arrodillé en la alfombra delante de ella y le miré con atención el rostro, las tenues fisuras de las comisuras de la boca, las diminutas venas de la mejilla, una cicatriz infantil debajo de la barbilla. Me dominó una curiosa sensación de excitación y de asco, como si hubiera cometido un acto de canibalismo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora sabía que la persona sentada en la silla dorada no era un maniquí sino una mujer que en otro tiempo había estado viva, y cuya piel incomparable había sido disecada y conservada para siempre por un maestro, pero no un maestro del arte de fabricar muñecas sino del arte de la taxidermia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento me enamoré perdidamente de Serena Cockayne.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante el mes siguiente mi obsesión amorosa por Serena tuvo toda la intensidad de la que es capaz un hombre maduro. Abandoné la oficina, dejando que el personal se las arreglase por su cuenta, y pasé todo el tiempo con Serena, cuidándola como el amante más devoto. A un costo inmenso hice instalar en mi casa un complejo sistema de aire acondicionado, de un tipo que solamente se utiliza en museos de arte. En el pasado yo había trasladado a Serena de una habitación caliente a una fría sin pensar en su cutis, que suponía hecho con plástico insensible, pero ahora regulaba cuidadosamente la temperatura y la humedad, decidido a preservarla para siempre. Cambié de orden todo el mobiliario de la casa para evitar lastimarle los brazos y los hombros cuando la llevaba de un ambiente a otro. Por las mañanas me despertaba ansioso para verla a los pies de la cama, luego la sentaba a la mesa del desayuno. Se mantenía todo el día a mi alcance, sonriéndome con una expresión que casi me convencía de que respondía a mis sentimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abandoné por completo la vida social, interrumpiendo las cenas y viendo a pocos amigos. Acepté una o dos visitas, pero sólo para mitigar sospechas. Durante esas conversaciones breves y vacías yo observaba a Serena en el otro extremo de la sala de estar con toda la excitación que puede producir una relación ilícita. Celebramos la Navidad solos. Dada la juventud de Serena –a veces, distraído, la sorprendía mirando desde el otro lado de la sala y me parecía poco más que una niña– decidí decorar la casa de la manera tradicional, con un árbol cubierto de adornos, hojas de acebo, serpentinas y muérdago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco a poco transformé las habitaciones en una serie de glorietas, desde las cuales ella presidía nuestras festividades como la virgen de una procesión de retablos. En la Nochebuena, a las doce, la coloqué en el centro de la sala y le puse mis regalos a los pies. Por un momento sus manos parecieron casi tocarse, como aplaudiendo mis esfuerzos. Inclinándome debajo de la rama de muérdago que le colgaba por encima de la cabeza, acerqué mis labios a los de ella, hasta una distancia similar a la que separaba sus manos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A todo ese cariño y devoción, Serena respondía como una novia. Su rostro delgado, antes tan ingenuo con esa sonrisa vacilante, se ablandó y adquirió el aire alegre de una esposa joven y satisfecha. Después de Año Nuevo decidí volver a mostrarnos en el mundo, y ofrecí la primera de una pequeña serie de cenas. Mis amigos se alegraron de vernos de tan buen humor, y aceptaron a Serena como una más del grupo. Regresé a la oficina, y allí trabajaba feliz todo el día hasta que partía hacia mi casa, donde indefectiblemente me esperaba Serena con el cálido interés de una esposa orgullosa y devota. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras me vestía para una de esas veladas se me ocurrió que Serena era la única de todos nosotros que no podía cambiar su ropa o su peinado. Desafortunadamente, el descuido formal de su aspecto comenzaba a revelar los primeros signos de una domesticidad excesiva. El peinado antes tan elegante se le había desarreglado, y se le veían muy claramente los pelos rubios sueltos. Del mismo modo, el inmaculado maquillaje del rostro mostraba ahora los primeros signos de desgaste. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de pensarlo mucho, decidí pedir los servicios de un cercano salón de peluquería y belleza. Cuando los llamé por teléfono aceptaron instantáneamente enviar a mi casa un integrante del equipo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ahí empezaron mis problemas. La única emoción que nunca había sospechado poseer, y que jamás había sentido por ningún ser humano, me atenazó el corazón. El joven que llegó, trayendo consigo un equipo que era una pequeña mudanza, parecía bastante inofensivo. Aunque de tez morena y físico vigoroso, tenía algo de afeminado, y evidentemente no había peligro en dejarlo solo con Serena. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de toda la seguridad que mostraba, pareció sorprenderse cuando le presenté a Serena; su cortés «Buenos días, señora...» terminó en un murmullo. La miró boquiabierto, temblando en el aire frío, evidentemente pasmado por su belleza y por su serenidad. Lo dejé para que continuase con lo que tenía que hacer y pasé la hora siguiente trabajando en mi estudio, distraído de vez en cuando por algunos compases de El barbero de Sevilla y Mi bella dama que sonaban en el piso de abajo. Cuando el hombre concluyó su tarea, inspeccioné el trabajo, encantado de ver que le había devuelto a Serena todos los matices de su gloria original. Había desaparecido el ama de casa excesivamente hogareña, y en su lugar estaba la ingenua Afrodita que había visto por primera vez en la tienda de curiosidades seis meses antes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo estaba tan complacido que decidí pedir de nuevo los servicios del joven, y sus visitas se convirtieron en un acontecimiento semanal. Gracias a sus atenciones, y a mi devoción por controlar la temperatura y la humedad, el cutis de Serena recuperó toda su perfección. Hasta mis huéspedes señalaban el notable florecimiento de su aspecto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Profundamente satisfecho, esperaba con ilusión la llegada de la primavera, y la celebración de nuestro primer aniversario. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seis semanas más tarde, mientras el joven peluquero trabajaba en la sala de estar de Serena, en la planta alta, volví por casualidad al dormitorio a buscar un libro. Oí nítidamente la voz del joven, casi un susurro, como si estuviera transmitiendo un mensaje personal. Miré por la puerta abierta. Estaba arrodillado delante de Serena, dándome la espalda, la paleta de cosméticos en una mano y el pincel en la otra, gesticulando con ellos de un modo travieso y divertido. Iluminada por la obra del joven, Serena lo miraba directamente a la cara, los labios recién pintados casi húmedos de anticipación. Sin lugar a dudas, el joven le estaba murmurando discretas palabras de cariño. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante los días siguientes sentí que una especie de enfermedad se había apoderado de mi cabeza. Mientras trataba sin éxito de dominar el dolor de aquellos primeros e intensos celos, me vi obligado a admitir que el joven era de la edad de Serena, y que ella siempre tendría más en común con él que conmigo. Superficialmente, nuestra vida siguió como antes –nos sentábamos juntos en el estudio cuando yo volvía de la oficina, llevaba a Serena a la sala de estar cuando venían mis amigos, y nos acompañaba en la mesa a la hora de cenar– pero yo sabía que en nuestra relación había entrado una nota de formalidad. Serena no volvió a pasar la noche en mi dormitorio, y noté que, a pesar de esa sonrisa tranquila, yo no la atraía como antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de mis crecientes sospechas, el joven peluquero continuó realizando sus visitas. Fuera lo que fuese la crisis que Serena y yo estábamos atravesando, no pensaba rendirme. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante las largas horas de esas visitas tenía que luchar cada segundo para contenerme y no subir corriendo por la escalera. Desde la sala yo oía a menudo la voz del peluquero murmurando en ese tono insinuante, ahora en voz más alta, como si quisiera incitarme. Cuando se iba sentía su desprecio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo me tomaba una hora antes de subir lentamente las escaleras hasta la habitación de Serena. Su belleza extraordinaria, encendida de nuevo por los halagos del joven, hacía crecer mi rabia. Incapaz de hablar, caminaba alrededor de ella como un marido fracasado, notando los sutiles cambios en el rostro de Serena. Aunque más juvenil en todo sentido, recordándome dolorosamente los treinta años que nos separaban, su expresión, después de cada visita, se volvía un poco menos ingenua, como la de una joven esposa que se plantea la primera aventura amorosa. Una onda sofisticada modulaba ahora la curva de pelo rubio que le caía sobre la sien derecha. Los labios eran más delgados, la boca más fuerte y más madura. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inevitablemente, inicié una relación con otra mujer, la esposa separada de un amigo íntimo, pero me aseguré de que Serena no supiese nada de esa ni de las demás infidelidades que ocurrieron durante las semanas siguientes. Además, patéticamente, empecé a beber, y me pasaba las tardes borracho sentado en los departamentos vacíos de mis amigos, sosteniendo largas e imaginarias conversaciones con Serena en las que yo era a la vez abyecto y agresivo. En casa empecé a hacerme el marido dictatorial, a dejarla toda la noche en el piso de arriba y a negarme caprichosamente a hablar con ella en la mesa, durante la cena. Mientras tanto miraba con ojos paralizados cómo entraba y salía el joven peluquero, galán insolente que subía las escaleras silbando. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras la última de sus visitas llegó el fastidioso desenlace. Yo había pasado la tarde bebiendo solo en un restaurant, ante la paciente mirada de los camareros. Mientras volvía en taxi a mi casa tuve una repentina y confusa revelación acerca de Serena y de mí mismo. Comprendí que nuestro fracaso había sido totalmente culpa mía, que mis celos por su inofensivo coqueteo con el joven habían exagerado todo hasta proporciones absurdas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Liberado de semanas de agonía por esa decisión, pagué el taxi en la puerta, entré en el frío ambiente de mi casa y subí corriendo las escaleras. Desaliñado pero feliz, caminé hacia Serena, sentada tranquilamente en el centro de su sala de estar, dispuesto a abrazarla y a perdonarnos a ambos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces noté que, a pesar de su inmaculado maquillaje y de su peinado extravagante, el vestido de brocado le colgaba de los hombros de una manera extraña. Del lado derecho se le veía toda la clavícula, y su corpiño se había deslizado hacia adelante como si alguien le hubiera estado manoseando el pecho. Todavía le flotaba la sonrisa en los labios, como pidiéndome de la manera más amable que me resignase a las realidades de la vida adulta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Furioso, me adelanté y le di una bofetada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuánto lamento ese absurdo arrebato. En los dos años que han pasado he tenido tiempo de sobra para reflexionar sobre los peligros de una catarsis demasiado apresurada. Serena y yo todavía vivimos juntos, pero todo ha terminado entre nosotros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella se queda todo el tiempo en su silla dorada al lado de la chimenea de la sala de estar, y me acompaña a la mesa cuando vienen mis amigos a cenar. Pero lo que se ve de nuestra relación no es más que la cáscara seca de un sentimiento que ya no está. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al principio, después de golpearla en la cara, no noté demasiados cambios. Recuerdo haberme quedado en esa habitación de la planta alta con la mano lastimada. Me tranquilicé, me cepillé el polvo de tocador de los nudillos y decidí hacer un balance de mi vida. Desde entonces dejé de beber y fui a la oficina todos los días, entregándome por entero al trabajo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para Serena, no obstante, el incidente marcó la primera etapa de lo que resultó ser una transformación decisiva. En unos pocos días noté que había perdido parte de su lozanía. La cara se le arrugó, la nariz se le volvió más prominente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La comisura de la boca donde la había golpeado pronto se le hinchó y se le torció hacia abajo en un gesto irónico. Con la ausencia del peluquero –a quien yo había despedido diez minutos antes de golpearla a ella– el deterioro de Serena pareció acelerarse. El exquisito peinado que el joven le había creado pronto se le desató, y los pelos sueltos le cayeron sobre los hombros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de nuestro segundo año de convivencia Serena Cockayne había envejecido toda una década. A veces, al verla encorvada en su silla dorada y con esas ropas todavía brillantes, casi me convencía de se había propuesto perseguirme y alcanzarme como parte de un complejo plan de venganza. Su postura se había hundido, y los hombros caídos le daban un prematuro aspecto de vieja. Con esos ojos desenfocados y esos pelos desordenados me hacía pensar a menudo en una solterona entrada en años. Sus manos se habían tocado al fin, y se enlazaban de un modo protector y nostálgico. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Últimamente se ha producido un hecho mucho más inquietante. Tres años después de nuestro primer encuentro Serena entró en una nueva etapa de franco deterioro. A causa de alguna intrínseca debilidad de la columna, tal vez vinculada con la operación cuyas cicatrices le atraviesan la espalda, la postura de Serena se ha alterado. En el pasado se inclinaba ligeramente hacia adelante, pero hace tres días descubrí que se había desplomado contra el respaldo de la silla. Ahora está allí sentada de un modo rígido y torpe, estudiando el mundo con un ojo crítico y desequilibrado, como una belleza descolorida y demente. Casi se le ha cerrado un párpado, lo que le da al rostro ceniciento un aspecto casi cadavérico. Las manos siguen chocando lentamente, y han comenzado a retorcerse una sobre la otra, rotando hasta crearse una parodia deforme que pronto se transformará en un ademán obsceno. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me aterroriza ante todo su sonrisa. Verla ha alterado toda mi vida, pero me resulta imposible apartar de ella la mirada. A medida que su cara se ha ido ablandando, la sonrisa se le ha ido ensanchando y torciendo todavía más. Aunque ha tardado dos años en lograr todo su efecto, aquella bofetada ha convertido la boca en una mueca de reproche. Hay en la sonrisa de Serena algo de perspicaz e implacable. Mientras la miro ahora mismo, desde el otro lado del estudio, creo ver en ella un conocimiento completo de mi personalidad, un juicio que desconozco y del que nunca podré escapar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada día la sonrisa se arrastra otro poco por esa cara. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El avance es irregular, y muestra aspectos de su desprecio hacia mí que me dejan aturdido y mudo. La baja temperatura ayuda a conservar a Serena, y hace frío en este lugar. Si encendiera el sistema de calefacción quizá podría librarme de ella en unas pocas semanas, pero jamás lo haré. Me lo impide esa mueca. Además, estoy completamente atado a Serena. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fortuna, Serena envejece ahora más rápido que yo. Mirando impotente su sonrisa, el abrigo sobre los hombros, espero que se muera y me deje en libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;em&gt;J.G Ballard&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #660000;"&gt;De: &lt;em&gt;Mitos del futuro próximo&lt;/em&gt;&amp;nbsp;(1982)&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="color: orange; font-size: x-large;"&gt;***&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-3122388157316150624?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/3122388157316150624/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2011/02/la-sonrisa-jg-ballard.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/3122388157316150624'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/3122388157316150624'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2011/02/la-sonrisa-jg-ballard.html' title='La sonrisa - J.G Ballard'/><author><name>Administrador del blog</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_hCWovI7lS10/TTYg_PojhpI/AAAAAAAACOU/eS3qFrXTQYo/S220/ccq.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_hCWovI7lS10/TTKjlc0IafI/AAAAAAAACOQ/VEyPEBlmfFQ/s72-c/Mu%25C3%25B1eca.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-2658647459043729239</id><published>2010-03-23T21:41:00.000-07:00</published><updated>2010-03-23T21:41:43.105-07:00</updated><title type='text'>Cartas de mamá</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S6mX_GBGiII/AAAAAAAAAG8/NStq-wyOfgY/s1600-h/corta14.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://2.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S6mX_GBGiII/AAAAAAAAAG8/NStq-wyOfgY/s320/corta14.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;b&gt;Cartas de mamá&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;span style="color: orange;"&gt;Julio Cortazar&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muy bien hubiera  podido llamarse  libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a  Luis le  bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para  comprender que otra vez más habría de franquear el puente. San Martín,  Rivadavia, pero esos nombres eran también imá&lt;span lang="es"&gt;g&lt;/span&gt;enes  de calles y de cosas,  Rivadavia al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de  San  Martín y Corrientes donde lo esperaban a veces los amigos, donde el  mazagrán  tenía un leve gusto a aceite de ricino. Con el sobre en la mano, después  del  Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya lo mismo que el  día  anterior, que todos los días anteriores. Cada carta de mamá (aun antes  de eso  que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe  la vida  de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. Aun antes  de eso  que acababa de leer —y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y   perplejo, sin acabar de convencerse—, las cartas de mamá; eran siempre  una  alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo dentro del orden  de cosas  que Luis había querido y trazado y conseguido, calzándolo en su vida  como había  calzado a Laura en su vida y a París en su vida. Cada nueva carta  insinuaba por  un rato (porque después el las borraba en el acto mismo de contestarlas  cariñosamente) que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida  recortada  con feroces golpes de tijera en la madeja de lana que los demás habían  llamado  su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de  las  calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba  más que  una parva libertad condicional, la irrisión de vivir a la manera de una  palabra  entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo  es casi  siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en   seguida, como quien vuelve a cerrar una puerta. &lt;br /&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que  llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco del pasado, casi nunca  del  caserón de Flores. No es que a Luis no le gustara acordarse de Buenos  Aires. Más  bien se trataba de evadir nombres (las personas, evadidas hacía ya tanto  tiempo,  los verdaderos fantasmas que son los nombres, esa duración pertinaz). Un  día se  había animado a decirle a Laura: «Si se pudiera romper y tirar el pasado  como el  borrador de una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre, manchando  la copia  en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro.» En realidad, por  qué no  habían de hablar de Buenos Aires donde vivía la familia, donde los  amigos de  cuando en cuando adornaban una postal con frases cariñosas. Y el  roto-grabado de  La Nación con los sonetos de tantas señoras entusiastas, esa sensación  de ya  leído, de para qué. Y de cuando en cuando alguna crisis de gabinete,  algún  coronel enojado, algún boxeador magnífico. ¿Por qué no habían de hablar  de  Buenos Aires con Laura? Pero tampoco ella volvía al tiempo de antes,  sólo al  azar de algún diálogo, y sobre todo cuando llegaban cartas de mamá,  dejaba caer  un nombre o una imagen como monedas fuera de circulación, objetos de un  mundo  caduco en la lejana orilla del río.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;—Eh oui, fait lourd —dijo el obrero sentado frente a él.&lt;br /&gt;«Si supiera lo que es el calor —pensó Luis—. Si pudiera andar una tarde  de  febrero por la Avenida de Mayo, por alguna callecita de Liniers.»&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Sacó otra vez la carta del sobre, sin ilusiones:  el párrafo estaba ahí, bien claro. Era perfectamente absurdo pero estaba  ahí. Su  primera reacción, después de la sorpresa, el golpe en plena nuca, era  como  siempre de defensa. Laura no debía leer la carta de mamá. Por más  ridículo que  fuese el error, la confusión de nombres (mamá había querido escribir  «Víctor» y  había puesto «Nico»), de todos modos Laura se afligiría, sería estúpido.  De  cuando en cuando se pierden cartas; ojalá ésta se hubiera ido al fondo  del mar.  Ahora tendría que tirarla al water de la oficina, y por supuesto unos  días  después Laura se extrañaría: «Qué raro, no ha llegado carta de tu  madre.» Nunca  decía tu mamá, tal vez porque había perdido a la suya siendo niña.  Entonces él  contestaría: «De veras, es raro. Le voy a mandar unas líneas hoy mismo»,  y las  mandaría, asombrándose del silencio de mamá. La vida seguiría igual, la  oficina,  el cine por las noches, Laura siempre tranquila, bondadosa, atenta a sus  deseos.  Al bajar del autobús en la rue de Rennes se preguntó bruscamente (no era  una  pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) por qué no quería mostrarle a  Laura la  carta de mamá. No por ella, por lo que ella pudiera sentir. No le  importaba gran  cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara. (¿No le  importaba gran  cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara?) No, no le  importaba  gran cosa. (¿No le importaba?) Pero la primera verdad, suponiendo que  hubiera  otra detrás, la verdad inmediata por decirlo así, era que le importaba  la cara  que pondría Laura, la actitud de Laura. Y le importaba por él,  naturalmente, por  el efecto que le haría la forma en que a Laura iba a importarle la carta  de  mamá. Sus ojos caerían en un momento dado sobre el nombre de Nico, y él  sabéa  que el mentón de Laura empezaría a temblar ligeramente, y después Laura  diría:  «Pero qué raro... ¿qué le habrá pasado a tu madre?» Y él habría sabido  todo el  tiempo que Laura se contenía para no gritar, para no esconder entre las  manos un  rostro desfigurado ya por el llanto, por el dibujo del nombre de Nico  temblándole en la boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En la agencia de publicidad donde trabajaba como  diseñador, releyó la carta, una de las tantas cartas de mamá, sin nada  de  extraordinario fuera del párrafo donde se habáa equivocado de nombre.  Pensó si  no podría borrar la palabra, reemplazar Nico por Víctor, sencillamente  reemplazar el error por la verdad, y volver con la carta a casa para que  Laura  la leyera. Las cartas de mamá interesaban siempre a Laura, aunque de una  manera  indefinible no le estuvieran destinadas. Mamá le escribía a él; agregaba  al  final, a veces a mitad de la carta, saludos muy cariñosos para Laura. No   importaba, las leía con el mismo interés, vacilando ante alguna palabra  ya  retorcida por el reuma y la miopía. «Tomo Saridón, y el doctor me ha  dado un  poco de salicilato...» Las cartas se posaban dos o tres días sobre la  mesa de  dibujo; Luis hubiera querido tirarlas apenas las contestaba, pero Laura  las  releía, a las mujeres les gusta releer las cartas, mirarlas de un lado y  de  otro, parecen extraer un segundo sentido cada vez que vuelven a sacarlas  y a  mirarlas. Las cartas de mamá eran breves, con noticias domésticas, una  que otra  referencia al orden nacional (pero esas cosas que ya se sabían por los  telegramas de Le Monde, llegaban siempre tarde por su mano). Hasta podía   pensarse que las cartas eran siempre la misma, escueta y mediocre, sin  nada  interesante. Lo mejor de mamá era que nunca se había abandonado a la  tristeza  que debía causarle la ausencia de su hijo y de su nuera, ni siquiera al  dolor  —tan a gritos, tan a lágrimas al principio— por la muerte de Nico.  Nunca, en los  dos años que llevaban ya en París, mamá había mencionado a Nico en sus  cartas.  Era como Laura, que tampoco lo nombraba. Ninguna de las dos lo nombraba,  y hacía  más de dos años que Nico había muerto. La repentina mención de su nombre  a mitad  de la carta era casi un escándalo. Ya el solo hecho de que el nombre de  Nico  apareciera de golpe en una frase, con la N larga y temblorosa, la o con  una  torcida; pero era peor, porque el nombre se situaba en una frase  incomprensible  y absurda, en algo que no podía ser otra cosa que un anuncio de  senilidad. De  golpe mamá perdía la noción del tiempo, se imaginaba que... El párrafo  venía  después de un breve acuse de recibo de una carta de Laura. Un punto  apenas  marcado con la débil tinta azul comprada en el almacén del barrio, y a  quemarropa: «Esta mañana Nico preguntó por ustedes.» El resto seguía  como  siempre: la salud, la prima Matilde se había caído y tenía una clavícula  sacada,  los perros estaban bien. Pero Nico había preguntado por ellos.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En realidad hubiera sido fácil cambiar Nico por  Víctor, que era el que sin duda había preguntado por ellos. El primo  Víctor, tan  atento siempre. Víctor tenía dos letras más que Nico, pero con una goma y   habilidad se podían cambiar los nombres. Esta mañana Víctor preguntó por   ustedes. Tan natural que Víctor pasara a visitar a mamá y le preguntara  por los  ausentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Cuando volvió a almorzar, traía intacta la carta  en el bolsillo. Seguía dispuesto a no decirle nada a Laura, que lo  esperaba con  su sonrisa amistosa, el rostro que parecía haberse dibujado un poco  desde los  tiempos de Buenos Aires, como si el aire gris de París le quitara el  color y el  relieve. Llevaban más de dos años en París, habían salido de Buenos  Aires apenas  dos meses después de la muerte de Nico, pero en realidad Luis se había  considerado como ausente desde el día mismo de su casamiento con Laura.  Una  tarde, después de hablar con Nico que estaba ya enfermo, se había jurado  escapar  de la Argentina, del caserón de Flores, de mamá y los perros y su  hermano (que  ya estaba enfermo). En aquellos meses todo había girado en torno a él  como las  figuras de una danza. Nico, Laura, mamá, los perros, el jardín. Su  juramento  había sido el gesto brutal del que hace trizas una botella en la pista,  interrumpe el baile con un chicotear de vidrios rotos. Todo había sido  brutal en  eso días: su casamiento, la partida sin remilgos ni consideraciones para  con  mamá, el olvido de todos los deberes sociales, de los amigos entre  sorprendidos  y desencantados. No le había importado nada, ni siquiera el asomo de  protesta de  Laura. Mamá se quedaba sola en el caserón, con los perros y los frascos  de  remedios, con la ropa de Nico colgada todavía en un ropero. Que se  quedara, que  todos se fueran al demonio. Mamá había parecido comprender, ya no  lloraba a Nico  y andaba como antes por la casa, con la fría y resuelta recuperación de  los  viejos frente a la muerte. Pero Luis no quería acordarse de lo que había  sido la  tarde de la despedida, las valijas, el taxi en la puerta, la casa ahí  con toda  la infancia, el jardín donde Nico y él habían jugado a la guerra, los  dos perros  indiferentes y estúpidos. Ahora era casi capaz de olvidarse de todo eso.  Iba a  la agencia, dibujaba afiches, volvía a comer, bebía la taza de café que  Laura le  alcanzaba sonriendo. Iban mucho al cine, mucho a los bosques, conocían  cada vez  mejor París. Habían tenido suerte, la vida era sorprendentemente fácil,  el  trabajo pasable, el departamento bonito, las películas excelentes.  Entonces  llegaba carta de mamá.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No las detestaba; si le hubieran faltado habría sentido  caer sobre él la libertad como un peso insoportable. Las cartas de mamá  le  traían un tácito perdón (pero de nada había que perdonarlo), tendían el  puente  por donde era posible seguir pasando. Cada una lo tranquilizaba o lo  inquietaba  sobre la salud de mamá, le recordaba la economía familiar, la  permanencia de un  orden. Y a la vez odiaba ese orden. Y a la vez odiaba ese orden y lo  odiaba por  Laura, porque Laura estaba en París pero cada carta de mamá la definía  como  ajena, como cómplice de ese orden que el había repudiado una noche en el  jardín,  después de oír una vez más la tos apagada, casi humilde de Nico.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No, no le mostraría la carta. Era innoble sustituir un  nombre por otro, era intolerable que Laura leyera la frase de mamá. Su  grotesco  error, su tonta torpeza de un instante —la veía luchando con una pluma  vieja,  con el papel que se ladeaba, con su vista insuficiente—, crecería con  Laura como  una semilla fácil. Mejor tirar la carta (la tiró esa tarde misma) y por  la noche  ir al cine con Laura, olvidarse lo antes posible de que Víctor había  preguntado  por ellos. Aunque fuera Víctor, el primo tan bien educado, olvidarse de  que  Víctor había preguntado por ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Diabólico, agazapado, relamiéndose, Tom esperaba  que Jerry cayera en la trampa. Jerry no cayó, y llovieron sobre Tom  catástrofes  incontables. Después Luis compró helados, los comieron mientras miraban  distraídamente los anuncios en colores. Cuando empezó la película, Laura  se  hundió un poco más en su butaca y retiró la mano del brazo de Luis. Él  la sentía  otra vez lejos, quién sabe si lo que miraban juntos era ya la misma cosa  para  los dos, aunque más tarde comentaran la película en la calle o en la  cama. Se  preguntó (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) si Nico y  Laura  habían estado así de distantes en los cines, cuando Nico la festejaba y  salían  juntos. Probablemente habían conocido todos los cines de Flores, toda la  rambla  estúpida de la calle Lavalle, el león, el atleta que golpea el gongo,  los  subtítulos en castellano por Carmen de Pinillos, los personajes de esta  película  son ficticios, y toda relación... Entonces, cuando Jerry había escapado  de Tom y  empezaba la hora de Bárbara Stanwyck o de Tyron Power, la mano de Nico  se  acostaría despacio sobre el muslo de Laura (el pobre Nico, tan tímido,  tan  novio), y los dos se sentirían culpables de quién sabe qué. Bien le  constaba a  Luis que no habían sido culpables de nada definitivo; aunque no hubiera  tenido  la más deliciosa de las pruebas, el veloz desapego de Laura por Nico  hubiera  bastado para ver en ese noviazgo un mero simulacro urdido por el barrio,  la  vecindad, los círculos culturales y recreativos que son la sal de  Flores. Había  bastado el capricho de ir una noche a la misma sala de baile que  frecuentaba  Nico, el azar de una presentación fraternal. Tal vez por eso, por la  facilidad  del comienzo, todo el resto había sido inesperadamente duro y amargo.  Pero no  quería acordarse ahora, la comedia había terminado con la blanda derrota  de Nico,  su melancólico refugio en una muerte de tísico. Lo raro era que Laura no  lo  nombrara nunca, y que por eso tampoco él lo nombrara, que Nico no fuera  ni  siquiera el difunto, ni siquiera el cuñado muerto, el hijo de mamá. Al  principio  le había traído un alivio después del turbio intercambio de reproches,  del  llanto y los gritos de mamá, de la estúpida intervención del tío Emilio y  del  primo Víctor (Víctor preguntó esta mañana por ustedes), el casamiento  apresurado  y sin más ceremonia que un taxi llamado por teléfono y tres minutos  delante de  un funcionario con caspa en las solapas. Refugiados en un hotel de  Adrogué,  lejos de mamá y de toda la parentela desencadenada, Luis había  agradecido a  Laura que jamás hiciera referencia al pobre fantoche que tan vagamente  había  pasado de novio a cuñado. Pero ahora, con un mar de por medio, con la  muerte y  dos años de por medio, Laura seguía sin nombrarlo, y él se plegaba a su  silencio  por cobardía, sabiendo que en el fondo ese silencio lo agraviaba por lo  que  tenía de reproche, de arrepentimiento, de algo que empezaba a parecerse a  la  traición. Más de una vez había mencionado expresamente a Nico, pero  comprendía  que eso no contaba, que la respuesta de Laura tendía a desviar la  conversación.  Un lento territorio prohibido se había ido formando poco a poco en su  lenguaje,  aislándolos de Nico, envolviendo su nombre y su recuerdo en un algodón  manchado  y pegajoso. Y del otro lado mamá hacía lo mismo, confabulaba  inexplicablemente  en el silencio. Cada carta hablaba de los perros, de Matilde, de Víctor,  del  salicilato, del pago de la pensión. Luis había esperado que alguna vez  mamá  aludiera a su hijo para aliarse con ella frente a Laura, obligar  cariñosamente a  Laura a que aceptara la existencia póstuma de Nico. No porque fuera  necesario, a  quién le importaba nada de Nico vivo o muerto, pero la tolerancia de su  recuerdo  en el panteón del pasado hubiera sido la oscura, irrefutable prueba de  que Laura  lo había olvidado verdaderamente y para siempre. Llamado a la plena luz  de su  nombre el íncubo se hubiera desvanecido, tan débil e inane como cuando  pisaba la  tierra. Pero Laura seguía callando el nombre de Nico, y cada vez que lo  callaba,  en el momento preciso en que hubiera sido natural que lo dijera y  exactamente lo  callaba, Luis sentía otra vez la presencia de Nico en el jardín de  Flores,  escuchaba su tos discreta preparando el más perfecto regalo de bodas  imaginable,  su muerte en plena luna de miel de la que había sido su novia, del que  había  sido su hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Una semana más tarde Laura se sorprendió de que  no hubiera llegado carta de mamá. Barajaron las hipótesis usuales, y  Luis  escribió esa misma tarde. La respuesta no lo inquietaba demasiado, pero  hubiera  querido (lo sentía al bajar las escaleras por la mañana) que la portera  le diera  a él la carta en vez de subir al tercer piso. Una quincena más tarde  reconoció  el sobre familiar, el rostro del almirante Brown y una vista de las  cataratas  del Iguazú. Guardó el sobre antes de salir a la calle y contestar el  saludo de  Laura asomada a la ventana. Le pareció ridículo tener que doblar la  esquina  antes de abrir la carta. El Boby se había escapado a la calle y unos  días  después había empezado a rascarse, contagio de algún perro sarnoso. Mamá  iba a  consultar a un veterinario amigo del tío Emilio, porque no era cosa de  que el  Boby le pegara la peste al Negro. El tío Emilio era de parecer que los  bañara  con acaroína, pero ella ya no estaba para esos trotes y sería mejor que  el  veterinario recetara algún polvo insecticida o algo para mezclar con la  comida.  La señora de la lado tenía un gato sarnoso, vaya a saber si los gatos no  eran  capaces de contagiar a los perros, aunque fuera a través del alambrado.  Pero qué  les iba a interesar a ellos esas charlas de vieja, aunque Luis siempre  había  sido muy cariñoso con los perros y de chico hasta dormía con uno a los  pies de  la cama, al revés de Nico que no le gustaban mucho. La señora de al lado   aconsejaba espolvorearlos con dedeté por si no era sarna, los perros  pescan toda  clase de pestes cuando andan por la calle; en la esquina de Bacacay  paraba un  circo con animales raros, a lo mejor había microbios en el aire, esas  cosas.  Mamá no ganaba para sustos, entre el chico de la modista que se había  quemado el  brazo con leche hirviendo y el Boby sarnoso.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Después había como una estrellita azul (la  pluma cucharita que se enganchaba en el papel, la exclamación de  fastidio de  mamá) y entonces unas reflexiones melancólicas sobre lo sola que se  quedaría si  también Nico se iba a Europa como parecía, pero ese era el destino de  los  viejos, los hijos son golondrinas que se van un día, hay que tener  resignación  mientras el cuerpo vaya tirando. La señora de al lado...&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Alguien empujó a Luis, le soltó una rápida declaración  de derechos y obligaciones con acento marsellés. Vagamente comprendió  que estaba  estorbando el paso de la gente que entraba por el angosto corredor al  métro. El  resto del día fue igualmente vago, telefoneó a Laura para decirle que no  iría a  almorzar, pasó dos horas en un banco de plaza releyendo la carta de  mamá,  preguntándose qué debería hacer frente a la insania. Hablar con Laura,  antes de  nada. Por qué (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo)  seguir  ocultándole a Laura lo que pasaba. Ya no podía fingir que esta carta se  había  perdido como la otra, ya no podía creer a medias que mamá se había  equivocado y  escrito Nico por Víctor, y que era tan penoso que se estuviera poniendo  chocha.  Resueltamente esas cartas eran Laura, eran lo que iba a ocurrir con  Laura. Ni  siquiera eso: lo que ya había ocurrido desde el día de su casamiento, la  luna de  miel en Adrogué, las noches en que se habían querido desesperadamente en  el  barco que los traía a Francia. Todo era Laura, todo iba a ser Laura  ahora que  Nico quería venir a Europa en el delirio de mamá. Cómplices como nunca,  mamá le  estaba hablando a Laura de Nico, le estaba anunciando que Nico iba a  venir a  Europa, y lo decía así, Europa a secas, sabiendo tan bien que Laura  comprendería  que Nico iba a desembarcar en Francia, en París, en una casa donde se  fingía  exquisitamente haberlo olvidado, pobrecito.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Hizo dos cosas: escribió al tío Emilio  señalándole los síntomas que lo inquietaban y pidiéndole que visitara  inmediatamentte a mamá para cerciorarse y tomar las medidas del caso.  Bebió un  coñac tras otro y anduvo a pie hacia su casa para pensar en el camino lo  que  debía decirle a Laura, porque al fin y al cabo tenía que hablar con  Laura y  ponerla al corriente. De calle en calle fue sintiendo cómo le costaba  situarse  en el presente, en lo que tendría que suceder media hora más tarde. La  carta de  mamá lo metía, lo ahogaba en la realidad de esos dos años de vida en  París, la  mentira de una paz traficada, de una felicidad de puertas para afuera,  sostenida  por diversiones y espectáculos, de un pacto involuntario de silencio en  que los  dos se desunían poco a poco como en todos los pactos negativos. Sí,  mamá, sí,  pobre Boby sarnoso, mamá. Pobre Boby, pobre Luis, cuánta sarna, mamá. Un  baile  del club de Flores, mamá, fui porque él insistía, me imagino que quería  darse  corte con su conquista. Pobre Nico, mamá, con esa tos seca en que nadie  creía  todavía, con ese traje cruzado a rayas, esa peinada a la brillantina,  esas  corbatas de rayón tan cajetillas. Uno charla un rato, simpatiza, cómo no  vas a  bailar esa pieza con la novia del hermano, oh, novia es mucho decir,  Luis,  supongo que puedo llamarlo Luis, verdad. Pero sí, me extraña que Nico no  la haya  llevado a casa todavía, usted le va a caer tan bien a mamá. Este Nico es  más  torpe, a que ni siquiera habló con su papá. Tímido, sí, siempre fue  igual. Como  yo. ¿De qué se ríe, no me cree? Pero si yo no soy lo que parezco...  ¿Verdad que  hace calor? De veras, usted tiene que venir a casa, mamá va a estar  encantada.  Vivimos los tres solos, con los perros. Che Nico, pero es una vergüenza,  te  tenías esto escondido, malandra. Entre nosotros somos así, Laura, nos  decimos  cada cosa. Con tu permiso, yo bailaría este tango con la señorita.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Tan poca cosa, tan fácil, tan verdaderamente  brillantina y corbata rayón. Ella había roto con Nico por error, por  ceguera,  porque el hermano rana había sido capaz de ganar de arrebato y darle  vuelta la  cabeza. Nico no juega al tenis, qué va a jugar, usted no lo saca del  ajedrez y  la filatelia, hágame el favor. Callado, tan poca cosa el pobrecito, Nico  se  había ido quedando atrás, perdido en un rincón del patio, consolándose  con el  jarabe pectoral y el mate amargo. Cuando cayó en cama y le ordenaron  reposo  coincidió justamente con un baile en Gimnasia y Esgrima de Villa del  Parque. Uno  no se va a perder esas cosas, máxime cuando va a tocar Edgardo Donato y  la cosa  promete. A mamá le parecía tan bien que él sacara a pasear a Laura, le  había  caído como una hija apenas la llevaron una tarde a la casa. Vos fijate,  mamá, el  pibe está débil y capaz que le hace impresión si uno le cuenta. Los  enfermos  como él se imaginan cada cosa, de fija que va a creer que estoy afilando  con  Laura. Mejor que no sepa que vamos a Gimnasia. Pero yo no le dije eso a  mamá,  nadie de casa se enteró nunca que andábamos juntos. Hasta que se  mejorara el  enfermito, claro. Y así el tiempo, los bailes, dos o tres bailes, las  radiografías de Nico, después el auto del petiso Ramos, la noche de la  farra en  casa de la Beba, las copas, el paseo en auto hasta el puente del arroyo,  una  luna, esa luna como una ventana de hotel allá arriba, y Laura en el auto   negándose, un poco bebida, las manos hábiles, los besos, los gritos  ahogados, la  manta de vicuña, la vuelta en silencio, la sonrisa de perdón.&lt;br /&gt;La sonrisa era casi la misma cuando Laura le abrió la puerta. Había  carne al  horno, ensalada, un flan. A las diez vinieron unos vecinos que eran sus  compañeros de canasta. Muy tarde, mientras se preparaban para acostarse,  Luis  sacó la carta y la puso sobre la mesa de luz.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;—No te hablé antes porque no quería afligirte. Me parece que mamá...&lt;br /&gt;Acostado, dándole la espalda, esperó. Laura guardó la carta en el sobre,  apagó  el velador. La sintió contra él, no exactamente contra pero la oía  respirar  cerca de su oreja.&lt;br /&gt;—¿Vos te das cuenta? —dijo Luis, cuidando su voz.&lt;br /&gt;—Sí. ¿No creés que se habrá equivocado de nombre?&lt;br /&gt;Tenía que ser. Peón cuatro rey, peón cuatro rey. Perfecto.&lt;br /&gt;—A lo mejor quizo poner Víctor —dijo, clavándose lentamente las uñas en  la palma  de la mano.&lt;br /&gt;—Ah, claro. Podría ser —dijo Laura. Caballo rey tres alfil.&lt;br /&gt;Empezaron a fingir que dormían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; A Laura le había parecido bien que el tío Emilio fuera  el único en enterarse, y los días pasaron sin que volvieran a hablar de  eso.  Cada vez que volvía a casa, Luis esperaba una frase o un gesto insólitos  en  Laura, un claro en esa guardia perfecta de calma y de silencio. Iban al  cine  como siempre, hacían el amor como siempre. Para Luis ya no había en  Laura otro  misterio que el de su resignada adhesión a esa vida en la que nada había  llegado  a ser lo que pudieron esperar dos años atrás. Ahora la conocía bien, a  la hora  de las confrontaciones definitivas tenía que admitir que Laura era como  había  sido Nico, de las que se quedan atrás y sólo obran por inercia, aunque  empleara  a veces una voluntad casi terrible en no hacer nada, en no vivir de  veras para  nada. Se hubiera entendido mejor con Nico que con él, y los dos lo  venían  sabiendo desde el día de su casamiento, desde las primerras tomas de  posición  que siguen a la blanda aquiescencia de la luna de miel y el deseo. Ahora  Laura  volvía a tener la pesadilla. Soñaba mucho, pero la pesadilla era  distinta, Luis  la reconocía entre muchos otros movimientos de su cuerpo, palabras  confusas o  breves gritos de animal que se ahoga. Había empezado a bordo, cuando  todavía  hablaban de Nico porque Nico acababa de morir y ellos se habían  embarcado unas  pocas semanas después. Una noche, después de acordarse de Nico y cuando  ya se  insinuaba el tácito silencio que se instalaría luego entre ellos, Laura  lo  despertaba con un gemido ronco, una sacudida convulsiva de las piernas, y  de  golpe un grito que era una negativa total, un rechazo con las dos manos y  todo  el cuerpo y toda la voz de algo horrible que le caía desde el sueño como  un  enorme pedazo de materia pegajosa. Él la sacudía, la calmaba, le traía  agua que  bebía sollozando, acosada aún a medias por el otro lado de su vida.  Decía no  recordar nada, era algo horrible pero no se podía explicar, y acababa  por  dormirse llevándose su secreto, porque Luis sabía que ella sabía, que  acababa de  enfrentarse con aquel que entraba en su sueño, vaya a saber bajo qué  horrenda  máscara, y cuyas rodillas abrazaría Laura en un vértigo de espanto,  quizá de  amor inútil. Era siempre lo mismo, le alcanzaba un vaso de agua,  esperando en  silencio a que ella volviera a apoyar la cabeza en la almohada. Quizá un  día el  espanto fuera más fuerte que el orgullo, si eso era orgullo. Quizá  entonces él  podría luchar desde su lado. Quizá no todo estaba perdido, quizá la  nueva vida  llegara a ser realmente otra cosa que ese simulacro de sonrisas y de  cine  francés.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Frente a la mesa de dibujo, rodeado de gentes ajenas,  Luis recobraba el sentido de la simetría y el método que le gustaba  aplicar a la  vida. Puesto que Laura no tocaba el tema, esperando con aparente  indiferencia la  contestación del tío Emilio, a él le correspondía entenderse con mamá.  Contestó  su carta limitándose a las menudas noticias de las últimas semanas, y  dejó para  la postdata una frase rectificatoria: «De modo que Víctor habla de venir  a  Europa. A todo el mundo le da por viajar, debe ser la propaganda de las  agencias  de turismo. Decíle que escriba, le podemos mandar todos los datos que  necesite.  Decíle también que desde ahora cuenta con nuestra casa.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; El tío Emilio contestó casi a vuelta de correo,  secamente como correspondía a un pariente tan cercano y tan resentido  por lo que  en el velorio de Nico había calificado de incalificable. Sin haberse  disgustado  de frente con Luis, había demostrado sus sentimientos con la sutileza  habitual  en casos parecidos, absteniéndose de ir a despedirlo al barco, olvidando  dos  años seguidos la fecha de su cumpleaños. Ahora se limitaba a cumplir con  su  deber de hermano político de mamá, y enviaba escuetamente los  resultados. Mamá  estaba muy bien pero casi no hablaba, cosa comprensible teniendo en  cuenta los  muchos disgustos de los últimos tiempos. Se notaba que estaba muy sola  en la  casa de Flores, lo cual era lógico puesto que ninguna madre que ha  vivido toda  la vida con sus dos hijos puede sentirse a gusto en una enorme casa  llena de  recuerdos. En cuanto a las frases en cuestión, el tío Emilio había  procedido con  el tacto que se requería en vista de lo delicado del asunto, pero  lamentaba  decirles que no había sacado gran cosa en limpio, porque mamá no estaba  en vena  de conversación y hasta lo había recibido en la sala, cosa que nunca  hacía con  su hermano político. A una insinuación de orden terapéutico, había  contestado  que aparte del reumatismo se sentía perfectamente bien, aunque en esos  días la  fatigaba tener que planchar tantas camisas. El tío Emilio se había  interesado  por saber de qué camisas se trataba, pero ella se había limitado a una  inclinación de cabeza y un ofrecimiento de jerez y galletitas Bagley.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mamá no les dio demasiado tiempo para discutir la carta  del tío Emilio y su ineficacia manifiesta. Cuatro días después llegó un  sobre  certificado, aunque mamá sabía de sobra que no hay necesidad de  certificar las  cartas aéreas a París. Laura telefoneó a Luis y le pidió que volviera lo  antes  posible. Media hora más tarde la encontró respirando pesadamente,  perdida en la  contemplación de unas flores amarillas sobre la mesa. La carta estaba en  la  repisa de la chimenea, y Luis volvió a dejarla ahí después de la  lectura. Fue a  sentarse junto a Laura, esperó. Ella se encogió de hombros.&lt;br /&gt;—Se ha vuelto loca —dijo.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Luis encendió un cigarrillo. El humo le hizo  llorar los ojos. Comprendió que la partida continuaba, que a él le  tocaba mover.  Pero a esa partida la estaban jugando tres jugadores, quizá cuatro.  Ahora tenía  la seguridad de que también mamá estaba al borde del tablero. Poco a  poco  resbaló en el sillón, y dejó que su cara se pusiera la inútil máscara de  las  manos juntas. Oía llorar a Laura, abajo corrían a gritos los chicos de  la  portera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; La noche trae consejo, etcétera. Les trajo un sueño  pesado y sordo, después que los cuerpos se encontraron en una monótona  batalla  que en el fondo no habían deseado. Una vez más se cerraba el tácito  acuerdo: por  la mañana hablarían del tiempo, del crimen de Saint-Cloud, de James  Dean. La  carta seguía sobre la repisa y mientras bebían té no pudieron dejar de  verla,  pero Luis sabía que al volver del trabajo ya no la encontraría. Laura  borraba  las huellas con su fría, eficaz diligencia. Un día, otro día, otro día  más. Una  noche se rieron mucho con los cuentos de los vecinos, con una audición  de  Fernandel. Se habló de ir a ver una pieza de teatro, de pasar un fin de  semana  en Fontainebleau.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Sobre la mesa de dibujo se acumulaban los datos  innecesarios, todo coincidía con la carta de mamá. El barco llegaba  efectivamente al Havre el vierrnes 17 por la mañana, y el tren especial  entraba  en Saint-Lazare a las 11:45. El jueves vieron la pieza de teatro y se  divirtieron mucho. Dos noches antes Laura había tenido otra pesadilla,  pero él  no se molestó en traerle agua y la dejó que se tranquilizara sola,  dándole la  espalda. Después Laura durmió en paz, de día andaba ocupada cortando y  cosiendo  un vestido de verano. Hablaron de comprar una máquina de coser eléctrica  cuando  terminaran de pagar la heladera. Luis encontró la carta de mamá en el  cajón de  la mesa de luz y la llevó a la oficina. Telefoneó a la compañía naviera,  aunque  estaba seguro de que mamá daba las fechas exactas. Era su única  seguridad,  porque todo el resto no se podía siquiera pensar. Y ese imbécil del tío  Emilio.  Lo mejor sería escribir a Matilde, por más que estuviesen distanciados  Matilde  comprendería la urgencia de intervenir, de proteger a mamá. ¿Pero  realmente (no  era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) había que proteger a  mamá,  precisamente a mamá? Por un momento pensó en pedir larga distancia y  hablar con  ella. Se acordó del jerez y las galletitas Bagley, se encogió de  hombros.  Tampoco había tiempo de escribir a Matilde, aunque en realidad había  tiempo pero  quizá fuese preferible esperar al viernes diecisiete antes de... El  coñac ya no  lo ayudaba ni siquiera a no pensar, o por lo menos a pensar sin tener  miedo.  Cada vez recordaba con más claridad la cara de mamá en las últimas  semanas de  Buenos Aires, después del entierro de Nico. Lo que él había entendido  como  dolor, se lo mostraba ahora como otra cosa, algo en donde había una  rencorosa  desconfianza, una expresión de animal que siente que van a abandonarlo  en un  terreno baldío lejos de la casa, para deshacerse de él. Ahora empezaba a  ver de  veras la cara de mamá. Recién ahora la veía de veras en aquellos días en  que  toda la familia se había turnado para visitarla, darle el pésame por  Nico,  acompañarla de tarde, y también Laura y él venían de Adrogué para  acompañarla,  para estar con mamá. Se quedaban apenas un rato porque después aparecía  el tío  Emilio, o Víctor, o Matilde, y todos eran una misma fría repulsa, la  familia  indignada por lo sucedido, por Adrogué, porque eran felices mientras  Nico,  pobrecito, mientras Nico. Jamás sospecharían hasta qué punto habían  colaborado  para embarcarlos en el primer buque a mano; como si se hubieran asociado  para  pagarles los pasajes, llevarlos cariñosamente a bordo con regalos y  pañuelos.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Claro que su deber de hijo lo obligaba a escribir  en seguida a Matilde. Todavía era capaz de pensar cosas así antes del  cuarto  coñac. Al quinto las pensaba de nuevo y se reía (cruzaba París a pie  para estar  más solo y despejarse la cabeza), se reía de su deber de hijo, como si  los hijos  tuvieran deberes, como si los deberes fueran los de cuarto grado, los  sagrados  deberes para la sagrada señorita del inmundo cuarto grado. Porque su  deber de  hijo no era escribir a Matilde. ¿Para qué fingir (no era una pregunta,  pero cómo  decirlo de otro modo) que mamá estaba loca? Lo único que se podía hacer  era no  hacer nada, dejar que pasaran los días, salvo el viernes. Cuando se  despidió  como siempre de Laura diciéndole que no vendría a almorzar porque tenía  que  ocuparse de unos afiches urgentes, estaba tan seguro del resto que  hubiera  podido agregar: «Si querés vamos juntos.» Se refugió en el café de la  estación,  menos por disimulo que para tener la pobre ventaja de ver sin ser visto.  A las  once y treinta y cinco descubrió a Laura por su falda azul, la siguió a  distancia, la vio mirar el tablero, consultar a un empleado, comprar un  boleto  de plataforma, entrar en el andén donde ya se juntaba la gente con el  aire de  los que esperan. Detrás de una zorra cargada de cajones de fruta miraba a  Laura  que parecía dudar entre quedarse cerca de la salida del andén o  internarse por  él. La miraba sin sorpresa, como a un insecto cuyo comportamiento podía  ser  interesante. El tren llegó casi en seguida y Laura se mezcló con la  gente que se  acercaba a las ventanillas de los coches buscando cada uno lo suyo,  entre gritos  y manos que sobresalían como si dentro del tren se estuvieran ahogando.  Bordeó  la zorra y entró al andén entre más cajones de fruta y manchas de grasa.  Desde  donde estaba vería salir a los pasajeros, vería pasar otra vez a Laura,  su  rostro lleno de alivio porque el rostro de Laura, ¿no estaría lleno de  alivio?  (No era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo.) Y después,  dándose el  lujo de ser el último una vez que pasaran los últimos viajeros y los  últimos  changadores, entonces saldría a su vez, bajaría a la plaza llena de sol  para ir  a beber coñac al café de la esquina. Y esa misma tarde escribiría a mamá  sin la  menor referencia al ridículo episodio (pero no era ridículo) y después  tendría  valor y hablaría con Laura (pero no tendría valor y no hablaría con  Laura). De  todas maneras coñac, eso sin la menor duda, y que todo se fuera al  demonio.  Verlos pasar así en racimos, abrazándose con gritos y lágrimas, las  parentelas  desatadas, un erotismo barato como un carroussel de feria barriendo el  andén,  entre valijas y paquetes y por fin, por fin, cuánto tiempo sin vernos,  qué  quemada estás, Ivette, pero sí, hubo un sol estupendo, hija. Puesto a  buscar  semejanzas, por gusto de aliarse a la imbecilidad, dos de los hombres  que  pasaban cerca debían ser argentinos por el corte de pelo, los sacos, el  aire de  suficiencia disimulando el azoramiento de entrar en París. Uno sobre  todo se  parecía a Nico, puesto a buscar semejanzas. El otro no, y en realidad  éste  tampoco apenas se le miraba el cuello mucho más grueso y la cintura más  ancha.  Pero puesto a buscar semejanzas por puro gusto, ese otro que ya había  pasado y  avanzaba hacia el portillo de salida, con una sola valija en la mano  izquierda,  Nico era zurdo como él, tenía esa espalda un poco cargada, ese corte de  hombros.  Y Laura debía haber pensado lo mismo porque venía detrás mirándolo, y en  la cara  una expresión que él conocía bien, la cara de Laura cuando despertaba de  la  pesadilla y se incorporaba en la cama mirando fijamente el aire,  mirando, ahora  lo sabía, a aquél que se alejaba dándole la espalda, consumaba la  innominable  venganza que la hacía gritar y debatirse en sueños.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Puestos a buscar semejanzas, naturalmente el  hombre era un desconocido, lo vieron de frente cuando puso la valija en  el suelo  para buscar el billete y entregarlo al del portillo. Laura salió la  primera de  la estación, la dejó que tomara distancia y se perdiera en la plataforma  del  autobús. Entró en el café de la esquina y se tiró en una banqueta. Más  tarde no  se acordó si había pedido algo de beber, si eso que le quemaba la boca  era el  regusto del coñac barato. Trabajó toda la tarde en los afiches, sin  tomarse  descanso. A ratos pensaba que tendría que escribirle a mamá, pero lo fue  dejando  pasar hasta la hora de la salida. Cruzó París a pie, al llegar a casa  encontró a  la portera en el zaguán y charlo un rato con ella. Hubiera querido  quedarse  hablando con la portera o los vecinos, pero todos iban entrando en los  departamentos y se acercaba la hora de cenar. Subió despacio (en  realidad  siempre subía despacio para no fatigarse los pulmones y no toser) y al  llegar al  tercero se apoyó en la puerta antes de tocar el timbre, para descansar  un  momento en la actitud del que escucha lo que pasa en el interior de una  casa.  Después llamó con los dos toques cortos de siempre.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;—Ah, sos vos —dijo Laura, ofreciéndole una mejilla fría—. Ya empezaba a  preguntarme si habrías tenido que quedarte más tarde. La carne debe  estar  recocida.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; No estaba recocida, pero en cambio no tenía  gusto a nada. Si en ese momento hubiera sido capaz de preguntarle a  Laura por  qué había ido a la estación, tal vez el café hubiese recobrado el sabor,  o el  cigarrillo. Pero Laura no se había movido de casa en todo el día, lo  dijo como  si necesitara mentir o esperara que él hiciera un comentario burlón  sobre la  fecha, las manías lamentables de mamá. Revolviendo el café, de codos  sobre el  mantel, dejó pasar una vez más el momento. La mentira de Laura ya no  importaba,  una más entre tantos besos ajenos, tantos silencios donde todo era Nico,  donde  no había nada en ella o en él que no fuera Nico. ¿Por qué (no era una  pregunta,  pero cómo decirlo de otro modo) no poner un tercer cubierto en la mesa?  ¿Por qué  no irse, por qué no cerrar el puño y estrellarlo en esa cara triste y  sufrida  que el humo del cigarrillo deformaba, hacía ir y venir como entre dos  aguas,  parecía llenar poco a poco de odio como si fuera la cara misma de mamá?  Quizá  estaba en la otra habitación, o quizá esperaba apoyado en la puerta como  había  esperado él, o se había instalado ya donde siempre había sido el amo, en  el  territorio blanco y tibio de las sábanas al que tantas veces había  acudido en  sueños de Laura. Allí esperaría, tendido de espaldas, fumando también él  su  cigarrillo, tosiendo un poco, riéndose con una cara de payaso como la  cara de  los últimos días, cuando no le quedaba ni una gota de sangre sana en las  venas.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin: 0pt 40px; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Pasó al otro cuarto, fue a la mesa de trabajo, encendió  la lámpara. No necesitaba releer la carta de mamá para contestarla como  debía.  Empezó a escribir, querida mamá. Escribió: querida mamá. Tiró el papel,  escribió: mamá. Sentía la casa como un puño que se fuera apretando. Todo  era más  estrecho, más sofocante. El departamento había sido suficiente para dos,  estaba  pensado exactamente para dos. Cuando levantó los ojos (acababa de  escribir:  mamá), Laura estaba en la puerta, mirándolo. Luis dejó la pluma.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;—¿A vos no te parece que está mucho más flaco? —dijo.&lt;br /&gt;Laura hizo un gesto. Un brillo paralelo le bajaba por las mejillas.&lt;br /&gt;—Un poco —dijo—. Uno va cambiando...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-2658647459043729239?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/2658647459043729239/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/cartas-de-mama.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/2658647459043729239'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/2658647459043729239'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/cartas-de-mama.html' title='Cartas de mamá'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S6mX_GBGiII/AAAAAAAAAG8/NStq-wyOfgY/s72-c/corta14.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-6482693729748813542</id><published>2010-03-20T10:40:00.000-07:00</published><updated>2010-03-20T10:40:09.341-07:00</updated><title type='text'>UNA AVENTURA</title><content type='html'>&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;UNA AVENTURA&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S6UIatG2GaI/AAAAAAAAAG0/nCT-pCan_7s/s1600-h/Sherwood.Anderson_01.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S6UIatG2GaI/AAAAAAAAAG0/nCT-pCan_7s/s320/Sherwood.Anderson_01.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color: orange; font-size: large;"&gt;Sherwood Anderson&lt;br /&gt;(1876-1941)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ALICE HINDMAN, que tenía ya veintisiete años cuando George Willard era todavía un muchacho, había pasado toda su vida en Winesburgo. Estaba empleada en la tienda de ultramarinos de Winney, y vivía en casa de su madre, que estaba casada en segundas nupcias. El padrastro de Alice, pintor de coches, era dado a la bebida. Tenía una historia muy extraña; valdrá la pena de que la cuente algún día. Cuando Alice tenía veintisiete años era una muchacha alta y más bien delgada. Su cabeza, muy voluminosa, era lo que más destacaba de su cuer-po; tenía las espaldas un poco inclinadas; los ojos y los cabellos castaños. Alice era una mujer muy tranquila que ocultaba, bajo apariencias de placidez, un fermento interior en continua actividad.&lt;br /&gt;Alice había tenido una aventura amorosa con cierto joven, siendo ella una chiquilla de dieciséis años. En aquel entonces no había empezado todavía a trabajar en el almacén. El joven, que se llamaba Ned Currie, era mayor que Alice. Estaba empleado, como George Willard, en el Winesburg Eagle; durante mucho tiempo se veía casi todas las noches con Alice. Paseaban juntos bajo los árboles, por las calles del pueblo, y hablaban del destino que darían a sus vidas. Alice era entonces una chiquilla muy linda, y Ned Currie la estrechó entre&lt;br /&gt;sus brazos y la besó. El joven se exaltó y dijo cosas que no pensaba decir; también Alice se llenó de exaltación, porque la traicionó su deseo de que entrase en su vida monótona un rayo de belleza. También ella habló, quebróse la corteza exterior de su vida, toda su reserva y desconfianza características, y se entregó por completo a las emociones del amor. A finales del otoño, Ned Currie se marchó a Cleveland, esperando colocarse en un periódico de aquella ciudad y abrirse camino en el mundo; y ella, con sus dieciséis años, quería irse con él.&lt;br /&gt;Manifestóle con voz temblorosa su oculto pensamiento. «Yo trabajaré y tú podrás también trabajar —díjole—. No quiero echarte encima una carga inútil que te impida progresar. No te cases ahora conmigo. Prescindiremos por ahora de ello, aunque vivamos juntos. Nadie murmurará aunque vivamos en la misma casa, porque nadie nos conocerá en aquella ciudad y la gente no se fijará en nosotros.»&lt;br /&gt;Ned Currie se quedó confuso ante aquella resolución y entrega que de sí misma le hacía su novia, pero se sintió también conmovido. Su primer deseo había sido hacer de la muchacha su amante, pero cambió de resolución. Pensó en protegerla y cuidar de ella. «No sabes lo que te dices —le contestó con aspereza—. Ten la seguridad de que no te consentiré que hagas semejante cosa. En cuanto consiga un buen empleo regresaré. Por el momento tendrás que quedarte aquí. Es lo único que podemos hacer.»&lt;br /&gt;La víspera del día en que había de marchar de Winesburgo para empezar su nueva vida en la ciudad, fue Ned Currie a buscar a Alice. Empezaba a anochecer. Pasearon por las calles durante una hora, luego alquilaron un cochecillo en las caballerizas de Wesley Moyer y salieron a dar un paseo por el campo. Salió la luna y los muchachos no supieron qué decirse. La tristeza le hizo olvidar al joven los propósitos que había hecho respecto a su manera de conducirse con la joven. Saltaron del coche junto a un extenso prado que descendía hasta el lecho del Wine Creek, y allí, en la pálida claridad, se hicieron amantes. Cuando regresaron a la población, hacia la media noche, los dos estaban alegres. Parecíales que ningún acontecimiento futuro podía&lt;br /&gt;borrar la maravilla y la belleza de lo que acababa de ocurrir. Ned Currie dijo al despedirse de la joven a la puerta de la casa de su padre: «De aquí en adelante tendremos que seguir unidos, suceda lo que suceda.»&lt;br /&gt;El joven periodista no consiguió colocarse en Cleveland y marchó hacia el Oeste, a Chicago. Durante algún tiempo sentía su soledad y escribía todos los días a Alice. Pero la vida de la ciudad lo envolvió en su torbellino; fue haciendo amigos y descubrió en la vida nuevos motivos de atracción. Se hospedaba en Chicago en una pensión en la que había varias&lt;br /&gt;mujeres. Una de ellas despertó su interés y se olvidó de Alice, que había quedado en&lt;br /&gt;Winesburgo. Antes de finalizar el año dejó de escribirla y sólo se acordaba de la muchacha&lt;br /&gt;muy de tarde en tarde, cuando se sentía solitario o cuando paseaba por algunos de los&lt;br /&gt;parques de la ciudad y veía brillar la luz de la luna sobre la hierba, como brillaba aquella&lt;br /&gt;noche en el prado cercano al Wine Creek. La muchacha de Winesburgo, iniciada ya en el amor, fue creciendo hasta hacerse mujer. Cuando tenía veintidós años falleció de repente su padre, que tenía una guarnicionería. Como el guarnicionero era un antiguo soldado, su viuda empezó a cobrar al cabo de algunos meses una pensión de viudedad. Invirtió el primer dinero que cobró en comprar un telar, para dedicarse a tejer alfombras. Alice consiguió un empleo en la tienda de Winney. Durante varios años no hubo nada capaz de hacerle creer que Ned Currie no acabaría por volver a buscarla.&lt;br /&gt;Se alegró de estar empleada, porque la diaria rutina del trabajo en la tienda hacía menos largo y aburrido el tiempo de la espera. Empezó a ahorrar dinero, con la idea de ir a la ciudad en busca de su amante en cuanto tuviese ahorrados dos o trescientos dólares, a fin de intentar reconquistar su cariño con su presencia. Alice no censuraba a Ned Currie por lo que había ocurrido en el campo, a la luz de la luna, pero experimentaba la sensación de que no sería capaz ya de casarse con otro hombre.&lt;br /&gt;Parecíale una monstruosidad la idea de entregar a otro lo que ella tenía conciencia de que sólo podía pertenecer a Ned. No hizo caso alguno de otros jóvenes que procuraron atraer su interés. «Soy su mujer y continuaré siéndolo, vuelva o no vuelva», se decía a sí misma; y por muy dispuesta que estuviese a mirar por su propio interés, no habría sido capaz de comprender el ideal, cada vez más difundido hoy, de una mujer dueña de sus propios destinos y persiguiendo, en un toma y daca, su propia finalidad en la vida. Alice trabajaba en la tienda desde las ocho de la mañana hasta las seis de la noche, y tres tardes por semana volvía a la tienda a trabajar de siete a nueve. Conforme fue pasando el tiempo y ella sintió cada vez más su soledad, empezó a poner en práctica los recursos comunes a todas las personas solitarias. Por la noche, cuando subía a su cuarto, se arrodillaba en el suelo para rezar, y en medio de sus rezos murmuraba las cosas que hubiera querido decir a su amante. Se aficionó a objetos inanimados, y no consintió que nadie pusiese la mano en los muebles de su habitación. porque ésta era suya exclusivamente. Continuó ahorrando dinero, aun después de que abandonó su propósito de marchar a la ciudad en busca de Ned Currie.&lt;br /&gt;El ahorro se convirtió para ella en un hábito adquirido, y cuando necesitaba comprar ropa nueva se privaba de hacerlo. A veces, en tardes lluviosas, sacaba en el almacén su libreta del Banco y, abriéndola delante de ella, se pasaba las horas soñando cosas imposibles para economizar una cantidad de dinero suficiente para que ella y su futuro marido pudiesen vivir de las rentas.&lt;br /&gt;«A Ned le ha gustado siempre viajar por el mundo —pensó—. Yo le daré la oportunidad de hacerlo. Cuando estemos ya casados y pueda yo ahorrar su dinero y el mío, nos haremos ricos. Entonces podremos viajar juntos por todo el mundo.» Y fueron pasando las semanas, que se convirtieron en meses, y los meses en años, y Alice continuó esperando en la tienda de ultramarinos, soñando siempre con la vuelta de su&lt;br /&gt;amante. Su patrón, un anciano de pelo entrecano, dentadura postiza y un bigotito ralo que le caía sobre la boca, era poco aficionado a la charla; a veces, en los días lluvioso o en los días de invierno en que el temporal se desencadenaba sobre Main Street, pasaban horas y horas sin que entrase un solo cliente. Entonces Alice arreglaba y volvía a arreglar los géneros de la tienda. Permanecía de pie junto al escaparate, desde donde podía observar la calle desierta, y pensaba en las noches en que paseaba con Ned Currie y en las cosas que éste le había dicho.&lt;br /&gt;«De aquí en adelante tendremos que ser el uno del otro.» Aquellas palabras resonaban una y&lt;br /&gt;otra vez en el cerebro de aquella mujer que iba entrando en años. Asomaban las lágrimas a&lt;br /&gt;sus ojos. A veces, cuando había salido su patrón y ella se encontraba sola en la tienda,&lt;br /&gt;apoyaba su cabeza en el mostrador y lloraba. «Ned, te estoy esperando», murmuraba una y&lt;br /&gt;otra vez; y su temor, que se iba deslizando en su in1crior, de que no volviese nunca más&lt;br /&gt;adquirió cada vez mayor fuerza.&lt;br /&gt;La región que rodea a Winesburgo es deliciosa durante la época de primavera, después de las lluvias del invierno ,y antes de que lleguen los calurosos días del estío. El pueblo se levanta en medio de una llanura, pero más allá de los sembrados surgen encantadoras extensiones de bosques. Hay en esas arboledas muchos pequeños rincones escondidos, lugares sosegados a donde suelen ir a sentarse los enamorados en las tardes de los domingos. Por entre los árboles se descubre la llanura y se ve desde allí a la gente de las granjas atareada en los corrales y a las personas que van y vienen en carruaje por las carreteras. Repican las&lt;br /&gt;campanas en el pueblo y de vez en cuando pasa un tren que, visto a lo lejos, parece de juguete. Pasaron muchos años después de la marcha de Ned Currie sin que Alice fuese al bosque los dorningos con otros jóvenes; pero cierto día, a los (los o tres años de la marcha de aquél, haciéndosele insoportable su soledad, se vistió con sus mejores ropas y salió del pueblo.&lt;br /&gt;Encontró un pequeño espacio abrigado desde el cual podía distinguir el pueblo y una ancha faja de campo v se sentó. Asaltóle el temor de su edad y de la inutilidad de todo lo que hiciese. No pudo permanecer sentada y se levantó. Puesta en pie, y al ir recorriendo con la mirada el paisaje, hubo algo, tal vez el pensamiento de aquella vida que no se interrumpía jamás a través de la cadena de las estaciones del año; hubo algo que la hizo fijar su atención en los años que pasaban. Se dio cuenta de que había perdido la belleza y la frescura de la juventud, y se estremeció de temor. En aquel momento tuvo por primera vez la sensación de que la&lt;br /&gt;habían estafado. No le echaba la culpa a Ned Currie y no sabía tampoco a quien echársela. Se sintió invadida de tristeza; cayó de rodillas y se esforzó por rezar, pero en lugar de oraciones salieron de sus labios palabras de protesta. «No volverá ya a mí. No volveré a encontrar ya la felicidad. ¿Por qué trato de engañarme a mí misma?», exclamó; y se sintió poseída de una extraña sensación de alivio, nacida de aquel primer esfuerzo para enfrentarse con el miedo, que había llegado a ser una parte de su vida diaria.&lt;br /&gt;El año en que Alice cumplió los veinticinco ocurrieron dos cosas que rompieron la triste monotonía de sus días. Su madre se casó con Bush Milton, el pintor de coches de Winesburgo, y ella, por su parte,&lt;br /&gt;ingresó en la congregación de la Iglesia Metodista. Alice se había hecho de la iglesia porque había llegado a tener miedo de la soledad de su vida. El segundo matrimonio de su madre había puesto más aún de relieve su aislamiento. «Me estoy haciendo vieja y rara. Si Ned vuelve, ya no me querrá. Los hombres de la ciudad donde él está viven en una perpetua juventud. Son tantas las cosas que allí ocurren que no tienen tiempo de hacerse viejos», se decía a sí misma con una sonrisa de amargura; y empezó a relacionarse resueltamente con&lt;br /&gt;otras personas. Todos los martes por la noche, después de cerrar la tienda, iba a una reunión religiosa que se celebraba en el sótano de la iglesia, y los domingos por la noche, acudía a las reuniones de una sociedad que se llamaba la Liga de Epworth. Alice no dijo que no cuando Will Hurley, un hombre de mediana edad, empleado en una droguería y que pertenecía también a la iglesia, se ofreció a acompañarla hasta su casa.&lt;br /&gt;«Claro está que no consentiré que se acostumbre a estar conmigo, pero no veo peligro alguno en que venga de cuando en cuando», pensó, resuelta siempre a continuar siendo fiel a Ned Currie.&lt;br /&gt;Alice, sin que ella misma se diese cuenta, intentaba asirse de nuevo a la vida, débilmente al principio, pero luego con mayor resolución cada vez. Caminaba en silencio al lado del empleado de la droguería; pero más de una vez, en la oscuridad, mientras caminaban como dos estúpidos, alargó la mano para tocar suavemente los pliegues de su americana. Cuando se despedía de ella, frente a la puerta de la casa de su madre, Alice, en lugar de entrar en casa, se quedaba un momento junto a la puerta. Sentía impulsos de llamar al empleado aquel, de rogarle que se sentase con ella en la oscuridad del porche de la casa, pero temía que no la comprendiese. «No es a él a quien yo quiero —se decía a sí misma—. Lo que yo busco es huir de mi gran soledad. Si no tomo precauciones acabaré por desacostumbrarme del trato de la gente.»&lt;br /&gt;. . .&lt;br /&gt;A principios de otoño del año en que cumplía los veintisiete, se apoderó de Alice un desasosiego apasionado. No podía sufrir la compañía del empleado cíe la droguería y cuando llegaba, al atardeceder, para sacarla de paseo, ella lo despachaba. Su cerebro trabajaba con una intensa actividad; volvía a casa fatigada de permanecer largas horas detrás del mostrador y se metía en la cama, pero no podía conciliar el sueño. Permanecía con los ojos muy abiertos, queriendo penetrar en la oscuridad. Su imaginación jugaba dentro del cuarto como un niño que se despierta después de muchas horas de sueño. En lo más profundo de su ser había algo que no se dejaba engañar con fantasías y que exigía a la vida una respuesta bien definida.&lt;br /&gt;Alice cogió una almohada entre sus brazos y la apretó fuertemente contra sus senos. Se echó fuera de la cama y arregló la manta de manera que, en la oscuridad, abultaba como si hubiese alguien entre las sábanas; se arrodilló junto al lecho y acarició aquel bulto, susurrando una v otra vez como una cantilena: «¿ Por qué no ocurre algo de improviso? ¿ Por qué me dejan sola?» Aunque algunas veces se acordaba de Ned Currie, lo cierto es que no contaba ya con él. Sus deseos se habían hecho imprecisos. No suspiraba por Ned Currie ni&lt;br /&gt;por ningún otro hombre determinado. Quería ser amada, que hubiese algo que hiciese; eco a la llamada que surgía de su interior cada vez con mayor fuerza.&lt;br /&gt;Así las cosas, tuvo Alice una aventura; fue en una noche de lluvia, y aquella aventura la llenó de terror y confusión. Había regresado de la tienda a las nueve y no estaba nadie en casa. Bush Milton andaba por el pueblo y su madre había ido a casa de una vecina. Alice subió a su cuarto y se desvistió a oscuras. Permaneció un momento junto a la ventana, escuchando el ruido de las gotas que golpeaban los cristales, y de pronto se apoderó de ella un extraño deseo. Sin detenerse a pensar en lo que iba a hacer, echó a correr escaleras abajo por la casa en tinieblas y se zambulló en la lluvia que caía. Mientras permanecía de pie en el&lt;br /&gt;pequeño espacio sembrado de yerba que había frente a su casa, sintiendo correr por su cuerpo la fría lluvia, se adueñó por completo de ella un deseo loco de echar a correr desnuda por las calles.&lt;br /&gt;Se imaginó que la lluvia ejercía sobre su cuerpo un influjo creador y maravilloso. Hacía muchos años que no se había sentido tan llena de juventud y de energía. Sentía impulsos de saltar y de correr, de gritar, de topar con algún ser humano solitario y abrazarse a él. Por la acera enladrillada se oyeron las torpes pisadas de un hombre que iba camino de su casa. Alice echó a correr. Poseíala un capricho salvaje y desesperado. «¡Qué me importa quién sea! Está solo, y yo me llegaré a él —pensó—; y sin detenerse a reflexionar en las posibles&lt;br /&gt;consecuencias de su locura, lo llamó cariñosamente de este modo: ¡Espera! No marches. Seas quien seas, tienes que esperar.» El hombre que pasaba por la acera se detuvo v se quedó escuchando. Era viejo y algo&lt;br /&gt;sordo. Se llevó la mano a la boca para dar más resonancia a sus palabras y gritó con toda su&lt;br /&gt;fuerza: «¿Cómo? ¿Qué dice?» Alice se dejó caer al suelo toda temblorosa. Tan asustada quedó, pensando en lo que había hecho, que cuando el hombre siguió su camino ella no tuvo valor para ponerse en pie, sino&lt;br /&gt;que se dirigió hasta su casa gateando sobre la yerba. Cuando llegó a su cuarto, se cerró por dentro y arrimó la mesa de tocador a la puerta. Su cuerpo tiritaba como si hubiese cogido frío; y era tal el temblor de sus manos que no podía ponerse el camisón. Se metió en la cama, hundió su rostro en la almohada y sollozó desconsoladamente. «¿Qué es lo que me pasa? Si no tomo precauciones, un día haré algún disparate horrible», pensaba. Se volvió de cara a la pared y procuró armarse ele valor para hacerse a la idea de que son muchas las personas que se ven obligadas a vivir y morir solitarias, aun en Winesburg.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-6482693729748813542?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/6482693729748813542/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/una-aventura.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/6482693729748813542'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/6482693729748813542'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/una-aventura.html' title='UNA AVENTURA'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S6UIatG2GaI/AAAAAAAAAG0/nCT-pCan_7s/s72-c/Sherwood.Anderson_01.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-1411429684801398253</id><published>2010-03-12T07:08:00.000-08:00</published><updated>2010-03-12T07:12:24.721-08:00</updated><title type='text'>El Extraño</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5pYUAqkVOI/AAAAAAAAAGs/hHnrKuelQcg/s1600-h/lovecraft1.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; cssfloat: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5pYUAqkVOI/AAAAAAAAAGs/hHnrKuelQcg/s320/lovecraft1.jpg" vt="true" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="color: red; font-size: x-large;"&gt;EL EXTRAÑO&lt;/span&gt; &lt;br /&gt;&lt;span style="color: orange; font-size: large;"&gt;Howard Phillips Lovecraft (1890-1937)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL EXTRAÑO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;H. P. Lovecraft&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenza con ir más allá, hacia el otro.&lt;br /&gt;No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.&lt;br /&gt;Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, muerciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo.&lt;br /&gt;Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.&lt;br /&gt;Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.&lt;br /&gt;Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo&amp;nbsp;perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.&lt;br /&gt;A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.&lt;br /&gt;De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su&amp;nbsp;caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.&lt;br /&gt;Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.&lt;br /&gt;Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna. De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.&lt;br /&gt;Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.&lt;br /&gt;Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.&lt;br /&gt;Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.&lt;br /&gt;Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití —un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa—, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.&lt;br /&gt;No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo —o al menos había dejado de serlo—, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.&lt;br /&gt;Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboléandome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.&lt;br /&gt;No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslay mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.&lt;br /&gt;Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.&lt;br /&gt;Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;F I N&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-1411429684801398253?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/1411429684801398253/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/el-extrano.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/1411429684801398253'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/1411429684801398253'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/el-extrano.html' title='El Extraño'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5pYUAqkVOI/AAAAAAAAAGs/hHnrKuelQcg/s72-c/lovecraft1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-4234447814507471366</id><published>2010-03-11T19:55:00.000-08:00</published><updated>2010-03-11T19:55:47.866-08:00</updated><title type='text'>Los asesinos</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5m5UZyO0vI/AAAAAAAAAGk/mEMeTus_5h4/s1600-h/hemingway.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5m5UZyO0vI/AAAAAAAAAGk/mEMeTus_5h4/s320/hemingway.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="color: red;"&gt;LOS ASESINOS&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;span style="color: orange;"&gt;Ernest Hemingway&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.&lt;br /&gt;-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.&lt;br /&gt;-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?&lt;br /&gt;-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.&lt;br /&gt;Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.&lt;br /&gt;-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de&lt;br /&gt;papas -dijo el primero.&lt;br /&gt;-Todavía no está listo.&lt;br /&gt;-¿Entonces por qué carajo lo pones en la carta?&lt;br /&gt;-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.&lt;br /&gt;George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.&lt;br /&gt;-Son las cinco.&lt;br /&gt;-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.&lt;br /&gt;-Adelanta veinte minutos.&lt;br /&gt;-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?&lt;br /&gt;-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.&lt;br /&gt;-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.&lt;br /&gt;-Esa es la cena.&lt;br /&gt;-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?&lt;br /&gt;-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado...&lt;br /&gt;-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.&lt;br /&gt;-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.&lt;br /&gt;-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.&lt;br /&gt;-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.&lt;br /&gt;-Dije si tienes algo para tomar.&lt;br /&gt;-Sólo lo que nombré.&lt;br /&gt;-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?&lt;br /&gt;-Summit.&lt;br /&gt;-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.&lt;br /&gt;-No -le contestó éste.&lt;br /&gt;-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.&lt;br /&gt;-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.&lt;br /&gt;-Así es -dijo George.&lt;br /&gt;-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.&lt;br /&gt;-Seguro.&lt;br /&gt;-Así que eres un chico vivo, ¿no?&lt;br /&gt;-Seguro -respondió George.&lt;br /&gt;-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?&lt;br /&gt;-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas?&lt;br /&gt;-Adams.&lt;br /&gt;-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?&lt;br /&gt;-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max. George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.&lt;br /&gt;-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.&lt;br /&gt;-¿No te acuerdas?&lt;br /&gt;-Jamón con huevos.&lt;br /&gt;-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos.&lt;br /&gt;Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.&lt;br /&gt;-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.&lt;br /&gt;-Nada.&lt;br /&gt;-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.&lt;br /&gt;-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.&lt;br /&gt;George se rió.&lt;br /&gt;-Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte,&lt;br /&gt;¿entiendes?&lt;br /&gt;-Está bien -dijo George.&lt;br /&gt;-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien.&lt;br /&gt;Esa sí que está buena.&lt;br /&gt;-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.&lt;br /&gt;-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del&lt;br /&gt;mostrador? -le preguntó Al a Max.&lt;br /&gt;-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.&lt;br /&gt;-¿Por? -preguntó Nick.&lt;br /&gt;-Porque sí.&lt;br /&gt;-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro&lt;br /&gt;lado del mostrador.&lt;br /&gt;-¿Qué se proponen? -preguntó George.&lt;br /&gt;-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?&lt;br /&gt;-El negro.&lt;br /&gt;-¿El negro? ¿Cómo el negro?&lt;br /&gt;-El negro que cocina.&lt;br /&gt;-Dile que venga.&lt;br /&gt;-¿Qué se proponen?&lt;br /&gt;-Dile que venga.&lt;br /&gt;-¿Dónde se creen que están?&lt;br /&gt;-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?&lt;br /&gt;-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.&lt;br /&gt;-¿Qué le van a hacer?&lt;br /&gt;-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?&lt;br /&gt;George abrió la portezuela de la cocina y llamó:&lt;br /&gt;-Sam, ven un minutito. El negro abrió la puerta de la cocina y salió.&lt;br /&gt;-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.&lt;br /&gt;-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí. El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:&lt;br /&gt;-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.&lt;br /&gt;-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.&lt;br /&gt;El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que&lt;br /&gt;había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.&lt;br /&gt;-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?&lt;br /&gt;-¿De qué se trata todo esto?&lt;br /&gt;-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.&lt;br /&gt;-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.&lt;br /&gt;-¿De qué crees que se trata?&lt;br /&gt;-No sé.&lt;br /&gt;-¿Qué piensas? Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.&lt;br /&gt;-No lo diría.&lt;br /&gt;-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.&lt;br /&gt;-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.&lt;br /&gt;-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?&lt;br /&gt;George no respondió.&lt;br /&gt;-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco.&lt;br /&gt;¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-Viene a comer todas las noches, ¿no?&lt;br /&gt;-A veces.&lt;br /&gt;-A las seis en punto, ¿no?&lt;br /&gt;-Si viene.&lt;br /&gt;-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al&lt;br /&gt;cine?&lt;br /&gt;-De vez en cuando.&lt;br /&gt;-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.&lt;br /&gt;-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?&lt;br /&gt;-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.&lt;br /&gt;-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.&lt;br /&gt;-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.&lt;br /&gt;-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.&lt;br /&gt;-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.&lt;br /&gt;-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?&lt;br /&gt;-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.&lt;br /&gt;-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?&lt;br /&gt;-Uno nunca sabe.&lt;br /&gt;-En un convento judío. Ahí estuviste tú.&lt;br /&gt;George miró el reloj.&lt;br /&gt;-Si viene alguien, dile que el cocinero salió, si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?&lt;br /&gt;-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?&lt;br /&gt;-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.&lt;br /&gt;George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de calle se abrió y entró un conductor de tranvías.&lt;br /&gt;-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?&lt;br /&gt;-Sam salió -dijo George-. Volverá alrededor de una hora y media.&lt;br /&gt;-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.&lt;br /&gt;-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.&lt;br /&gt;-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.&lt;br /&gt;-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.&lt;br /&gt;A las siete menos cinco George habló:&lt;br /&gt;-Ya no viene. Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.&lt;br /&gt;-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.&lt;br /&gt;-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.&lt;br /&gt;-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.&lt;br /&gt;Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.&lt;br /&gt;-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.&lt;br /&gt;-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.&lt;br /&gt;En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.&lt;br /&gt;-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.&lt;br /&gt;-Vamos, Al -insistió Max.&lt;br /&gt;-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?&lt;br /&gt;-No va a haber problemas con ellos.&lt;br /&gt;-¿Estás seguro?&lt;br /&gt;-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.&lt;br /&gt;-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.&lt;br /&gt;-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?&lt;br /&gt;-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.&lt;br /&gt;-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.&lt;br /&gt;-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.&lt;br /&gt;Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de&lt;br /&gt;variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.&lt;br /&gt;-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. Ya no quiero que vuelva a pasarme.&lt;br /&gt;Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.&lt;br /&gt;-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.&lt;br /&gt;-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.&lt;br /&gt;-¿A Ole Andreson?&lt;br /&gt;-Sí, a él.&lt;br /&gt;El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.&lt;br /&gt;-¿Ya se fueron? -preguntó.&lt;br /&gt;-Sí -respondió George-, ya se fueron.&lt;br /&gt;-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.&lt;br /&gt;-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.&lt;br /&gt;-Está bien.&lt;br /&gt;-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.&lt;br /&gt;-Si no quieres no vayas -dijo George.&lt;br /&gt;-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.&lt;br /&gt;-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?&lt;br /&gt;El cocinero se alejó.&lt;br /&gt;-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.&lt;br /&gt;-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.&lt;br /&gt;-Voy para allá.&lt;br /&gt;Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La&lt;br /&gt;pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.&lt;br /&gt;-¿Está Ole Andreson?&lt;br /&gt;-¿Quieres verlo?&lt;br /&gt;-Sí, si está.&lt;br /&gt;Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.&lt;br /&gt;-¿Quién es?&lt;br /&gt;-Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson -respondió la mujer.&lt;br /&gt;-Soy Nick Adams.&lt;br /&gt;-Pasa.&lt;br /&gt;Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido un boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos&lt;br /&gt;almohadas. No miró a Nick.&lt;br /&gt;-¿Qué pasa? -preguntó.&lt;br /&gt;-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.&lt;br /&gt;Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.&lt;br /&gt;-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar. Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.&lt;br /&gt;-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.&lt;br /&gt;-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.&lt;br /&gt;-Le voy a decir cómo eran.&lt;br /&gt;-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia&lt;br /&gt;la pared: -Gracias por venir a avisarme.&lt;br /&gt;-No es nada.&lt;br /&gt;Nick miró al grandote que yacía en la cama.&lt;br /&gt;-¿No quiere que vaya a la policía?&lt;br /&gt;-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.&lt;br /&gt;-¿No hay nada que yo pueda hacer?&lt;br /&gt;-No. No hay nada que hacer.&lt;br /&gt;-Tal vez no lo dijeron en serio.&lt;br /&gt;-No. Lo decían en serio.&lt;br /&gt;Ole Andreson volteó hacia la pared.&lt;br /&gt;-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.&lt;br /&gt;-¿No podría escapar de la ciudad?&lt;br /&gt;-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar. Seguía mirando a la pared.&lt;br /&gt;-Ya no hay nada que hacer.&lt;br /&gt;-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?&lt;br /&gt;-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada&lt;br /&gt;que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.&lt;br /&gt;-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.&lt;br /&gt;-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir. Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.&lt;br /&gt;-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este", pero no tenía ganas.&lt;br /&gt;-No quiere salir.&lt;br /&gt;-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?&lt;br /&gt;-Sí, ya sabía.&lt;br /&gt;-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.&lt;br /&gt;-Bueno, buenas noches, Sra. Hirsch -saludó Nick.&lt;br /&gt;-Yo no soy la Sra. Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la Sra. Bell.&lt;br /&gt;-Bueno, buenas noches, Sra. Bell -dijo Nick.&lt;br /&gt;-Buenas noches -dijo la mujer. Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y&lt;br /&gt;luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.&lt;br /&gt;-¿Viste a Ole?&lt;br /&gt;-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir. El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.&lt;br /&gt;-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.&lt;br /&gt;-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.&lt;br /&gt;-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.&lt;br /&gt;-¿Qué va a hacer?&lt;br /&gt;-Nada.&lt;br /&gt;-Lo van a matar.&lt;br /&gt;-Supongo que sí.&lt;br /&gt;-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.&lt;br /&gt;-Supongo -dijo Nick.&lt;br /&gt;-Es terrible.&lt;br /&gt;-Horrible -dijo Nick.&lt;br /&gt;Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.&lt;br /&gt;-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.&lt;br /&gt;-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.&lt;br /&gt;-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.&lt;br /&gt;-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.&lt;br /&gt;-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.&lt;br /&gt;-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-4234447814507471366?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/4234447814507471366/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/los-asesinos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/4234447814507471366'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/4234447814507471366'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/los-asesinos.html' title='Los asesinos'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5m5UZyO0vI/AAAAAAAAAGk/mEMeTus_5h4/s72-c/hemingway.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-8632076490566179872</id><published>2010-03-09T22:02:00.000-08:00</published><updated>2010-03-09T22:02:19.743-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Isaac Bashevis Singer'/><title type='text'>TISTUR Y PEZIZA Por: Isaac Bashevis Singer</title><content type='html'>&lt;i&gt;Uno de esos Nobeles de Literatura (1978) que no son muy conocidos. Judío, vegetariano hasta la médula (escribió muchos textos a favor del vegetarianismo), y escritor de -entre otros- cuentos infantiles. Como los cuentos infantiles no son muy conocidos o bien ponderados, dejo aquí el cuento infantil del premio Nobel ¿polaco?.&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;div&gt;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5c1smPFqCI/AAAAAAAAAGc/p1i6_YiRLbQ/s1600-h/Isaac+Bashevis+Singer+reclining+on+a+sofa,+1975.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5c1smPFqCI/AAAAAAAAAGc/p1i6_YiRLbQ/s320/Isaac+Bashevis+Singer+reclining+on+a+sofa,+1975.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b&gt;TISTUR Y PEZIZA&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b&gt;Por: Isaac Bashevis Singer&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;En el hueco de una chimenea, en ese espacio oscuro que queda junto a la pared y que suele usarse para guardar escobas, fregonas y demás utensilios domésticos, vivía una ninfa que se había quedado huérfana y que se llamaba Peziza. Peziza sólo tenía un amigo en el mundo: el grillo Tistur, que vivía detrás de la chimenea, en la concavidad de un ladrillo. Todo el mundo sabe que las ninfas viven del aire, pero nadie se explica cómo Tistur podía vivir en la chimenea sin nada que comer, a no ser que se alimentara de las pizcas de harina traídas al azar por alguna corriente de aire desde la cocina. En cualquier caso, Tistur no se quejaba. Dormía la siesta todo el día y cuando llegaba la noche, se desperezaba y empezaba a entonar sus largas y chirriantes historias que duraban hasta el amanecer.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Peziza nunca conoció a su padre, el gnomo Lantuc. Recordaba bien a su madre, la ninfa Pashtida, que le contaba historias de su pudiente familia y de sus amores con Lantuc. Le hablaba del mundo que había más allá de la chimenea y de la fauna de duendes, trasgos y diablillos que eran sus parientes. Estas historias encendían la curiosidad de Peziza, que había pasado toda su vida recluida en la chimenea. Así, mientras Tistur relataba sus interminables historias, Peziza soñaba con aventuras en el más allá de la chimenea.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;A veces Peziza le preguntaba a su amigo cómo era este mundo desconocido para ella. Tistur respondía:&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Mi madre solía decirme que no vale la pena conocerlo porque sólo hay miseria. Soplan vientos traidores y la gente no tiene compasión.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--A pesar de todo, -decía la ninfa Peziza-, tengo ganas de verlo con mis propios ojos.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;El Destino se encargó de que los deseos de Peziza se cumplieran. Un día, mientras estaban conversando, se oyó un martilleo en las paredes que hacía temblar la chimenea. Los ladrillos empezaron a desprenderse y la pobre Peziza volaba alocada sin saber dónde meterse. Eran los albañiles, que estaban reparando la chimenea. El estruendo continuó durante todo el día, y al llegar la anochecida, Tistur pronosticó:&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;--Si no nos marchamos de aquí, nos caerá la casa encima.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Había un resquicio en la pared que les permitía salir al exterior. Por él se metieron y pronto salieron al jardín de la casa. Allí estaban, en la hierba, rodeados de árboles y plantas, aspirando el fresco airecillo de la noche, ¡por primera vez en sus vidas!&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;¡Y qué bonito era el mundo! La noche se ofrecía constelada de miles de estrellas, cristalizadas en millares de gotas de rocío, orquestadas por la serenata de grillos en la que Tistur se reconoció.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;--No puedo entretenerme, -dijo Tistur-. Debo buscar casa antes de que salga el sol.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Mi madre también me dijo que las ninfas debíamos ocultarnos durante el día. Busquemos un lugar para escondernos. ¿Qué te parece el hueco de ese árbol? Allí cabremos los dos.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Yo prefiero hacerme una casa en las raíces del árbol, -dijo Tistur.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Lo importante es que no nos separemos.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Mientras Tistur cavaba la tierra, haciendo su casa, le decía a Peziza:&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--En verano, los grillos podemos vivir en cualquier parte. Lo malo será cuando lleguen los fríos del invierno. Cuando la nieve cubra la tierra, moriremos sin remedio...&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--¿Te importa si exploro los alrededores, mientras tú haces tu casa?&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--¡Cuidado no te pierdas! -exclamó el grillo. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Descuida, no iré lejos. Empezaré por subirme a la copa de este árbol. Parece más alto que los demás.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Tistur tenía miedo de perder a Peziza. Pero Peziza no estaba dispuesta a quedarse en el árbol. Estaba tan excitada por las cosas nuevas que la rodeaban, que no podía quedarse quieta ni un minuto. Del árbol se lanzó en ligero vuelo hasta el tejado de la casa. "¡Me siento liviana como una pluma!", pensaba Peziza. "Qué maravilla".&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;En aquel momento, oyó una voz que la llamaba desde el mismo tejado donde se encontraba. Miró hacia arriba y pudo distinguir la figura de un gnomo, colgado de la veleta cimera. La verdad es que nunca en su vida había visto un gnomo, pero por las descripciones que su madre hacía de su padre Lantuc, no le costó trabajo reconocerlo.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--¿Cómo te llamas? -le preguntó el gnomo.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Tan sorprendida se quedó la ninfa, que de momento se quedó muda. Pero pronto reaccionó:&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Peziza, -dijo, con un hilo de voz.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--¿Peziza? ¡No me digas! ¡Yo me llamo Paziz! -exclamó el gnomo.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--No bromees conmigo, -dijo la ninfa.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--¿Y para qué iba a bromear?... Te he dicho la verdad. ¡Debemos ser parientes! Pero ¡dejémonos de tonterías y vamos a volar!&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Paziz ejecutó un doble salto mortal en el aire, para aterrizar a los pies de Peziza. Y juntos salieron los dos por los aires de la noche. Peziza pronto se dio cuenta de que la noche estaba llena de criaturas del trasmundo: aquí un duende danzaba encima de una chimenea; allí un trasgo se deslizaba por una tubería; más allá, un diablillo se columpiaba en una veleta; más acá, un gnomo hacía equilibrios encima de una farola... Pero Peziza no podía distraerse porque su amigo volaba tan rápido como una flecha y apenas si podía seguirle. Como una exhalación, sobrevolaban campos, praderas, bosques, ríos, lagos y montañas, aldeas y ciudades. Y mientras volaban, el gnomo le contaba a su amiga misteriosas historias de casas en ruinas, castillos encantados y molinos de viento abandonados. Ella, criatura del trasmundo, se daba cuenta de lo grande que era el mundo... de los infinitos caminos que llevan a todas partes... Y Peziza no se cansaba de volar junto a su compañero y podía haber continuado hasta el infinito... de no haber sido por el canto de un gallo, que anunciaba la alborada.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--¿Dónde estamos? -preguntó la dama-, ¿y cómo puedo volver al árbol donde vivo?&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Por aquí no faltan árboles... -le contestó su gnomo.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Sí, pero quiero volver junto a mi amigo el grillo Tistur, -dijo Peziza.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Pero ¿cómo es posible que te juntes con un grillo? Jamás había oído semejante cosa, -protestó el gnomo.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Pero si siempre hemos estado juntos, -dijo la ninfa-. No podría vivir sin él.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;--Está bien. Volveremos al tejado donde nos conocimos, -dijo Paziz.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;La vuelta fue aún más rápida que la ida. Peziza estaba encantada con su gnomo. Ni en sueños había conocido a un gnomo tan listo y valiente como Paziz. Además, se notaba que era un hombre de mundo, no como ella que había pasado su vida metida en una chimenea. Paziz, no había más que verle, era un ser libre, que iba y venía por donde le parecía, hoy aquí, mañana allí, que tenía amigos en todas partes, que sabía vivir, vamos...&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Por fin llegaron al tejado de su casa y de allí se dirigieron al árbol que les servía de vivienda. Al llegar, Peziza se dio cuenta de que el grillo Tistur ya no estaba solo, de que se había aparejado como ella. La compañera de Tistur le ayudaba a construir su casa en el árbol. Al verles llegar, Tistur les saludó cariñoso:&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;--Peziza... creí que te habías perdido... pero ya veo que estás en buenas manos.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Gracias a Paziz he encontrado el camino de vuelta, -le dijo a Tistur, presentándole al gnomo.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;--Bueno, bueno... yo también tengo que presentarte a alguien. Mi compañera se llama Grillida. ¿Qué nombre más bonito, verdad?&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;¡Vean ustedes las vueltas que da la rueda del Destino! Cuando la ninfa y el grillo se vieron obligados a abandonar su hogar, creyeron que su hora había llegado... Pero esta desgracia, en vez de la muerte les trajo la vida, la nueva vida que empezaban junto al gnomo Paziz yal grillo Grillida. Las dos parejas pronto se casaron, siguiendo sus ritos ancestrales.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;El verano pasó en un vuelo: Paziz y Peziza se perseguían uno al otro y llegaron en sus vuelos hasta la gran ciudad de Lublín. Los grillos hacían vida más sedentaria: preferían pasar el rato contándose viejas historias. Durante el día, dormían a la sombra del gran árbol.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Pero las noches fueron refrescando. La niebla se levantaba en el río y ya no se oía el croar de las ranas ni, apenas, el concierto delos grillos. Bastante hacían Tistur y Grillida con permanecer juntos para guardar el calor de sus cuerpos. A veces llovía, otras tronaba y relampagueaba.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Peziza y Paziz, aunque no pasaran frío, también tenían sus problemas. Resulta que el árbol donde vivían se hallaba cerca de una sinagoga. Pues bien, cada mañana el rabino convocaba a los fieles al son de su cuerno de cabra. Y es éste, precisamente, el sonido que más asusta a las criaturas del trasmundo. Cada vez que Peziza oía el horrible instrumento, temblaba de los pies a la cabeza y lloraba desconsoladamente.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pero su buena fortuna no les abandonó. Peziza observó un día quela chimenea de la casa donde habían vivido volvía a echar humo. Se reunieron las dos parejas y decidieron por unanimidad volver al antiguo hogar de Peziza y Tistur. El gnomo y su ninfa no hallaron dificultades en el camino y pronto estaban cómodamente instalados junto a la chimenea. Para los grillos, el viaje fue más azaroso, por puertas y ventanas, cocinas y salones. Pero también acabaron instalándose a su gusto.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Los días se fueron acortando, y las noches alargando. Llegaron las heladas. Menos mal que, detrás de la estufa, se estaba muy calentito. A nuestros amigos les llegaba el aroma de unan recién hecho, o de un pastel cociéndose al horno o de unas deliciosas manzanas asadas... En la cocina, el ama de casa contaba historias de duendes y enanos y gnomos a sus hijas. Peziza y Paziz se divertían escuchando estos cuentos. Después de tantos años de convivencia, entendían el lenguaje humano... y se sorprendían al comprobar que, también los hombres, de vez en cuando, sueñan con el amor y la felicidad. Tistur y Grillida ya no abandonaron su cómoda casita, pero los gnomos se escapaban a menudo por la chimenea a solazarse con sus compadres del trasmundo... y, al regreso, contaban a la pareja de grillos las más divertidas y extravagantes aventuras que puedan imaginarse. Y ya tenían tema largo de conversación el señor y la señora grillo, en las largas noches de invierno.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-8632076490566179872?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/8632076490566179872/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/tistur-y-peziza-por-isaac-bashevis.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/8632076490566179872'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/8632076490566179872'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/tistur-y-peziza-por-isaac-bashevis.html' title='TISTUR Y PEZIZA Por: Isaac Bashevis Singer'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5c1smPFqCI/AAAAAAAAAGc/p1i6_YiRLbQ/s72-c/Isaac+Bashevis+Singer+reclining+on+a+sofa,+1975.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-1492222572218706872</id><published>2010-03-08T19:39:00.000-08:00</published><updated>2010-03-08T20:25:58.928-08:00</updated><title type='text'>Trilogía sucia de La Habana</title><content type='html'>&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;b&gt;Trilogía sucia de La Habana &lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;b&gt;© Pedro Juan Gutiérrez, 1998&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="color: orange;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;COSAS NUEVAS EN MI VIDA&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5XC4nD7oPI/AAAAAAAAAGU/qjiXpIbHpj0/s1600-h/trilog%C3%ADa.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5XC4nD7oPI/AAAAAAAAAGU/qjiXpIbHpj0/s320/trilog%C3%ADa.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;Esa mañana, temprano, en el buzón, sobresalía una tarjeta rosada, de Mark Pawson, de Londres. Con grandes letras había escrito: «5 June 1993 some bastará stole the front wheel of my bicycle.» Hacía un año y aún le molestaba aquel incidente. Recordé aquel pequeño club cerca del apartamento de Mark, donde cada noche Rodolfo se desnudaba y hacía un baile muy erótico, mientras yo lanzaba una extraña música trópico-aleatoria con unos bongóes, cascabeles, sonidos guturales, y todo lo que se me ocurría. Nos divertíamos, tomábamos cerveza gratis, y nos pagaban 25 libras por noche. Ojalá hubiera durado más. Pero Rodolfo era un negro muy solicitado y se fue a Liverpool a enseñar danza moderna. Yo me quedé sin dinero y estuve viviendo en casa de Mark hasta que me aburrí y regresé. Ahora me entrenaba para no tomar nada en serio. Un hornbre puede cometer muchos errores pequeños. Y no tiene importancia. Pero si los errores son grandes y pesan sobre su vida, lo único que puede hacer es no tomarse en serio. Sólo así evita sufrir. El&lt;br /&gt;sufrimiento prolongado puede ser mortal. Pegué la postal detrás de la puerta, puse un cassette con «Snake Rag», de Armstrong, y se me alegró el corazón y dejé de pensar. La música no me deja pensar. Pero este jazz, además, me alegra y me hace bailar solo. Desayuné una taza de té, cagué, leí unos poemas homosexuales de Alien Ginsberg, y me asombré con «Sphincter» y con «Personáis ad». / hope my good oíd asshole holds out. Pero no me pude asombrar mucho tiempo porque llegaron dos amigos, muy jóvenes, a preguntarme si sería buena idea tirar una balsa al mar por el cabo de San Antonio y llegar a cabo Catoche, o si es mejor salir por el norte directo a Miami. Eran los días del éxodo, en el verano del 94. Una&lt;br /&gt;amiga me había dicho el día antes por teléfono: «Se van todos los hombres y los jóvenes. Oh, será un problema para nosotras.» No era así totalmente. Se quedaba mucha gente incapaz de vivir demasiado lejos, a pesar de todo. Bueno, he navegado un poco el Golfo y sé que es una trampa. Los convencí con el mapa en la mano para que no escaparan a México. Y bajé con ellos a ver su gran balsa para seis personas. Era un tinglado de madera y sogas sobre tres neumáticos de avión. Llevarían linterna, brújula y luces de bengala. Les deseé suerte y salí con mi bicicleta a dar una vuelta. cornpré unas tajadas de melón. Fui hasta la casa de mi ex mujer. Ahora somos buenos amigos. Así nos va mejor. Ella no estaba. Comí un poco de melón y dejé los restos por allí. Me gusta dejar huellas. Puse en el frío las tajadas que quedaron y me fui rápido. En ese sitio fui demasiado feliz durante dos años. No es bueno estar ahí solo. Cerca vive Margarita. Hacía tiempo que no nos veíamos. Cuando llegué estaba lavando y sudaba. Se alegró y fue a bañarse. Éramos novios furtivos -no me hagan caso, de algún modo tengo que decirlo- hacía casi veinte años y cuando nos vemos primero templamos y después conversamos muy relajados. Así que no la dejé bañarse. Le quité la ropa y le pasé la lengua por todas partes. Ella hizo lo mismo: me quitó la ropa y me pasó la lengua por todas partes. Yo también estaba muy sudado de tanta bicicleta y tanto sol. Se estaba reponiendo y engordaba. Ya no estaba demacrada. De nuevo tenía las nalgas duras, redondas y sólidas a pesar de sus cuarenta y seis años. Los negros son así. Llenos de fibras, y músculos, con muy poca grasa, y una piel limpia, sin granos. Oh,&lt;br /&gt;no resistí la tentación y, después de un buen rato jugando con ella, ya había tenido tres orgasmos, se la metí por el culo. Muy despacio, bien mojada con los líquidos de su vagina. Poco a poco. Metiendo y sacando y masturbándole el clítoris con mi mano. Ella rabiaba de dolor, pero me pedía más y más. Mordía la almohada, pero retrocedía el culo y me pedía que se la metiera hasta el tronco. Es fabulosa esa mujer. Ninguna disfruta&lt;br /&gt;más que ella. Así estuvimos unidos mucho rato. Cuando se la saqué estaba embarrada de mierda, y ella se asqueó. Yo no. Yo tenía el cínico alerta, nunca dormía. Es que el sexo no es para gente escrupulosa. El sexo es un intercambio de líquidos, de fluidos, saliva, aliento y olores fuertes, orina, semen, mierda, sudor, microbios, bacterias. O no es. Si sólo es ternura y espiritualidad etérea entonces se queda en una parodia estéril de lo que pudo ser. Nada. Nos dimos una ducha y quedamos listos para un café y para&lt;br /&gt;conversar un rato. Ella quería que la acompañara a El Rincón. Tenía que cumplir una promesa a San Lázaro y me pedía que la acompañara al día siguiente. En realidad me lo pidió con tanto cariño que acepté. Eso es lo maravilloso de la mujer cubana -debe haber muchas otras igual, tal vez en América, en Asia- es tan cariñosa que nunca puedes decir no cuando te piden algo. No es así con las europeas. Las europeas son tan secas que te dan todas las posibilidades para decirles ¡NO! Y quedarte a gusto. Después regresé a casa. Ya la tarde estaba refrescando. Tenía hambre. Claro, sólo tenía un té, una tajada de melón y un café en el estómago. En la casa me comí un pedazo de pan con otro té. Ya me estaba acostumbrando a muchas cosas nuevas en mi vida. Me estaba acostumbrando a la miseria. A tomarlo todo como viniera. Me entrenaba en abandonar el rigor, o no sobreviviría. Siempre viví carente de algo. Desasosegado, queriendo todo a la vez, luchando rigurosamente por algo más. Estaba aprendiendo a no tenerlo todo a la vez. A vivir casi sin nada. De lo contrario seguiría con mi visión trágica de la vida. Por eso ahora la miseria no me hacía mucho daño.&lt;br /&gt;Entonces me llamó Luisa. Venía a estar conmigo el fin de semana. Y Luisa es una mujer adorable. Tal vez demasiado joven para mí. Pero no importa. Nada importa. Empezó a llover y a tronar, con un viento de ciclón y una humedad terrible. Es así en el Caribe. Hay sol y de pronto empieza el aire y la lluvia y uno está en medio del huracán. Me hacía falta un poco de ron, pero no había forma de conseguirlo. Yo tenía algún dinero pero no había nada que comprar. Me acosté a dormir. Estaba sudado y las sábanas sucias, pero me gusta mi olor a sudor y suciedad. Me excita olerme a mí mismo. Y Luisa estaba al llegar. Creo que me quedé dormido. Si el viento arreciaba más y arrancabaTas planchas de fibrocemento del techo me daba igual. Nada importa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-1492222572218706872?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/1492222572218706872/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/trilogia-sucia-de-la-habana.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/1492222572218706872'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/1492222572218706872'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/trilogia-sucia-de-la-habana.html' title='Trilogía sucia de La Habana'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5XC4nD7oPI/AAAAAAAAAGU/qjiXpIbHpj0/s72-c/trilog%C3%ADa.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-4732821067445159803</id><published>2010-03-08T19:29:00.000-08:00</published><updated>2010-03-08T20:27:08.592-08:00</updated><title type='text'>La Ley de Herodes</title><content type='html'>&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;b&gt;LA LEY DE HERODES&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: orange;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;b&gt;JORGE IBARGÜENGOITIA&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5XAoPjr0oI/AAAAAAAAAGM/e7FGMxNL_v0/s1600-h/jorge_ibarguengoitia31.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5XAoPjr0oI/AAAAAAAAAGM/e7FGMxNL_v0/s320/jorge_ibarguengoitia31.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;Sarita me sacó del fango, porque antes de conocerla el porvenir de la Humanidad me tenía sin cuidado. Ella me mostró el camino del espíritu, me hizo entender que todos los hombres somos iguales, que el único ideal digno es la lucha de clases y la victoria del proletariado; me hizo leer a Marx, a Engels y a Carlos Fuentes, ¿y todo para qué? Para destruirme después con su indiscreción.&lt;br /&gt;No quiero discutir otra vez por qué acepté una beca de la Fundación Katz para ir a estudiar en los Estados Unidos. La acepté y ya. No me importa que los Estados Unidos sean un país en donde existe la explotación del hombre por el hombre, ni tampoco que la Fundación Katz sea el ardid de un capitalista (Katz) para eludir impuestos. Solicité la beca, y cuando me la concedieron la acepté; y es más, Sarita también la solicitó y también la aceptó. ¿Y qué? Todo iba muy bien hasta que llegamos al examen médico. . . No me atrevería a continuar si no fuera porque quiero que se me haga justicia. Necesito justicia. La exijo. Así que adelante. . . La Fundación Katz sólo da becas a personas fuertes como un caballo y el examen médico es muy riguroso. No discutamos este punto. Ya sé que este examen médico es otra de tantas argucias de que se vale el FBI para investigar la vida privada de los mexicanos. Pero adelante. El examen lo hace el doctor Philbrick, que es un yanqui que vive en las Lomas (por supuesto), en una casa cerrada a piedra y cal y que cobra. . . no importa cuánto cobra, porque lo pagó la Fundación. La enfermera, que con seguridad traicionó la Causa, puesto que su acento y rasgos faciales la delatan como evadida de la Europa Libre, nos dijo a Sarita y a mí, que a tal hora tomáramos tantos más cuantos gramos de sulfato de magnesio y que nos presentáramos a las nueve de la mañana siguiente con las "muestras obtenidas" de nuestras dos funciones.&lt;br /&gt;¡Ah, qué humillación! ¡Recuerdo aquella noche en mi casa, buscando entre los frascos vacíos dos adecuados para guardar aquello! ¡Y luego, la noche en vela esperando el momento oportuno! ¡Y cuando llegó, Dios mío, qué violencia! (Cuando exclamo Dios mío en la frase anterior, lo hago usando de un recurso literario muy lícito, que nada tiene que ver con mis creencias personales.)&lt;br /&gt;Cuando estuvo guardada la primer muestra, volví a la cama y dormí hasta las siete, hora en que me levanté para recoger la segunda. Quiero hacer notar que la orina propia en un frasco se contempla con incredulidad; es un líquido turbio (por el sulfato de magnesio) de color amarillo, que al cerrar el frasco se deposita en pequeñas gotas en las paredes de cristal. Guardé ambos frascos en sucesivas bolsas de papel para evitar que alguna mirada penetrante adivinara su contenido. Salí a la calle en la mañana húmeda, y caminé sin atreverme a tomar un camión, apretando contra mi corazón, como San Tarsicio Moderno, no la Sagrada Eucaristía, sino mi propia mierda. (Esta metáfora que acabo de usar es un tropo al que llegué arrastrado por mi elocuencia natural y es independiente de mi concepto del hombre moderno.) Por la Reforma llegué hasta la fuente de Diana, en donde esperé a Sarita más de la cuenta, pues había tenido cierta dificultad en obtener una de las muestras. Llegó como yo, con el rostro desencajado y su envoltorio contra el pecho.&lt;br /&gt;Nos miramos fijamente, sin decirnos nada, conscientes como nunca de que nuestra dignidad humana había sido pisoteada por las exigencias arbitrarias de una organización típicamente capitalista. Por si fuera poco lo anterior, cuando llegamos a nuestro destino, la mujer que había traicionado la Causa nos condujo al laboratorio y allí desenvolvió los frascos ¡delante de los dos! y les puso etiquetas. Luego, yo entré en el despacho del doctor Philbrick y Sarita fue a la sala de espera. Desde el primer momento comprendí que la intención del doctor Philbrick era humillarme. En primer lugar, creyó, no sé por qué, que yo era ingeniero agrónomo y por más que insistí en que me dedicaba a la sociología, siguió en su equivocación; en segundo, me hizo una serie de preguntas que salen sobrando ante un individuo como yo, robusto y saludable física y mentalmente: ¿qué caso tiene preguntarme si he tenido neumonía, paratifoidea o gonorrea? Y apuntó&lt;br /&gt;mis respuestas, dizque minuciosamente, en unas hojas que le había mandado la Fundación a propósito. Luego vino lo peor. Se levantó con las hojas en la mano y me ordenó que lo siguiera. Yo lo obedecí. Fuimos por un pasillo oscuro en uno de cuyos lados había una serie de cubículos, y en cada uno de ellos, una mesa clínica y algunos aparatos. Entramos en un cubículo; él corrió la cortina y luego, volviéndose hacia mí, me ordenó despóticamente: "Desvístase." Yo obedecí, aunque ya mi corazón me avisaba que algo terrible iba a suceder. Él me examinó el cráneo aplicándome un diapasón en los diferentes huesos; me metió un foco por las orejas y miró para adentro; me puso un reflector ante los ojos y observó cómo se contraían mis pupilas y, apuntando siempre los resultados, me oyó el corazón, me hizo saltar doscientas veces y volvió a oírlo; me hizo respirar pausadamente, luego, contener la respiración, luego, saltar otra vez doscientas veces.&lt;br /&gt;Apuntaba siempre. Me ordenó que me acostara en la cama y cuando obedecí, me golpeó despiadadamente el abdomen en busca de hernias, que no encontró; luego, tomó las partes más nobles de mi cuerpo y a jalones las extendió como si fueran un pergamino, para mirarlas como si quisiera leer el plano del tesoro. Apuntó otra vez. Fue a un armario y&lt;br /&gt;tomando algodón de un rollo empezó a envolverse con él dos dedos. Yo lo miraba con mucha desconfianza.&lt;br /&gt;—Hínquese sobre la mesa —me dijo. Esta vez no obedecí, sino que me quedé mirando aquellos dos dedos envueltos en algodón. Entonces, me explicó:&lt;br /&gt;—Tengo que ver si tiene usted úlceras en el recto.&lt;br /&gt;El horror paralizó mis músculos. El doctor Philbrick me enseñó las hojas de la Fundación que decían efectivamente "úlceras en el recto"; luego, sacó del armario un objeto de hule adecuado para el caso, e introdujo en él los dedos envueltos en algodón. Comprendí que había llegado el momento de tomar una decisión: o perder la beca, o aquello. Me subí a la mesa y me hinqué.&lt;br /&gt;—Apoye los codos sobre la mesa.&lt;br /&gt;Apoyé los codos sobre la mesa, me tapé las orejas, cerré los ojos y apreté las mandíbulas. El doctor Philbrick se cercioró de que yo no tenía úlceras en el recto. Después, tiró a la basura lo que cubriera sus dedos y salió del cubículo, diciendo: "Vístase."&lt;br /&gt;Me vestí y salí tambaleándome. En el pasillo me encontré a Sarita ataviada con una especie de mandil, que al verme (supongo que yo estaba muy mal) me preguntó qué me pasaba.&lt;br /&gt;—Me metieron el dedo. Dos dedos.&lt;br /&gt;—¿Por dónde?&lt;br /&gt;—¿Por dónde crees, tonta?&lt;br /&gt;Fue una torpeza confesar semejante cosa. Fue la causa de mi desprestigio. Llegado el momento de las úlceras en el recto, Sarita amenazó al doctor Philbrick con llamar a la policía si intentaba revisarle tal parte; el doctor, con la falta de determinación propia de los burgueses, la dejó pasar como sana, y ella, haciendo a un lado las reglas más elementales del compañerismo, salió de allí y fue a contarle a todo el mundo que yo me había doblegado ante el imperialismo yanqui.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-4732821067445159803?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/4732821067445159803/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/la-ley-de-herodes.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/4732821067445159803'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/4732821067445159803'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/la-ley-de-herodes.html' title='La Ley de Herodes'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5XAoPjr0oI/AAAAAAAAAGM/e7FGMxNL_v0/s72-c/jorge_ibarguengoitia31.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-6023783302189057922</id><published>2010-03-06T19:53:00.000-08:00</published><updated>2010-03-08T20:28:34.733-08:00</updated><title type='text'>EL VERANO DEL COHETE</title><content type='html'>&lt;meta content="text/html; 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 &lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5MjBenfKxI/AAAAAAAAAF8/ppUL0_5Tq8Q/s1600-h/cronicas_marcianas.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://2.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5MjBenfKxI/AAAAAAAAAF8/ppUL0_5Tq8Q/s320/cronicas_marcianas.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: normal; margin-bottom: 0.0001pt; text-indent: 1cm;"&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;b&gt;CRONICAS MARCIANAS&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: orange;"&gt;Ray Bradbury&lt;/div&gt;&lt;div style="color: orange;"&gt;Título original: Martians Chronicles&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;h1 style="color: red; line-height: normal; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;EL VERANO DEL COHETE&lt;/span&gt;&lt;/h1&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="color: orange; line-height: normal; margin-bottom: 0.0001pt;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;© 1950 by Ray Bradbury&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: normal; margin-bottom: 0.0001pt;"&gt;&lt;br /&gt;Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros. Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano. El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida.&lt;br /&gt;El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la Tierra...&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-6023783302189057922?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/6023783302189057922/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/el-verano-del-cohete.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/6023783302189057922'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/6023783302189057922'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/el-verano-del-cohete.html' title='EL VERANO DEL COHETE'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S5MjBenfKxI/AAAAAAAAAF8/ppUL0_5Tq8Q/s72-c/cronicas_marcianas.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-8969917130593611775</id><published>2010-03-03T22:53:00.000-08:00</published><updated>2010-03-03T22:56:22.446-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Juan José Arreola'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El guardagujas'/><title type='text'>El guardagujas - Juan José Arreola</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_hCWovI7lS10/SA-HVBS7ssI/AAAAAAAAALc/D9-veP-aBtY/s1600-h/guardagujas.bmp"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5192517690576319170" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_hCWovI7lS10/SA-HVBS7ssI/AAAAAAAAALc/D9-veP-aBtY/s400/guardagujas.bmp" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Lleva usted poco tiempo en este país?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por favor...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Me llevará ese tren a T.?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo es eso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Santo Dios!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y la policía no interviene?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a T.". Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué está usted diciendo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y eso qué objeto tiene?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo, señor, sólo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual", dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y los viajeros?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Es el tren? -preguntó el forastero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡X! -contestó el viajero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;center&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;FIN&lt;/strong&gt;&lt;/center&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-8969917130593611775?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/8969917130593611775/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/el-forastero-llego-sin-aliento-la.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/8969917130593611775'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/8969917130593611775'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/03/el-forastero-llego-sin-aliento-la.html' title='El guardagujas - Juan José Arreola'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_hCWovI7lS10/SA-HVBS7ssI/AAAAAAAAALc/D9-veP-aBtY/s72-c/guardagujas.bmp' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-8298694595295508925</id><published>2010-02-25T07:33:00.000-08:00</published><updated>2010-03-08T20:30:41.464-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Juan Rulfo'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Luvina'/><title type='text'>Luvina</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S4aZa8htyxI/AAAAAAAAAF0/n6k1ep9sAec/s1600-h/luvina2.jpg"&gt;&lt;img alt="" border="0" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5442205887927012114" src="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S4aZa8htyxI/AAAAAAAAAF0/n6k1ep9sAec/s320/luvina2.jpg" style="float: left; height: 191px; margin: 0px 10px 10px 0px; width: 200px;" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify" style="color: red;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;b&gt;Luvina&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size: 130%;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;b style="color: orange;"&gt;Juan Rulfo&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: 130%;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;b style="color: orange;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.&lt;br /&gt;...Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.&lt;br /&gt;-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.&lt;br /&gt;El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera.&lt;br /&gt;Hasta ellos llegaba el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los camichines, el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros, y los gritos de los niños jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la tienda.&lt;br /&gt;Los comejenes entraban y rebotaban contra la lámpara de petróleo, cayendo al suelo con las alas chamuscadas. Y afuera seguía avanzando la noche.&lt;br /&gt;-¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! -volvió a decir el hombre. Después añadió:&lt;br /&gt;-Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en el calín ceniciento. Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto...&lt;br /&gt;Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse dentro de la tienda. Eso hizo que el hombre se levantara, fuera hacia la puerta y les dijera: “¡Váyanse más lejos! ¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto.”&lt;br /&gt;Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y dijo:&lt;br /&gt;-Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que no regresen en varios años.&lt;br /&gt;“...Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.”&lt;br /&gt;Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo:&lt;br /&gt;-Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.&lt;br /&gt;“...Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo... siempre.&lt;br /&gt;”Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se acostumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue. Cuando vaya a Luvina la extrañará. Allí no podrá probar sino un mezcal que ellos hacen con una yerba llamada hojasé, y que a los primeros tragos estará usted dando de volteretas como si lo chacamotearan. Mejor tómese su cerveza. Yo sé lo que le digo.”&lt;br /&gt;Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El rumor del aire. Los niños jugando. Parecía ser aún temprano, en la noche.&lt;br /&gt;El hombre se había ido a asomar una vez más a la puerta y había vuelto. Ahora venía diciendo:&lt;br /&gt;-Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá dejé la vida... Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá... Está bien. Me parece recordar el principio. Me pongo en su lugar y pienso... Mire usted, cuando yo llegué por primera vez a Luvina... ¿Pero me permite antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mí me sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagara la cabeza con aceite alcanforado... Bueno, le contaba que cuando llegué por primera vez a Luvina, el arriero que nos llevó no quiso dejar siquiera que descansaran las bestias. En cuanto nos puso en el suelo, se dio media vuelta:&lt;br /&gt;“-Yo me vuelvo -nos dijo.&lt;br /&gt;“Espera, ¿no vas a dejar sestear a tus animales? Están muy aporreados.&lt;br /&gt;“-Aquí se fregarían más -nos dijo- mejor me vuelvo.&lt;br /&gt;“Y se fue dejándose caer por la Cuesta de la Piedra Cruda, espoleando sus caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.&lt;br /&gt;“Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en la mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en nuestros brazos. En medio de aquel lugar en donde sólo se oía el viento...&lt;br /&gt;“Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.&lt;br /&gt;“Entonces yo le pregunté a mi mujer:&lt;br /&gt;“-¿En qué país estamos, Agripina?&lt;br /&gt;“Y ella se alzó de hombros.&lt;br /&gt;“-Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos -le dije.&lt;br /&gt;“Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.&lt;br /&gt;“Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.&lt;br /&gt;“-¿Qué haces aquí Agripina?&lt;br /&gt;“-Entré a rezar -nos dijo.&lt;br /&gt;“-¿Para qué? -le pregunté yo.&lt;br /&gt;“Y ella se alzó de hombros.&lt;br /&gt;“Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío, sin puertas, nada más con unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por donde se colaba el aire como un cedazo.&lt;br /&gt;“-¿Dónde está la fonda?&lt;br /&gt;“-No hay ninguna fonda.&lt;br /&gt;“-¿Y el mesón?&lt;br /&gt;“-No hay ningún mesón&lt;br /&gt;“-¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? -le pregunté.&lt;br /&gt;“-Sí, allí enfrente... unas mujeres... Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran... Han estado asomándose para acá... Míralas. Veo las bolas brillantes de su ojos... Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer... Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.&lt;br /&gt;“-¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.&lt;br /&gt;“-Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.&lt;br /&gt;“-¿Qué país éste, Agripina?&lt;br /&gt;“ Y ella volvió a alzarse de hombros.&lt;br /&gt;“Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia, detrás del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento, aunque un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar encima de nosotros, con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir de los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus manos de aire las cruces del viacrucis: unas cruces grandes y duras hechas con palo de mezquite que colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas con alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de dientes.&lt;br /&gt;“Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.&lt;br /&gt;“Poco después del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso... Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:&lt;br /&gt;“-¿Qué es? -me dijo.&lt;br /&gt;“-¿Qué es qué? -le pregunté.&lt;br /&gt;“-Eso, el ruido ese.&lt;br /&gt;“-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.&lt;br /&gt;“Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si la parvada de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas. Entonces caminé de puntitas hacia allá, sintiendo delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la puerta y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.&lt;br /&gt;“-¿Qué quieren? -les pregunté- ¿Qué buscan a estas horas?&lt;br /&gt;“ Una de ellas respondió:&lt;br /&gt;“-Vamos por agua.&lt;br /&gt;“Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si fueran sombras, echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros.&lt;br /&gt;“ No, no se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina.&lt;br /&gt;“...¿No cree que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás para que se me quite el mal sabor del recuerdo.”&lt;br /&gt;-Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad...? La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad... Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.&lt;br /&gt;“Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es, sí señor... Estar sentado en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta del sol, subiendo y bajando la cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto, sin tiempo, como si viviera siempre en la eternidad. Esto hacen allí los viejos.&lt;br /&gt;“Porque en Luvina sólo viven los puros viejos y los que todavía no han nacido, como quien dice... Y mujeres sin fuerzas, casi trabadas de tan flacas. Los niños que han nacido allí se han ido... Apenas les clarea el alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco del pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es allí la cosa.&lt;br /&gt;“Sólo quedan los puros viejos y las mujeres solas, o con un marido que anda donde sólo Dios sabe dónde... Vienen de vez en cuando como las tormentas de que les hablaba; se oye un murmullo en todo el pueblo cuando regresan y un como gruñido cuando se van... Dejan el costal de bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres, y ya nadie vuelve a saber de ellos hasta el año siguiente, y a veces nunca... Es la costumbre. Allí le dicen la ley, pero es lo mismo. Los hijos se pasan la vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley...&lt;br /&gt;“Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo... Solos, en aquella soledad de Luvina.&lt;br /&gt;“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará.’&lt;br /&gt;“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.&lt;br /&gt;“-¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?&lt;br /&gt;“Les dije que sí.&lt;br /&gt;“-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno.&lt;br /&gt;“Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.&lt;br /&gt;“Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De ahí en más no saben si existe.&lt;br /&gt;“-Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad -me dijeron-. Pero si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.&lt;br /&gt;“Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.&lt;br /&gt;“-¿No oyen ese viento? -les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.&lt;br /&gt;“-Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios -me contestaron-. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.&lt;br /&gt;“Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.&lt;br /&gt;“...Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina.’&lt;br /&gt;En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas... Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plata encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo...&lt;br /&gt;“San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo...&lt;br /&gt;“¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. ¡Oye , Camilo, mándanos ahora unos mezcales!&lt;br /&gt;“Pues sí, como le estaba yo diciendo...”&lt;br /&gt;Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos.&lt;br /&gt;Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las estrellas.&lt;br /&gt;El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-8298694595295508925?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/8298694595295508925/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/luvina-juan-rulfo-de-los-cerros-altos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/8298694595295508925'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/8298694595295508925'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/luvina-juan-rulfo-de-los-cerros-altos.html' title='Luvina'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S4aZa8htyxI/AAAAAAAAAF0/n6k1ep9sAec/s72-c/luvina2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-1798147642119064695</id><published>2010-02-25T06:17:00.000-08:00</published><updated>2010-03-08T20:30:11.600-08:00</updated><title type='text'>Vivimos del Cuento</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S4aOUJB7O8I/AAAAAAAAAFs/GegMLPYsia0/s1600-h/juan_casamayor.JPG"&gt;&lt;img alt="" border="0" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5442193676396346306" src="http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S4aOUJB7O8I/AAAAAAAAAFs/GegMLPYsia0/s320/juan_casamayor.JPG" style="float: left; height: 320px; margin: 0px 10px 10px 0px; width: 218px;" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;b&gt;Vivimos el Cuento&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Como anillo al dedo este especial de Libros al aire. Un programa sobre el mercado editorial del cuento en España, por uno de los editores que cree en el genero. Esta entrevista de la semana pasada la puede seguir en: &lt;a href="http://www.unradiobogota.unal.edu.co/index.php?id=307&amp;amp;tx_ttnews[tt_news]=24049&amp;amp;tx_ttnews[backPid]=68&amp;amp;tx_cegallery_pi1[album]=0&amp;amp;cHash=b4fd820065"&gt;http://www.unradiobogota.unal.edu.co/index.php?id=307&amp;amp;tx_ttnews[tt_news]=24049&amp;amp;tx_ttnews[backPid]=68&amp;amp;tx_cegallery_pi1[album]=0&amp;amp;cHash=b4fd820065&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Y hoy la Segunda parte:&lt;br /&gt;En LIBROSalAIRE, queremos que nos cuenten el cuento&lt;br /&gt;LIBROSalAIRE miércoles 8:00 pm por la 98.5 fm un radio en bogotá o desde cualquier lugar del mundo &lt;a chash="8dc6772754" href="http://www.unradiobogota.unal.edu.co/index.php?id=307&amp;amp;tx_ttnews%5btt_news%5d=21177&amp;amp;tx_ttnews%5bbackPid%5d=68&amp;amp;tx_cegallery_pi1%5balbum%5d=0&amp;amp;cHash=8dc6772754" target="_blank" title="blocked::http://www.unradiobogota.unal.edu.co/index.php?id="&gt;AQUÍ&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Espero que se la disfruten.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-1798147642119064695?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='related' href='http://www.unradiobogota.unal.edu.co/index.php?id=307&amp;tx_ttnews[tt_news]=24049&amp;tx_ttnews[backPid]=68&amp;tx_cegallery_pi1[album]=0&amp;cHash=b4fd820065' title='Vivimos del Cuento'/><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/1798147642119064695/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/vivimos-del-cuento.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/1798147642119064695'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/1798147642119064695'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/vivimos-del-cuento.html' title='Vivimos del Cuento'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S4aOUJB7O8I/AAAAAAAAAFs/GegMLPYsia0/s72-c/juan_casamayor.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-8729434744613105378</id><published>2010-02-21T20:55:00.000-08:00</published><updated>2010-02-21T20:58:29.015-08:00</updated><title type='text'>Felicidad. Katherine Mansfield.</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S4IO7YGTfmI/AAAAAAAAAFk/RhsSCppHlGY/s1600-h/74-Katherine-Mansfield.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 193px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S4IO7YGTfmI/AAAAAAAAAFk/RhsSCppHlGY/s320/74-Katherine-Mansfield.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5440927713060945506" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span"   style="  -webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; font-family:'Times New Roman';font-size:medium;"&gt;&lt;span&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Felicidad&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div&gt;&lt;span class="Apple-style-span"   style="  -webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; font-family:'Times New Roman';font-size:medium;"&gt;&lt;span&gt;&lt;b&gt;Katherine Mansfield.&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span class="Apple-style-span"   style="  -webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; font-family:'Times New Roman';font-size:medium;"&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span class="Apple-style-span"   style="  -webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; font-family:'Times New Roman';font-size:medium;"&gt;&lt;span&gt;A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír... simplemente por nada.&lt;/span&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¿Qué puede hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad..., de felicidad plena..., como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer "beodo o trastornado"? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;"No, la comparación con el violín no expresa exactamente lo que quiero decir-pensó mientras subía corriendo la escalera, y, después de buscar la llave en su bolso y ver que la había olvidado como de costumbre, repiqueteaba con los dedos en el buzón-. Y no lo expresa porque..."&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Gracias, Mary! -Entró en el vestíbulo-. ¿Ha vuelto la niñera?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Sí, señora.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Han traído la fruta?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Sí, señora; ya está aquí.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Haga el favor de llevarla al comedor; la arreglaré antes de vestirme.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;El comedor estaba ya en penumbra y en él se sentía algo de frío; pero, a pesar de ello, Berta se quitó el abrigo: no podía soportarlo abrochado ni un momento más. El aire frío bañó sus brazos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Pero en su pecho ardía aún aquel fuego resplandeciente que se extendía a todos los miembros como una lluvia de chispas. Casi era insoportable. Apenas se atrevía a respirar por miedo a avivarlo más y, sin embargo, lo hacía muy hondamente. Tampoco se decidía a mirar al frío espejo..., pero miró al fin y vio en él a una mujer radiante, sonriente, de labios trémulos, con unos ojos grandes y oscuros, y en toda ella ese aire atento de quien escucha, esperando algo..., algo divino que va a pasar... y que sabe ha de ocurrir infaliblemente.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Mary trajo la fruta en una bandeja y dos grandes platos. Uno de ellos era de cristal y el otro de porcelana azul, muy bonito, con un reflejo extraño, como si lo hubiesen sumergido en un baño de leche.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Doy la luz, señora?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-No, gracias; veo muy bien.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Había mandarinas como bolas de fuego, manzanas llenas de lozanía con tintes de rosa; peras amarillas tan suaves como la seda; uvas blancas con reflejos de plata y un gran racimo de rojas, tan intensas que parecían moradas. Éstas las había comprado para que entonaran con la nueva alfombra del comedor. Sí, tal vez pareciera algo absurdo y rebuscado, pero no era otra la razón de haberlas elegido. En la frutería había pensado: "Tengo que llevarme un racimo de uvas rojas para que en la mesa haya algo que recuerde la alfombra". Y en aquel momento esta idea le pareció muy razonable.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Cuando hubo hecho con todas aquellas lustrosas redondeces dos pirámides, se alejó unos pasos para ver el efecto, que era realmente muy curioso. La mesa oscura se fundía en la penumbra de la habitación, y los dos platos -el azul y el de cristal cargados de fruta- parecían flotar en el aire. Esto, debido quizás a su estado de ánimo, le resultó increíblemente hermoso, y se echó a reír.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;"¡No, no! Me estoy volviendo histérica", se dijo. Y cogiendo el bolso y el abrigo, subió hasta la habitación de la niña.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;La niñera estaba sentada ante una mesita baja dando de cenar a la pequeña Berta después de haberla bañado. La niña vestía una bata de franela blanca y una chaquetilla de lana azul, y sus negros y finos cabellos los llevaba peinados hacia atrás terminados en un gracioso moñito. En cuanto vio a su madre, levantó la cabeza y empezó a saltar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-No, querida, no; come quietecita como una niña buena -dijo la niñera apretando los labios de una forma que Berta conocía ya. Aquello significaba que era uno de los momentos inoportunos para entrar al cuarto de la niña.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Ha sido buena hoy, Tata?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Toda la tarde ha estado encantadora -contestó en voz baja-. Estuvimos en el parque y me senté en una silla. Cuando la saqué del cochecito se acercó un perro muy grande que me puso la cabeza sobre las rodillas, y la niña le agarró las orejas tirando de ellas. ¡Oh, me hubiese gustado que la señora la hubiese visto!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Berta quiso preguntarle si no le parecía peligroso dejar que la niña tirara de las orejas a un perro desconocido, pero no se atrevió y se quedó mirándolas con los brazos caídos, como una niña pobre delante de otra rica que tiene una muñeca.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Su hijita volvió a levantar la cabeza, contemplándola fijamente, y luego le sonrió de manera tan adorable que Berta, sin poder resistir más, dijo:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Oh, Tata, déjeme que termine de darle la cena mientras usted arregla las cosas del baño!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Como quiera la señora; pero, mientras la niña come, no debe cambiarse la persona que le da de comer -contestó la niñera en voz baja.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¡Qué absurdo! ¿Para qué tener una niña si siempre había de estar guardada, no en una caja como un precioso y raro violín, sino en los brazos extraños de otra mujer?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Bien, pero yo deseo darle de cenar -dijo Berta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;La niñera, muy ofendida, le entregó la niña.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Sobre todo, le ruego a la señora que no la excite después de cenar. Ya sabe que es muy impresionable y luego para dormirla me hace pasar un mal rato.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Gracias a Dios la niñera había salido ya de la habitación con las toallas del baño.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Ahora eres toda para mí, preciosa mía! -dijo Berta mientras la niña se apretaba contra ella.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Comió graciosamente, tendiendo los labios hacia la cuchara y agitando después sus manecitas. A veces no quería soltarla, y otras, en el momento que Berta la tenía llena, hacía un además apartándola lejos de sí.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Cuando terminó la sopa, Berta se volvió hacia el fuego.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Eres encantadora..., sencillamente encantadora -dijo mientras la besaba, sintiéndola tan tibia y suave-. ¡Te quiero tanto, tanto!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¡Claro que la quería! ¡La quería por entero! Le gustaba sentir su cuello tibio y ver los deliciosos dedos de sus pies que ahora brillaban con rojizas transparencias ante el fuego de la chimenea... Sí, la quería; la quería tanto, que aquella intensa sensación de dicha plena la dominó de nuevo, y otra vez no supo cómo expresarla, ni qué hacer con ella.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-La llaman al teléfono, señora -dijo la niñera volviendo con aire de triunfo y apoderándose de su pequeña Berta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;Bajó corriendo. Era Harry.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Eres tú, Berta? Se me ha hecho tarde. Tomaré un taxi y llegaré tan pronto como pueda. Retrasa la cena unos diez minutos, ¿quieres?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Sí, Harry; perfectamente. Oye...&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Dime.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¿Qué podía decirle? Nada, nada en absoluto. Sólo deseaba seguir en contacto con él un momento más; pero no podía gritarle absurdamente: "¡Qué día más preciosos hemos tenido!"&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Qué querías? -insistió la vocecita lejana.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Nada! Entendí -dijo Berta, y colgó el auricular, pensando lo estúpida que es la civilización.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;Tenían invitados a cenar. Los Norman Knight -una pareja muy bien avenida: él iba a abrir un nuevo teatro y a ella le interesaba la decoración de interiores-; un muchacho joven, llamado Eddie Warren, que acababa de publicar un tomito de versos y a quien todo el mundo invitaba a cenar, y Perla Fulton, un "hallazgo" de Berta. Ésta ignoraba lo que la señorita Fulton hacía. Se habían conocido en el club y Berta se entusiasmó enseguida con ella, como siempre le sucedía con una mujer guapa que tuviera algo extraño y misterioso.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Lo que más le atraía de la joven era que, a pesar de haberse visto y hablado muchas veces, aún no la comprendía. Hasta cierto punto, encontraba a la señorita Fulton extraordinariamente franca; pero había en ella esa línea divisoria imposible de trasponer.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¿Existía algo más? Harry decía que no. Le parecía insulsa y fría como todas las rubias, y quizá con un poco de anemia cerebral. Pero Berta no estaba de acuerdo con él por el momento.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Esa manera que tiene de sentarse ladeando un poco la cabeza y de sonreír oculta algo, Harry -le había dicho-. Tenemos que averiguar lo que es.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Pues aseguraría que tiene un buen estómago -contestaba Harry.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Le gustaba dejar a su esposa sin respuesta con salidas de esta índole. Unas veces decía: "A mi juicio tiene el hígado helado". Otras: "Quizás padece de narcisismo". En ocasiones: "Tal vez sufre de una afección al riñón"..., y cosas por el estilo. Sin embargo, por alguna razón extraña, a Berta le gustaba eso, y casi lo admiraba.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Se dirigió al salón y encendió el fuego en la chimenea. Luego cogió uno de los cojines que Mary había arreglado con tanto esmero y volvió a disponerlos sobre los sillones y los sofás. Así ya era otra cosa. La habitación pareció de repente cobrar vida. Mientras dejaba el último almohadón, quedó sorprendida al ver que lo abrazaba fuerte y apasionadamente. Pero esto no logró extinguir el fuego que ardía en su pecho. ¡Oh, no, no; al contrario!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Las ventanas del salón se abrían a un balcón sobre el jardín. Al fondo, cerca de la tapia, un alto y esbelto peral, totalmente en flor, se erguía magnífico y sereno recortado en el cielo verde jade. Berta veía, a pesar de la distancia, que no tenía ni una flor ni un solo pétalo marchito. Más abajo, en los arriates, los tulipanes rojos y amarillos parecían apoyarse en la oscuridad. Un gato gris, arrastrando el vientre, se deslizaba a través del césped, y otro negro -como su sombra- le seguía. Al verlos tan rápidos y cautelosos, Berta sintió un extraño temblor.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡De qué forma más inquietante se arrastran esos animales -balbuceó. Y, apartándose de la ventana, comenzó a pasear por el cuarto.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¡Cómo flotaba el aroma de los narcisos en el aire caliente del cuarto! ¿Olían demasiado? ¡Oh, no, no! Y, sin embargo, como si no hubiese podido resistir más el intenso perfume, se echó en un sofá apretándose los ojos con las manos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Soy feliz, demasiado feliz! -dijo con un susurro.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Aún persistía en su retina, bajo los párpados cerrados, el hermoso peral, con todas las flores completamente abiertas como el símbolo de su vida.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Realmente..., realmente..., lo tenía todo: era joven; Harry y ella se querían más que nunca, llevándose muy bien; tenía una niña adorable; no le agobiaban preocupaciones económicas; vivían en una hermosa casa, con jardín, que reunía todas las condiciones deseables, y tenían amigos, modernos e interesantes: escritores, pintores, poetas y hombres de mundo..., precisamente la clase de amistades que a ambos les gustaban. Y, para colmo de su dicha, había descubierto una modista maravillosa, el próximo verano saldrían de viaje por el extranjero, y su nueva cocinera sabía hacer unas tortillas sabrosísimas...&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Soy absurda, absurda! -murmuró levantándose. Pero notó que se sentía completamente aturdida, como embriagada. Sería seguramente la primavera. ¡Sí, era la primavera! Estaba tan cansada, que le costó trabajo subir a vestirse.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Se puso un vestido blanco, un collar de jade y zapatos verdes. Esta combinación no era casual. Lo había pensado tras muchas horas de haber visto el peral en flor por la ventana del salón.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Los pliegues de su vestido crujieron suavemente cuando entró en el vestíbulo y besó a la señora Knight que estaba quitándose un extravagante abrigo color naranja, adornado con una procesión de monos negros que orlaban todo el borde y subían después por las solapas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-No hago más que preguntarme -dijo- por qué será la clase media tan obtusa y tendrá tan poco sentido del humor. Querida mía, estoy aquí por pura casualidad, y gracias a Norman, que me ha servido de protección. Mis adorables monos han revuelto el tren entero de tal manera, que todos los ojos no eran ya más que un solo par. Se me comían, sencillamente. No se reían, no; no les producía risa, cosa que al fin me hubiese gustado. Sólo me miraban muy fijos, como si quisieran atravesarme.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Pero lo gracioso del caso... -repuso Norman calándose un gran monóculo con montura de concha-. No te importa que lo cuente, ¿verdad, Cara? -En casa y entre amigos se llamaban Cara y Careto-. Lo gracioso fue que cuando Face estaba más enojada se volvió a la mujer que tenía a su lado y le dijo:"¿Es que nunca ha visto usted un mono?"&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Oh, sí! -y su esposa unió su risa a la de los demás-. Tuvo gracia,¿verdad?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Pero lo que resultó aún más divertido fue que, una vez quitado el famoso abrigo, la señora Knight parecía realmente un mono inteligente que se hubiese hecho un traje con tiras de papel de plátano. Y sus pendientes de ámbar eran como dos pequeñas nueces colgantes.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Sonó otra vez el timbre de la puerta. Era Eddie Warren, delgado y pálido como de costumbre y en su estado de extrema angustia.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Es ésta la casa ¿verdad? ¿Es ésta? -preguntó.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Sí, supongo que sí -contestó riéndose Berta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-He pasado un rato malísimo con el chofer de un taxi: tenía un aspecto de los más siniestros y no había forma de hacerlo parar. Cuando más tocaba en el cristal para avisarle, más corría él. Bajo el claro de luna, era una figura grotesca con la cabeza achatada hundida en el volante...&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Al quitarse un inmenso pañuelo de seda blanco que le envolvía el cuello se estremeció. Berta observó que sus calcetines también eran blancos. ¡Una combinación realmente encantadora!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Debió ser horrible! -le dijo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Sí, verdaderamente lo fue -continuó Eddie siguiéndola al salón-. Yo me veía rodando hacia la eternidad en un taxi sin taxímetro.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;A Norman Knight ya lo conocía, pues estaba escribiendo una obra para su teatro.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Qué tal, Warren? ¿Cómo va esa comedia? -le preguntó, dejando caer el monóculo y concediendo a su ojo un momento de libertad para que pudiera dilatarse a gusto antes de volver a quedar otra vez prisionero tras el cristal.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;La señora Knight también se acercó a él.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Oh, señor Warren! Sus calcetines son preciosos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Celebro que le gusten -dijo mirándose los pies-. A la luz de la luna producen mucho mayor efecto. -Y volviendo su rostro delgado y triste hacia Berta, añadió-: Porque esta noche hay luna, ¿no lo sabía usted?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Berta sintió ganas de gritar: "¡Estoy segura de que la hay con frecuencia, con mucha frecuencia!"&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Verdaderamente, Warren era muy atractivo; pero también lo era Cara, que estaba inclinada ante el fuego, con su vestido de pieles de plátano, y Careto, que, dejando caer la ceniza de su cigarrillo, preguntaba:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Pero, ¿dónde está el novio?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Ahora llega.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Se oyó abrir y cerrar de golpe la puerta de la calle y Harry gritó:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Un saludo a todos! ¡Estaré listo dentro de cinco minutos!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Y subió corriendo la escalera. Berta no pudo contener una sonrisa. Sabía que a Harry le gustaba hacer las cosas a gran velocidad, aunque al fin y al cabo, ¿qué importaban cinco minutos más o menos? Pero él se convencía a sí mismo de que eran importantísimos y además luego tenía el puntillo de entrar en el salón muy lento y sosegado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Harry sabía exprimir a la vida todo su sabor y Berta lo admiraba por ello. También sentía admiración hacia él por su amor a la lucha, por dar en todo cuanto se le oponía una prueba de su fuerza y de su valor, aún cuando delante de personas que no lo conocían bien. Berta comprendía que este rasgo de su carácter lo ridiculizaba un tanto..., pues había momentos en los que se lanzaba a la lucha cuando ésta en realidad no existía. Hablando y riendo, Berta olvidó completamente que Perla Fulton no había llegado aún y no se dio cuenta de ello hasta que su marido entró en el salón exactamente como ella se había figurado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Estaba pensando si la señorita Fulton se habrá olvidado de nosotros...&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-No me extrañaría -dijo Harry-. ¿Tiene teléfono?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Ahora llega un taxi. -Y Berta sonrió con aquel aire de posesión que siempre adoptaba mientras sus nuevas amigas constituían para ella un misterio-. Es una mujer que vive en los taxis.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Engordará demasiado si tiene esta costumbre -repuso Harry tranquilamente, tocando el gong para la cena-. Y eso es un terrible peligro para las rubias.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Harry, por favor -le suplicó Berta riendo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Esperaron todavía un momento hablando y riéndose como si tal cosa, pero quizá con demasiada naturalidad. Luego apareció la señorita Fulton con un vestido de tisú de plata y una cinta también de plata, sujetando sus rubios cabellos. Entró sonriendo y con la cabeza ladeada.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Llego tarde? -preguntó.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-No, no, de ninguna manera -dijo Berta-. Venga. -Y, cogiéndola del brazo, la guió hasta el comedor.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¿Qué había en el contacto de su brazo frío que avivaba... que avivaba... y hacía arder aquel fuego de felicidad que Berta sentía en su interior sin saber cómo exteriorizarlo?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;La señorita Fulton no advirtió nada en su rostro porque rara vez miraba a las personas cara a cara. Sus espesas pestañas le caían sobre los ojos, y una extraña sonrisa bailaba en sus labios. Parecía vivir más para escuchar que para mirar. Pero de repente Berta sintió como si se hubiera cruzado entre las dos la más íntima mirada y se hubiesen dicho la una a la otra: "¿Tú también?". Y Perla Fulton, mientras movía la sopa rojiza en el plato gris, sintió lo mismo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¿Y los demás? Cara y Careto, al igual que Eddie y Harry, hablaban de diversas cosas mientras subían y bajaban las cucharas, se secaban los labios, desmenuzaban el pan y tocaban los tenedores y los vasos. De cosas así:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-La conocí una noche de estreno en el Alfa. Es un ser de lo más fantástico. No sólo tenía muy recortado el pelo, sino que parecía también haberse quitado trocitos de sus piernas y brazos, un pedazo de cuello, y algo de su pobre nariz.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿No está muy ligada con Michael Oat?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿El autor de &lt;i&gt;El amor con dentadura postiza&lt;/i&gt;?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Ahora quiere escribir un monólogo para mí. El argumento es un hombre que decide suicidarse. Expone primero todas las razones por las cuales debería hacerlo y a continuación las que a su juicio se lo impiden y, en el preciso momento en que después de sopesar el pro y el contra toma una determinación, cae el telón. Es una idea bastante buena.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Cómo va a titularla? ¿&lt;i&gt;Digestión pesada&lt;/i&gt;?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Creo haber visto la misma idea en una pequeña revista francesa casi desconocida en Inglaterra.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;No, no; ninguno compartía los sentimientos que a ella le animaban, pero todos eran encantadores...¡todos! Le gustaba tenerlos allí, sentados a su mesa, dándoles manjares exquisitos y buenos vinos. Y le alegraba tanto su presencia, que hubiese querido decirles lo simpáticos que eran, y lo decorativo que a su juicio resultaba el grupo en el que cada uno parecía servir para hacer resaltar al otro, como si fueran personajes de una comedia de Anton Chejov.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Harry estaba disfrutando con la comida. Formaba parte de su... no diremos exactamente, naturaleza, ni tampoco su actitud..., sino de su... algo... al hablar de los diversos platos y vanagloriarse de su "exagerada pasión por la carne blanca de la langosta" y "el verde de los helados de pistacho... tan verdes y fríos como los párpados de las danzarinas egipcias".&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Cuando mirando a su esposa le dijo: "Berta, este soufflé es admirable", a ella le faltó poco para echarse a llorar de felicidad como una niña.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¡Oh! ¿Por qué sentía tanta ternura esta noche hacia el mundo entero? ¡Todo era bueno, todo justo! Cuanto ocurría colmaba más y más la copa rebosante de su dicha hasta hacerla desbordarse.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Y constantemente, en lo profundo de su pensamiento, tenía fija la imagen del peral. Ahora debía ser todo de plata bajo la luz de la luna a la que ser refirió el pobre Eddie; plateado como la señorita Fulton, que estaba acariciando una mandarina con sus dedos largos y tan pálidos que parecían despedir una extraña y débil luz.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Lo que Berta no llegaba a comprender -y en ello estaba precisamente el milagro- era cómo había podido adivinar exactamente y en el instante preciso el pensamiento de la señorita Fulton, porque no tenía la más leve duda de que lo había adivinado y, sin embargo, ¿en qué se había fundado? En casi nada; en menos que nada.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;"Supongo que esto pasa alguna vez, aunque muy raramente, entre mujeres, pero nunca entre hombres -pensó Berta-. Tal vez mientras prepare el café en el salón, la señorita Fulton hará o dirá algo que ha comprendido."&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;En realidad no sabía lo que quería decir con esto. ¡Tampoco imaginaba lo que pasaría después!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Mientras pensaba de este modo se daba cuenta de que seguía hablando y riendo. Tenía que hacerlo así porque no le era posible contener su alegría.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;"Tengo que reírme -se dijo- , si no, me moriría."&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Y cuando se dio cuenta de la extraña costumbre que Cara tenía de meterse la mano en el escote de su vestido, como si guardara allí una diminuta y secreta provisión de avellanas, Berta tuvo que clavarse las uñas en las manos para no estallar en una carcajada.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;Por fin terminaron de cenar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Vengan a ver mi nueva cafetera exprés -les dijo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Cada quince días tenemos una nueva -comentó Harry.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Esta vez fue Cara quien la cogió del brazo. La señorita Fulton las siguió con la cabeza ladeada.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;El fuego del salón convertido en ascuas brillaba como un ojo intenso y vacilante hecho "un nido de pequeños Fénix", como dijo Cara.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-No encienda todavía la luz. ¡Es tan bonito!- Y volvió a inclinarse cerca de las brasas. Siempre tenía frío. "Sin duda lo siento hoy porque no lleva su caquetita de lana roja", pensó Berta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Y en aquel instante la señorita Fulton hizo el signo de inteligencia esperado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Tienen ustedes jardín? -preguntó con voz tranquila y soñadora.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Pronunció estas palabras de una manera tan delicada, que Berta no pudo hacer más que obedecer. Atravesó el cuarto, y descorriendo las cortinas abrió los anchos ventanales.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Aquí está! -murmuró.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Y las dos mujeres juntas contemplaron el esbelto árbol en flor. Lo vieron como la llama de una vela que se alargaba en punta, temblando en el aire tranquilo. Y mientras lo miraban les pareció que crecía más y más, casi hasta tocar el borde de la luna plateada.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¿Cuánto tiempo estuvieron así? Fue como si ambas hubieran sido aprisionadas por aquel círculo de luz sobrenatural; como si fueran dos seres de otro planeta que, perfectamente compenetrados, se preguntasen lo que estaban haciendo en este mundo, yendo como iban cargadas con aquel tesoro de felicidad que ardía en sus pechos y caía hecho de flores de plata de su cabeza y de sus manos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;¿Estuvieron así una eternidad?... ¿un momento? La señorita Fulton murmuró:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Sí, eso es -¿o soñó Berta que lo decía?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Luego alguien encendió la luz y, mientras Cara hacía el café, Harry dijo:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Mi querida señora Knight, no me pregunte por mi hija, porque no la veo casi nunca. No quiero ocuparme de ella hasta que tenga novio-. Careto se quitó un momento el monóculo y enseguida volvió a ponérselo. Eddie Warren se tomó el café y dejó la taza con una expresión de angustia, como si al beber hubiera visto una araña.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Lo que yo quiero es dar una oportunidad a los jóvenes -dijo Careto-. Creo que Londres está lleno de obras muy buenas, unas escritas y otras por escribir. A todos ellos quiero decirles: "Aquí hay un teatro; trabajen y adelante".&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿No sabe usted, amigo -dijo la señora Knight-, que voy a decorar una habitación para los Jacob Narthan? Estoy tentada de llevar a la práctica una idea que tengo. Hacer una decoración a base de pescado frito: los respaldos de las sillas tendrían la forma de una sartén y en las cortinas irían bordadas unas lindas papas fritas haciendo dibujos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-El inconveniente de nuestros jóvenes escritores -continuó Careto- es que aún son demasiado románticos. No es posible viajar por mar sin marearse y sin tener que echar mano de una palangana. Pero, ¿por qué no tienen el valor de decir que ésta se necesita?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Un poema horrible que trataba de una niña a la que un mendigo sin nariz violaba en un bosquecillo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;La señorita Fulton se sentó en el sillón más bajo y hondo y Harry le ofreció cigarrillos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Se puso delante de ella y presentándole la pitillera de plata le dijo fríamente:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Egipcios? ¿Turcos? ¿Virginia? Están todos mezclados.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Berta entonces comprendió que la señorita Fulton no sólo no le gustaba a Harry, sino que le molestaba. Y comprendió también, por el modo en que la señorita Fulton le contestó que no deseaba fumar, que esta antipatía la percibía y ofendía...&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;"¡Oh, Harry!" ¿Por qué no te agrada? Estás equivocado. Es extraordinaria, y, además, ¿cómo es posible que te sientas tan alejado de una persona que significa tanto para mí? Cuando estemos acostados trataré de explicarte lo que ambas hemos sentido esta noche", se dijo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;&lt;br /&gt;Y con las últimas palabras, algo extraño y casi espantoso cruzó por la mente de Berta. Y este algo ciego y sonriente le susurró: "Pronto se marcharán todos. Se apagarán las luces, y tú y él se quedarán solos, metidos en la cama caliente, con el dormitorio a oscuras..."&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Se levantó rápidamente de la silla y corrió hacia el piano.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Es una lástima que nadie sepa tocar! -dijo alto-. ¡Una verdadera lástima!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Por primera vez en su vida, Berta Young deseaba a su marido.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Antes sí, lo quería... estaba enamorada de él, pero de otras muy distintas maneras, no precisamente como ahora. Y también había comprendido que él era diferente. Lo habían discutido muchas veces. Al principio, a ella le había preocupado mucho descubrir que era tan fría; pero al cabo de algún tiempo pareció que aquello no tenía la menor importancia. Se trataban con entera confianza, eran muy buenos compañeros y, a su entender, esto era lo mejor de los modernos matrimonios.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Pero ahora lo deseaba, ¡ardientemente, ardientemente! Esta sola palabra la sentía de una forma dolorosa en su cuerpo abrasado. ¿Era esto lo que aquella sensación de felicidad significaba? Pero, ¡entonces, entonces!...&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Querida mía -dijo la señora Knight-. Ya conoce usted nuestras desgracias: somos víctimas del tiempo y del tren. Vivimos en Hampstead y debemos retirarnos. Hemos pasado una agradable velada.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Los acompañaré hasta el vestíbulo -dijo Berta-. No desearía que se marcharan aún, pero comprendo que no deben perder el último tren. ¡Es tan desagradable!, ¿verdad?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Tome antes otro whisky, Knight -dijo Harry.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-No, gracias.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Como reconocimiento por esta palabra, Berta, al darle la mano, se la estrechó un poco más.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Adiós! ¡Buenas noches! -les gritó desde la escalera, notando que su viejo ser se despedía de ellos para siempre. Cuando volvió al salón, los demás se disponían también a marcharse.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Usted podrá ir parte de su trayecto en mi taxi -dijo la señorita Fulton a Warren.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Me alegra mucho. Así no tendré que hacer solo otro viaje después de la horrible aventura de esta tarde.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Encontrarán una parada al final de la calle. Sólo tendrán que andar unos metros.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Qué cómodo! Voy a ponerme el abrigo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;La señorita Fulton se dirigió hacia el vestíbulo. Berta iba a seguirla cuando Harry se adelantó:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Yo la acompañaré -dijo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Berta comprendió que su esposo se arrepentía de la poca amabilidad anterior... y dejó que fuera él. ¡Era a veces tan niño en su comportamiento... tan impulsivo... tan sencillo!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Y Berta se quedó con Eddie junto al fuego.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Ha leído el nuevo poema de Bilk Table d´Hote? -le preguntó Eddie lentamente-. ¡Es magnífico! Está en la última antología. ¿Tiene usted el volumen? Me gustaría podérselo enseñar. Empieza con un verso increíblemente maravilloso: "¿Por qué darán siempre sopa de tomate?"&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Sí -dijo Berta. Y se dirigió silenciosamente a una mesita que estaba al lado de la puerta, seguida de Eddie. Tomó el librito y se lo dio, sin que ni él ni ella hubiesen hecho el más leve ruido.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Mientras Eddie buscaba la página correspondiente, Berta volvió la cabeza hacia el vestíbulo y vio a Harry con el abrigo de la señorita Fulton en las manos y a ésta de espaldas a él con la cabeza ladeada. Harry arrojó de pronto el abrigo, la cogió por los hombros y la hizo volverse violentamente. Sus labios dijeron:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Te adoro.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;La señorita Fulton le puso sus manos con aquellos dedos como rayos de luna en el rostro y le sonrió con su sonrisa de perezosa. Harry entonces se estremeció y sus labios dibujaron una terrible mueca mientras decían en voz baja:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Mañana?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Y la señorita Fulton, bajando los párpados, contestó:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Sí.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Aquí está! -exclamó Eddie-. "¿Por qué darán siempre sopa de tomate?". Es completamente cierto. ¿No le parece? La sopa de tomate es desesperadamente eterna.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Si lo desea -dijo Harry en el vestíbulo- puedo pedirle un taxi por teléfono.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-No es necesario -contestó la señorita Fulton. Y acercándose a Berta le tendió sus dedos levísimos-. Adiós, y mil gracias.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Adiós -dijo Berta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;La señorita Fulton le estrechó un poco más la mano.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¡Su hermoso peral...! -murmuró.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Y se fue. Eddie la siguió, como el gato negro había seguido al gato gris.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-Bueno, cerremos la tienda -dijo Harry extraordinariamente frío y sereno.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;"¡Su hermoso peral!...¡Su hermoso peral!..."&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Berta corrió hacia la ventana.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;-¿Qué va a pasar ahora? -gritó.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span&gt;Y el peral alto y esbelto, cargado de flores, seguía inmóvil como la llama de una vela que alargándose estuviera casi a punto de tocar el borde plateado de la luna.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-8729434744613105378?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/8729434744613105378/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/felicidad-katherine-mansfield.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/8729434744613105378'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/8729434744613105378'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/felicidad-katherine-mansfield.html' title='Felicidad. Katherine Mansfield.'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S4IO7YGTfmI/AAAAAAAAAFk/RhsSCppHlGY/s72-c/74-Katherine-Mansfield.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-6329887064425766069</id><published>2010-02-19T19:21:00.000-08:00</published><updated>2010-03-08T20:24:25.768-08:00</updated><title type='text'>LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S39WGBezldI/AAAAAAAAAFc/rQcftKsHQbc/s1600-h/CALLE+MORGUE.jpg"&gt;&lt;img alt="" border="0" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5440161536363697618" src="http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S39WGBezldI/AAAAAAAAAFc/rQcftKsHQbc/s320/CALLE+MORGUE.jpg" style="cursor: pointer; float: left; height: 320px; margin: 0pt 10px 10px 0pt; width: 262px;" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;b&gt;LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: orange;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;b&gt;Edgar Allan Poe&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las condiciones mentales que suelen considerarse como analíticas son, en sí mismas, poco susceptibles de análisis. Las consideramos tan sólo por sus efectos. De ellas sabemos, entre otras cosas, que son siempre, para el que las posee, cuando se poseen en grado extraordinario, una fuente de vivísimos goces. Del mismo modo que el hombre fuerte disfruta con su habilidad física, deleitándose en ciertos ejercicios que ponen sus músculos en acción, el analista goza con esa actividad intelectual que se ejerce en el hecho de desentrañar. Consigue satisfacción hasta de las más triviales ocupaciones que ponen en juego su talento. Se desvive por los enigmas, acertijos y jeroglíficos, y en cada una de las soluciones muestra un sentido de agudeza que parece al vulgo una penetración sobrenatural. Los resultados, obtenidos por un solo espíritu y la esencia del método, adquieren realmente la apariencia total de una intuición. Esta facultad de resolución está, posiblemente, muy fortalecida por los estudios matemáticos, y especialmente por esa importantísima rama de ellos que, impropiamente y sólo teniendo en cuenta sus operaciones previas, ha sido llamada &lt;i&gt;par excellence &lt;/i&gt;análisis. Y, no obstante, calcular no es intrínsecamente analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, lleva acabo lo uno sin esforzarse en lo otro. De esto se deduce que el juego de ajedrez, en sus efectos sobre el carácter mental, no está lo suficientemente comprendido. Yo no voy ahora a escribir un tratado, sino que prologo únicamente un relato muy singular, con observaciones efectuadas a la ligera. Aprovecharé, por tanto, esta ocasión para asegurar que las facultades más importantes de la inteligencia reflexiva trabajan con mayor decisión y provecho en el sencillo juego de damas que en toda esa frivolidad primorosa del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen distintos y bizarres movimientos, con diversos y variables valores, lo que tan sólo es complicado, se toma equivocadamente —error muy común— por profundo. La atención, aquí, es poderosamente puesta en juego. Si flaquea un solo instante, se comete un descuido, cuyos resultados implican pérdida o derrota. Como quiera que los movimientos posibles no son solamente variados, sino complicados, las posibilidades de estos descuidos se multiplican; de cada diez casos, nueve triunfa el jugador más capaz de concentración y no el más perspicaz. En el juego de damas, por el contrario, donde los movimientos son únicos y de muy poca variación, las posibilidades de descuido son menores, y como la atención queda relativamente distraída, las ventajas que consigue cada una de las partes se logran por una perspicacia superior. Para ser menos abstractos supongamos, por ejemplo, un juego de damas cuyas piezas se han reducido a cuatro reinas y donde no es posible el descuido. Evidentemente, en este caso la victoria —hallándose los jugadores en igualdad de condiciones— puede decidirse en virtud de un movimiento &lt;i&gt;recherche &lt;/i&gt;resultante de un determinado esfuerzo de la inteligencia. Privado de los recursos ordinarios, el analista consigue penetrar en el espíritu de su contrario; por tanto, se identifica con él, y a menudo descubre de una ojeada el único medio —a veces, en realidad, absurdamente sencillo— que puede inducirle a error o llevarlo a un cálculo equivocado.&lt;br /&gt;Desde hace largo tiempo se conoce el &lt;i&gt;whist&lt;/i&gt; por su influencia sobre la facultad calculadora, y hombres de gran inteligencia han encontrado en él un goce aparentemente inexplicable, mientras abandonaban el ajedrez como una frivolidad. No hay duda de que no existe ningún juego semejante que haga trabajar tanto la facultad analítica. El mejor jugador de ajedrez del mundo sólo puede ser poco más que el mejor jugador de ajedrez; pero la habilidad en el &lt;i&gt;whist&lt;/i&gt; implica ya capacidad para el triunfo en todas las demás importantes empresas en las que la inteligencia se enfrenta con la inteligencia. Cuando digo habilidad, me refiero a esa perfección en el juego que lleva consigo una comprensión de todas las fuentes de donde se deriva una legítima ventaja. Estas fuentes no sólo son diversas, sino también multiformes. Se hallan frecuentemente en lo más recóndito del pensamiento, y son por entero inaccesibles para las inteligencias ordinarias. Observar atentamente es recordar distintamente. Y desde este punto de vista, el jugador de ajedrez capaz de intensa concentración jugará muy bien al &lt;i&gt;whist&lt;/i&gt;, puesto que las reglas de &lt;i&gt;Hoyle&lt;/i&gt;, basadas en el puro mecanismo del juego, son suficientes y, por lo general, comprensibles. Por esto, el poseer una buena memoria y jugar de acuerdo con «el libro» son, por lo común, puntos considerados como la suma total del jugar excelentemente.&lt;br /&gt;Pero en los casos que se hallan fuera de los límites de la pura regla es donde se evidencia el talento del analista. En silencio, realiza una porción de observaciones y deducciones. Posiblemente, sus compañeros harán otro tanto, y la diferencia en la extensión de la información obtenido no se basará tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. Lo importante es saber lo que debe ser observado. Nuestro jugador no se reduce únicamente al juego, y aunque éste sea el objeto de su atención, habrá de prescindir de determinadas deducciones originadas al considerar objetos extraños al juego. Examina la fisonomía de su compañero, y la compara cuidadosamente con la de cada uno de sus contrarios. Se fija en el modo de distribuir las cartas a cada mano, con frecuencia calculando triunfo por triunfo y tanto por tanto observando las miradas de los jugadores a su juego. Se da cuenta de cada una de las variaciones de los rostros a medida que avanza el juego, recogiendo gran número de ideas por las diferencias que observa en las distintas expresiones de seguridad, sorpresa, triunfo o desagrado. En la manera de recoger una baza juzga si la misma persona podrá hacer la que sigue. Reconoce la carta jugada en el ademán con que se deja sobre la mesa. Una palabra casual o involuntaria; la forma accidental con que cae o se vuelve una carta, con la ansiedad o la indiferencia que acompañan la acción de evitar que sea vista; la cuenta de las bazas y el orden de su colocación; la perplejidad, la duda, el entusiasmo o el temor, todo ello facilita a su aparentemente intuitiva percepción indicaciones del verdadero estado de cosas. Cuando se han dado las dos o tres primeras vueltas, conoce completamente los juegos de cada uno, y desde aquel momento echa sus cartas con tal absoluto dominio de propósitos como si el resto de los jugadores las tuvieran vueltas hacia él.&lt;br /&gt;El poder analítico no debe confundirse con el simple ingenio, porque mientras el analista es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso está con frecuencia notablemente incapacitado para el análisis. La facultad constructiva o de combinación con que por lo general se manifiesta el ingenio, y a la que los frenólogos, equivocadamente, a mi parecer, asignan un órgano aparte, suponiendo que se trata de una facultad primordial, se ha visto tan a menudo en individuos cuya inteligencia bordeaba, por otra parte, la idiotez, que ha atraído la atención general de los escritores de temas morales. Entre el ingenio y la aptitud analítica hay una diferencia mucho mayor, en efecto, que entre la fantasía y la imaginación, aunque de un carácter rigurosamente análogo. En realidad, se observará fácilmente que el hombre ingenioso es siempre fantástico, mientras qu e el verdadero imaginativo nunca deja de ser analítico. El relato que sigue a continuación podrá servir en cierto modo al lector para ilustrarle en una interpretación de las proposiciones que acabo de anticipar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encontrándome en París durante la primavera y parte del verano de 18..., conocí allí a Monsieur C. Auguste Dupin. Pertenecía este joven caballero a una excelente, o, mejor dicho, ilustre familia, pero por una serie de adversos sucesos se había quedado reducido a tal pobreza, que sucumbió la energía de su carácter y renunció a sus ambiciones mundanas, lo mismo que a procurar el restablecimiento de su fortuna. Con el beneplácito de sus acreedores, quedó todavía en posesión de un pequeño resto de su patrimonio, y con la renta que éste le producía encontró el medio, gracias a una economía rigurosa, de subvenir a las necesidades de su vida, sin preocuparse en absoluto por lo más superfluo. En realidad, su único lujo eran los libros, y en&lt;br /&gt;París éstos son fáciles de adquirir.&lt;br /&gt;Nuestro conocimiento tuvo efecto en una oscura biblioteca de la rue Montmartre, donde nos puso en estrecha intimidad la coincidencia de buscar los dos un muy raro y al mismo tiempo notable volumen. Nos vimos con frecuencia. Yo me había interesado vivamente por la sencilla historia de su familia, que me contó detalladamente con toda la ingenuidad con que un francés se explaya en sus confidencias cuando habla de sí mismo. Por otra parte, me admiraba el número de sus lecturas, y, sobre todo, me llegaba al alma el vehemente afán y la viva frescura de su imaginación. La índole de las investigaciones que me ocupaban entonces en París me hicieron comprender que la amistad de un hombre semejante era para mí un inapreciable tesoro. Con esta idea, me confié francamente a él. Por último, convinimos en que viviríamos juntos todo el tiempo que durase mi permanencia en la ciudad, y como mis asuntos económicos se desenvolvían menos embarazosamente que los suyos, me fue permitido participar en los gastos de alquiler, y amueblar, de acuerdo con el carácter algo fantástico y melancólico de nuestro común temperamento, una vieja y grotesca casa abandonada hacía ya mucho tiempo, en virtud de ciertas supersticiones que no quisimos averiguar. Lo cierto es que la casa se estremecía como si fuera a hundirse en un retirado y desolado rincón del &lt;i&gt;faubourg Saint-Germain&lt;/i&gt;. Si hubiera sido conocida por la gente la rutina de nuestra vida en aquel lugar, nos hubieran tomado por locos, aunque de especie inofensiva. Nuestra reclusión era completa. No recibíamos visita alguna. En realidad, el lugar de nuestro retiro era un secreto guardado cuidadosamente para mis antiguos camaradas, y ya hacía mucho tiempo que Dupin había cesado de frecuentar o hacerse visible en París. Vivíamos sólo para nosotros.&lt;br /&gt;Una rareza del carácter de mi amigo —no sé cómo calificarla de otro modo— consistía en estar enamorado de la noche. Pero con esta &lt;i&gt;bizarrerie&lt;/i&gt;, como con todas las demás suyas, condescendía yo tranquilamente, y me entregaba a sus singulares caprichos con un perfecto abandono. No siempre podía estar con nosotros la negra divinidad, pero sí podíamos falsear su presencia. En cuanto la mañana alboreaba, cerrábamos inmediatamente los macizos postigos de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías intensamente perfumadas y que sólo daban un lívido y débil resplandor, bajo el cual entregábamos nuestras almas a sus ensueños, leíamos, escribíamos o conversábamos, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera oscuridad. Salíamos entonces cogidos del brazo a pasear por las calles, continuando la conversación del día y rondando por doquier hasta muy tarde, buscando a través de las estrafalarias luces y sombras de la populosa ciudad esas innumerables excitaciones mentales que no puede procurar la tranquila observación.&lt;br /&gt;En circunstancias tales, yo no podía menos de notar y admirar en Dupin (aunque ya, por la rica imaginación de que estaba dotado, me sentía preparado a esperarlo) un talento particularmente analítico. Por otra parte, parecía deleitarse intensamente en ejercerlo (si no exactamente en desplegarlo), y no vacilaba en confesar el placer que ello le producía. Se vanagloriaba ante mí burlonamente de que muchos hombres, para él, llevaban ventanas en el pecho, y acostumbraba a apoyar tales afirmaciones usando de pruebas muy sorprendentes y directas de su íntimo conocimiento de mí. En tales momentos, sus maneras eran glaciales y abstraídas. Se quedaban sus ojos sin expresión, mientras su voz, por lo general ricamente atenorada, se elevaba hasta un timbre atiplado, que hubiera parecido petulante de no ser por la ponderada y completa claridad de su pronunciación. A menudo, viéndolo en tales disposiciones de ánimo, meditaba yo acerca de la antigua filosofía del Alma Doble, y me divertía la idea de un doble Dupin: el creador y el analítico. Por cuanto acabo de decir, no hay que creer que estoy contando algún misterio o escribiendo una novela. Mis observaciones a propósito de este francés no son más que el resultado de una inteligencia hiperestesiada o tal vez enferma. Un ejemplo dará mejor idea de la naturaleza de sus observaciones durante la época a que aludo.&lt;br /&gt;Íbamos una noche paseando por una calle larga y sucia, cercana al Palais Royal. Al parecer, cada uno de nosotros se había sumido en sus propios pensamientos, y por lo menos durante quince minutos ninguno pronunció una sola sílaba. De pronto, Dupin rompió el silencio con estas palabras:&lt;br /&gt;—En realidad, ese muchacho es demasiado pequeño y estaría mejor en el &lt;i&gt;Théâtre des Varietés&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;—No cabe duda —repliqué, sin fijarme en lo que decía y sin observar en aquel momento, tan absorto había estado en mis reflexiones, el modo extraordinario con que mi interlocutor había hecho coincidir sus palabras con mis meditaciones. Un momento después me repuse y experimenté un profundo asombro.&lt;br /&gt;—Dupin —dije gravemente—, lo que ha sucedido excede mi comprensión. No vacilo en manifestar que estoy asombrado y que apenas puedo dar crédito a lo que he oído. ¿Cómo es posible que haya usted podido adivinar que estaba pensando en... ?&lt;br /&gt;Diciendo esto, me interrumpí para asegurarme, ya sin ninguna dada, de que él sabía realmente en quién pensaba.&lt;br /&gt;—¿En Chantilly? —preguntó—. ¿Por qué se ha interrumpido? Usted pensaba que su escasa estatura no era la apropiada para dedicarse a la tragedia.&lt;br /&gt;Esto era precisamente lo que había constituido el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex zapatero remendón de la &lt;i&gt;rue Saint Denis &lt;/i&gt;que, apasionado por el teatro, había representado el papel de &lt;i&gt;Jeries&lt;/i&gt; en la tragedia de &lt;i&gt;Crebillon&lt;/i&gt; de este título. Pero sus esfuerzos habían provocado la burla del público.&lt;br /&gt;—Dígame usted, por Dios —exclamé—, por qué método, si es que hay alguno, ha penetrado usted en mi alma en este caso.&lt;br /&gt;Realmente, estaba yo mucho más asombrado de lo que hubiese querido confesar.&lt;br /&gt;—Ha sido el vendedor de frutas —contestó mi amigo— quien le ha llevado a usted a la&lt;br /&gt;conclusión de que el remendón de suelas no tiene la suficiente estatura para representar el papel de &lt;i&gt;Jerjes et id genus omne&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;—¿El vendedor de frutas? Me asombra usted. No conozco a ninguno.&lt;br /&gt;—Sí; es ese hombre con quien ha tropezado usted al entrar en esta calle, hará unos quince minutos.&lt;br /&gt;Recordé entonces que, en efecto, un vendedor de frutas, que llevaba sobre la cabeza una gran banasta de manzanas, estuvo a punto de hacerme caer, sin pretenderlo, cuando pasábamos de la calle C... a la calleja en que ahora nos encontrábamos. Pero yo no podía comprender la relación de este hecho con Chantilly.&lt;br /&gt;No había por qué suponer charlatanerie alguna en Dupin.&lt;br /&gt;—Se lo explicaré —me dijo—. Para que pueda usted darse cuenta de todo claramente, vamos a repasar primero en sentido inverso el curso de sus meditaciones desde este instante en que le estoy hablando hasta el de su rencontre con el vendedor de frutas. En sentido inverso, los más importantes eslabones de la cadena se suceden de esta forma: Chantilly, Orión, doctor Nichols, Epicuro, estereotomía de los adoquines y el vendedor de frutas. Existen pocas personas que no se hayan entretenido, en cualquier momento de su vida,&lt;br /&gt;en recorrer en sentido inverso las etapas por las cuales han sido conseguidas ciertas conclusiones de su inteligencia. Frecuentemente es una ocupación llena de interés, y el que la prueba por primera vez se asombra de la aparente distancia ilimitada y de la falta de ilación que parece median desde el punto de partida hasta la meta final. Júzguese, pues, cuál no sería mi asombro cuando escuché lo que el francés acababa de decir, y no pude menos de reconocer que había dicho la verdad. Continuó después de este modo:&lt;br /&gt;—Si mal no recuerdo, en el momento en que íbamos a dejar la calle C... hablábamos de caballos. Éste era el último tema que discutimos. Al entrar en esta calle, un vendedor de frutas que llevaba una gran banasta sobre la cabeza, pasó velozmente ante nosotros y lo empujó a usted contra un montón de adoquines, en un lugar donde la calzada se encuentra en reparación. Usted puso el pie sobre una de las piedras sueltas, resbaló y se torció levemente el tobillo.&lt;br /&gt;Aparentó usted cierto fastidio o mal humor, murmuró unas palabras, se volvió para observar el montón de adoquines y continuó luego caminando en silencio. Yo no prestaba particular atención a lo que usted hacía, pero, desde hace mucho tiempo, la observación se ha convertido para mí en una especie de necesidad. »Caminaba usted con los ojos fijos en el suelo, mirando, con malhumorada expresión, los baches y rodadas del empedrado, por lo que deduje que continuaba usted pensando todavía en las piedras. Procedió así hasta que llegamos a la callejuela llamada Lamartine, que, a modo de prueba, ha sido pavimentada con tarugos sobrepuestos y acoplados sólidamente. Al entrar en ella, su rostro se iluminó, y me di cuenta de que se movían sus labios. Por este movimiento no me fue posible dudar que pronunciaba usted la palabra «&lt;i&gt;estereotomía&lt;/i&gt;», término que tan afectadamente se aplica a esta especie de pavimentación. Yo estaba seguro de que no podía usted pronunciar para sí la palabra «&lt;i&gt;estereotomía&lt;/i&gt;» sin que esto le llevara a pensar en los átomos, y, por consiguiente, en las teorías de Epicuro. Y como quiera que no hace mucho rato discutíamos este tema, le hice notar a usted de qué modo tan singular, y sin que ello haya sido muy notado, las vagas conjeturas de ese noble griego han encontrado en la reciente cosmogonía nebular su confirmación. He comprendido por esto que no podía usted resistir a la tentación de levantar sus ojos a la gran nobula de Orión, y con toda seguridad he esperado que usted lo hiciera. En efecto, usted ha mirado a lo alto, y he adquirido entonces la certeza de haber seguido correctamente el hilo de sus pensamientos. Ahora bien, en la amarga tirada sobre Chantilly, publicada ayer en el &lt;i&gt;Musée&lt;/i&gt;, el escritor satírico, haciendo mortificantes alusiones al cambio de nombre del zapatero al calzarse el coturno, citaba un verso latino del que hemos hablado nosotros con frecuencia. Me refiero a éste: &lt;i&gt;Perdidit antiquum litera prima sonum1&lt;/i&gt;. »Yo le había dicho a usted que este verso se relacionaba con la palabra Orión, que en un principio se escribía Urión. Además, por determinadas discusiones un tanto apasionadas que tuvimos acerca de mi interpretación, tuve la seguridad de que usted no la habría olvidado. Por tanto, era evidente que asociaría usted las dos ideas: Orión y Chantilly, y esto lo he comprendido por la forma de la sonrisa que he visto en sus labios. Ha pensado usted, pues, en aquella inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento, usted había caminado con el cuerpo encorvado, pero a partir de entonces se irguió usted, recobrando toda su estatura. Este movimiento me ha confirmado que pensaba usted en la diminuta figura de Chantilly, y ha sido entonces cuando he interrumpido sus meditaciones para observar que, por tratarse de un hombre de baja estatura, estaría mejor &lt;i&gt;Chantilly&lt;/i&gt; en el &lt;i&gt;Théâtre des Varietés&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;Poco después de esta conversación hojeábamos una edición de la tarde de la &lt;i&gt;Gazette des Tribunaux&lt;/i&gt; cuando llamaron nuestra atención los siguientes titulares:&lt;br /&gt;«EXTRAORDINARIOS CRÍMENES »Esta madrugada, alrededor de las tres, los habitantes del &lt;i&gt;quartier Saint-Roch&lt;/i&gt; fueron despertados por una serie de espantosos gritos que parecían proceder del cuarto piso de una casa de la &lt;i&gt;rue Morgue&lt;/i&gt;, ocupada, según se dice, por una tal Madame L'Espanaye y su hija Mademoiselle Camille L'Espanaye. Después de algún tiempo empleado en infructuosos esfuerzos para poder penetrar buenamente en la casa, se forzó la puerta de entrada con una palanca de hierro, y entraron ocho o diez vecinos acompañados de dos gendarmes. En ese momento cesaron los gritos; pero en cuanto aquellas personas llegaron apresuradamente al primer rellano de la escalera, se distinguieron dos o más voces ásperas que parecían disputar violentamente y proceder de la parte alta de la casa. Cuando la gente llegó al segundo rellano, cesaron también aquellos rumores y todo permaneció en absoluto silencio. Los vecinos recorrieron todas las habitaciones precipitadamente. Al llegar, por último, a una gran sala situada en la parte posterior del cuarto piso, cuya puerta hubo de ser forzada, por estar cerrada interiormente con llave, se ofreció a los circunstantes un espectáculo que sobrecogió su ánimo, no sólo de horror, sino de asombro. »Se hallaba la habitación en violento desorden, rotos los muebles y diseminados en todas direcciones. No quedaba más lecho que la armadura de una cama, cuyas partes habían sido arrancadas y tiradas por el suelo. Sobre una silla se encontró una navaja barbera manchada de sangre. Había en la chimenea dos o tres largos y abundantes mechones de pelo cano, empapados en sangre y que parecían haber sido arrancados de raíz. En el suelo se encontraron cuatro napoleones, un zarcillo adornado con un topacio, tres grandes cucharas de plata, tres cucharillas de metal &lt;i&gt;d,Alger &lt;/i&gt;y dos sacos conteniendo, aproximadamente, cuatro mil francos en&lt;br /&gt;oro. En un rincón se hallaron los cajones de una cómoda abiertos, y, al parecer, saqueados, aunque quedaban en ellos algunas cosas. Se encontró también un cofrecillo de hierro bajo la cama, no bajo su armadura. Se hallaba abierto, y la cerradura contenía aún la llave. En el cofre no se encontraron más que unas cuantas cartas viejas y otros papeles sin importancia. »No se encontró rastro alguno de Madame L'Espanaye; pero como quiera que se notase una anormal cantidad de hollín en el hogar, se efectuó un reconocimiento de la chimenea, y — horroriza decirlo— se extrajo de ella el cuerpo de su hija, que estaba colocado cabeza abajo y que había sido introducido por la estrecha abertura hasta una altura considerable. El cuerpo estaba todavía caliente. Al examinarlo se comprobaron en él numerosas escoriaciones ocasionadas sin duda por la violencia con que el cuerpo había sido metido allí y por el esfuerzo que hubo de emplearse para sacarlo. En su rostro se veían profundos arañazos, y en la garganta, cárdenas magulladuras y hondas huellas producidas por las uñas, como si la muerte se hubiera verificado por estrangulación. »Después de un minucioso examen efectuado en todas las habitaciones, sin que se lograra ningún nuevo descubrimiento, los presentes se dirigieron a un pequeño patio pavimentado, situado en la parte posterior del edificio, donde hallaron el cadáver de la anciana señora, con el cuello cortado de tal modo, que la cabeza se desprendió del tronco al levantar el cuerpo. Tanto éste como la cabeza estaban tan horriblemente mutilados, que apenas conservaban apariencia humana. »Que sepamos, no se ha obtenido hasta el momento el menor indicio que permita aclarar este horrible misterio.»&lt;br /&gt;El diario del día siguiente daba algunos nuevos pormenores: «LA TRAGEDIA DE LA RUE MORGUE »Gran número de personas han sido interrogadas con respecto a tan extraordinario y horrible affaire (la palabra affaire no tiene todavía en Francia el poco significado que se le da entre nosotros), pero nada ha podido deducirse que arroje alguna luz sobre ello. Damos a continuación todas las declaraciones más importantes que se han obtenido: »Pauline Dubourg, lavandera, declara haber conocido desde hace tres años a las víctimas y haber lavado para ellas durante todo este tiempo. Tanto la madre como la hija parecían vivir en buena armonía y profesarse mutuamente un gran cariño. Pagaban con puntualidad. Nada se sabe acerca de su género de vida y medios de existencia. Supone que Madame L'Espanaye decía la buenaventura para ganarse el sustento. Tenía fama de poseer algún dinero escondido. Nunca encontró a otras personas en la casa cuando la llamaban para recoger la ropa, ni cuando la devolvía. Estaba absolutamente segura de que las señoras no tenían servidumbre alguna. Salvo el cuarto piso, no parecía que hubiera muebles en ninguna parte de la casa. »Pierre Moreau, estanquero, declara que es el habitual proveedor de tabaco y de rapé de Madame L'Espanaye desde hace cuatros años. Nació en su vecindad y ha vivido siempre allí. Hacía más de seis años que la muerta y su hija vivían en la casa donde fueron encontrados sus cadáveres. Anteriormente a su estadía, el piso había sido ocupado por un joyero, que alquilaba a su vez las habitaciones interiores a distintas personas. La casa era propiedad de Madame L'Espanaye. Descontenta por los abusos de su inquilino, se había trasladado al inmueble de su propiedad, negándose a alquilar ninguna parte de él. La buena señora chocheaba a causa de la edad. El testigo había visto a su hija unas cinco o seis veces durante los seis años. Las dos llevaban una vida muy retirada, y era fama que tenían dinero. Entre los vecinos había oído decir que Madame L'Espanaye decía la buenaventura, pero él no lo creía. Nunca había visto atravesar la puerta a nadie, excepto a la señora y a su hija, una o dos voces a un recadero y ocho o diez a un médico. »En esta misma forma declararon varios vecinos, pero de ninguno de ellos se dice que frecuentaran la casa. Tampoco se sabe que la señora y su hija tuvieran parientes vivos. Raramente estaban abiertos los postigos de los balcones de la fachada principal. Los de la parte trasera es taban siempre cerrados, a excepción de las ventanas de la gran sala posterior del cuarto piso. La casa era una finca excelente y no muy vieja.&lt;br /&gt;»Isidoro Muset, gendarme, declara haber sido llamado a la casa a las tres de la madrugada, y dice que halló ante la puerta principal a unas veinte o treinta personas que procuraban entrar en el edificio. Con una bayoneta, y no con una barra de hierro, pudo, por fin, forzar la puerta. No halló grandes dificultades en abrirla, porque era de dos hojas y carecía de cerrojo y pasador en su parte alta. Hasta que la puerta fue forzada, continuaron los gritos, pero luego cesaron repentinamente. Daban la sensación de ser alaridos de una o varias personas víctimas de una gran angustia. Eran fuertes y prolongados, y no gritos breves y rápidos. El&lt;br /&gt;testigo subió rápidamente los escalones. Al llegar al primer rellano, oyó dos voces que disputaban acremente. Una de éstas era áspera, y la otra, aguda, una voz muy extraña. De la primera pudo distinguir algunas palabras, y le pareció francés el que las había pronunciado. Pero, evidentemente, no era voz de mujer. Distinguió claramente las palabras "sacre" y "diable". La aguda voz pertenecía a un extranjero, pero el declarante no puede asegurar si se trataba de hombre o mujer. No pudo distinguir lo que decían, pero supone que hablasen español. El testigo descubrió el estado de la casa y de los cadáveres como fue descrito ayer por nosotros.&lt;br /&gt;»Henri Duval, vecino, y de oficio platero, declara que él formaba parte del grupo que entró primeramente en la casa. En términos generales, corrobora la declaración de Muset. En cuanto se abrieron paso, forzando la puerta, la cerraron de nuevo, con objeto de contener a la muchedumbre que se había reunido a pesar de la hora. Este opina que la voz aguda sea la de un italiano, y está seguro de que no era la de un francés. No conoce el italiano. No pudo distinguir las palabras, pero, por la entonación del que hablaba, está convencido de que era un italiano. Conocía a Madame L'Espanaye y a su hija. Con las dos había conversado con frecuencia. Estaba seguro de que la voz no correspondía a ninguna de las dos mujeres. »Odenheimer, restaurateur. Voluntariamente, el testigo se ofreció a declarar. Como no hablaba francés, fue interrogado haciéndose uso de un intérprete. Es natural de Ámsterdam. Pasaba por delante de la casa en el momento en que se oyeron los gritos. Se detuvo durante unos minutos, diez, probablemente. Eran fuertes y prolongados, y producían horror y angustia. Fue uno de los que entraron en la casa. Corrobora las declaraciones anteriores en todos sus detalles, excepto uno: está seguro de que la voz aguda era la de un hombre, la de un francés.&lt;br /&gt;No pudo distinguir claramente las palabras que había pronunciado. Estaban dichas en alta voz y rápidamente, con cierta desigualdad, pronunciadas, según suponía, con miedo y con ira al mismo tiempo. La voz era áspera. Realmente, no puede asegurarse que fuese una voz aguda. La voz grave dijo varias veces: "Sacré", "diable", y una sola "Man Dieu". »Jules Mignaud, banquero, de la casa "Mignaud et Fils", de la rue Deloraie. Es el mayor de los Mignaud. Madame L'Espanaye tenía algunos intereses. Había abierto una cuenta corriente en su casa de banca en la primavera del año... (ocho años antes). Con frecuencia había ingresado pequeñas cantidades. No retiró ninguna hasta tres días antes de su muerte. La retiró personalmente, y la suma ascendía a cuatro mil francos. La cantidad fue pagada en oro, y se encargó a un dependiente que la llevara a su casa.&lt;br /&gt;»Adolphe Le Bon, dependiente de la "Banca Mignaud et Fils", declara que en el día de autos, al mediodía, acompañó a Madame L'Espanaye a su domicilio con los cuatro mil francos, distribuidos en dos pequeños talegos. Al abrirse la puerta, apareció Mademoiselle L'Espanaye Ésta cogió uno de los saquitos, y la anciana señora el otro. Entonces, él saludó y se fue. En aquellos momentos no había nadie en la calle. Era una calle apartada, muy solitaria.&lt;br /&gt;»William Bird, sastre, declara que fue uno de los que entraron en la casa. Es inglés. Ha vivido dos años en París. Fue uno de los primeros que subieron por la escalera. Oyó las voces que disputaban. La gruesa era de un francés. Pudo oír algunas palabras, pero ahora no puede recordarlas todas. Oyó claramente "sacré" y "Man Dieu". Por un momento se produjo un rumor, como si varias personas peleasen. Ruido de riña y forcejeo. La voz aguda era muy fuerte, más que la grave. Está seguro de que no se trataba de la voz de ningún inglés, sino más bien la de un alemán. Podía haber sido la de una mujer. No entiende el alemán.&lt;br /&gt;»Cuatro de los testigos mencionados arriba, nuevamente interrogados, declararon que la puerta de la habitación en que fue encontrado el cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye se hallaba cerrada por dentro cuando el grupo llegó a ella. Todo se hallaba en un silencio absoluto. No se oían ni gemidos ni ruidos de ninguna especie. Al forzar la puerta, no se vio a nadie. Tanto las ventanas de la parte posterior como las de la fachada estaban cerradas y aseguradas fuertemente por dentro con sus cerr ojos respectivos. Entre las dos salas se hallaba también una puerta de comunicación, que estaba cerrada, pero no con llave. La puerta que conducía de la habitación delantera al pasillo estaba cerrada por dentro con llave. Una pequeña estancia de la&lt;br /&gt;parte delantera del cuarto piso, a la entrada del pasillo, estaba abierta también, puesto que tenía la puerta entornada. En esta sala se hacinaban camas viejas, cofres y objetos de esta especie. No quedó una sola pulgada de la casa sin que hubiese sido registrada cuidadosamente. Se ordenó que tanto por arriba como por abajo se introdujeran deshollinadores por las chimeneas.&lt;br /&gt;La casa constaba de cuatro pisos, con buhardillas (mansardas). En el techo se hallaba, fuertemente asegurado, un escotillón, y parecía no haber sido abierto durante muchos años. Por lo que respecta al intervalo de tiempo transcurrido entre las voces que disputaban y el acto de forzar la puerta del piso, las afirmaciones de los testigos difieren bastante. Unos hablan de tres minutos, y otros amplían este tiempo a cinco. Costó mucho forzar la puerta. »Alfonso García, empresario de pompas fúnebres, declara que habita en la rue Morgue, y que es español. También formaba parte del grupo que entró en la casa. No subió la escalera, porque es muy nervioso y temía los efectos que pudiera producirle la emoción. Oyó las voces que disputaban. La grave era de un francés. No pudo distinguir lo que decían, y está seguro de que la voz aguda era de un inglés. No entiende este idioma, pero se basa en la entonación.&lt;br /&gt;»Alberto Montan, confitero declara haber sido uno de los primeros en subir la escalera. Oyó las voces aludidas. La grave era de francés. Pudo distinguir varias palabras. Parecía como si este individuo reconviniera a otro. En cambio, no pudo comprender nada de la voz aguda. Hablaba rápidamente y de forma entrecortada. Supone que esta voz fuera la de un ruso. Corrobora también las declaraciones generales. Es italiano. No ha hablado nunca con ningún ruso.&lt;br /&gt;»Interrogados de nuevo algunos testigos, certificaron que las chimeneas de todas las habitaciones del cuarto piso eran demasiado estrechas para que permitieran el paso de una persona. Cuando hablaron de "deshollinadores", se refirieron a las escobillas cilíndricas que con ese objeto usan los limpiachimeneas. Las escobillas fueron pasadas de arriba abajo por todos los tubos de la casa. En la parte posterior de ésta no hay paso alguno por donde alguien hubiese podido bajar mientras el grupo subía las escaleras. El cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye estaba tan fuertemente introducido en la chimenea, que no pudo ser extraído de allí sino con la ayuda de cinco hombres.&lt;br /&gt;»Paul Dumas, médico, declara que fue llamado hacia el amanecer para examinar los cadáveres. Yacían entonces los dos sobre las correas de la armadura de la cama, en la habitación donde fue encontrada Mademoiselle L'Espanaye. El cuerpo de la joven estaba muy magullado y lleno de excoriaciones. Se explican suficientemente estas circunstancias por haber sido empujado hacia arriba en la chimenea. Sobre todo, la garganta presentaba grandes excoriaciones. Tenía también profundos arañazos bajo la barbilla, al lado de una serie de lívidas manchas que eran, evidentemente, impresiones de dedos. El rostro se hallaba horriblemente&lt;br /&gt;descolorido, y los ojos fuera de sus órbitas. La lengua había sido mordida y seccionada parcialmente. Sobre el estómago se descubrió una gran magulladura, producida, según se supone, por la presión de una rodilla. Según Monsieur Dumas, Mademoiselle L'Espanaye había sido estrangulada por alguna persona o personas desconocidas. El cuerpo de su madre estaba horriblemente mutilado. Todos los huesos de la pierna derecha y del brazo estaban, poco o mucho, quebrantados. La tibia izquierda, igual que las costillas del mismo lado, estaban hechas astillas. Tenía todo el cuerpo con espantosas magulladuras y descolorido. Es imposible certificar cómo fueron producidas aquellas heridas. Tal vez un pesado garrote de madera, o una gran&lt;br /&gt;Gentileza de barra de hierro —alguna silla—, o una herramienta ancha, pesada y roma, podría haber producido resultados semejantes. Pero siempre que hubieran sido manejados por un hombre muy fuerte. Ninguna mujer podría haber causado aquellos golpes con clase alguna de arma. Cuando el testigo la vio, la cabeza de la muerta estaba totalmente separada del cuerpo y, además, destrozada. Evidentemente, la garganta había sido seccionada con un instrumento afiladísimo, probablemente una navaja barbera.&lt;br /&gt;»Alexandre Etienne, cirujano, declara haber sido llamado al mismo tiempo que el doctor Dumas, para examinar los cuerpos. Corroboró la declaración y las opiniones de éste. »No han podido obtenerse más pormenores importantes en otros interrogatorios. Un crimen tan extraño y tan complicado en todos sus aspectos no había sido cometido jamás en París, en el caso de que se trate realmente de un crimen. La Policía carece totalmente de rastro, circunstancia rarísima en asuntos de tal naturaleza. Puede asegurarse, pues, que no existe la menor pista.»&lt;br /&gt;En la edición de la tarde, afirmaba el periódico que reinaba todavía gran excitación en el quartier Saint-Roch; que, de nuevo, se habían investigado cuidadosamente las circunstancias del crimen, pero que no se había obtenido ningún resultado. A última hora anunciaba una noticia que Adolphe Le Bon había sido detenido y encarcelado; pero ninguna de las circunstancias ya expuestas parecía acusarle.&lt;br /&gt;Dupin demostró estar particularmente interesado en el desarrollo de aquel asunto; cuando menos, así lo deducía yo por su conducta, porque no hacía ningún comentario. Tan sólo después de haber sido encarcelado Le Bon me preguntó mi parecer sobre aquellos asesinatos. Yo no pude expresarle sino mi conformidad con todo el público parisiense, considerando aquel crimen como un misterio insoluble. No acertaba a ver el modo en que pudiera darse con el asesino.&lt;br /&gt;—Por interrogatorios tan superficiales no podemos juzgar nada con respecto al modo de encontrarlo —dijo Dupin—. La Policía de París, tan elogiada por su perspicacia, es astuta, pero nada más. No hay más método en sus diligencias que el que las circunstancias sugieren. Exhiben siempre las medidas tomadas, pero con frecuencia ocurre que son tan poco apropiadas a los fines propuestos que nos hacen pensar en Monsieur Jourdain pidiendo su robede-chambre, pour mieux entendre la musique. A veces no dejan de ser sorprendentes los resultados obtenidos. Pero, en su mayor parte, se consiguen por mera insistencia y actividad. Cuando resultan ineficaces tales procedimientos, fallan todos sus planes. Vidocq, por ejemplo, era un excelente adivinador y un hombre perseverante; pero como su inteligencia carecía de educación, se equivocaba con frecuencia por la misma intensidad de sus investigaciones. Disminuía el poder de su visión por mirar el objeto tan de cerca. Era capaz de ver, probablemente, una o dos circunstancias con una poco corriente claridad; pero al hacerlo perdía necesariamente la visión total del asunto. Esto puede decirse que es el defecto de ser demasiado profundo. La verdad no está siempre en el fondo de un pozo. En realidad, yo pienso que, en cuanto a lo que más importa conocer, es invariablemente superficial. La profundidad se encuentra en los valles donde la buscamos, pero no en las cumbres de las montañas, que es donde la vemos. Las variedades y orígenes de esta especie de error tienen un magnífico ejemplo en la contemplación de los&lt;br /&gt;cuerpos celestes. Dirigir a una estrella una rápida ojeada, examinarla oblicuamente, volviendo hacia ella las partes exteriores de la retina (que son más sensibles a las débiles impresiones de la luz que las anteriores), es contemplar la estrella distintamente, obtener la más exacta apreciación de su brillo, brillo que se oscurece a medida que volvemos nuestra visión de lleno hacía ella. En el último caso, caen en los ojos mayor número de rayos, pero en el primero se obtiene una receptibilidad más afinada. Con una extrema profundidad, embrollamos y debilitamos el pensamiento, y aun lo confundimos. Podemos, incluso, lograr que Venus se&lt;br /&gt;desvanezca del firmamento si le dirigimos una atención demasiado sostenida, demasiado concentrada o demasiado directa.&lt;br /&gt;»Por lo que respecta a estos asesinatos, examinemos algunas investigaciones por nuestra cuenta, antes de formar de ellos una opinión. Una investigación como ésta nos procurará una buena diversión —a mí me pareci ó impropia esta última palabra, aplicada al presente caso, pero no dije nada—, y, por otra parte, Le Bon ha comenzado por prestarme un servicio y quiero demostrarle que no soy un ingrato. Iremos al lugar del suceso y lo examinaremos con nuestros propios ojos. Conozco a G..., el prefecto de Policía, y no me será difícil conseguir el permiso necesario.&lt;br /&gt;Nos fue concedida la autorización, y nos dirigimos inmediatamente a la rue Morgue. Es ésta una de esas miserables callejuelas que unen la rue Richelieu y la de Saint-Roch. Cuando llegamos a ella, eran ya las últimas horas de la tarde, porque este barrio se encuentra situado a gran distancia de aquel en que nosotros vivíamos. Pronto hallamos la casa; aún había frente a ella varias personas mirando con vana curiosidad las ventanas cerradas. Era una casa como tantas de París. Tenía una puerta principal, y en uno de sus lados había una casilla de cristales con un bastidor corredizo en la ventanilla, y parecía ser la loge de concierge2. Antes de entrar nos dirigimos calle arriba, y, torciendo de nuevo, pasamos a la fachada posterior del edificio.&lt;br /&gt;Dupin examinó durante todo este rato los alrededores, así como la casa, con una atención tan cuidadosa, que me era imposible comprender su finalidad. Volvimos luego sobre nuestros pasos, y llegamos ante la fachada de la casa. Llamamos a la puerta, y después de mostrar nuestro permiso, los agentes de guardia nos permitieron la entrada. Subimos las escaleras, hasta llegar a la habitación donde había sido encontrado el&lt;br /&gt;cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye y donde se hallaban aún los dos cadáveres. Como de costumbre, había sido respetado el desorden de la habitación. Nada vi de lo que se había publicado en la Gazette des Tribunaux. Dupin lo analizaba todo minuciosamente, sin exceptuar los cuerpos de las víctimas. Pasamos inmediatamente a otras habitaciones, y bajamos luego al patio. Un gendarme nos acompañó a todas partes, y la investigación nos ocupó hasta el anochecer, marchándonos entonces. De regreso a nuestra casa, mi compañero se detuvo unos minutos en las oficinas de un periódico.&lt;br /&gt;He dicho ya que las rarezas de mi amigo eran muy diversas y que je les menageais: esta frase no tiene equivalente en inglés. Hasta el día siguiente, a mediodía, rehusó toda conversación sobre los asesinatos. Entonces me preguntó de pronto si yo había observado algo particular en el lugar del hecho. En su manera de pronunciar la palabra «particular» había algo que me produjo un estremecimiento sin saber por qué.&lt;br /&gt;—No, nada de particular —le dije—; por lo menos, nada más de lo que ya sabemos por el periódico.&lt;br /&gt;—Mucho me temo —me replicó— que la Gazette no haya logrado penetrar en el insólito horror del asunto. Pero dejemos las necias opiniones de este papelucho. Yo creo que si este misterio se ha considerado como insoluble, por la misma razón debería de ser fácil de resolver, y me refiero al outre carácter de sus circunstancias. La Policía se ha confundido por la ausencia aparente de motivos que justifiquen, no el crimen, sino la atrocidad con que ha sido cometido. Asimismo, les confunde la aparente imposibilidad de conciliar las voces que disputaban con la circunstancia de no haber hallado arriba sino a Mademoiselle L'Espanaye, asesinada, y no encontrar la forma de que nadie saliera del piso sin ser visto por las personas que subían por las escaleras. El extraño desorden de la habitación; el cadáver metido con la cabeza hacia abajo en la chimenea; la mutilación espantosa del cuerpo de la anciana, todas estas consideraciones, con las ya descritas y otras no dignas de mención, han sido suficientes para paralizar sus facultades, haciendo que fracasara por completo la tan cacareada perspicacia de los agentes del Gobierno. Han caído en el grande aunque común error de confundir lo insólito con lo abstruso. Pero precisamente por estas desviaciones de lo normal es por donde ha de hallar la razón su camino en la investigación de la verdad, en el caso de que ese hallazgo sea posible. En investigaciones como la que estamos realizando ahora, no hemos de preguntarnos tanto «qué ha ocurrido» como «qué ha ocurrido que no había ocurrido jamás hasta ahora». Realmente la sencillez con que yo he de llegar o he llegado ya a la solución de este misterio, se halla en razón directa con su aparente falta de solución en el criterio de la Policía. Con mudo asombro, contemplé a mi amigo.&lt;br /&gt;—Estoy esperando ahora —continuó diciéndome mirando a la puerta de nuestra habitación— a un individuo que aun cuando probablemente no ha cometido esta carnicería bien puede estar, en cierta medida, complicado en ella. Es probable que resulte inocente de la parte más desagradable de los crímenes cometidos. Creo no equivocarme en esta suposición, porque en ella se funda mi esperanza de descubrir el misterio. Espero a este individuo aquí en esta habitación y de un momento a otro. Cierto es que puede no venir, pero lo probable es que venga. Si viene, hay que detenerlo. Aquí hay unas pistolas, y los dos sabemos cómo usarlas cuando las circunstancias lo requieren.&lt;br /&gt;Sin saber lo que hacía, ni lo que oía, tomé las pistolas, mientras Dupin continuaba hablando como si monologara. Se dirigían sus palabras a mí pero su voz no muy alta, tenía esa entonación empleada frecuentemente al hablar con una persona que se halla un poco distante. Sus pupilas inexpresivas miraban fijamente hacia la pared. —La experiencia ha demostrado plenamente que las voces que disputaban —dijo—, oídas por quienes subían las escaleras, no eran las de las dos mujeres. Este hecho descarta el que la anciana hubiese matado primeramente a su hija y se hubiera suicidado después. Hablo de esto únicamente por respeto al método; porque, además, la fuerza de Madame L'Espanaye no hubiera conseguido nunca arrastrar el cuerpo de su hija por la chimenea arriba tal como fue hallado. Por otra parte, la naturaleza de las heridas excluye totalmente la idea del suicidio. Por tanto, el asesinato ha sido cometido por terceras personas, y las voces de éstas son las que se oyeron disputar. Permítame que le haga notar no todo lo que se ha declarado con respecto a estas voces, sino lo que hay de particular en las declaraciones. ¿No ha observado usted nada en ellas?&lt;br /&gt;Yo le dije que había observado que mientras todos los testigos coincidían en que la voz grave era de un francés, había un gran desacuerdo por lo que respecta a la voz aguda, o áspera, como uno de ellos la había calificado.&lt;br /&gt;—Esto es evidencia pura —dijo—, pero no lo particular de esa evidencia. Usted no ha observado nada característico, pero, no obstante había algo que observar. Como ha notado usted los testigos estuvie ron de acuerdo en cuanto a la voz grave. En ello había unanimidad. Pero lo que respecta a la voz aguda consiste su particularidad, no en el desacuerdo, sino en que, cuando un italiano, un inglés, un español, un holandés y un francés intentan describirla cada uno de ellos opina que era la de un extranjero. Cada uno está seguro de que no es la de un compatriota, y cada uno la compara, no a la de un hombre de una nación cualquiera cuyo lenguaje conoce, sino todo lo contrario. Supone el francés que era la voz de un español y que «hubiese podido distinguir algunas palabras de haber estado familiarizado con el español». El holandés sostiene que fue la de un francés, pero sabemos que, por «no conocer este idioma, el testigo había sido interrogado por un intérprete». Supone el inglés que la voz fue la de un alemán; pero añade que «no entiende el alemán». El español «está seguro» de que es la de un inglés, pero tan sólo «lo cree por la entonación, ya que no tiene ningún conocimiento del idioma». El italiano cree que es la voz de un ruso, pero «jamás ha tenido conversación alguna con un ruso». Otro francés difiere del primero, y está seguro de que la voz era de un italiano; pero aunque no conoce este idioma, está, como el español, «seguro de ello por su entonación».&lt;br /&gt;Ahora bien, ¡cuán extraña debía de ser aquella voz para que tales testimonios pudieran darse de ella, en cuyas inflexiones, ciudadanos de cinco grandes naciones europeas, no pueden reconocer nada que les sea familiar! Tal vez usted diga que puede muy bien haber sido la voz de un asiático o la de un africano; pero ni los asiáticos ni los africanos se ven frecuentemente por París. Pero, sin decir que esto sea posible, quiero ahora dirigir su atención sobre tres puntos. Uno de los testigos describe aquella voz como «más áspera que aguda»; otros dicen que es «rápida y desigual»; en este caso, no hubo palabras (ni sonidos que se parezcan a ella), que ningún testigo mencionara como inteligibles. »Ignoro qué impresión —continuó Dupin— puedo haber causado en su entendimiento, pero no dudo en manifestar que las legítimas deducciones efectuadas con sólo esta parte de los testimonios conseguidos (la que se refiere a las voces graves y agudas), bastan por sí mismas para motivar una sospecha que bien puede dirigirnos en todo ulterior avance en la investigación de este misterio. He dicho «legítimas deducciones», pero así no queda del todo explicada mi intención. Quiero únicamente manifestar que esas deducciones son las únicas apropiadas, y que mi sospecha se origina inevitablemente en ellas como una conclusión única. No diré todavía cuál es esa sospecha. Tan sólo deseo hacerle comprender a usted que para mí tiene fuerza bastante para dar definida forma (determinada tendencia) a mis investigaciones en aquella habitación. »Mentalmente, trasladémonos a ella. ¿Qué es lo primero que hemos de buscar allí? Los medios de evasión utilizados por los asesinos. No hay necesidad de decir que ninguno de los dos creemos en este momento en acontecimientos sobrenaturales. Madame y Mademoiselle L'Espanaye no han sido, evidentemente, asesinadas por espíritus. Quienes han cometido el&lt;br /&gt;crimen fueron seres materiales y escaparon por procedimientos materiales. ¿De qué modo? Afortunadamente, sólo hay una forma de razonar con respecto a este punto, y éste habrá de llevarnos a una solución precisa. Examinemos, pues, uno por uno, los posibles medios de evasión. Cierto es que los asesinos se encontraban en la alcoba donde fue hallada Mademoiselle L'Espanaye, o, cuando menos, en la contigua, cuando las personas subían las escaleras. Por tanto, sólo hay que investigar las salidas de estas dos habitaciones. La Policía ha dejado al descubierto los pavimentos, los techos y la mampostería de las paredes en todas partes. A su vigilancia no hubieran podido escapar determinadas salidas secretas. Pero yo no&lt;br /&gt;me fiaba de sus ojos y he querido examinarlo con los míos. En efecto, no había salida secreta. Las puertas de las habitaciones que daban al pasillo estaban cerradas perfectamente por dentro. Veamos las chimeneas. Aunque de anchura normal hasta una altura de ocho o diez pies sobre los hogares, no puede, en toda su longitud, ni siquiera dar cabida a un gato corpulento. La imposibilidad de salida por los ya indicados medios es, por tanto, absoluta. Así, pues, no nos quedan más que las ventanas. Por la de la alcoba que da a la fachada principal no hubiera podido escapar nadie sin que la muchedumbre que había en la calle lo hubiese notado. Por tanto, los asesinos han de haber pasado por las de la habitación posterior. Llevados, pues, de&lt;br /&gt;estas deducciones y, de forma tan inequívoca, a esta conclusión, no podemos, según un minucioso razonamiento, rechazarla, teniendo en cuenta aparentes imposibilidades. Nos queda sólo por demostrar que esas aparentes «imposibilidades» en realidad no lo son. »En la habitación hay dos ventanas. Una de ellas no se halla obstruida por los muebles, y está completamente visible. La parte inferior de la otra la oculta a la vista la cabecera de la pesada armazón del lecho, estrechamente pegada a ella. La primera de las dos ventanas está fuertemente cerrada y asegurada por dentro. Resistió a los más violentos esfuerzos de quienes intentaron levantarla. En la parte izquierda de su marco veíase un gran agujero practicado con una barrena, y un clavo muy grueso hundido en él hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se encontró otro clavo semejante, clavado de la misma forma, y un vigoroso esfuerzo para separar el marco fracasó también. La Policía se convenció entonces de que por ese camino no se había efectuado la salida, y por esta razón consideró superfluo quitar aquellos clavos y abrir las ventanas.&lt;br /&gt;»Mi examen fue más minucioso, por la razón que acabo ya de decir, ya que sabía era preciso probar que todas aquellas aparentes imposibilidades no lo eran realmente. Continué razonando así a posteriori. Los asesinos han debido de escapar por una de estas ventanas. Suponiendo esto, no es fácil que pudieran haberlas sujetado por dentro, como se las ha encontrado, consideración que, por su evidencia, paralizó las investigaciones de la Policía en este aspecto. No obstante, las ventanas estaban cerradas y aseguradas. Era, pues, preciso que pudieran cerrarse por sí mismas. No había modo de escapar a esta conclusión. Fui directamente a la ventana no obstruida, y con cierta dificultad extraje el clavo y traté de levantar el marco. Como yo suponía, resistió a todos los esfuerzos. Había, pues, evidentemente, un resorte escondido, y este hecho, corroborado por mi idea, me convenció de que mis premisas, por muy misteriosas que apareciesen las circunstancias relativas a los clavos, eran correctas. Una minuciosa investigación me hizo descubrir pronto el oculto resorte. Lo oprimí y, satisfecho con mi descubrimiento, me abstuve de abrir la ventana. »Volví entonces a colocar el clavo en su sitio, después de haberlo examinado atentamente. Una persona que hubiera pasado por aquella ventana podía haberla cerrado y haber funcionado solo el resorte. Pero el clavo no podía haber sido colocado. Esta conclusión está clarisima, y restringía mucho el campo de mis investigaciones. Los asesinos debían, por tanto, de haber escapado por la otra ventana. Suponiendo que los dos resortes fueran iguales, como era posible, debía, pues, de haber una diferencia entre los clavos, o, por lo menos, en su&lt;br /&gt;colocación. Me subí sobre las correas de la armadura del lecho, y por encima de su cabecera examiné minuciosamente la segunda ventana. Pasando la mano por detrás de la madera, descubrí y apreté el resorte, que, como yo había supuesto, era idéntico al anterior. Entonces examiné el clavo. Era del mismo grueso que el otro, y aparentemente estaba clavado de la misma forma, hundido casi hasta la cabeza. »Tal vez diga usted que me quedé perplejo; pero si piensa semejante cosa es que no ha comprendido bien la naturaleza de mis deducciones. Sirviéndome de un término deportivo, no me he encontrado ni una vez «en falta». El rastro no se ha perdido ni un solo instante. En ningún eslabón de la cadena ha habido un defecto. Hasta su última consecuencia he seguido el secreto. Y la consecuencia era el clavo. En todos sus aspectos, he dicho, aparentaba ser análogo al de la otra ventana; pero todo esto era nada (tan decisivo como parecía) comparado con la consideración de que en aquel punto terminaba mi pista. «Debe de haber algún defecto en este clavo», me dije. Lo toqué, y su cabeza, con casi un cuarto de su espiga, se me quedó en la mano. El resto quedó en el orificio donde se había roto. La rotura era antigua, como se deducía del óxido de sus bordes, y, al parecer, había sido producido por un martillazo que hundió una parte de la cabeza del clavo en la superficie del marco. Volví entonces a colocar cuidadosamente aquella parte en el lugar de donde la había separado, y su semejanza con un clavo intacto fue completa. La rotura era inapreciable. Apreté el resorte y levanté suavemente el marco unas pulgadas. Con él subió la cabeza del clavo, quedando fija en su agujero. Cerré la ventana, y fue otra vez perfecta la apariencia del clavo entero.&lt;br /&gt;»Hasta aquí estaba resuelto el enigma. El asesino había huido por la ventana situada a la cabecera del lecho. Al bajar por sí misma, luego de haber escapado por ella, o tal vez al ser cerrada deliberadamente, se había quedado sujeta por el resorte, y la sujeción de éste había engañado a la Policía, confundiéndola con la del clavo, por lo cual se había considerado innecesario proseguir la investigación.&lt;br /&gt;»El problema era ahora saber cómo había bajado el asesino. Sobre este punto me sentía satisfecho de mi paseo en torno al edificio. Aproximadamente a cinco pies y medio de la ventana en cuestión, pasa la cadena de un pararrayos. Por ésta hubiera sido imposible a cualquiera llegar hasta la ventana, y ya no digamos entrar. Sin embargo, al examinar los postigos del cuarto piso, vi que eran de una especie particular, que los carpinteros parisienses llaman ferrades, especie poco usada hoy, pero hallada frecuentemente en las casas antiguas de Lyon y Burdeos. Tienen la forma de una puerta normal (sencilla y no de dobles batientes), excepto que su mitad superior está enrejada o trabajada a modo de celosía, por lo que ofrece un asidero excelente para las manos. En el caso en cuestión, estos postigos tienen una anchura de tres pies y medio3,&lt;br /&gt;más o menos. Cuando los vimos desde la parte posterior de la casa, los dos estaban abiertos hasta la mitad; es decir, formaban con la pared un ángulo recto. Es probable que la Policía haya examinado, como yo, la parte posterior del edificio; pero al mirar las ferrades en el sentido de su anchura (como deben de haberlo hecho ), no se han dado cuenta de la dimensión en este sentido, o cuando menos no le han dado la necesaria importancia. En realidad, una vez se convencieron de que no podía efectuarse la huida por aquel lado, no lo examinaron sino superficialmente. Sin embargo, para mí era claro que el postigo que pertenecía a la ventana&lt;br /&gt;situada a la cabecera de la cama, si se abría totalmente, hasta que tocara la pared, llegaría hasta unos dos pies 4 de la cadena del pararrayos. También estaba claro que con el esfuerzo de 3 3,5 pies = 1 metro aprox.&lt;br /&gt;4 2 pies = 60 cm. (aprox.) una energía y un valor insólitos podía muy bien haberse entrado por aquella ventana con ayuda de la cadena. Llegado a aquella distancia de dos pies y medio (supongamos ahora abierto el postigo), un ladrón hubiese podido encontrar en el enrejada un sólido asidero, para que luego, desde él, soltando la cadena y apoyando bien los pies contra la pared, pudiera lanzarse rápidamente, caer en la habitación y atraer hacia sí violentamente el postigo, de modo que se cerrase, y suponiendo, desde luego, que se hallara siempr e la ventana abierta. »Tenga usted en cuenta que me he referido a una energía insólita, necesaria para llevar a cabo con éxito una empresa tan arriesgada y difícil. Mi propósito es el de demostrarle, en primer lugar, que el hecho podía realizarse, y en segundo, y muy principalmente, llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi sobrenatural, de la agilidad necesaria para su ejecución. »Me replicará usted, sin duda, valiéndose del lenguaje de la ley, que para «defender mi causa» debiera más bien prescindir de la energía requerida en ese caso antes que insistir en valorarla exactamente. Esto es realizable en la práctica forense, pero no en la razón. Mi objetivo final es la verdad tan sólo, y mi propósito inmediato conducir a usted a que compare esa insólita energía de que acabo de hablarle con la peculiarísima voz aguda (o áspera), y desigual, con respecto a cuya nacionalidad no se han hallado siquiera dos testigos que estuviesen de acuerdo, y en cuya pronunciación no ha sido posible descubrir una sola sílaba. A estas palabras comenzó a formarse en mi espíritu una vaga idea de lo que pensaba Dupin. Me parecía llegar al límite de la comprensión, sin que todavía pudiera entender, lo mismo que esas personas que se encuentran algunas veces al borde de un recuerdo y no son capaces de llegar a conseguirlo. Mi amigo continuó su razonamiento.&lt;br /&gt;—Habrá usted visto —dijo— que he retrotraído la cuestión del modo de salir al de entrar. Mi plan es demostrarle que ambas cosas se han efectuado de la misma manera y por el mismo sitio. Volvamos ahora al interior de la habitación. Estudiemos todos sus aspectos. Según se ha dicho, los cajones de la cómoda han sido saqueados, aunque han quedado en ellos algunas prendas de vestir. Esta conclusión es absurda. Es una simple conjetura, muy necia, por cierto, y nada más. ¿Cómo es posible saber que todos esos objetos encontrados en los cajones no eran todo lo que contenían? Madame L'Espanaye y su hija vivían una vida excesivamente retirada. No se trataban con nadie, salían rara vez y, por consiguiente, tenían pocas ocasiones para cambiar de vestido. Los objetos que se han encontrado eran de tan buena calidad, por lo menos, como&lt;br /&gt;cualquiera de los que posiblemente hubiesen poseído esas señoras. Si un ladrón hubiera cogido alguno, ¿por qué no los mejores, o por qué no todos? En fin, ¿hubiese abandonado cuatro mil francos en oro para cargar con un fardo de ropa blanca? El oro fue abandonado. Casi la totalidad de la suma mencionada por Monsieur Mignaud, el banquero, ha sido hallada en el suelo, en los saquitos. Insisto, por tanto, en querer descartar de su pensamiento la idea desatinada de un motivo, engendrada en el cerebro de la Policía por esa declaración que se refiere a dinero entregado a la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que ésta (entrega del dinero y asesinato, tres días más tarde, de la persona que lo recibe) se presentan constantemente en nuestra vida sin despertar siquiera nuestra atención momentánea. Por lo general las coincidencias son otros tantos motivos de error en el camino de esa clase de pensadores educados de tal modo que nada saben de la teoría de probabilidades, esa teoría a la cual las más memorables conquistas de la civilización humana deben lo más glorioso de su saber. En este caso, si el oro hubiera desaparecido, el hecho de haber sido entregado tres días antes hubiese podido parecer algo más que una coincidencia. Corroboraría la idea de un motivo.&lt;br /&gt;Pero, dadas las circunstancias reales del caso, si hemos de suponer que el oro ha sido el móvil del hecho, también debemos imaginar que quien lo ha cometido ha sido tan vacilante y tan idiota que ha abandonado al mismo tiempo el oro y el motivo.&lt;br /&gt;»Fijados bien en nuestro pensamiento los puntos sobre los cuales he llamado su atención (la voz peculiar, la insólita agilidad y la sorprendente falta de motivo en un crimen de una atrocidad tan singular como éste), examinemos por sí misma esta carnicería. Nos encontramos con una mujer estrangulada con las manos y metida cabeza abajo en una chimenea. Normalmente, los criminales no emplean semejante procedimiento de asesinato. En el violento modo de introducir el cuerpo en la chimenea habrá usted de admitir que hay algo&lt;br /&gt;excesivamente exagerado, algo que está en desacuerdo con nuestras corrientes nociones respecto a los actos humanos, aun cuando supongamos que los autores de este crimen sean los seres más depravados. Por otra parte, piense usted cuán enorme debe de haber sido la fuerza que logró introducir tan violentamente el cuerpo hacia arriba en una abertura como aquélla, por cuanto los esfuerzos unidos de varias personas apenas si lograron sacarlo de ella. »Fijemos ahora nuestra atención en otros indicios que ponen de manifiesto este vigor&lt;br /&gt;maravilloso. Había en el hogar unos espesos mechones de grises cabellos humanos. Habían sido arrancados de cuajo. Sabe usted la fuerza que es necesaria para arrancar de la cabeza, aun cuando no sean más que veinte o treinta cabellos a la vez. Usted habrá visto tan bien como yo aquellos mechones. Sus raíces (¡qué espantoso espectáculo!) tenían adheridos fragmentos de cuero cabelludo, segura prueba de la prodigiosa fuerza que ha sido necesaria para arrancar tal vez un millar de cabellos a la vez. La garganta de la anciana no sólo estaba cortada, sino que tenía la cabeza completamente separada del cuerpo, y el instrumento para esta operación fue una sencilla navaja barbera. Le ruego que se fije también en la brutal ferocidad de tal acto. No es necesario hablar de las magulladuras que aparecieron en el cuerpo de Madame L'Espanaye. Monsieur Dumas y su honorable colega Monsieur Etienne han declarado que habían sido producidas por un instrumento romo. En ello, estos señores están en lo cierto. El instrumento ha sido, sin duda alguna, el pavimento del patio sobre el que la víctima ha caído desde la ventana situada encima del lecho. Por muy sencilla que parezca ahora esta idea, escapó a la Policía, por la misma razón que le impidió notar la anchura de los postigos, porque, dada la circunstancia de los clavos, su percepción estaba herméticamente cerrada a la idea de que las ventanas hubieran podido ser abiertas.&lt;br /&gt;»Si ahora, como añadidura a todo esto, ha reflexionado usted bien acerca del extraño desorden de la habitación, hemos llegado ya al punto de combinar las ideas de agilidad maravillosa, fuerza sobrehumana, bestial ferocidad, carnicería sin motivo, una grotesquerie en lo horrible, extraña en absoluto a la humanidad, y una voz extranjera por su acento para los oídos de hombres de distintas naciones y desprovista de todo silabeo que pudieran advertirse distinta e inteligiblemente. ¿Qué se deduce de todo ello? ¿Cuál es la impresión que ha producido en su imaginación?&lt;br /&gt;Al hacerme Dupin esta pregunta, sentí un escalofrío.&lt;br /&gt;—Un loco ha cometido ese crimen —dije—, algún lunático furioso que se habrá escapado de alguna Maison de Santé vecina.&lt;br /&gt;—En algunos aspectos —me contestó— no es desacertada su idea. Pero hasta en sus más feroces paroxismos, las voces de los locos no se parecen nunca a esa voz peculiar oída desde la calle. Los locos pertenecen a una nación cualquiera, y su lenguaje, aunque incoherente, es siempre articulado. Por otra parte, el cabello de un loco no se parece al que yo tengo en la mano. De los dedos rígidamente crispados de Madame L'Espanaye he desenredado esté pequeño mechón. ¿Qué puede usted deducir de esto?&lt;br /&gt;—Dupin —exclamé, completamente desalentado—, ¡qué cabello más raro! No es un cabello humano.&lt;br /&gt;—Yo no he dicho que lo fuera —me contestó—. Pero antes de decidir con respecto a este particular, le ruego que examine este pequeño diseño que he trazado en un trozo de papel. Es un facsímil que representa lo que una parte de los testigos han declarado como cárdenas magulladuras y profundos rasguños producidos por las uñas en el cuello de Mademoiselle L'Espanaye, y que los doctores Dumas y Etienne llaman una serie de manchas lívidas evidentemente producidas por la impresión de los dedos. Comprenderá usted —continuó mi amigo, desdoblando el papel sobre la mesa y ante nuestros ojos —que este dibujo da idea de una presión firme y poderosa. Aquí no hay deslizamiento visible. Cada dedo ha conservado, quizás hasta la muerte de la víctima, la terrible presa en la cual se ha moldeado. Pruebe usted ahora de colocar sus dedos, todos a un tiempo, en las respectivas impresiones, tal como las ve usted aquí. Lo intenté en vano.&lt;br /&gt;—Es posible —continuó— que no efectuemos esta experiencia de un modo decisivo. El papel está desplegado sobre una superficie plana, y la garganta humana es cilíndrica. Pero aquí tenemos un tronco cuya circunferencia es, poco más o menos, la de la garganta. Arrolle a su superficie este diseño y volvamos a efectuar la experiencia. Lo hice así, pero la dificultad fue todavía más evidente que la primera vez.&lt;br /&gt;—Esta —dije— no es la huella de una mano humana.&lt;br /&gt;—Ahora, lea este pasaje de Cuvier —continuó Dupin.&lt;br /&gt;Era una historia anatómica, minuciosa y general, del gran orangután salvaje de las islas de la India Oriental. Son harto conocidas de todo el mundo la gigantesca estatura, la fuerza y agilidad prodigiosas, la ferocidad salvaje y las facultades de imitación de estos mamíferos. Comprendí entonces, de pronto, todo el horror de aquellos asesinatos.&lt;br /&gt;—La descripción de los dedos —dije, cuando hube terminado la lectura— está perfectamente de acuerdo con este dibujo. Creo que ningún animal, excepto el orangután de la especie que aquí se menciona, puede haber dejado huellas como las que ha dibujado usted. Este mechón de pelo ralo tiene el mismo carácter que el del animal descrito por Cuvier. Pero no me es posible comprender las circunstancias de este espantoso misterio. Hay que tener en cuenta, además, que se oyeron disputar dos voces, e, indiscutiblemente, una de ellas pertenecía a un francés.&lt;br /&gt;—Cierto, y recordará usted una expresión atribuida casi unánimemente a esa voz por los testigos; la expresión «Mon Dieu». Y en tales circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) la identificó como expresión de protesta o reconvención. Por tanto, yo he fundado en estas voces mis esperanzas de la completa solución de este misterio. Indudablemente, un francés conoce el asesinato. Es posible, y en realidad, más que posible, probable, que él sea inocente de toda participación en los hechos sangrientos que han ocurrido. Puede habérsele escapado el orangután, y puede haber seguido su rastro hasta la habitación. Pero, dadas las agitadas circunstancias que se hubieran producido, pudo no haberle sido posible capturarle de&lt;br /&gt;nuevo. Todavía anda suelto el animal. No es mi propósito continuar estas conjeturas, y las califico así porque no tengo derecho a llamarlas de otro modo, ya que los atisbos de reflexión en que se fundan apenas alcanzan la suficiente base para ser apreciables incluso para mi propia inteligencia, y, además, porque no puedo hacerlas inteligibles para la comprensión de otra persona. Llamémoslas, pues, conjeturas, y considerémoslas así. Si, como yo supongo, el francés a que me refiero es inocente de tal atrocidad, este anuncio que, a nuestro regreso, dejé en las oficinas de Le Monde, un periódico consagrado a intereses marítimos y muy buscado por los marineros, nos lo traerá a casa. Me entregó el periódico, y leí: CAPTURA&lt;br /&gt;En el Bois de Boulogne se ha encontrado a primeras horas de la mañana del día... de los corrientes (la mañana del crimen), un enorme orangután de la especie de Borneo. Su propietario (que se sabe es un marino perteneciente a la tripulación de un navío maltés) podrá recuperar el animal, previa su identificación, pagando algunos pequeños gestos ocasionados por su captura y manutención. Dirigirse al número... de la rue... faubourg Saint -Germain... tercero. —¿Cómo ha podido usted saber —le pregunté a Dupin— que el individuo de que se trata es marinero y está enrolado en un navío maltés?&lt;br /&gt;—Yo no lo conozco —repuso Dupin—. No estoy seguro de que exista. Pero tengo aquí este pedacito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasiento aspecto, ha sido usada, evidentemente, para anudar los cabellos en forma de esas largas guerres 5 a que tan aficionados son los marineros. Por otra parte, este lazo saben anudarlo muy pocas personas, y es 5 Coletas. característico de los malteses. Recogí esta cinta al pie de la cadena del pararrayos. No puede pertenecer a ninguna de las dos víctimas. Todo lo más, si me he equivocado en mis deducciones con respecto a este lazo, es decir, pensando que ese francés sea un marinero enrolado en un navío maltés, no habré perjudicado a nadie diciendo lo que he dicho en el anuncio. Si me he&lt;br /&gt;equivocado, supondrá él que algunas circunstancias me engañaron, y no se tomará el trabajo de inquirirlas. Pero, si acierto, habremos dado un paso muy importante. Aunque inocente del crimen, el francés habrá de conocerlo, y vacilará entre si debe responder o no al anuncio y reclamar o no al orangután.&lt;br /&gt;Sus razonamientos serán los siguientes: «Soy inocente; soy pobre; mi orangután vale mucho dinero, una verdadera fortuna para un hombre que se encuentra en mi situación. ¿Por qué he de perderlo por un vano temor al peligro? Lo tengo aquí, a mi alcance. Lo encontraron en el Bois de Boulogne, a mucha distancia del escenario de aquel crimen. ¿Quién sospecharía que un animal ha cometido semejante acción? La Policía está despistada. No ha obtenido el menor indicio. Dado el caso de que sospecharan del animal, será imposible demostrar que yo tengo conocimiento del crimen, ni mezclarme en él por el solo hecho de conocerlo. Además, me conocen. El anunciante me señala como dueño del animal. No sé hasta qué punto llega este&lt;br /&gt;conocimiento. Si soslayo el reclamar una propiedad de tanto valor y que, además, se sabe que es mía, concluiré haciendo sospechoso al animal. No es prudente llamar la atención sobre mí ni sobre él. Contestaré, por tanto, a este anuncio, recobraré mi orangután y le encerraré hasta que se haya olvidado por completo este asunto.»&lt;br /&gt;En este instante oímos pasos en la escalera.&lt;br /&gt;—Esté preparado —me dijo Dupin—. Coja sus pistolas, pero no haga uso de ellas, ni las enseñe, hasta que yo le haga una señal. Habíamos dejado abierta la puerta principal de la casa. El visitante entró sin llamar y&lt;br /&gt;subió algunos peldaños de la escalera. Ahora, sin embargo, parecía vacilar. Le oímos descender. Dupin se precipitó hacia la puerta, pero en aquel instante le oímos subir de nuevo. Ahora ya no retrocedía por segunda vez, sino que subió con decisión y llamó a la puerta de nuestro piso.&lt;br /&gt;—Adelante—dijo Dupin con voz satisfecha y alegre.&lt;br /&gt;Entró un hombre. A no dudarlo, era un marinero; un hombre alto, fuerte, musculoso, con una expresión de arrogancia no del todo desagradable. Su rostro, muy atezado, estaba oculto en más de su mitad por las patillas y el mustachio. Estaba provisto de un grueso garrote de roble, y no parecía llevar otras armas. Saludó, inclinándose torpemente, pronunciando un «Buenas tardes» con acento francés, el cual, aunque, bastardeada levemente por el suizo, daba a conocer a las claras su origen parisiense.&lt;br /&gt;—Siéntese, amigo —dijo Dupin—. Supongo que viene a reclamar su orangután. Le aseguro que casi se lo envidio. Es un hermoso animal, y, sin duda alguna, de mucho precio. ¿Qué edad cree usted que tiene?&lt;br /&gt;El marinero suspiró hondamente, como quien se libra de un peso intolerable, y contestó&lt;br /&gt;luego con voz firme:&lt;br /&gt;—No puedo decírselo, pero no creo que tenga más de cuatro o cinco años. ¿Lo tiene&lt;br /&gt;usted aquí?&lt;br /&gt;—¡Oh, no! Esta habitación no reúne condiciones para ello. Está en una cuadra de&lt;br /&gt;alquiler en la rue Dubourg, cerca de aquí. Mañana por la mañana, si usted quiere, podrá&lt;br /&gt;recuperarlo. Supongo que vendrá usted preparado para demostrar su propiedad.&lt;br /&gt;—Sin duda alguna, señor.&lt;br /&gt;—Mucho sentiré tener que separarme de él —dijo Dupin.&lt;br /&gt;—No pretendo que se haya usted tomado tantas molestias para nada, señor —dijo el&lt;br /&gt;hombre—. Ni pensarlo. Estoy dispuesto a pagar una gratificación por el hallazgo del animal,&lt;br /&gt;mientras sea razonable.&lt;br /&gt;—Bien —contestó mi amigo—. Todo esto es, sin duda, muy justo. Veamos. ¿Qué voy a&lt;br /&gt;pedirle? ¡Ah, ya sé! Se lo diré ahora. Mi gratificación será ésta: ha de decirme usted cuanto sepa con respecto a los asesinatos de la rue Morgue.&lt;br /&gt;Estas últimas palabras las dijo Dupin en voz muy baja y con una gran tranquilidad. Con análoga tranquilidad se dirigió hacia la puerta, la cerró y se guardó la llave en el bolsillo. Luego sacó la pistola, y, sin mostrar agitación alguna, la dejó sobre la mesa. La cara del marinero enrojeció como si se hallara en un arrebato de sofocación. Se levantó y empuñó su bastón. Pero inmediatamente se dejó caer sobre la silla, con un temblor&lt;br /&gt;convulsivo y con el rostro de un cadáver. No dijo una sola palabra, y le compadecí de todo corazón.&lt;br /&gt;—Amigo mío —dijo Dupin bondadosamente—, le aseguro que se alarma usted sin motivo alguno. No es nuestro propósito causarle el menor daño. Le doy a usted mi palabra de honor de caballero y francés, que nuestra intención no es perjudicarle. Sé perfectamente que nada tiene usted que ver con las atrocidades de la rue Morgue. Sin embargo, no puedo negar que, en cierto modo, está usted complicado. Por cuanto le digo comprenderá usted perfectamente, que, con respecto a este punto, poseo excelentes medios de información, medios en los cuales no hubiera usted pensado jamás. El caso está ya claro para nosotros. Na da ha hecho usted que haya podido evitar. Naturalmente, nada que lo haga a usted culpable. Nadie puede acusarle de haber robado, pudiendo haberlo hecho con toda impunidad, y no tiene tampoco nada que ocultar. También carece de motivos para hacerlo. Además, por todos los principios del honor, está usted obligado a confesar cuanto sepa. Se ha encarcelado a un inocente a quien se acusa de un crimen cuyo autor solamente usted puede señalar. Cuando Dupin hubo pronunciado estas palabras, ya el marinero había reco brado un&lt;br /&gt;poco su presencia de ánimo. Pero toda su arrogancia había desaparecido.&lt;br /&gt;—¡Que Dios me ampare! —exclamó después de una breve pausa—. Le diré cuanto sepa sobre el asunto; pero estoy seguro de que no creerá usted ni la mitad siquiera. Estaría loco si lo creyera. Sin embargo, soy inocente, y aunque me cueste la vida le hablaré con franqueza. En resumen, fue esto lo que nos contó:&lt;br /&gt;Había hecho recientemente un viaje al archipiélago Indico. Él formaba parte de un grupo que desembarcó en Borneo, y pasó al interior para una excursión de placer. Entre éI y un compañero suyo habían dado captura al orangután. Su compañero murió, y el animal quedó de su exclusiva pertenencia. Después de muchas molestias producidas por la ferocidad indomable del cautivo, durante el viaje de regreso consiguió por fin alojarlo en su misma casa, en París, donde, para no atraer sobre él la curiosidad insoportable de los vecinos, lo recluyó cuidadosamente, con objeto de que curase de una herida que se había producido en un pie con&lt;br /&gt;una astilla, a bordo de su buque. Su proyecto era venderlo. Una noche, o, mejor dicho, una mañana, la del crimen, al volver de una francachela celebrada con algunos marineros, encontró al animal en su alcoba. Se había escapado del cuarto contiguo, donde él creía tenerlo seguramente encerrado. Se hallaba sentado ante un espejo, teniendo una navaja de afeitar en una mano. Estaba todo enjabonado, intentando afeitarse, operación en la que probablemente había observado a su amo a través del ojo de la cerradura. Aterrado, viendo tan peligrosa arma en manos de un animal tan feroz y sabiéndole muy capaz de hacer uso de ella, el hombre no supo qué hacer durante un segundo. Frecuentemente había conseguido dominar al animal en sus accesos más furiosos utilizando un látigo, y recurrió a él también en aquella ocasión. Pero al ver el látigo, el orangután saltó de repente fuera de la habitación, echó a correr escaleras abajo, y, viendo una ventana,&lt;br /&gt;desgraciadamente abierta, salió a la calle.&lt;br /&gt;El francés, desesperado, corrió tras él. El mono, sin soltar la navaja, se paraba de vez en cuando, se volvía y le hacía muecas, hasta que el hombre llegaba cerca de él; entonces escapaba de nuevo. La persecución duró así un buen rato. Se hallaban las calles en completa tranquilidad, porque serían las tres de la madrugada. Al descender por un pasaje situado detrás de la rue Morgue, la atención del fugitivo fue atraída por una luz procedente de la ventana abierta de la habitación de Madame L'Espanaye, en el cuarto piso. Se precipitó hacia la casa, y al ver la cadena del pararrayos, trepó ágilmente por ella, se agarró al postigo, que estaba abierto de par en par hasta la pared, y, apoyándose en ésta, se lanzó sobre la cabecera de la cama. Apenas si toda esta gimnasia duró un minuto. El orangután, al entrar en la habitación, había rechazado contra la pared el postigo, que de nuevo quedó abierto. El marinero estaba entonces contento y perplejo. Tenía grandes esperanzas de capturar ahora al animal, que podría escapar difícilmente de la trampa donde se había metido, de no ser que lo hiciera por la cadena, donde él podría salirle al paso cuando descendiese. Por otra parte,le inquietaba grandemente lo que pudiera ocurrir en el interior de la casa, y esta última reflexión le decidió a seguir al fugitivo. Para un marinero no es difícil trepar por una cadena de pararrayos. Pero una vez hubo llegado a la altura de la ventana, cerrada entonces, se vio en la imposibilidad de alcanzarla. Todo lo que pudo hacer fue dirigir una rápida ojeada al interior de la habitación. Lo que vio le sobrecogió de tal modo de terror que estuvo a punto de caer. Fue entonces cuando se oyeron los terribles gritos que despertaron, en el silencio de la noche, al vecindario de la rue Morgue. Madame L'Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones, estaban, según parece, arreglando algunos papeles en el cofre de hierro ya mencionado, que había sido llevado al centro de la habitación. Estaba abierto, y esparcido su contenido por el suelo. Sin duda, las&lt;br /&gt;víctimas se hallaban de espaldas a la ventana, y, a juzgar por el tiempo que transcurrió entre la llegada del animal y los gritos, es probable que no se dieran cuenta inmediatamente de su presencia. El golpe del postigo debió de ser verosímilmente atribuido al viento. Cuando el marinero miró al interior, el terrible animal había asido a Madame L’Espanaye por los cabellos, que, en aquel instante, tenía sueltos, por estarse peinando, y movía la navaja ante su rostro imitando los ademanes de un barbero. La hija yacía inmóvil en el suelo,&lt;br /&gt;desvanecida. Los gritos y los esfuerzos de la anciana (durante los cuales estuvo arrancando el cabello de su cabeza) tuvieron el efecto de cambiar los probables propósitos pacíficos del orangután en pura cólera. Con un decidido movimiento de su hercúleo brazo le separó casi la cabeza del tronco. A la vista de la sangre, su ira se convirtió en frenesí. Con los dientes apretados y despidiendo llamas por los ojos, se lanzó sobre el cuerpo de la hija y clavó sus terribles garras en su garganta, sin soltarla hasta que expiró. Sus extraviadas y feroces miradas se fijaron entonces en la cabecera del lecho, sobre la cual la cara de su amo, rígida por el horror, apenas si se distinguía en la oscuridad. La furia de la bestia, que recordaba todavía el terrible&lt;br /&gt;látigo, se convirtió instantáneamente en miedo. Comprendiendo que lo que había hecho le hacía acreedor de un castigo, pareció deseoso de ocultar su sangrienta acción. Con la angustia de su agitación y nerviosismo, comenzó a dar saltos por la alcoba, derribando y destrozando los muebles con sus movimientos y levantando los colchones del lecho. Por fin, se apoderó del cuerpo de la joven y a empujones lo introdujo por la chimenea en la posición en que fue encontrado. Inmediatamente después se lanzó sobre el de la madre y lo precipitó de cabeza por la ventana. Al ver que el mono se acercaba a la ventana con su mutilado fardo, el marinero retrocedió horrorizado hacia la cadena, y, más que agarrándose, dejándose deslizar por ella, se&lt;br /&gt;fue inmediata y precipitadamente a su casa, con el temor de las consecuencias de aquella horrible carnicería, y abandonando gustosamente, tal fue su espanto, toda preocupación por lo que pudiera sucederle al orangután. Así, pues, las voces oídas por la gente que subía las escaleras fueron sus exclamaciones de horror, mezcladas con los diabólicos parloteos del animal.&lt;br /&gt;Poco me queda que añadir. Antes del amanecer, el orangután debió de huir de la alcoba, utilizando la cadena del pararrayos. Maquinalmente cerraría la ventana al pasar por ella. Tiempo más tarde fue capturado por su dueño, quien lo vendió por una fuerte suma para el Jardín des plantes. Después de haber contado cuanto sabíamos, añadiendo algunos comentarios por parte de Dupin, en el bureau del Prefecto de Policía, Le Bon fue puesto inmediatamente en libertad. El funcionario, por muy inclinado que estuviera en favor de mi amigo, no podía disimular de modo alguno su mal humor, viendo el giro que el asunto había tomado y se permitió una o dos frases sarcásticas con respecto a la corrección de las personas que se mezclaban en las funciones que&lt;br /&gt;a él le correspondían.&lt;br /&gt;—Déjele que diga lo que quiera —me dijo luego Dupin, que no creía oportuno contestar—. Déjele que hable. Así aligerará su conciencia. Por lo que a mí respecta, estoy contento de haberle vencido en su propio terreno. No obstante, el no haber acertado la solución de este misterio no es tan extraño como él supone, porque, realmente, nuestro amigo el Prefecto es lo suficientemente agudo para pensar sobre ello con profundidad. Pero su ciencia carece de base. Todo él es cabeza, mas sin cuerpo, como las pinturas de la diosa Laverna, o, por mejor decir, todo cabeza y espalda, como el bacalao. Sin embargo, es una buena persona. Le aprecio particularmente por un rasgo magistral de hipocresía, al cual debe su reputación de hombre de talento. Me refiero a su modo de nier ce qui est, et d'expliquer ce qui n'est pas &lt;span style="font-size: xx-small;"&gt;6&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;F I N&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: xx-small;"&gt;6&lt;/span&gt; &lt;i&gt;De negar lo que es y explicar lo que no es. Rousseau nouvelle Heloïse.&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-6329887064425766069?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/6329887064425766069/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/los-crimenes-de-la-calle-morgue.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/6329887064425766069'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/6329887064425766069'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/los-crimenes-de-la-calle-morgue.html' title='LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S39WGBezldI/AAAAAAAAAFc/rQcftKsHQbc/s72-c/CALLE+MORGUE.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-4986546054602036687</id><published>2010-02-16T13:10:00.000-08:00</published><updated>2010-02-17T11:44:31.057-08:00</updated><title type='text'>Mentiras Verdaderas</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3sNtbPMSFI/AAAAAAAAAFM/OimCwDCTyXs/s1600-h/sergio+ramirez.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 247px; height: 320px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3sNtbPMSFI/AAAAAAAAAFM/OimCwDCTyXs/s320/sergio+ramirez.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5438956049036757074" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Mentiras Verdaderas &lt;br /&gt;Sergio Ramírez&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nota: Conferencia en el Encuentro Geografía de la Novela, Colegio Nacional, México, en marzo de 1998. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguien ha dicho que el oficio del escritor es el mejor del mundo, aunque existan otros más antiguos. O quizás no. La necesidad de contar, y oír contar, se inicia en ese momento mágico en que alguien no se da abasto con la percepción directa de la realidad que lo circunda, y vaga con su mente mas allá de los límites reales de su mundo, donde termina lo visible y comienza la oscuridad llena de la inquietud por lo desconocido, de las sombras apenas dibujadas de la incertidumbre. &lt;br /&gt;  La imaginación empieza con el acto de ver sin ser dado tocar. Alguien imaginó primero el origen de las estrellas, y pasaron milenios antes de que otro alguien pudiera medir sus distancias. La expansión de la mente hacia un estado gaseoso es la imaginación, el primer estado del pensamiento racional. Razón y representación son entonces uno mismo. Ese acto no tiene ni antecedentes, ni sustitutos.  Y aquel alguien que piensa imaginando, necesita representar en el lenguaje no sólo lo que imagina, también la propia realidad que lo circunda; una representación, esta última, que desde entonces, e inevitablemente, estará teñida con los mismos colores de la imaginación.  &lt;br /&gt;  A su vez, alguien escucha, e imagina la representación de las palabras que escucha. Como entonces, esta doble necesidad --contar y oir contar, escribir y leer, proponer y recibir-- sigue teniendo una sustancia ancestral, arraigada en la individualidad y en la vida de relación de los individuos. Imaginar, descubrir, explorar, desafiar, cambiar, exponer, representar, crear.  Desobedecer. Contar, escribir.  &lt;br /&gt;  Imaginemos al primer contador de historias, y a su primer oyente, sentados a la luz de una hoguera en la noche primitiva. Alguien queriendo conquistar la atención del otro, tratando de introducirlo en su propio universo, encantarlo, convencerlo de sus propias visiones, e invenciones, y hacer que las crea. Y el otro predispuesto a ser parte de ese rito --como la predisposición que tiene quien paga su entrada al teatro y se sienta en la butaca-- dispuesto a creer, a dejarse encantar, a dejarse seducir. ¿Porqué no decir, a dejarse engañar? &lt;br /&gt;  El temor, el peligro, la necesidad, el deseo, la ansiedad por lo desconocido, crean el mito, el nudo más antiguo y sutil de la invención, su origen sagrado. La palabra creer es fatal para el mito, dice Roberto Calasso (Las bodas de Cadmo y Harmonía, 1988): se entra en el mito cuando se entra en el riesgo; más que una creencia, lo que nos rodea es un vínculo mágico, un hechizo que el alma aplica a ella misma, según lo entiende Platón en Fedón. Y en el mito se crea el héroe, nuestro propio reflejo, sin el cual la vida sería miserable. El héroe que a través de los siglos parte, se purifica, cumple sus hazañas, regresa y es sacrificado, en un ciclo eterno que siempre se está cumpliendo, como lo ve Joseph Campbell (The hero with a thousand faces, 1973). &lt;br /&gt;  Ese cúmulo de sensaciones, como si se tratara de una tela sutil, o de una piel, viste a los dioses y a los héroes. Los envuelve, les da una apariencia, les crea una imagen, produce una figura. La imaginación fabrica imágenes, es su oficio. &lt;br /&gt;  En la medida en que el conocimiento del mundo se ha expandido hasta la saciedad, y disponemos de imágenes del todo y de todo, la presencia del mito original se extingue. El resplandor de las pálidas hogueras de los aparatos de televisión aleja cada vez más las fronteras de la oscuridad, deshaciendo sus criaturas. Ahora tenemos una representación del todo, o casi todo en las pantallas. Las guerras, las hambrunas, las tragedias colectivas, las guerras, los crímenes, ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio. La contemporaneidad es instantánea, no como antes, donde los sucesos se contaban siempre en pasado, hasta la remotidad del tiempo, y ocurrían en la irrealidad del pasado: las coronaciones de los reyes de España se celebraban con fiestas callejeras en las provincias de Centroamérica, en los siglos de la colonia, lejos de las noticias, ya cuando esos reyes habían enloquecido o habían muerto.  &lt;br /&gt;  Pero si el mito original se altera, queda su historia y lo que ella encarna, su sustancia narrativa; y esta manifestación no tiene fin en la narración. Si nos fijamos bien, no hay historias nuevas que contar, no hay tramas que inventar. Las tragedias, las novelas, los romances, los corridos, los tangos, los boleros, nos están contando siempre lo mismo. La trama anda siempre por caminos trillados. Los temas de la narración están allí desde el origen. Son semillas envenenadas que pasan a través de generaciones para que de ellas florezca la pasión, esa mandrágora que se alimenta de sangre, semen y saliva y que adorna los sepulcros.  No cambia nunca, bajo ningún reinado, bajo ninguna era, bajo ninguna ideología, como escribió Voltaire. O quizás esos temas sólo son tres, como las anota en el título de uno de sus libros de cuentos Horacio Quiroga: amor, locura y muerte. O solamente dos, el amor y la muerte como cree García Márquez. Pero siempre será necesario contar. Al lector no le importa que los argumentos sean viejos. Sólo quiere que se los cuente alguien que sepa el oficio. &lt;br /&gt;  Hay una diferencia sustancial entre fantasía e imaginación. Son términos que a menudo se utilizan indistintamente; pero su diferencia tiene mucho que ver con lo que la verosimilitud en el relato. Es decir, con su credibilidad. &lt;br /&gt;  La composición híbrida entre seres humanos y animales, o entre animales de distintas especies, o la existencia de animales con atributos y agregados extraños a su propia naturaleza, siempre ha despertado la fascinación por lo fantástico, como vamos a llamarlo de primera intención, y nos ha ofrecido textos literarios de gran esplendor, desde Las metamorfosis de Ovidio y Las mil noches y una noche, a las seductoras mitologías de nuestras culturas aborígenes. Borges hizo una excelente aunque muy incompleta e imaginativa recopilación de estas variadas especies en La zoología fantástica (1957).  &lt;br /&gt;  El resultado de la figuración es quizás fantástico, porque subvierte los cánones de los que generalmente aceptamos como apariencias sabidas de la realidad: caballos alados, perros bicéfalos, mujeres con serpientes por cabellera, hombres cabeza de toro; pero el proceso para llegar a la composición no es sino imaginario. Y toda la riqueza del símbolo está allí, en el proceso de su concepción. Allí está la historia. &lt;br /&gt;  La nueva figura conseguida, y concebida, por la imaginación, parte siempre de lo real, tomando de lo real sus partes componentes; y el soplo que da vida a la criatura surge de la complejidad del mundo subjetivo de lo real donde viven en estrecha oscuridad el deseo y la necesidad. Bajo ese soplo sucio de deseo y necesidad se insufla vida a la criatura que se contamina de imaginación, como emanación de la realidad, para alejarse del vacío estático de la fantasía. No se trata simplemente de un asunto figurativo, con lo cual bien podríamos quedarnos en el terreno sin sustancia de lo fantástico. En el acto de la metamorfosis, o en la hibridación, avienta ese soplo infeccioso de necesidad y deseo, que da vida al mito y su figura.  &lt;br /&gt;  Toda vida viene siempre de un soplo. O de un escupitajo, como ocurre en la historia del árbol de las cabezas de El Popol Vuh. La princesa Ixquic se acerca al árbol del que cuelga a la luz de una luna pálida, entre los jícaros duros y brillantes, la cabeza de Hun-Hunahpú, el príncipe asesinado por los señores de Xibalbá, dueños del reino subterráneo de las tinieblas. La cabeza le pide que extienda la mano, para escupirla. La saliva penetra entonces en las entrañas de la princesa Ixquic. En la saliva de la cabeza muerta está la semilla de la vida. Los hijos que nacen de aquel prodigio, Hunahpú e Ixbalanqué, vengarán el crimen. &lt;br /&gt;  Esta es la diferencia. La pasión es la diferencia. El minotauro --cruce de toro y hombre-- vive escondido en el laberinto porque es una vergüenza de la familia. Se le oculta más que por su deformidad monstruosa, por ser fruto del estupro y del adulterio, más monstruosos aún. Los hijos adúlteros, los locos, los tísicos, los que llevan el sello de la culpa, son escondidos siempre de las miradas. Y está condenado no sólo a su monstruosidad, expiando una culpa ajena, la de su madre, sino también al desprecio de su familia, y a ser víctima de la traición de su hermana. Es el destino el que lo ha hundido en la desdicha. Después del desprecio y la traición, sólo le espera la muerte.  &lt;br /&gt;  Librarse un día del monstruo que no es ni toro ni hombre, no deja de ser un alivio para todos, como en la otra Metamorfosis, la de Kafka (Die Verwandlung, 1915): la muerte del hijo, del hermano convertido en cucaracha, prisionero de su propia desgracia, libra a la familia Samsa de un estorbo, de una vergüenza, y los libra sobre todo de la culpa del desprecio. Esa muerte, ese alivio, merecen, por tanto, un tranquilo paseo en tranvía en una soleada tarde de la primavera de Praga.  &lt;br /&gt;  Hay que librarse de lo monstruoso. El minotauro está perdido desde ante que empiece la cacería. Teseo, el extranjero, va a asesinarlo a mansalva; la clave, la llave, el hilo, para que consume el suplicio se lo entrega Ariadna, su propia hermana, culpable de traición a su sangre, y de parricidio. Un crimen de sangre, un crimen por amor. Y como la traición nunca paga, Teseo abandonará a Ariadna apenas la haya poseído. Ovidio nos cuenta esta historia en Las Metamorfosis (Libro VIII, II) como una fábula con moraleja. No quiere presentar a un personaje fantástico, aunque tenga cabeza de toro y sea fruto de los rigios celestiales de un toro. Sobrenatural o monstruoso, eso no cuenta en la historia. La figura del minotauro es una figura entendida. Pero su historia es una historia trágica. Y es sólo desde la historia --es decir, desde la imaginación-- que el minotauro es posible, no desde su figura misma. Su figura es sólo la consecuencia de su tragedia, o sea, consecuencia de la imaginación, como los hermanos Unahpú e Ixbalanqué son instrumentos de la venganza. Nacen del prodigio, para la venganza. &lt;br /&gt;  El deseo y la necesidad. Bajo este soplo se incuban  las criaturas que surgen del fango primigenio. Todas terminan alimentando con sus detritus a los monstruos en sus cuevas. Y los monstruos de esa zoología estarán siempre configurándose en una variedad infinita de estampas, múltiples combinaciones que dejarán siempre abierta la posibilidad de agregar un nuevo símbolo más que monstruoso, humano, o monstruoso por humano.  &lt;br /&gt;  Es la libertad absoluta del mito, que es la libertad de la imaginación para figurar la pasión, para soplar necesidad y deseo sobre sus criaturas, para insuflarles vida verdadera y despojarlas de fantasía. O se trata de una imagen monstruosa congelada que recuerda el pecado, o de una imagen que actúa como instrumento vindicativo de la pasión. Son imágenes hijas de la noche sin reposo. La representación, la figura, se convierte en un emblema de las pasiones y las venganzas, de los odios funestos y del terror ante el crimen que siempre perseguirá al criminal.   &lt;br /&gt;  La gorgona cabellera de serpientes, manos de bronce y alas de oro, capaz de transformar en piedra a quien mire sus ojos de hielo, es un complejo instrumento de venganza en manos de Teseo, y también una máquina de guerra. Hijas de la pasión. Y las harpías, esas divinidades aladas con cara de doncella y garras encorvadas, que todo lo devoran chillando y todo lo transforman en excrementos, son instrumentos del castigo. Hijas del poder. Al rey Fineo nunca lo dejaban comer, arrebatándole con rabia sarcástica los alimentos de la boca.  &lt;br /&gt;  Cito este último ejemplo, quizás, porque en la zoología mítica de Nicaragua la figura más emblemática es el pájaro del dulce encanto.  Es una representación no sólo de la imaginación popular que crea los mitos sino, más que eso, un símbolo del sentido de la vida, de la necesidad y el deseo.  Es entonces que el mito penetra más hondo y se vuelve insustituible: este pájaro, que tiene un plumaje de vistoso colorido, deslumbra a quienes lo ven cuando aparece volando de la nada. Tiene el dulce encanto de las ilusiones inaprensibles, porque no puede asírsele. Si alguien lo coge, se convierte de inmediato en excremento. Tiene el mismo poder de las harpías. De toda aquella maravilla de apariencia soberana, eso es lo que queda entonces en la mano de quien lo ha deseado, o lo ha necesitado. Y me aturde pensar en esta representación como la lectura que un país pueda hacer continuamente de su historia, y de su destino. &lt;br /&gt;  Midas, el rey de Frigia, por el contrario, (Las Metamorfosis, Libro XI, III) había recibido de Dioniso el don que todos sabemos, de convertir lo que tocaba en oro; un don irónico, porque el pan, las viandas, el vino, se volvían de oro macizo al simple contacto de sus dedos y, por lo tanto, incomibles. Así que tuvo que suplicar a Dioniso que lo librara de aquel regalo divino que amenazaba con matarlo de hambre y de sed. Como vemos, la ansiedad humana seguirá moviéndose siempre entre el oro y el excremento, entre la pasión y sus detritus. &lt;br /&gt;  Quisiera detenerme en una imagen que es mi símil de mi oficio: un mueble. Puede que les resulte un ejemplo un tanto arbitrario, pero mi abuelo materno era ebanista por afición, y además de pastor evangélico, demiurgo y rabdomante; del trabajo cuidadoso de sus manos conservo una hermosa mesa de roble, de amplia superficie y patas torneadas como airosas cariátides sin rostro que sostienen la arquitectura simple pero firme. Esta mesa, es la mesa sobre la que está la computadora en que escribo, los libros que consulto, mis cuadernos de apuntes.  &lt;br /&gt;  Con este ejemplo, pues, quiero recurrir a todo lo que de fábrica, artificio, factura, tiene la escritura de ficciones, máquina de variada invención, como se decía en tiempos de las novelas de caballería. Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces --entre juntura y juntura no puede pasar la luz--; y por fin tallar, lijar, pulir, barnizar. Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección aunque la perfección se vuelva siempre inaprensible. Volver a lijar, volver a pulir. Tachar, sustituir, desechar. No dejar luces en las junturas. &lt;br /&gt;  También podríamos utilizar el ejemplo de una prenda de vestir, que me permite hablar de los procedimientos ocultos, esos que nunca pueden exhibirse a los ojos del lector porque conspiran contra la credibilidad del artificio, como serían las costuras de un traje. O el revés de un bordado. Voltear la tela al revés para examinar las costuras, es solamente un vicio del lector que lee como escritor y quiere ver la calidad de las puntadas, o la trama de revés de la tela, donde se esconden los secretos del procedimiento. Pero ésta es una deformación del oficio, que no le deseo a nadie que emprende la lectura de un libro de imaginación por el gusto y el placer de leer, que es, al fin y al cabo, la razón de que existan los libros. &lt;br /&gt;  Entrar en la lectura de un libro es entrar en la novedad que no debe ser mancillada. La costumbre, la familiaridad, pueden termina matando la sensación, o la ilusión de novedad, cuando uno lee como escritor para advertir los procedimientos, las mecánicas de relojería del libro, sus costuras, la trama al revés del bordado. Es la familiaridad la que permite descubrir, en la sala de la casa ajena que nos ha seducido la primera vez, tras repetidas visitas, las sombras de humedad en las paredes, la rotura de la alfombra, la insistencia de la presencia de determinados objetos que si nos maravillaron al principio, ahora nos resultan demasiado pobres, un desorden y un descuido que antes no estaban allí. Es la desilusión de la intimidad la que se apodera del ánimo, y en esa desilusión empiezan a habitar también ruidos, voces, olores, con su presencia incómoda. &lt;br /&gt;  En la introducción de Tom Jones (1749): bill of fare to the feast [minuta para el festín], Fielding advierte que el autor no debe verse a sí mismo como un caballero que ofrece un festín privado, sino como el patrón de una fonda donde todos los clientes son bienvenidos porque pagan. Si se trata de una comida privada, los invitados nada podrán protestar contra aquello que se les sirva. Por el contrario, el cliente de la fonda tiene el derecho de exigir de antemano la carta, para saber qué puede esperar. Y sólo hay allí un plato a escoger: la condición humana --human nature--; el huésped no deberá ofenderse porque tenga una escogencia única: más fácil sería para un cocinero agotar todas las especies animales y vegetales en una multitud de platos, que para el novelista agotar todas las variantes y variables de la condición humana. Lo demás, es asunto de cocina.  &lt;br /&gt;  Nadie debe penetrar en la cocina. Pero sólo del autor dependerá que esa presencia, con sus ruidos, sus cacerolas sucias y sus desechos, deje de ser obvia a lo largo de toda la lectura. No hay nada más decepcionante para quien se sienta en la fonda de Fielding que una mirada, aún involuntaria, al interior de esa cocina cuando en el ir y venir de los camareros la puerta voladiza deja percibir el tráfago y el desorden que reinan dentro, señales molestas de lo inacabado, de lo imperfecto. O de lo fallido. &lt;br /&gt;  De la verosimilitud de los procedimientos es que depende la eficacia de la narración. La congruencia. Nadie olvidó nunca después de los siglos que Cervantes a su vez olvidó que a Sancho le había robado el jumento en la Sierra Morena el famoso ladrón Ginés de Pasamonte, librado de la cadena de galeotes por Don Quijote, y que en el siguiente párrafo del mismo capítulo aparece Sancho montado a la mujeriega en el mismo borrico (Don Quijote, I Parte, XXIII). No lo había olvidado tampoco el bachiller Sansón Carrasco y por boca suya Cervantes quiere desquitarse de su error, pidiéndole al propio Sancho que explique el olvido (II Parte, III, IV). Pero vuelve a errar Cervantes cuando habla Sancho y cuenta otra vez, como si fuera una novedad, quién le había robado el jumento. &lt;br /&gt;  Robert Graves encuentra varias de estas incongruencias de La Odisea en su novela Omer's daugther (1955): cuando Ulises huye de la isla de los Cíclopes, Homero olvida que el barco tiene, en dos momentos, el timón en la proa, y en la popa; que hace falta más de tres hombres para ahorcar a una docena de mujeres de una sola vez, con una sola cuerda, como ocurre con la criadas después de la matanza de los pretendientes; que con las doce hachas a través de las que dispara Ulises con el arco, y que nadie recogió, los pretendientes pudieron haberse armado de sobra; que no se corta madera de un árbol vivo para fabricar un barco; y en fin, que los halcones no devoran a su presa en pleno vuelo.  &lt;br /&gt;  Pecata minuta. Gotas de olvido en un mar inconmensurable de memoria. Pero los olvidos que se vuelven incongruencias perturban el deseo de participación del lector, causan malestar, despiertan impaciencia. Recuerdan el artificio, dejan entrever los afanes de la cocina. Una mosca en la sopa en la fonda de Fielding. Y la suma de olvidos, incongruencias, desajustes de tiempo y lugar, ausencias, errores --aún los sintácticos y los ortográficos-- demuestran la inconstancia y la falta de pericia en el manejo de las herramientas y en el uso de los materiales. Exhiben el no saber. No hay cosa más difícil que manejar un sombrero en la mano de un personaje, me ha dicho Gabriel García Márquez; y es verídico. Se requiere de una gran pericia para no olvidar, a cada paso, qué debe hacer ese caballero con su sombrero. Si colgó el sombrero de un perchero no podría aparecer luego con él en la cabeza paseando por la calle, como Sancho a la mujeriega en su burro robado por Ginés de Pasamonte. La solución más práctica la daban los viejos seriales de cine de los años cuarenta, donde gángsters y detectives se liaban a golpes sin botar nunca el sombrero, por muy enconada que fuera la pelea, sujeto a la cabeza por algún pegamento de zapatos de probada resistencia. &lt;br /&gt;  El mueble que deja ver luces en las junturas, el que no se asienta bien sobre el piso, el que acusa rugosidades extremas en la superficie, el de las gavetas que se pegan. De esa suma de imperfecciones resultan los libros prescindibles, contra los que se levanta el rencor, y el propio olvido del lector, castigo final de las malas mentiras. A los malos mentirosos, ni Dios los quiere. &lt;br /&gt;  Digamos entonces que en la mecánica de la lectura hay un juego de correspondencias visibles e invisibles entre el escritor y el lector que no deben ser interrumpidas por los defectos; o que sólo permiten un número muy reducido de defectos. Es una operación delicada porque depende de percepciones, en un proceso que va de la mente a la mente, una cadena de imágenes pasando continuamente por el filtro de las palabras. En ese proceso debe crearse una correspondencia armónica de imágenes, aunque no necesariamente una identidad visual. La torpeza en el procedimiento, o los defectos en el lenguaje, son capaces de frustrar toda la operación y volverla tediosa, o ininteligible. Frustrar la imagen, desconcertarla. &lt;br /&gt;  El escritor imagina, y el lector también imagina. Y mientras el escritor imagina, también imagina al lector leyendo. De alguna manera se está creando una dependencia de futuro. Hay algo que al lector podría no gustarle, no seducirlo, y esa idea de censura crea una modificación de la escritura. Estos son momentos críticos del proceso. Si el escritor se deja arrastrar por el que leerán, como quien se deja llevar en la vida por el que dirán, entraría a pelear su batalla en un territorio ajeno, el de los gustos, las preferencias y las apreciaciones del momento. En términos contemporáneos, es cierto que un lector lee en cada momento; pero es más cierto que nunca desprecia la suma de momentos sucesivos que forman el verdadero gusto, la preferencia de fondo. &lt;br /&gt;  Existe una correspondencia de imágenes entre escritor y lector, aunque no una identidad, porque hay tantos escenarios y rostros como lectores. En la mente del autor que concibe, hay un sólo tipo, un solo modelo, aunque complejo, de composición de escenas y personajes cuando imagina. El filtro de las palabras deberá probar ser lo suficientemente eficaz para que la escritura recoja si no todas, la mayor parte de sus ideas imaginativas. Entre la mente que imagina y la palabra que copia, se produce entonces un trámite de fidelidades. Pero de allí en adelante, entre lectores, el modelo se dispersa en copias disímiles, correspondientes pero no idénticas. &lt;br /&gt;  Los modelos universales, basados en propiedades homogéneas, solamente los obtenemos a través de la imagen directa, no de las palabras. Hay una imagen universal, entendida, de Don Quijote y de Sancho porque se ha creado en la plástica un arquetipo, gracias a los grabados de Gustave Doré, sobre todo, y existe hoy todo una imaginería de estampas, esculturas, dibujos que nos refieren a esas figuras reconocibles más allá del hecho de la lectura. Alguien que lee por primera vez Don Quijote sólo confirma, reconoce esas figuras.  &lt;br /&gt;  ¿Cuántas Madame Bovary hay en las mentes? Sin el cine, su número sería infinito, como en el siglo xix. El cine es el verdadero rasero de la imagen. Cualquier joven señora provinciana podía imaginar su libertad encarnándose en un personaje al que ponía rostro, su propio rostro. Pero el cine somete al ensueño a una servidumbre de modelo, reduce los modelos. Entonces, ¿cuántas Madame Bovary? ¿el rostro en blanco y negro de Jennifer Jones en la película de Vincente Minelli, o el de Isabelle Huppert en la película de Claude Chabrol? Pero, ¿es ése de verdad el rostro? ¿o sobreviven, por el contrario, pese a todo, los rostros de la imaginación? &lt;br /&gt;  Hay que imaginar la imagen, esa es la más espléndida de las tareas del lector. Imaginar el mundo como toca un ciego el sueño, prestando al poeta nicaragüense Joaquín Pasos las palabras del poema Canto de Guerra de las Cosas (1946). Sólo la literatura es capaz de esa riqueza de diversidad, de repartir un rostro, una escena, un escenario para cada quien con prodigalidad. A la más minuciosa descripción de una casa de Balzac, a la más detallada descripción de un rostro, de un cuerpo desnudo de D. H. Lawrence, responderá siempre un estallido, un chisporroteo múltiple de casas, rostros, cuerpos cada vez que alguien lee. El menú de Fielding tiene un plato único, pero sus variantes son infinitas. &lt;br /&gt;  La belleza que depara la lectura es siempre hipotética. De allí que muchas veces terminemos decepcionados con las películas basadas en obras literarias. Es que estamos enfrentando las imágenes de un lector en particular, que es el director, con las nuestras, y nunca habrá coincidencias posibles. La imagen expuesta choca contra nuestra imagen y se destruyen.  &lt;br /&gt;  ¿Recuerda alguno las viejas radionovelas? Yo me acuerdo mucho de El derecho de nacer de Félix B. Caignet. Las voces tersas, sensuales, de precisa sonoridad eran los galanes y heroínas que oíamos describir en sus atributos a un narrador con entonaciones de declamador. Y esas voces no tenían correspondencia con los actores escondidos como endriagos en la cabina de grabación. Las voces, por sí mismas, eran los personajes. La revelación de la imagen oculta, encarnada en la voz, rompía el encanto. &lt;br /&gt;  La radio ocultaba, el cine devela. No deja escapatoria. Podemos tener cada uno una imagen mental de Ana Karenina, pero vista en una pantalla debe ser necesariamente bella, de una belleza trágica, que es la belleza de Greta Garbo. Es una mujer bella y abandonada la que muere destrozada bajo las ruedas del tren. En la ópera, por el contrario, no exigimos congruencia entre voz e imagen, una voz bella que corresponda a una imagen bella. Allí, porque la voz todo lo encarna, tienen licencia los más atroces excesos e incongruencias, visibles en el escenario como no son visibles en la radio. Una desfalleciente Violetta Valery, que una lectura de La dama de las camelias (1848) de Dumas hijo nos ofrece en fúnebres huesos, puede ser una soprano de cien kilos de peso en La Traviata, siempre que su caja torácica expandida pueda sostener el más alto de los trémolos. O bien puede la diva entonar un aria con intenso dramatismo, acostada mientras agoniza, arrebatándonos lágrimas de los ojos, una situación que en las páginas de una novela no podría ser sino ridícula. &lt;br /&gt;  En el teatro hay también otro tipo de verosimilitud. Nunca nos ofende el olor a pintura fresca de los decorados si nos sentamos en las primeras filas de la platea, ni la conciencia de esa realidad de trapo, madera y cartón que tenemos frente a los ojos. La ilusión de realidad que crea el teatro parte de una disposición entendida en el espectador a aceptar el artificio. En el Acto I de King Henry V, Shakespeare le pide al público, a través del coro, ilusionarse por sí mismo, una tarea de imaginación compartida que es también de toda la literatura: &lt;br /&gt;  Dividan un hombre en mil partes/ y creen un ejército imaginario./ Piensen, cuando les hablemos de caballos, que los ven/ hollando con sus cascos soberbios la blanda tierra,/ porque son las imaginaciones las que deben vestir hoy a los reyes,/ transportarlos de aquí para allá, saltando sobre las épocas,/ amontonar los acontecimientos de numerosos años/ en una hora...]  &lt;br /&gt;  En el cine, este reclamo a la imaginación es imposible. La evidencia del decorado, la presencia manifiesta del set, decepciona nuestra voluntad de creer. Ese paso, todavía en uso, de la cámara en traveling de una habitación a otra para seguir a los personajes y ahorrar un corte, y que exhibe la pared rebanada, crea siempre una inquietud de falsedad en el espectador. Esa pared que es un decorado, no una pared real. &lt;br /&gt;  ¿Cuál es el punto de partida en la creación literaria? ¿La imagen? ¿la historia en sí misma? ¿Un personaje? En cada caso se trata de un minúsculo punto luminoso, un capullo que ya lo contiene todo, una larva cósmica, esa conflagración gaseosa que constituye el origen del universo de la creación pasando de nuevo, en ese mismo instante, a su estado sólido, expandiéndose hasta organizar su compleja configuración, su regreso apresurado, y a la vez metódico, para ocupar el espacio de la realidad, su vuelta a la solidez, que luego y otra vez dará paso a su regreso al estado gaseoso, cambiante, de la imaginación. &lt;br /&gt;  Por mucho tiempo estuve obsesionado por una imagen que a su vez contenía la semilla de un argumento. La imagen nocturna de dos hombres, uno vestido de casimir oscuro y el otro con bata de cirujano ensangrentada, que se pelean a bastonazos a mediacalle una urna de cristal que al fin se rompe y cae sobre el empedrado regando su contenido. El cerebro de Darío, muerto hace pocas horas, está ahora en el suelo como una medusa desvalida. El hombre de la bata de cirujano se lo ha extraído porque quiere saber si pesa más que el de Victor Hugo. Es el sabio Louis Henry Debayle, descendiente de Stendhal,  segùn su decir, alumno de Charcot y de Péan en La Sorbonne, que practica la medicina en León. El otro, un oscuro y metalizado cuñado de Darío, sólo quiere venderlo a un museo de Buenos Aires donde ya lo tiene prometido.  Mi obsesión ha terminado. Esa escena quedó en mi novela Margarita, está linda la mar. &lt;br /&gt;  La imagen inicial, que aparece como en un sueño cenital o bajo la luz de un relámpago sin truenos, también contiene a los personajes, y contiene el argumento, como Atenea estaba contenida en la cabeza de Zeus, de cuerpo entero, armada de su escudo y de su lanza antes de nacer, ya preñada de las semillas de las historias y aventuras que luego habría de vivir; o como la cabeza del guerrero entre los jícaros, que en su saliva contiene el poder de la creación. &lt;br /&gt;  Pero para un escritor de estos trópicos inclementes, su país contiene también la escritura de cuerpo entero, todos los argumentos, todas las imágenes. Rubén Darío, mi personaje y mi paisano, nunca olvidó que en la lontananza marina, entre la bruma de la resolana, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, bostezaba el pequeño país que lo recibió en triunfo al volver, como un príncipe de Golconda o de China.  Pasó por las calles de León alfombradas de trigo y aserrín de colores, bajo arcos triunfales que derramaban flores y frutas,  su urdimbre cargada de pájaros disecados, en muda vocinglería. Los artesanos devotos de sus versos que nunca habían leído, pero que estaban en las sonoridades mismas del aire, desengancharon el tiro de caballos de su carruaje y lo arrastraron ellos  mismos por las calles en fiesta, delante de las carrozas nutridas de ninfas, náyades y bacantes,  en representación alegórica de esos mismos versos. &lt;br /&gt;  Era, también, y él lo sabía, la Nicaragua de licenciados confianzudos y generales analfabetos que  lo enterrò con honores de príncipe de la iglesia después que le habían extraído el cerebro en la soledad de una medianoche de calor de horno. La realidad de su país, el mío, era opresiva. Murió bajo una ocupación militar extranjera, y cuando yo nací, habíamos sufrido ya tres ocupaciones.  Antes, un aventurero de Tennessee se había proclamado presidente y decretó la esclavitud.  Pero después, un artesano como aquellos que se pegaran al tiro del carruaje de Darío, humilde aún en su estatura, habría de levantarse en armas contra la intervención en las montañas de Las Segovias.  &lt;br /&gt;  Nací bajo un Somoza, fui al exilio bajo otro Somoza,  entré en la vorágine para derrocar al último Somoza, y también en el delirio inolvidable de la revolución triunfante.  Todo está, para mal y para bien, en mi itinerario.  Y en todo hay, en espera, una novela. Se trata de una realidad insoslayable aún para el menos fervoroso de los escritores. Aún las más altas torres de marfil suelen ser salpicadas por la sangre de eso que siempre seguiremos llamando realidad en la literatura, y de cuyos recintos oscuros surge el aura de la imaginación.  &lt;br /&gt;  Creo, con Susan Sontag, que la sociedad perfecta es utópica, pero no la justicia, ni la honestidad. &lt;br /&gt;  Porque lo que bien amas permanece, dice Rilke. Y lo que bien imaginas, también permanece.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-4986546054602036687?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/4986546054602036687/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/mentiras-verdaderas.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/4986546054602036687'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/4986546054602036687'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/mentiras-verdaderas.html' title='Mentiras Verdaderas'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3sNtbPMSFI/AAAAAAAAAFM/OimCwDCTyXs/s72-c/sergio+ramirez.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-4084399177067792602</id><published>2010-02-16T12:13:00.000-08:00</published><updated>2010-02-16T12:16:38.461-08:00</updated><title type='text'>SENNIN</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3r9GvoISQI/AAAAAAAAAFE/xqTVUVOg_lI/s1600-h/GyokuzanTekkaiSennin.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 138px; height: 320px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3r9GvoISQI/AAAAAAAAAFE/xqTVUVOg_lI/s320/GyokuzanTekkaiSennin.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5438937792309119234" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sennin&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ryunosuke Agutagawa&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre .lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues el era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este hombre (que nosotros llamaremos Gonsuké)fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por favor ,Señor empleado ,yo desearía ser un sennin. ¿Tendría Ud.. la gentileza de buscar una familia que me tome de sirviente y me enseñara el secreto de serlo,mientras trabajo como sirviente?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El empleado atónito,quedo sin habla durante un rato, por el pedido ambicioso de su cliente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No me oyó usted, Señor Empleado? - dijo Gonsuké- Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lamentamos desilusionarlo-musitó el empleado,volviendo a fumar su pipa- pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia , quizás....&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gonsuké se le acercó mas, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya ,ya ,señor, esto no es muy correcto.¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente si no cumple.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frente a su argumento tan razonable , el empleado no censuró tan explosivo enojo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Puedo asegurarle señor forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto - se apresuró a alegar el empleado-;pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se de una vuelta por aquí mañana. Trataré de conseguir lo que nos pide.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para desentenderse , el empleado hizo esa promesa, y logró momentáneamente, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a los sirvientes los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le contó la historia del extraño cliente y le pregunto ansiosamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Doctor , ¿Qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin?, con rapidez?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aparentemente la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato ,con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino en el jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Nada mas simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Lo hará usted realmente , señora? ¡Seria maravilloso! No se como agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejo con gran júbilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado, luego volviéndose hacia la mujer , le regañó malhumorado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tonta,¿Te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho?¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer, lejos de pedirle perdón,se volvió hacia el y graznó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estúpido.Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpido como tú,apenas,podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpos unidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta frase hizo callar al marido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente,como había sido acordado,el empleado llevo a su rústico cliente a la casa del doctor.Como había sido criado en el campo,Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizás en honor de tan importante ocasión.Gonzuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente:fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin.El doctor lo miró con curiosidad,como a un animal exótico traído de la lejana India,y luego le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me dijeron que usted desea ser un sennin,y yo tengo mucha curiosidad por saber quien le ha metido esa idea en la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, señor,no es mucho lo que puedo decirle-replicó Gonzuké-Realmente fue muy simple.Cuando vine por primera vez a esta gran ciudad y miré el gran castillo,pensé de esta manera:que hasta nuestro gran gobernante Tayko , que vive allá ,debe morir algún día;que usted puede vivir suntuosamente,pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas,que toda nuestra vida es un sueño pasajero...justamente lo que sentía en ese instante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Entonces - prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-,¿Haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí,señora,con tal de serlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muy bien.Entonces vivirás aquí y trabajaras durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, serás el feliz poseedor del secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Es verdad señora?Le quedare muy agradecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero -añadió ella-,durante veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo.¿De acuerdo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí,señora.Gracias señora.Estoy de acuerdo en todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años,que pasó Gonzuké al servicio del doctor. Gonzuké acarreaba agua del pozo,cortaba leña,preparaba las comidas y hacia todo el fregado y el barrido.Pero eso no era todo; tenia que seguir al doctor en sus visitas , cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonzuké pidió un solo centavo . En verdad , en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasaron por fin los veinte años y Gonzuké,vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron,se presentó ante los dueños de la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y ahora señor-prosiguió Gonzuké-,quisieran ustedes enseñarme hoy como se llega a sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y ahora¿qué hacemos?-suspiro el doctor al oír la petitoria.Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada¿Cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabia respecto al secreto de los sennin?El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabia los secretos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga-y se alejó torpemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer ,sin embargo,suave e imperturbable,dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muy bien ,entonces se lo enseñare yo;pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga,por difícil que le parezca.De otra manera,nunca podría ser un sennin,y además ,tendría que trabajar para nosotros otros veinte años sin paga, de lo contrario ,créame,el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muy bien señora,haré cualquier cosa por difícil que sea -contestó Gonzuké-.Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno-dijo ella-,entonces trepe a ese pino del jardín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desconociendo por completo los secretos,sus intensiones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años.Sin embargo,al oír la orden,Gonzuké empezó a trepar el árbol,sin vacilación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mas alto-le gritaba ella-mas alto,hasta la cima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pié en el borde de la baranda ella erguía el cuello para ver a su mejor sirviente sobre el árbol;vió su haori flotando en lo alto,entre las ramas mas altas de ese pino tan alto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora suelte la mano derecha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gonzuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Suelte también la mano izquierda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ven,ven,mi buena mujer-dijo al fin su marido,atisbando las alturas-Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y tan seguro como que soy doctor, será hombre muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos.Déjame tranquila. ¡He!¡Hombre!Suelte la mano izquierda.¿Me oye?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cuanto ella habló,Gonzuké levantó la vacilante mano izquierda.Con las dos fuera de la rama¿cómo podría mantenerse sobre el árbol?Después,cuando el doctor y su mujer retomaron aliento,Gonzuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama ,y luego.....y luego...Pero¿qué es eso?¡Gonzuké se detuvo!¡se detuvo! En medio del aire,en vez de caer como un ladrillo,y allá arriba quedó,en plena luz del mediodía,suspendido como una marioneta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Les estoy agradecido a los dos,desde lo mas profundo de mi corazón.Ustedes me han hecho un sennin-dijo Gonzuké desde lo alto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se le vió hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir mas alto , dando suaves pasos en el cielo azul,hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-4084399177067792602?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/4084399177067792602/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/sennin.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/4084399177067792602'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/4084399177067792602'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/sennin.html' title='SENNIN'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3r9GvoISQI/AAAAAAAAAFE/xqTVUVOg_lI/s72-c/GyokuzanTekkaiSennin.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-1301800304207031565</id><published>2010-02-16T08:54:00.000-08:00</published><updated>2010-02-16T12:05:15.571-08:00</updated><title type='text'>Una hilera de ginkgo</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3rtdFMzpKI/AAAAAAAAAE8/N4HRHGJCTQg/s1600-h/gingko.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 239px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3rtdFMzpKI/AAAAAAAAAE8/N4HRHGJCTQg/s320/gingko.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5438920583871177890" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Una hilera de ginkgo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A uno de los lados del camino que subía la ladera había plantada una fila de gigantescos árboles ginkgo. A mitad de la cuesta un estrecho sendero de piedra se desviaba hacia abajo. La tercera casa era la de la familia Soeda.&lt;br /&gt;De regreso del trabajo, en el atardecer del treinta de noviembre, Soeda se encontró en la entrada de la casa con las caras de su mujer y su hija.&lt;br /&gt;–¿Se han dado cuenta de que la mitad de los ginkgo están completamente desnudos? –les preguntó. Con "ginkgo" Soeda se refería a la hilera de árboles del camino, pero evidentemente las solas palabras que acababa de usar no eran suficientes, así que añadió–: Yo lo advertí al salir esta mañana. ¡Quedé boquiabierto! Desde abajo del camino hasta las cercanías de la casa los ginkgo han perdido totalmente las hojas.&lt;br /&gt;Desde allí hasta la cumbre siguen todavía con su fronda repleta de hojas.&lt;br /&gt;–No me he fijado –dijo la hija. A lo cual la madre añadió con los ojos: "¿Cómo así?".&lt;br /&gt;–¿Me pregunto qué pudo haber pasado para que la mitad inferior de la hilera de árboles hubiera quedado pelada.&lt;br /&gt;–No me había dado cuenta. ¿Vamos y echamos un vistazo? –dijo la hija invitando a la madre.&lt;br /&gt;–No vayan ahora, que está oscuro. Además los pueden ver desde el segundo piso –dijo Soeda.&lt;br /&gt;–Es cierto, ¿no? –asintió la madre–. Sin embargo, me deja pensando cómo es que no nos dimos cuenta si todos los días nos asomamos a mirar desde el segundo piso de la casa...&lt;br /&gt;–¡Exacto! Debimos verlos pero no lo hicimos.&lt;br /&gt;Mientras Soeda se cambiaba el traje de calle por una ropa de casa más cómoda, pensó que la emoción del descubrimiento de la mañana no había sido compartida de la misma manera por su esposa. Esa mañana, después de bajar la cuesta Soeda había mirado hacia&lt;br /&gt;atrás sin ningún propósito y había quedado clavado en el piso. Los árboles ginkgo alineados en la parte de abajo de la colina estaban desnudos hasta la cima. Sin embargo, el grupo de la parte de arriba tenía un frondoso follaje amarillo. El sendero, que podía dominarse con la vista desde abajo hasta arriba, se recorría en dos minutos. La hilera no era larga. Percibir de repente con un solo vistazo el corte entre los árboles desnudos y el follaje amarillo produjo en Soeda una impresión inusitada.&lt;br /&gt;El ramaje desnudo de los árboles gigantescos había convertido en un telón de fondo la fronda de la parte superior de la colina sobre la cual se destacaba nítidamente. El telón de hojas amarillas, al tener delante esos árboles despojados de hojas, parecía ascender hacia lo alto del camino en capas sucesivas de un color cada vez más intenso. Tanto en los árboles desnudos como en los cubiertos de hojas era impresionante esa sensación de inmensidad que hace notables a los árboles ginkgo. Por un lado, la figura apretada de los árboles desnudos se levantaba hacia el cielo como abrazando los troncos con innumerables ramitas pequeñas. Por otro, el esplendor de los colores del otoño reunido en el volumen de capas de hojas espesas, al absorber la luz de la mañana, aquietaba la soledad del paisaje.&lt;br /&gt;El grupo de árboles desnudos y el de follaje amarillo no se separaban tajantemente en dos a partir de un árbol definido en el camino. Pero la división podía verse bien clara hacia el centro de la colina. ¿Qué había sucedido en la mitad del sendero? También esto desconcertaba a Soeda. Al ir y venir del trabajo Soeda cruzaba por debajo de la hilera de ginkgo. Días habían pasado desde que percibió el comienzo de la caída de las hojas de ese otoño. No obstante, ¿cuándo había quedado desnuda de follaje la mitad inferior del sendero? Soeda había pensado en devolverse hasta la casa para informar de este extraño cambio en los árboles a su esposa e hija.&lt;br /&gt;Fue lo que dijo al volver por la tarde. Naturalmente ninguna de las dos lo había advertido.&lt;br /&gt;–Es exactamente como dice papá. Lo he visto desde el segundo piso – dijo la hija bajando las escaleras.&lt;br /&gt;–Fue lo que me imaginé. ¿Y viste la división?&lt;br /&gt;–Está oscureciendo pero me di cuenta. Voy a ir hasta el sendero a mirar –dijo la hija y salió al camino. La esposa de Soeda, que estaba bebiendo una taza del té que había preparado para su marido, no hizo ninguna señal de levantarse.&lt;br /&gt;–¡No vas a salir ahora, Yuko! Mañana por la mañana lo puedes ver.&lt;br /&gt;Aunque es casi seguro que durante la noche todos los árboles hasta la punta del cerro van a quedar pelados.&lt;br /&gt;–Pero no hay viento.&lt;br /&gt;–¿Y es que acaso en estos tres o cuatro días pasados sopló el viento?&lt;br /&gt;Había lloviznado pero el viento no había soplado. El sendero de la colina subía aproximadamente de este a oeste. Soeda imaginó un fuerte viento del este e intentó pensar si eso podía explicar la pérdida de hojas de sólo la hilera de abajo de los ginkgo. Esa hipótesis era dudosa. Soeda carecía de conocimientos para resolver el fenómeno natural de una colina que se dividía entre árboles sin hojas y árboles con hojas, de un grupo que parecía haber sido plantado al mismo tiempo hacía muchísimos años. Ensayó entonces varias posibilidades en voz alta teniendo a su esposa como interlocutora...&lt;br /&gt;–Puesto que el sendero va de este a oeste todos los árboles deben recibir en promedio la misma cantidad de luz solar... Sin embargo, se puede suponer que exista una ínfima diferencia entre el modo de dar el sol en la mañana y en la tarde... O, aunque en la casa no se ha sentido soplar el viento, ¿cuál puede ser el efecto del viento del este, y cuál el del oeste?&lt;br /&gt;Nada de lo que decía tenía fundamento. No obstante Soeda simuló con los ojos cerrados varias configuraciones del terreno de los alrededores de la colina. Aunque en realidad llevaba tanto tiempo en esa región que podría describir la topografía sin necesidad de cerrar los ojos. No se le ocurrió, sin embargo, qué relación podía tener todo esto con la caída de las hojas de un árbol.&lt;br /&gt;–De todos modos, creo que las hojas del ginkgo deben tener propensión a caerse según ciertos cambios, ¿no es así? Al oír hablar a su esposo de esa manera, Ikuko pensó que estaba de muy buen humor y que era una buena oportunidad para traer a colación&lt;br /&gt;su propia historia.&lt;br /&gt;–Hoy tengo que contarte una cosa desagradable. Pasó algo que me dejó admirada de lo buena que es Yuko. Tal vez está mostrando lo mejor de ella porque está a punto de casarse. Pero ahora cuando regrese no te vayas a enfadar con ella, por favor –le advirtió a su esposo.&lt;br /&gt;Había sucedido esa tarde mientras Yuko estaba sola porque Ikuko había salido a hacer compras en compañía de la sirvienta. Yuko había sacado una silla a un lugar soleado en el corredor y estaba tejiendo un suéter cuando oyó la voz de una mujer que le decía:&lt;br /&gt;–Niña, afuera tengo unos cosméticos y jabón, también una excelente lana. ¿No quisiera comprar algo?&lt;br /&gt;Yuko se alarmó por la rapidez con que la tuvo enfrente. La cerca natural de sasanga que venía desde el portón estaba en flor y había una puertecita al lado de la entrada, pero fuese porque había quedado abierta o&lt;br /&gt;porque por no ser alta la había podido abrir, lo cierto es que la mujer se había metido de repente en el jardín. Yuko se sintió más tranquila cuando vio que la muchacha cargaba un bebé en las espaldas. La cara quemada por el sol estaba un poco hinchada pero tenía el pelo muy bien arreglado. Era gordita y pequeña. Se había aplicado una gruesa capa de un pinta-labios de color discreto y la cara redonda sonreía juvenilmente.&lt;br /&gt;En la mano llevaba un pañolón más bien grande. No poseía ninguna de las características intimidantes de los vendedores importunos pero Yuko, nerviosa, le dio una respuesta brusca:&lt;br /&gt;–Aquí ya tenemos lana. No necesitamos más.&lt;br /&gt;–Pienso que la lana que yo le traigo es mejor que esa. La mujer caminó sobre las piedras del sendero y se quedó de pie sobre la piedra que usaban en casa para quitarse los zapatos. Desde allí miró la lana que estaba usando Yuko y la apretó con la mano. Luego, sin decir nada se volvió hacia el jardín.&lt;br /&gt;–¡Qué jardín tan bonito!, ¿verdad? Me gustaría poder vivir tranquilamente en una casa como esta.&lt;br /&gt;–No le voy a comprar nada pero si quiere descargar al bebé y descansar un poco...&lt;br /&gt;–¿No molesto? –preguntó. Y dejando el pañolón sobre el piso del corredor&lt;br /&gt;se bajó sin vacilar al bebé de las espaldas.&lt;br /&gt;–¡Excúseme! Lo tiene todo tan bien arreglado. Yuko percibió el olor de los pañales.&lt;br /&gt;–Cuando se camina con un bebé a las espaldas resulta difícil encontrar un lugar para amamantarlo, ¿verdad? –¡Qué linda niña! ¿Cuánto tiene? –preguntó Yuko dirigiéndole una mirada desde la silla.&lt;br /&gt;–Once meses. Como dice el proverbio, "Los hijos propios nunca son carga", ¿verdad? Pero cuando hay que caminar llevándolos todo el día a las espaldas se convierten en un equipaje pesado. La muchacha levantó el borde del suéter, se desabotonó hacia un lado la camisa interior y le dio el pecho a la bebé. Sus senos eran ligeramente&lt;br /&gt;azulados y estaban repletos de leche. Parecía que la leche fluía abundantemente porque la bebé se ahogaba de vez en cuando. Del borde de los labios le escurría un hilillo blanco. Yuko se acercó y le limpió el labio con la punta del índice. Enternecida con el movimiento que hacía la garganta de la bebé cada vez que chupaba la leche, no prestó atención a los senos hinchados de la muchacha que le colmaban la vista. La muchacha tampoco estaba para nada cohibida.&lt;br /&gt;–¿Tendría algún inconveniente en que también le cambiara los pañales aquí? –preguntó la muchacha–. Es que hay muy pocas casas con gente acogedora.&lt;br /&gt;Yuko estuvo contemplando lo que hizo la muchacha y cuando hubo terminado tomó a la bebé en sus brazos. Al tocar la piel suave de la niña las manos y dedos se le llenaron de amor. Durante un rato fue incapaz de deshacerse de ella.&lt;br /&gt;–No hay ningún niño en su casa, ¿verdad? –dijo la muchacha.&lt;br /&gt;–Así es.&lt;br /&gt;–¿Es usted la única?&lt;br /&gt;–Tengo un hermano mayor.&lt;br /&gt;–¡Qué agradable debe ser vivir aquí! ¿no es así? Hasta una persona como yo se siente a gusto –dijo la muchacha contemplando el jardín. Yuko estuvo a punto de preguntar sobre el padre de la bebé pero pensó que hubiese sido impropio.&lt;br /&gt;La muchacha caminó siguiendo el sendero de piedras hasta el borde de la cerca y mirando la sasanga como si aspirara el olor de las flores.&lt;br /&gt;–¡Cómo han florecido! ¿Verdad?&lt;br /&gt;¿Qué estará sintiendo al mirar la sasanga?, pensó Yuko, y la figura gruesa y pequeña que tenía la muchacha de espaldas la hizo sentirse apesadumbrada. Yuko entró a la sala con la bebé en los brazos y volvió con el monedero que compartía con su madre, al que llamaban la "alcancía de cocina".&lt;br /&gt;–¿Qué clase de lana tiene?&lt;br /&gt;–Señorita, fue suficiente haberme permitido descansar –dijo la muchacha mientras desataba el pañolón. No había sino dos madejas. Una azul. La otra rosada pálida. Yuko compró la rosada. La bebé mientras tanto daba vueltas gateando por el corredor dando gritos ininteligibles.&lt;br /&gt;–¡Está contenta! Se pone feliz cuando se la deja suelta en un sitio grande. Yuko preguntó si la bebé ya podía masticar galletas, se puso de pie y se metió dentro de la casa. Regresó enseguida. La muchacha estaba acomodando a la bebé en su espalda, preparándose para partir. Aceptó el paquetico de galletas envuelto en papel y dijo:&lt;br /&gt;–Señorita, gracias. Siempre camino de casa en casa pero casi nunca se ve una cara bondadosa –ocultó las mejillas que se habían puesto un poco coloradas–. Hasta luego, señorita. Si llego a tener alguna cosa buena le prometo que se la traigo.&lt;br /&gt;Yuko se despidió de la muchacha y dejando la lana que acababa de comprar sobre las rodillas, se puso a acariciarla mientras recordaba el contacto de la piel de la bebé. Después volvió los ojos hacia el seto de sasanga. Se había acostumbrado a verlo todos los días. Era como si no se hubiese dado cuenta de que estaba en plena floración. Había tantas flores que parecía un evento extraordinario. A pesar de esto Yuko pensó una vez más en la muchacha: ¿Con qué sentimiento se había acercado&lt;br /&gt;a mirar la sasanga? A pesar de la manera modesta como iba vestida, la lana rosada que descansaba sobre sus rodillas estaba sin lugar a dudas sin estrenar.&lt;br /&gt;Pasó un buen rato antes de que Yuko echara de menos el monedero. No estaba en ningún sitio del corredor. Buscó cuidadosamente en el armario de la sala al que había ido a buscar las galletas pero no estaba en ninguno de los cajones. Tampoco se había caído en el jardín.&lt;br /&gt;Esta fue la historia que Ikuko le contó a Soeda.&lt;br /&gt;–Yuko no cree que lo haya robado –dijo–. Dice que tal vez la niña tomó el monedero cuando estaba gateando en el piso del corredor. La mamá no se dio cuenta de que la bebé lo había recogido y se fue así con ella alzada. Si es así, el monedero debió haberse soltado de la mano de la niña y estará en alguna parte del camino. No pudo haberlo llevado por mucho tiempo. Yuko dice que estuvo buscando hacia arriba y hacia abajo a lo largo de todo el camino. Soeda comprendió, por el modo en que Ikuko contó las cosas, que el monedero no había aparecido.&lt;br /&gt;–Yuko dice que si la bebé lo botó al lado del camino con seguridad alguien lo recogió.&lt;br /&gt;–¿Y no desconfía de la muchacha?&lt;br /&gt;–¡Claro que debió sospechar!, pero no quiere ser desconfiada. Dice que no puede imaginársela como una persona capaz de hacer algo malo.&lt;br /&gt;Está segura de que si la muchacha metió el monedero en el pañolón sin darse cuenta cuando estaba alistando las cosas, regresará para devolverlo.&lt;br /&gt;Aparentemente no tuvo un instante de sosiego hasta que yo volví a la casa, pensando todo el tiempo que en cualquier momento la muchacha iba a regresar agitada. Y cuando vio que no volvía, fue cuando decidió que la bebé había cogido y botado el monedero.&lt;br /&gt;Como se le había advertido que no fuera a regañar a Yuko, Soeda no dio ningún parecer precipitado sobre el robo. Según Yuko, no se trataba de un robo sino de la acción no deliberada de un bebé. También Soeda se tranquilizó porque la idea de un bebé que recogía y botaba un monedero estaba ingeniosamente concebida.&lt;br /&gt;–¿Cuánto dinero había?&lt;br /&gt;–Después de pagar la lana, tal vez como unos dos mil seiscientos o dos mil setecientos yenes.&lt;br /&gt;Soeda recordó una ocasión, cuando comenzaron a circular los billetes de cinco mil yenes, en la que al bajarse de un taxi en una noche oscura entregó por equivocación un billete de cinco mil en vez de uno de mil. Soeda no tenía ninguna razón para sospechar que el conductor le había dado las vueltas correspondientes a un billete de mil sabiendo que se trataba de uno de cinco mil. Esa vez Soeda se había inclinado a pensar que así como él no se había dado cuenta de nada tampoco lo había hecho&lt;br /&gt;el conductor. Entonces Soeda le había contado a Ikuko la historia de los cinco mil yenes. Ahora, sin embargo, no mencionó nada de ella.&lt;br /&gt;–Yuko no tiene experiencia de robos, ¿verdad?&lt;br /&gt;–Cuando hablas de robos te refieres a que le hayan quitado algo, ¿no es así?  precisó Ikuko–. Déjame ver... Algo de Yuko, ¿verdad?... No me acuerdo. Creo que no tiene esa experiencia. Se oyeron los pasos apresurados de Yuko que llegaba.&lt;br /&gt;–Ya estoy de regreso –dijo entrando a la sala–. La cosa no es tan exacta como dijo papá pero es bien extraña.&lt;br /&gt;–¿En qué no es exacta?&lt;br /&gt;–No puede ponerse tan tajantemente una división en el centro de la cuesta como límite entre los árboles desnudos y los que tienen hojas.&lt;br /&gt;Por un lado, entre los de abajo hay algunos con hojas. Por otro lado, entre los de arriba también hay árboles que han perdido muchas hojas.&lt;br /&gt;–¿Lo verificaste uno por uno?&lt;br /&gt;–Sí. Hay luna y se ven algunas estrellas –dijo Yuko, y con la vista puesta en la cara de Soeda añadió–: Papá, ¿ya oíste lo del monedero?&lt;br /&gt;–Ya me lo contaron.&lt;br /&gt;–Lo siento mucho –dijo. Esta excusa de Yuko dejó por un momento a Soeda sin palabras. Mientras tanto Yuko continuó–: Hoy debí haber recorrido dos veces la cuesta. Por la tarde estuve buscando el monedero mirando únicamente hacia abajo. Por la noche mirando únicamente hacia arriba y pude ver hasta la luna. Soeda esbozó una sonrisa.&lt;br /&gt;–Por la tarde pensé que habían caído muchas hojas pero no advertí que las ramas de encima de mi cabeza estaban desnudas.&lt;br /&gt;–Me pregunto si esto es algo que ya había sucedido, que la hilera de abajo del camino pierda las hojas primero –preguntó Soeda, a lo cual Yuko sólo dio un suspiro y ladeó la cabeza. Los Soeda habían vivido largos años al lado de la hilera de ginkgo pero ninguno de los tres podía recordar si eso sucedía todos los otoños.&lt;br /&gt;–¡Qué poco confiables somos! –musitó Soeda.&lt;br /&gt;–Vamos a fijarnos más el año entrante –dijo Ikuko. Luego recordó que en el otoño del año entrante Yuko no iba a estar en casa y se sintió triste–. ¿Por qué no le escribimos a Shin'ichi en Kyoto y se lo preguntamos? Hace montañismo y además le gustan las plantas. Con seguridad él sí se ha dado cuenta.&lt;br /&gt;–Mañana podría tomarle unas fotos a los árboles –dijo Yuko.&lt;br /&gt;Al día siguiente Ikuko acompañó a Soeda hasta el pie de la colina para tener una vista completa de los árboles. Yuko también fue con ellos. Adelantándose tomó varias fotografías de los árboles en las que aparecían sus dos padres. Fue un acontecimiento extraordinario. Tres días más tarde durante la noche sopló un viento de invierno. Había llegado diciembre. Soeda e Ikuko oyeron el sonido del viento desde la cama y comentaron que probablemente al otro día por la mañana también los&lt;br /&gt;ginkgo de arriba habrían perdido la mayor parte del follaje.&lt;br /&gt;–El jardín de la casa estará lleno de hojas –dijo Ikuko–. Es algo que recuerdo muy bien cada año porque me obliga a barrerlas. El ruido de los árboles sacudidos por el viento debía venir de la hilera de ginkgo. Pero parecía como si también hubiera un débil sonido, el de las hojas caídas de los ginkgo que bailaban en el tejado de la casa.&lt;br /&gt;–Afortunadamente Yuko tomó las fotografías, ¿no? Cuando Shin'ichi regrese para las vacaciones de invierno se las mostramos. Porque él también dice no haberse dado cuenta de nada. Soeda comprendió que al oír el ruido del viento Ikuko había recordado a su hijo. Esa mañana había llegado la respuesta de Shin'ichi a su carta.&lt;br /&gt;En ella había escrito que no sabía nada sobre hojas que se fueran cayendo por etapas en las hileras de ginkgo. Las últimas hojas de los ginkgo, las de la mitad desnuda y las de la mitad con follaje, que Soeda había considerado como su descubrimiento, estaban siendo esparcidas por el violento vendaval de la noche. Soeda sintió el frío en la espalda. Como había dicho Ikuko, tendrían que explicárselo a Shin'ichi por medio de fotografías. Shin'ichi se había marchado a la Universidad de Kyoto contra la voluntad de su familia. Soeda todavía no entendía por qué razón había rechazado&lt;br /&gt;las innumerables universidades de Tokio. Shin'ichi se había aferrado a la idea de que le gustaba el viejo Japón de Kyoto y Nara, y de que el tiempo en la universidad era la única oportunidad de verlo en toda su vida.&lt;br /&gt;Mientras Soeda divagaba en medio del vendaval sobre si la razón había sido que quería desprenderse de la familia, recordó una de las peculiaridades de Ikuko. Cuando la fruta de otoño aparece exhibida abundantemente en las tiendas, Ikuko las compra según el color. Le gusta el de las manzanas rojas, por ejemplo, y odia el de las mandarinas. Sin embargo también come mandarinas y no se deja llevar por gustos y disgustos cuando las ve en pocas cantidades durante las estaciones en que no abundan en las fruterías. Pero siente un ligero temor y no compra nada cuando en las verdulerías se amontonan los pepinos. Hay ocasiones en que muestra una obsesión insoportable por la limpieza. Soeda no podía olvidar lo sucedido hacía ya más de quince años. Soeda se había cortado las uñas de los pies sobre un periódico e Ikuko se disgustó terriblemente cuando recogió después una uña caída en el piso. Soeda&lt;br /&gt;también se alteró.&lt;br /&gt;–¿Por qué ese alboroto? ¡Como si fuera sucia una parte que se ha separado del cuerpo de una persona! Besas espontáneamente. Pero encontrarías repugnante si te pidieran intercambiar saliva con otro, así ese fuera tu amante –había dicho. El ejemplo fue pésimo pero dos meses después Ikuko todavía no se había desprendido de él y Soeda no sabía qué hacer. ¿No sería que su hijo Shin'ichi había heredado este aspecto de su carácter? Shin'ichi también era testarudo pero Soeda no creía que le tuviera miedo a los arrumes de pepinos. Yuko, la hija, era todo lo contrario. De repente le vino el recuerdo de una escena de Yuko que no tenía ninguna conexión con lo que estaba pensando. Era una imagen de Yuko cuando estaba comenzando el bachillerato. Estaba dibujando con una amiga y habían interrumpido el dibujo. Las dos se habían puesto a pintarse mutuamente las uñas de ambas manos con las témperas rojas. Soeda intentó detallar la imagen de Yuko y olvidó el sonido del viento.&lt;br /&gt;–¿En qué estás pensando? ¡Así no te vas a dormir! –le dijo Ikuko.&lt;br /&gt;–Y tú, ¿en qué estabas pensando?&lt;br /&gt;–En la señora que cuida la pensión de Shin'ichi en Kyoto.&lt;br /&gt;Soeda había escuchado esa historia al regreso del viaje que Ikuko había hecho el año anterior con el pretexto de ver Kyoto porque se moría de ganas de ver a Shin'ichi.&lt;br /&gt;Soeda recordaba lo que había contado Ikuko. Cuando tenía siete años la señora fue a depositar los huesos de su abuelo en la tumba de la familia. Su madre por alguna razón le dijo: "Puesto que te vas a casar en otra familia no te van a enterrar en esta tumba". La niña sintió en lo hondo una tristeza muy grande. Pero ahora parecía que sí la iban a enterrar en esa tumba del campo. Eso la hacía reír a carcajadas.&lt;br /&gt;Esa señora era diez años más joven que Ikuko. Su marido había muerto en la guerra y no habían tenido hijos. Regresó a la casa de sus padres después de seis o siete años y se volvió a casar en una familia que tenía tres hijos. Le encantaban los niños y los dos hombres se encariñaron pronto con ella. Llegaron hasta pelearse por quién se acostaba a sulado. En cambio la mayor, una niña de once años, era muy complicada.&lt;br /&gt;Una vez, cuando intentaba abrir, a solicitud de su marido, un armario viejo que había en una pieza que no se usaba, la niña la golpeó violentamente por detrás en las caderas.&lt;br /&gt;"¡No lo abras! ¡No lo hagas! Este armario era de mi mamá. Mi mamá me dijo que me lo regalaba todo. No se te ocurra tocarlo", le dijo la niña al borde de estallar en lágrimas. La madrastra se esforzó en llevarse bien con ella pero terminó yéndose de la casa. Ahora ha arrendado en Kyoto una casa con cinco habitaciones que subarrienda a estudiantes.&lt;br /&gt;El hecho de que Ikuko no hubiera podido dormir y se hubiera dedicado a pensar en la señora de la pensión sugirió algo a Soeda: que las consideraciones de su mujer habían comenzado con su hijo y habían terminado en su propia condición de mujer y en la de su hija.&lt;br /&gt;–No debe estar venteando así en Kyoto esta noche –le dijo.&lt;br /&gt;–Es verdad –respondió Ikuko. Luego, como cambiando de ánimo, agregó–:&lt;br /&gt;Mañana por la mañana deberíamos ir los tres a ver qué pasó con las hojas de los ginkgo.&lt;br /&gt;–Yo creo que se cayeron todas.&lt;br /&gt;A la mañana siguiente salieron los tres, como había dicho Ikuko, a contemplar la hilera de ginkgo. El viento invernal de la noche había convertido la avenida de árboles en un lastimoso espectáculo. En la parte de arriba todavía quedaban algunas hojas, y estaban tan dispersas que parecían heladas. Aquí y allá había troncos desnudos que habían perdido completamente el follaje, mezclados con árboles que todavía conservaban algunas hojas. La extraña división que Soeda había descubierto ya&lt;br /&gt;no estaba. La procesión de árboles desnudos de abajo había lucido espléndida cuando tenía de fondo la fila de árboles con follaje. Aun en los árboles desnudos de abajo quedaban algunas hojas dispersas, tan pocas que hubieran podido contarse. Soeda advirtió que las hojas amarillas temblaban como mariposas que se hubieran posado en las ramas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9008686865515610744-1301800304207031565?l=cuentosuniversal.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/feeds/1301800304207031565/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/una-hilera-de-ginkgo.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/1301800304207031565'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9008686865515610744/posts/default/1301800304207031565'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://cuentosuniversal.blogspot.com/2010/02/una-hilera-de-ginkgo.html' title='Una hilera de ginkgo'/><author><name>Antología Universal de Cuento</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3rtdFMzpKI/AAAAAAAAAE8/N4HRHGJCTQg/s72-c/gingko.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9008686865515610744.post-4277716768174062575</id><published>2010-02-10T20:13:00.000-08:00</published><updated>2010-03-08T20:35:25.825-08:00</updated><title type='text'>Bartleby</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3OE69J3CjI/AAAAAAAAAE0/_DIJVCsumBc/s1600-h/bartleby2.jpg" style="clear: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img alt="" border="0" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5436835323549518386" src="http://4.bp.blogspot.com/_uX_PXTvU4p4/S3OE69J3CjI/AAAAAAAAAE0/_DIJVCsumBc/s320/bartleby2.jpg" style="display: block; height: 320px; margin: 0px auto 10px; text-align: center; width: 269px;" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="color: red;"&gt;&lt;span style="font-size: x-large;"&gt;Bartleby&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="color: orange;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;b&gt;Herman Melville&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. De otros copistas yo podría escribir biografías completas; nada semejante puede hacerse con Bartleby. No hay material suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres de quienes nada es indagable,&lt;br /&gt;salvo en las fuentes originales: en este caso, exiguas. De Bartleby no sé otra cosa que la que vieron mis asombrados ojos, salvo un nebuloso rumor que figurará en el epílogo.&lt;br /&gt;Antes de presentar al amanuense, tal como lo vi por primera vez, conviene que registre algunos datos míos, de mis empleados, de mis asuntos, de mi oficina y de mi ambiente general. Esa descripción es indispensable para una inteligencia adecuada del protagonista de mi relato. Soy, en primer lugar, un hombre que desde la juventud ha sentido profundamente que la vida más fácil es la mejor. Por eso, aunque pertenezco a una profesión proverbialmente enérgica y a veces nerviosa hasta la turbulencia, jamás he tolerado que esas inquietudes conturben mi paz. Soy uno de esos abogados sin ambición que nunca se dirigen a un jurado o solicitan de algún modo el aplauso público. En la serena tranquilidad de un cómodo retiro realizo cómodos asuntos entre las hipotecas de personas adineradas, títulos de renta y acciones. Cuantos me conocen, considéranme un hombre eminentemente seguro. El finado Juan Jacobo Astor, personaje muy poco dado a poéticos entusiasmos, no titubeaba en declarar que mi primera virtud era la prudencia: la segunda, el método.&lt;br /&gt;No lo digo por vanidad, pero registro el hecho de que mis servicios profesionales no eran desdeñados por el finado Juan Jacobo Astor; nombre que, reconozco, me gusta repetir porque tiene un sonido orbicular y tintinea como el oro acuñado. Espontáneamente agregaré que yo no era insensible a la buena opinión del finado Juan Jacobo Astor. Poco antes de la historia que narraré, mis actividades habían aumentado en forma considerable. Había sido nombrado para el cargo, ahora suprimido en el Estado de Nueva York, de agregado a la Suprema Corte. No era un empleo difícil, pero sí muy agradablemente remunerativo. Raras veces me encojo; raras veces me permito una indignación peligrosa ante las injusticias y los abusos; pero ahora me permitiré ser temerario, y declarar que considero la súbita y violenta supresión del cargo de agregado, por la Nueva Constitución, como un acto prematuro, pues yo tenía por descontado hacer de sus gajes una renta vitalicia, y sólo percibí los de algunos años. Pero esto es al margen. Mis oficinas ocupaban un piso alto en el n.º X de Wall Street. Por un lado daban a la pared blanqueada de un espacioso tubo de aire, cubierto por una claraboya y que abarcaba todos los pisos. Este espectáculo era más bien manso, pues le faltaba lo que los paisajistas llaman animación. Aunque así fuera, la vista del otro lado ofrecía, por lo menos, un contraste. En esa dirección, las ventanas dominaban sin el menor obstáculo una alta pared de ladrillo,&lt;br /&gt;ennegrecida por los años y por la sombra; las ocultas bellezas de esta pared no exigían un telescopio, pues estaban a pocas varas de mis ventanas para beneficio de espectadores miopes. Mis oficinas ocupaban el segundo piso; a causa de la gran elevación de los edificios vecinos, el espacio entre esta pared y la mía se parecía no poco a un enorme tanque cuadrado.&lt;br /&gt;En el período anterior al advenimiento de Bartleby, yo tenía dos escribientes bajo mis órdenes, y un muchacho muy vivo para los mandados. El primero, Turkey; el segundo, Nippers; el tercero, Ginger. Éstos son nombres que no es fácil encontrar en las guías.&lt;br /&gt;Eran en realidad sobrenombres, mutuamente conferidos por mis empleados, y que expresaban sus respectivas personas o caracteres. Turkey era un inglés bajo, obeso, de mi edad más o menos, esto es, no lejos de los sesenta. De mañana, podríamos decir, su rostro era rosado, pero después de las doce su hora de almuerzo resplandecía como una hornalla de carbones de Navidad, y seguía resplandeciendo (pero con un descenso gradual) hasta las seis de la tarde; después yo no veía más al propietario de ese rostro,quien coincidiendo en su cenit con el sol, parecía ponerse con él, para levantarse, culminar y declinar al día siguiente, con la misma regularidad y la misma gloria.&lt;br /&gt;En el decurso de mi vida he observado singulares coincidencias, de las cuales no es la menor el hecho de que el preciso momento en que Turkey, con roja y radiante faz, emitía sus más vívidos rayos, indicaba el principio del período durante el cual su capacidad de trabajo quedaba seriamente afectada para el resto del día. No digo que se volviera absolutamente haragán u hostil al trabajo. Por el contrario, se volvía demasiado enérgico. Había entonces en él una exacerbada, frenética, temeraria y disparatada actividad. Se descuidaba al mojar la pluma en el tintero. Todas las manchas que figuran en mis documentos fueron ejecutadas por él después de las doce del día. En las tardes, no sólo propendía a echar manchas: a veces iba más lejos, y se ponía barullento. En tales ocasiones, su rostro ardía con más vívida heráldica, como si se arrojara carbón de piedra en antracita. Hacía con la silla un ruido desagradable, desparramaba la arena; al cortar las plumas, las rajaba impacientemente, y las tiraba al suelo en súbitos arranques de ira; se&lt;br /&gt;paraba, se echaba sobre la mesa, desparramando sus papeles de la manera más&lt;br /&gt;indecorosa; triste espectáculo en un hombre ya entrado en años. Sin embargo, como era&lt;br /&gt;por muchas razones mi mejor empleado y siempre antes de las doce el ser más juicioso y diligente, y capaz de despachar numerosas tareas de un modo incomparable, me&lt;br /&gt;resignaba a pasar por alto sus excentricidades, aunque, ocasionalmente, me veía obligado a reprenderlo. Sin embargo lo hacía con suavidad, pues aunque Turkey era de mañana el más cortés, más dócil y más reverencial de los hombres, estaba predispuesto por las tardes, a la menor provocación, a ser áspero de lengua, es decir, insolente. Por eso, valorando sus servicios matinales, como yo lo hacía, y resuelto a no perderlos pero al mismo tiempo, incómodo por sus provocadoras maneras después del mediodía y corno hombre pacífico, poco deseoso de que mis amonestaciones provocaran respuestas impropias, resolví, un sábado a mediodía (siempre estaba peor los sábados), sugerirle, muy bondadosamente, que, tal vez, ahora que empezaba a envejecer, sería prudente abreviar sus tareas; en una palabra, no necesitaba venir a la oficina más que de mañana; después del almuerzo era mejor que se fuera a descansar a su casa hasta la hora del té. Pero no, insistió en cumplir sus deberes vespertinos. Su rostro se puso intolerablemente fogoso, y gesticulando con una larga regla, en el extremo de la habitación, me aseguró enfáticamente que si sus servicios eran útiles de mañana, ¿cuánto más indispensables no serían de tarde? Con toda deferencia, señor dijo Turkey entonces, me considero su mano derecha. De mañana, ordeno y despliego mis columnas, pero de tarde me pongo a la cabeza, y bizarramente arremeto contra el enemigo, así e hizo una violenta embestida con la regla. ¿Y los borrones? insinué yo. Es verdad, pero con todo respeto, señor, ¡contemple estos cabellos! Estoy envejeciendo.Seguramente, señor, un borrón o dos en una tarde calurosa no pueden reprocharse con severidad a mis canas. La vejez, aunque borronea una página, es honorable. Con permiso, señor, los dos estamos envejeciendo. Este llamado a mis sentimientos personales resultó irresistible. Comprendí que estaba resuelto a no irse. Hice mi composición de lugar, resolviendo que por las tardes le confiaría sólo documentos de menor importancia. Nippers, el segundo de mi lista, era un muchacho de unos veinticinco años, cetrino,&lt;br /&gt;melenudo, algo pirático. Siempre lo consideré una víctima de dos poderes malignos: la&lt;br /&gt;ambición y la indigestión. Evidencia de la primera era cierta impaciencia en sus deberes de mero copista y una injustificada usurpación de asuntos estrictamente profesionales, tales como la redacción original de documentos legales. La indigestión se manifestaba en rachas de sarcástico mal humor, con notorio rechinamiento de dientes, cuando cometía errores de copia; innecesarias maldiciones, silbadas más que habladas, en lo mejor de sus ocupaciones, y especialmente por un continuo disgusto con el nivel de la mesa en que trabajaba. A pesar de su ingeniosa aptitud mecánica, nunca pudo Nippers arreglar esa mesa a su gusto. Le ponía astillas debajo, cubos de distinta clase, pedazos de cartón y llegó hasta ensayar un prolijo ajuste con tiras de papel secante doblado. Pero todo era en vano. Si para comodidad de su espalda, levantaba la cubierta de su mesa en un ángulo agudo hacia el mentón, y escribía como si un hombre usara el empinado techo de una casa holandesa como escritorio, la sangre circulaba mal en sus brazos. Si bajaba la mesa al nivel de su cintura, y se agachaba sobre ella para escribir, le dolían las espaldas. La verdad es que Nippers no sabía lo que quería. O, si algo quería, era verse libre para siempre de una mesa de copista. Entre las manifestaciones de su ambición enfermiza, tenía la pasión de recibir a ciertos tipos de apariencia ambigua y trajes rotosos a los que llamaba sus clientes. Comprendí que no sólo le interesaba la política parroquial: a veces hacía sus negocitos en los juzgados, y no era desconocido en las antesalas de la cárcel. Tengo buenas razones para creer, sin embargo, que un individuo que lo visitaba en mis oficinas, y a quien pomposamente insistía en llamar mi cliente, era sólo un acreedor, y la escritura, una cuenta. Pero con todas sus fallas y todas las molestias que me causaba, Nippers (como su compatriota Turkey) me era muy útil, escribía con rapidez y letra clara; y cuando quería no le faltaban modales distinguidos. Además, siempre estaba vestido&lt;br /&gt;como un caballero; y con esto daba tono a mi oficina. En lo que respecta a Turkey, me daba mucho trabajo evitar el descrédito que reflejaba sobre mí. Sus trajes parecían grasientos y olían a comida. En verano usaba pantalones grandes y bolsudos. Sus sacos eran execrables; el sombrero no se podía tocar. Pero mientras sus sombreros me eran indiferentes, ya que su natural cortesía y deferencia, como inglés subalterno, lo llevaban a&lt;br /&gt;sacárselo apenas entraba en el cuarto, su saco ya era otra cosa. Hablé con él respecto a su ropa, sin ningún resultado. La verdad era, supongo, que un hombre con renta tan exigua no podía ostentar al mismo tiempo una cara brillante y una ropa brillante. Como observó Nippers una vez, Turkey gastaba casi todo su dinero en tinta roja. Un día de invierno le regalé a Turkey un sobretodo mío de muy decorosa apariencia: un sobretodo gris, acolchado, de gran abrigo, abotonado desde el cuello hasta las rodillas. Pensé que Turkey apreciaría el regalo, y moderaría sus estrépitos e imprudencias. Pero no; creo que el hecho de enfundarse en un sobretodo tan suave y tan acolchado, ejercía un pernicioso efecto sobre él según el principio de que un exceso de avena es perjudicial para los caballos. De igual manera que un caballo impaciente muestra la avena que ha&lt;br /&gt;comido, así Turkey mostraba su sobretodo. Le daba insolencia. Era un hombre a quien perjudicaba la prosperidad. Aunque en lo referente a la continencia de Turkey yo tenía mis presunciones, en lo referente a Nippers estaba persuadido de que, cualesquiera fueran sus faltas en otros aspectos, era por lo menos un joven sobrio. Pero la propia naturaleza era su tabernero, y desde su nacimiento le había suministrado un carácter tan irritable y tan alcohólico que toda bebida subsiguiente le era superflua. Cuando pienso que en la calma de mi oficina&lt;br /&gt;Nippers se ponía de pie, se inclinaba sobre la mesa, estiraba los brazos, levantaba todo el escritorio y lo movía, y lo sacudía marcando el piso, como si la mesa fuera un perverso ser voluntarioso dedicado a vejarlo y a frustrarlo, claramente comprendo que para Nippers el aguardiente era superfluo. Era una suerte para mí que, debido a su causa primordial la mala digestión, la irritabilidad y la consiguiente nerviosidad de Nippers&lt;br /&gt;eran más notables de mañana, y que de tarde estaba relativamente tranquilo. Y como los&lt;br /&gt;paroxismos de Turkey sólo se manifestaban después de mediodía, nunca debí sufrir a la&lt;br /&gt;vez las excentricidades de los dos. Los ataques se relevaban como guardias. Cuando el de&lt;br /&gt;Nippers estaba de turno, el de Turkey estaba franco, y viceversa. Dadas las circunstancias&lt;br /&gt;era éste un buen arreglo.&lt;br /&gt;Ginger Nut, el tercero en mi lista, era un muchacho de unos doce años. Su padre era&lt;br /&gt;carrero, ambicioso de ver a su hijo, antes de morir, en los tribunales y no en el pescante.&lt;br /&gt;Por eso lo colocó en mi oficina como estudiante de derecho, mandadero, barredor y&lt;br /&gt;limpiador, a razón de un dólar por semana. Tenía un escritorio particular, pero no lo&lt;br /&gt;usaba mucho. Pasé revista a su cajón una vez: contenía un conjunto de cáscaras de&lt;br /&gt;muchas clases de nueces. Para este perspicaz estudiante, toda la noble ciencia del derecho&lt;br /&gt;cabía en una cáscara de nuez. Entre sus muchas tareas, la que desempeñaba con mayor&lt;br /&gt;presteza consistía en proveer de manzanas y de pasteles a Turkey y a Nippers.&lt;br /&gt;Ya que la copia de expedientes es tarea proverbialmente seca, mis dos amanuenses solían&lt;br /&gt;humedecer sus gargantas con helados, de los que pueden adquirirse en los puestos cerca&lt;br /&gt;del Correo y de la Aduana. También solían encargar a Ginger Nut ese bizcocho especial pequeño,&lt;br /&gt;chato, redondo y sazonado con especiascuyo&lt;br /&gt;nombre se le daba. En las&lt;br /&gt;mañanas frías, cuando había poco trabajo, Turkey los engullía a docenas como si fueran&lt;br /&gt;obleas lo&lt;br /&gt;cierto es que por un penique venden seis u ocho,&lt;br /&gt;y el rasguido de la pluma se&lt;br /&gt;combinaba con el ruido que hacía al triturar las abizcochadas partículas. Entre las&lt;br /&gt;confusiones vespertinas y los fogosos atolondramientos de Turkey, recuerdo que una vez&lt;br /&gt;humedeció con la lengua un bizcocho de jengibre y lo estampó como sello en un título&lt;br /&gt;hipotecario. Estuve entonces en un tris de despedirlo, pero me desarmó con una&lt;br /&gt;reverencia oriental, diciéndome:&lt;br /&gt;Con&lt;br /&gt;permiso, señor, creo que he estado generoso suministrándole un sello a mis&lt;br /&gt;expensas.&lt;br /&gt;Mis primitivas tareas de escribano de transferencias y buscador de títulos, y redactor de&lt;br /&gt;documentos recónditos de toda clase aumentaron considerablemente con el&lt;br /&gt;nombramiento de agregado a la Suprema Corte. Ahora había mucho trabajo, para el que&lt;br /&gt;no bastaban mis escribientes: requerí un nuevo empleado.&lt;br /&gt;En contestación a mi aviso, un joven inmóvil apareció una mañana en mi oficina; la&lt;br /&gt;puerta estaba abierta, pues era verano. Reveo esa figura: ¡pálidamente pulcra,&lt;br /&gt;lamentablemente decente, incurablemente desolada! Era Bartleby.&lt;br /&gt;Después de algunas palabras sobre su idoneidad, lo tomé, feliz de contar entre mis&lt;br /&gt;copistas a un hombre de tan morigerada apariencia, que podría influir de modo benéfico&lt;br /&gt;en el arrebatado carácter de Turkey, y en el fogoso de Nippers.&lt;br /&gt;Yo hubiera debido decir que una puerta vidriera dividía en dos partes mis escritorios, una&lt;br /&gt;ocupada por mis amanuenses, la otra por mí. Según mi humor, las puertas estaban&lt;br /&gt;abiertas o cerradas. Resolví colocar a Bartleby en un rincón junto a la portada, pero de mi&lt;br /&gt;lado, para tener a mano a este hombre tranquilo, en caso de cualquier tarea insignificante.&lt;br /&gt;Coloqué su escritorio junto a una ventanita, en ese costado del cuarto que originariamente&lt;br /&gt;daba a algunos patios traseros y muros de ladrillos, pero que ahora, debido a posteriores&lt;br /&gt;construcciones, aunque daba alguna luz no tenía vista alguna. A tres pies de los vidrios&lt;br /&gt;había una pared, y la luz bajaba de muy arriba, entre dos altos edificios, como desde una&lt;br /&gt;pequeña abertura en una cúpula. Para que el arreglo fuera satisfactorio, conseguí un alto&lt;br /&gt;biombo verde que enteramente aislara a Bartleby de mi vista, dejándolo, sin embargo, al&lt;br /&gt;alcance de mi voz. Así, en cierto modo, se aunaban sociedad y retiro.&lt;br /&gt;Al principio, Bartleby escribió extraordinariamente. Como si hubiera padecido un ayuno&lt;br /&gt;de algo que copiar, parecía hartarse con mis documentos. No se detenía para la digestión.&lt;br /&gt;Trabajaba día y noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas. Yo, encantado&lt;br /&gt;con su aplicación, me hubiera encantado aún más si él hubiera sido un trabajador alegre.&lt;br /&gt;Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente.&lt;br /&gt;Una de las indispensables tareas del escribiente es verificar la fidelidad de la copia,&lt;br /&gt;palabra por palabra. Cuando hay dos o más amanuenses en una oficina, se ayudan&lt;br /&gt;mutuamente en este examen, uno leyendo la copia, el otro siguiendo el original. Es un&lt;br /&gt;asunto cansador, insípido y letárgico. Comprendo que para temperamentos sanguíneos,&lt;br /&gt;resultaría intolerable. Por ejemplo, no me imagino al ardoroso Byron, sentado junto a&lt;br /&gt;Bartleby, resignado a cotejar un expediente de quinientas páginas, escritas con letra&lt;br /&gt;apretada.&lt;br /&gt;Yo ayudaba en persona a confrontar algún documento breve, llamando a Turkey o a&lt;br /&gt;Nippers con este propósito. Uno de mis fines al colocar a Bartleby tan a mano, detrás del&lt;br /&gt;biombo, era aprovechar sus servicios en estas ocasiones triviales. Al tercer día de su&lt;br /&gt;estada, y antes de que fuera necesario examinar lo escrito por él, la prisa por completar un&lt;br /&gt;trabajito que tenía entre manos, me hizo llamar súbitamente a Bartleby. En el apuro y en&lt;br /&gt;la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la&lt;br /&gt;cabeza inclinada sobre el original y con la copia en la mano derecha algo nerviosamente&lt;br /&gt;extendida, de modo que, al surgir de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y seguir el&lt;br /&gt;trabajo sin dilaciones.&lt;br /&gt;En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve&lt;br /&gt;escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando sin moverse de su&lt;br /&gt;ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo.&lt;br /&gt;Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se me&lt;br /&gt;ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras.&lt;br /&gt;Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta:&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo.&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo repetí&lt;br /&gt;como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando&lt;br /&gt;el cuarto a grandes pasos.&lt;br /&gt;¿Qué quiere decir con eso? Está loco. Necesito que me ayude&lt;br /&gt;a confrontar esta página: tómela y&lt;br /&gt;se la alcancé.&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo dijo.&lt;br /&gt;Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente serenos. Ni&lt;br /&gt;un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad,&lt;br /&gt;enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras si hubiera habido en él cualquier&lt;br /&gt;manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Pero,&lt;br /&gt;dadas las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de&lt;br /&gt;Cicerón.&lt;br /&gt;Me quedé mirándolo un rato largo mientras él seguía escribiendo y luego volví a mi&lt;br /&gt;escritorio. Esto es rarísimo, pensé. ¿Qué hacer? Mis asuntos eran urgentes. Resolví&lt;br /&gt;olvidar aquello, reservándolo para algún momento libre en el futuro. Llamé del otro&lt;br /&gt;cuarto a Nippers y pronto examinamos el escrito.&lt;br /&gt;Pocos días después, Bartleby concluyó cuatro documentos extensos, copias&lt;br /&gt;cuadruplicadas de testimonios, dados ante mí durante una semana en la cancillería de la&lt;br /&gt;Corte. Era necesario examinarlos. El pleito era importante y una gran precisión era&lt;br /&gt;indispensable. Teniendo todo listo llamé a Turkey, Nippers y Ginger Nut, que estaban en&lt;br /&gt;el otro cuarto, pensando poner en manos de mis cuatro amanuenses las cuatro copias&lt;br /&gt;mientras yo leyera el original. Turkey, Nippers y Ginger Nut estaban sentados en fila,&lt;br /&gt;cada uno con su documento en la mano, cuando le dije a Bartleby que se uniera al&lt;br /&gt;interesante grupo.&lt;br /&gt;¡&lt;br /&gt;Bartleby!, pronto, estoy esperando.&lt;br /&gt;Oí el arrastre de su silla sobre el piso desnudo, y el hombre no tardó en aparecer a la&lt;br /&gt;entrada de su ermita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿En qué puedo ser útil? dijo&lt;br /&gt;apaciblemente.&lt;br /&gt;Las&lt;br /&gt;copias, las copias dije&lt;br /&gt;con apuro.&lt;br /&gt;Vamos a examinarlas. Tome y&lt;br /&gt;le alargué la&lt;br /&gt;cuarta copia.&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo dijo,&lt;br /&gt;y dócilmente desapareció detrás de su biombo.&lt;br /&gt;Por algunos momentos me convertí en una estatua de sal, a la cabeza de mi columna de&lt;br /&gt;amanuenses sentados. Vuelto en mí, avancé hacia el biombo a indagar el motivo de esa&lt;br /&gt;extraordinaria conducta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué rehúsa?&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo.&lt;br /&gt;Con cualquier otro hombre, me hubiera precipitado en un arranque de ira, desdeñando&lt;br /&gt;explicaciones, y lo hubiera arrojado ignominiosamente de mi vista. Pero había algo en&lt;br /&gt;Bartleby que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa me&lt;br /&gt;conmovía y desconcertaba. Me puse a razonar con él.&lt;br /&gt;Son&lt;br /&gt;sus propias copias las que estamos por confrontar. Esto le ahorrará trabajo, pues un&lt;br /&gt;examen bastará para sus cuatro copias. Es la costumbre. Todos los copistas están&lt;br /&gt;obligados a examinar su copia. ¿No es así? ¿No quiere hablar? ¡Conteste!&lt;br /&gt;Prefiero&lt;br /&gt;no hacerlo replicó&lt;br /&gt;melodiosamente. Me pareció que mientras me dirigía a él,&lt;br /&gt;consideraba con cuidado cada aserto mío; que comprendía por entero el significado; que&lt;br /&gt;no podía contradecir la irresistible conclusión; pero que al mismo tiempo alguna suprema&lt;br /&gt;consideración lo inducía a contestar de ese modo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Está resuelto, entonces, a no acceder a mi solicitud, solicitud hecha de acuerdo con la&lt;br /&gt;costumbre y el sentido común?&lt;br /&gt;Brevemente me dio a entender que en ese punto mi juicio era exacto. Sí: su decisión era&lt;br /&gt;irrevocable.&lt;br /&gt;No es raro que el hombre a quien contradicen de una manera insólita e irrazonable,&lt;br /&gt;bruscamente descrea de su convicción más elemental. Empieza a vislumbrar vagamente&lt;br /&gt;que, por extraordinario que parezca, toda la justicia y toda la razón están del otro lado; si&lt;br /&gt;hay testigos imparciales, se vuelve a ellos para que de algún modo lo refuercen.&lt;br /&gt;Turkey&lt;br /&gt;dije,&lt;br /&gt;¿qué piensa de esto? ¿Tengo razón?&lt;br /&gt;Con&lt;br /&gt;todo respeto, señor dijo&lt;br /&gt;Turkey en su tono más suave,&lt;br /&gt;creo que la tiene.&lt;br /&gt;Nippers.&lt;br /&gt;¿Qué piensa de esto?&lt;br /&gt;Yo&lt;br /&gt;lo echaría a puntapiés de la oficina.&lt;br /&gt;El sagaz lector habrá percibido que siendo mañana, la contestación de Turkey estaba&lt;br /&gt;concebida en términos tranquilos y corteses y la de Nippers era malhumorada. O para&lt;br /&gt;repetir una frase anterior, diremos que el malhumor de Nippers estaba de guardia y el de&lt;br /&gt;Turkey estaba franco.&lt;br /&gt;Ginger&lt;br /&gt;Nut dije,&lt;br /&gt;ávido de obtener en mi favor el sufragio más mínimo,&lt;br /&gt;¿qué piensas de&lt;br /&gt;esto?&lt;br /&gt;Creo,&lt;br /&gt;señor, que está un poco chiflado replicó&lt;br /&gt;Ginger Nut con una mueca burlona.&lt;br /&gt;Está&lt;br /&gt;oyendo lo que opinan le&lt;br /&gt;dije, volviéndome al biombo.&lt;br /&gt;Salga y cumpla con su&lt;br /&gt;deber.&lt;br /&gt;No condescendió a contestar. Tuve un momento de molesta perplejidad. Pero las tareas&lt;br /&gt;urgían. Y otra vez decidí postergar el estudio de este problema a futuros ocios. Con un&lt;br /&gt;poco de incomodidad llegamos a examinar los papeles sin Bartleby, aunque a cada&lt;br /&gt;página, Turkey, deferentemente, daba su opinión de que este procedimiento no era&lt;br /&gt;correcto; mientras Nippers, retorciéndose en su silla con una nerviosidad dispéptica,&lt;br /&gt;trituraba entre sus dientes apretados, intermitentes maldiciones silbadas contra el idiota&lt;br /&gt;testarudo de detrás del biombo. En cuanto a él (Nippers), ésta era la primera y última vez&lt;br /&gt;que haría sin remuneración el trabajo de otro.&lt;br /&gt;Mientras tanto, Bartleby seguía en su ermita, ajeno a todo lo que no fuera su propia tarea.&lt;br /&gt;Pasaron algunos días, en los que el amanuense tuvo que hacer otro largo trabajo. Su&lt;br /&gt;conducta extraordinaria me hizo vigilarlo estrechamente. Observé que jamás iba a&lt;br /&gt;almorzar; en realidad, que jamás iba a ninguna parte. Jamás, que yo supiera, había estado&lt;br /&gt;ausente de la oficina. Era un centinela perpetuo en su rincón. Noté que a las once de la&lt;br /&gt;mañana, Ginger Nut solía avanzar hasta la apertura del biombo, como atraído por una&lt;br /&gt;señal silenciosa, invisible para mí. Luego salía de la oficina, haciendo sonar unas&lt;br /&gt;monedas, y reaparecía con un puñado de bizcochos de jengibre, que entregaba en la&lt;br /&gt;ermita, recibiendo dos de ellos como jornal.&lt;br /&gt;Vive de bizcochos de jengibre, pensé; no toma nunca lo que se llama un almuerzo; debe&lt;br /&gt;ser vegetariano; pero no, pues no toma ni legumbres, no come más que bizcochos de&lt;br /&gt;jengibre. Medité sobre los probables efectos de un exclusivo régimen de bizcochos de&lt;br /&gt;jengibre. Se llaman así, porque el jengibre es uno de sus principales componentes, y su&lt;br /&gt;principal sabor. Ahora bien, ¿qué es el jengibre? Una cosa cálida y picante. ¿Era Bartleby&lt;br /&gt;cálido y picante? Nada de eso; el jengibre, entonces, no ejercía efecto alguno sobre&lt;br /&gt;Bartleby. Probablemente, él prefería que no lo ejerciera.&lt;br /&gt;Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva. Si el individuo&lt;br /&gt;resistido no es inhumano, y el individuo resistente es inofensivo en su pasividad, el&lt;br /&gt;primero, en sus mejores momentos, caritativamente procurará que su imaginación&lt;br /&gt;interprete lo que su entendimiento no puede resolver.&lt;br /&gt;Así me aconteció con Bartleby y sus manejos. ¡Pobre hombre! pensé yo, no lo hace por&lt;br /&gt;maldad; es evidente que no procede por insolencia; su aspecto es suficiente prueba de lo&lt;br /&gt;involuntario de sus rarezas. Me es útil. Puedo llevarme bien con él. Si lo despido, caerá&lt;br /&gt;con un patrón menos indulgente, será maltratado y tal vez llegará miserablemente a&lt;br /&gt;morirse de hambre. Sí, puedo adquirir a muy bajo precio la deleitosa sensación de&lt;br /&gt;amparar a Bartleby; puedo adaptarme a su extraña terquedad; ello me costará poquísimo&lt;br /&gt;o nada y, mientras, atesoraré en el fondo de mi alma lo que finalmente será un dulce&lt;br /&gt;bocado para mi conciencia. Pero no siempre consideré así las cosas. La pasividad de&lt;br /&gt;Bartleby solía exasperarme. Me sentía aguijoneado extrañamente a chocar con él en un&lt;br /&gt;nuevo encuentro, a despertar en él una colérica chispa correspondiente a la mía. Pero&lt;br /&gt;hubiera sido lo mismo tratar de encender fuego golpeando con los nudillos de mi mano&lt;br /&gt;en un pedazo de jabón Windsor.&lt;br /&gt;Una tarde, el impulso maligno me dominó y tuvo lugar la siguiente escena:&lt;br /&gt;Bartleby&lt;br /&gt;le&lt;br /&gt;dije,&lt;br /&gt;cuando haya copiado todos esos documentos, los voy a revisar con&lt;br /&gt;usted.&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo? ¿Se propone persistir en ese capricho de mula?&lt;br /&gt;Silencio.&lt;br /&gt;Abrí la puerta vidriera, y dirigiéndome a Turkey y a Nippers exclamé:&lt;br /&gt;Bartleby&lt;br /&gt;dice por segunda vez que no examinará sus documentos. ¿Qué piensa de eso,&lt;br /&gt;Turkey?&lt;br /&gt;Hay que recordar que era de tarde.&lt;br /&gt;Turkey resplandecía como una marmita de bronce; tenía empapada la calva; tamborileaba&lt;br /&gt;con las manos sobre sus papeles borroneados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué pienso? rugió&lt;br /&gt;Turkey.&lt;br /&gt;¡Pienso que voy a meterme en el biombo y le voy a poner&lt;br /&gt;un ojo negro!&lt;br /&gt;Con estas palabras se puso de pie y estiró los brazos en una postura pugilística. Se&lt;br /&gt;disponía a hacer efectiva su promesa cuando lo detuve, arrepentido de haber despertado&lt;br /&gt;la belicosidad de Turkey después de almorzar.&lt;br /&gt;Siéntese,&lt;br /&gt;Turkey le&lt;br /&gt;dije,&lt;br /&gt;y oiga lo que Nippers va a decir. ¿Qué piensa, Nippers? ¿No&lt;br /&gt;estaría plenamente justificado despedir de inmediato a Bartleby?&lt;br /&gt;Discúlpeme,&lt;br /&gt;esto tiene que decidirlo usted mismo. Creo que su conducta es insólita, y&lt;br /&gt;ciertamente injusta hacia Turkey y hacia mí. Pero puede tratarse de un capricho pasajero.&lt;br /&gt;¡&lt;br /&gt;Ah! exclamé,&lt;br /&gt;es raro ese cambio de opinión. Usted habla de él, ahora, con demasiada&lt;br /&gt;indulgencia.&lt;br /&gt;Es&lt;br /&gt;la cerveza gritó&lt;br /&gt;Turkey,&lt;br /&gt;esa indulgencia es efecto de la cerveza. Nippers y yo&lt;br /&gt;almorzamos juntos. Ya ve qué indulgente estoy yo, señor. ¿ Le pongo un ojo negro?&lt;br /&gt;Supongo&lt;br /&gt;que se refiere a Bartleby. No, hoy no. Turkey repliqué,&lt;br /&gt;por favor, baje esos&lt;br /&gt;puños.&lt;br /&gt;Cerré las puertas y volví a dirigirme a Bartleby. Tenía un nuevo incentivo para tentar mi&lt;br /&gt;suerte. Estaba deseando que volviera a rebelarse. Recordé que Bartleby no abandonaba&lt;br /&gt;nunca la oficina.&lt;br /&gt;Bartleby&lt;br /&gt;le&lt;br /&gt;dije.&lt;br /&gt;Ginger. Nut ha salido; cruce al Correo, ¿quiere? era&lt;br /&gt;a tres minutos de&lt;br /&gt;distanciay&lt;br /&gt;vea si hay algo para mí.&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿No quiere ir?&lt;br /&gt;Lo&lt;br /&gt;preferiría así.&lt;br /&gt;Pude llegar a mi escritorio, y me sumí en profundas reflexiones. Volvió mi ciego&lt;br /&gt;impulso. ¿Habría alguna cosa capaz de procurarme otra ignominiosa repulsa de este necio&lt;br /&gt;tipo sin un cobre, mi dependiente asalariado?&lt;br /&gt;¡&lt;br /&gt;Bartleby!&lt;br /&gt;Silencio.&lt;br /&gt;¡&lt;br /&gt;Bartleby! más&lt;br /&gt;fuerte.&lt;br /&gt;Silencio.&lt;br /&gt;¡&lt;br /&gt;Bartleby! vociferé.&lt;br /&gt;Como un verdadero fantasma, cediendo a las leyes de una invocación mágica, apareció al&lt;br /&gt;tercer llamado.&lt;br /&gt;Vaya&lt;br /&gt;al otro cuarto, y dígale a Nippers que venga.&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo dijo&lt;br /&gt;con respetuosa lentitud, y desapareció mansamente.&lt;br /&gt;Muy&lt;br /&gt;bien, Bartleby dije&lt;br /&gt;con voz tranquila, aplomada y serenamente severa, insinuando&lt;br /&gt;el inalterable propósito de alguna terrible y pronta represalia. En ese momento proyectaba&lt;br /&gt;algo por el estilo. Pero pensándolo bien, y como se acercaba la hora de almorzar, me&lt;br /&gt;pareció mejor ponerme el sombrero y caminar hasta casa, sufriendo con mi perplejidad y&lt;br /&gt;mi preocupación.&lt;br /&gt;¿Lo confesaré? Como resultado final quedó establecido en mi oficina que un pálido joven&lt;br /&gt;llamado Bartleby tenía ahí un escritorio, que copiaba al precio corriente de cuatro&lt;br /&gt;céntimos la hoja (cien palabras), pero que estaba exento, permanentemente, de examinar&lt;br /&gt;su trabajo y que ese deber era transferido a Turkey y a Nippers, sin duda en gracia de su&lt;br /&gt;mayor agudeza; ítem, el susodicho Bartleby no sería llamado a evacuar el más trivial&lt;br /&gt;encargo; y si se le pedía que lo hiciera, se entendería que preferiría no hacerlo, en otras&lt;br /&gt;palabras, que rehusaría de modo terminante.&lt;br /&gt;Con el tiempo, me sentí considerablemente reconciliado con Bartleby. Su aplicación, su&lt;br /&gt;falta de vicios, su laboriosidad incesante (salvo cuando se perdía en un sueño detrás del&lt;br /&gt;biombo), su gran calma, su ecuánime conducta en todo momento, hacían de él una&lt;br /&gt;valiosa adquisición. En primer lugar siempre estaba ahí, el primero por la mañana,&lt;br /&gt;durante todo el día, y el último por la noche. Yo tenía singular confianza en su&lt;br /&gt;honestidad. Sentía que mis documentos más importantes estaban perfectamente seguros&lt;br /&gt;en sus manos. A veces, muy a pesar mío, no podía evitar el caer en espasmódicas cóleras&lt;br /&gt;contra él. Pues era muy difícil no olvidar nunca esas raras peculiaridades, privilegios y&lt;br /&gt;excepciones inauditas, que formaban las tácitas condiciones bajo las cuales Bartleby&lt;br /&gt;seguía en la oficina. A veces, en la ansiedad de despachar asuntos urgentes,&lt;br /&gt;distraídamente pedía a Bartleby, en breve y rápido tono, poner el dedo, digamos, en el&lt;br /&gt;nudo incipiente de un cordón colorado con el que estaba atando unos papeles. Detrás del&lt;br /&gt;biombo resonaba la consabida respuesta: preferiría no hacerlo; y entonces ¿cómo era&lt;br /&gt;posible que un ser humano dotado de las fallas comunes de nuestra naturaleza dejara de&lt;br /&gt;contestar con amargura a una perversidad semejante, a semejante sinrazón? Sin embargo,&lt;br /&gt;cada nueva repulsa de esta clase tendía a disminuir las probabilidades de que yo repitiera&lt;br /&gt;la distracción.&lt;br /&gt;Debo decir que, según la costumbre de muchos hombres de ley con oficinas en edificios&lt;br /&gt;densamente habitados, la puerta tenía varias llaves. Una la guardaba una mujer que vivía&lt;br /&gt;en la buhardilla, que hacía una limpieza a fondo una vez por semana y diariamente barría&lt;br /&gt;y sacudía el departamento. Turkey tenía otra, la tercera yo solía llevarla en mi bolsillo, y&lt;br /&gt;la cuarta no sé quién la tenía.&lt;br /&gt;Ahora bien, un domingo de mañana se me ocurrió ir a la iglesia de la Trinidad a oír a un&lt;br /&gt;famoso predicador, y como era un poco temprano pensé pasar un momento a mi oficina.&lt;br /&gt;Felizmente llevaba mi llave, pero al meterla en la cerradura, encontré resistencia por la&lt;br /&gt;parte interior. Llamé; consternado, vi girar una llave por dentro y, exhibiendo su pálido&lt;br /&gt;rostro por la puerta entreabierta, entreví a Bartleby en mangas de camisa, y en un raro y&lt;br /&gt;andrajoso deshabillé.&lt;br /&gt;Se excusó, mansamente: dijo que estaba muy ocupado y que prefería no recibirme por el&lt;br /&gt;momento. Añadió que sería mejor que yo fuera a dar dos o tres vueltas por la manzana, y&lt;br /&gt;que entonces habría terminado sus tareas.&lt;br /&gt;La inesperada aparición de Bartleby, ocupando mi oficina un domingo, con su cadavérica&lt;br /&gt;indiferencia caballeresca, pero tan firme y tan seguro de sí, tuvo tan extraño efecto, que&lt;br /&gt;de inmediato me retiré de mi puerta y cumplí sus deseos. Pero no sin variados pujos de&lt;br /&gt;inútil rebelión contra la mansa desfachatez de este inexplicable amanuense. Su&lt;br /&gt;maravillosa mansedumbre no sólo me desarmaba, me acobardaba. Porque considero que&lt;br /&gt;es una especie de cobarde el que tranquilamente permite a su dependiente asalariado que&lt;br /&gt;le dé órdenes y que lo expulse de sus dominios. Además, yo estaba lleno de dudas sobre&lt;br /&gt;lo que Bartleby podría estar haciendo en mi oficina, en mangas de camisa y todo&lt;br /&gt;deshecho, un domingo de mañana. ¿Pasaría algo impropio? No, eso quedaba descartado.&lt;br /&gt;No podía pensar ni por un momento que Bartleby fuera una persona inmoral. Pero, ¿qué&lt;br /&gt;podía estar haciendo allí? ¿Copias? No, por excéntrico que fuera Bartleby, era&lt;br /&gt;notoriamente decente. Era la última persona para sentarse en su escritorio en un estado&lt;br /&gt;vecino a la desnudez. Además, era domingo, y había algo en Bartleby que prohibía&lt;br /&gt;suponer que violaría la santidad de ese día con tareas profanas.&lt;br /&gt;Con todo, mi espíritu no estaba tranquilo; y lleno de inquieta curiosidad, volví, por fin, a&lt;br /&gt;mi puerta. Sin obstáculo introduje la llave, abrí y entré. Bartleby no se veía, miré&lt;br /&gt;ansiosamente por todo, eché una ojeada detrás del biombo; pero era claro que se había&lt;br /&gt;ido. Después de un prolijo examen, comprendí que por un tiempo indefinido Bartleby&lt;br /&gt;debía haber comido y dormido y haberse vestido en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o&lt;br /&gt;espejo. El tapizado asiento de un viejo sofá desvencijado mostraba en un rincón la huella&lt;br /&gt;visible de una flaca forma reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una frazada; en&lt;br /&gt;el hogar vacío una caja de pasta y un cepillo; en una silla una palangana de lata, jabón y&lt;br /&gt;una toalla rotosa; en un diario, unas migas de bizcocho de jengibre y un bocado de queso.&lt;br /&gt;Sí, pensé, es bastante claro que Bartleby ha estado viviendo aquí .&lt;br /&gt;Entonces, me cruzó el pensamiento: ¡Qué miserables orfandades, miserias, soledades,&lt;br /&gt;quedan reveladas aquí! Su pobreza es grande; pero, su soledad ¡qué terrible!&lt;br /&gt;Los domingos, Wall Street es un desierto como la Arabia Pétrea; y cada noche de cada&lt;br /&gt;día es una desolación. Este edificio, también, que en los días de semana bulle de&lt;br /&gt;animación y de vida, por la noche retumba de puro vacío, y el domingo está desolado. ¡Y&lt;br /&gt;es aquí donde Bartleby hace su hogar, único espectador de una soledad que ha visto&lt;br /&gt;poblada, una especie de inocente y transformado Mario, meditando entre las ruinas de&lt;br /&gt;Cartago!&lt;br /&gt;Por primera vez en mi vida una impresión de abrumadora y punzante melancolía se&lt;br /&gt;apoderó de mí. Antes, nunca había experimentado más que ligeras tristezas, no&lt;br /&gt;desagradables. Ahora el lazo de una común humanidad me arrastraba al abatimiento.&lt;br /&gt;¡Una melancolía fraternal! Los dos, yo y Bartleby, éramos hijos de Adán. Recordé las&lt;br /&gt;sedas brillantes y los rostros dichosos que había visto ese día, bogando como cisnes por el&lt;br /&gt;Misisipí de Broadway, y los comparé al pálido copista, reflexionando: ah, la felicidad&lt;br /&gt;busca la luz, por eso juzgamos que el mundo es alegre; pero el dolor se esconde en la&lt;br /&gt;soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe. Estas imaginaciones quimeras,&lt;br /&gt;indudablemente, de un cerebro tonto y enfermome&lt;br /&gt;llevaron a pensamientos más directos&lt;br /&gt;sobre las rarezas de Bartleby. Presentimientos de extrañas novedades me visitaron. Creí&lt;br /&gt;ver la pálida forma del amanuense, entre desconocidos, indiferentes, extendida en su&lt;br /&gt;estremecida mortaja.&lt;br /&gt;De pronto, me atrajo el escritorio cerrado de Bartleby, con su llave visible en la&lt;br /&gt;cerradura.&lt;br /&gt;No me llevaba, pensé, ninguna intención aviesa, ni el apetito de una desalmada&lt;br /&gt;curiosidad, además, el escritorio es mío y también su contenido; bien puedo animarme a&lt;br /&gt;revisarlo. Todo estaba metódicamente arreglado, los papeles en orden. Los casilleros eran&lt;br /&gt;profundos; removiendo los legajos archivados, examiné el fondo. De pronto sentí algo y&lt;br /&gt;lo saqué. Era un viejo pañuelo de algodón, pesado y anudado. Lo abrí y encontré que era&lt;br /&gt;una caja de ahorros.&lt;br /&gt;Entonces recordé todos los tranquilos misterios que había notado en el hombre. Recordé&lt;br /&gt;que sólo hablaba para contestar; que aunque a intervalos tenía tiempo de sobra, nunca lo&lt;br /&gt;había visto leer no,&lt;br /&gt;ni siquiera un diario;&lt;br /&gt;que por largo rato se quedaba mirando, por su&lt;br /&gt;pálida ventana detrás del biombo, al ciego muro de ladrillos; yo estaba seguro que nunca&lt;br /&gt;visitaba una fonda o un restaurante; mientras su pálido rostro indicaba que nunca bebía&lt;br /&gt;cerveza como Nippers, ni siquiera té o café como los otros hombres, que nunca salía a&lt;br /&gt;ninguna parte; que nunca iba a dar un paseo, salvo, tal vez ahora; que había rehusado&lt;br /&gt;decir quién era, o de dónde venía, o si tenía algún pariente en el mundo; que, aunque tan&lt;br /&gt;pálido y tan delgado, nunca se quejaba de mala salud. Y más aún, recordé cierto aire de&lt;br /&gt;inconsciente, de descolorida &lt;br /&gt;¿cómo diré?de&lt;br /&gt;descolorida altivez, digamos, o austera&lt;br /&gt;reserva, que me había infundido una mansa condescendencia con sus rarezas, cuando se&lt;br /&gt;trataba de pedirle el más ligero favor, aunque su larga inmovilidad me indicara que estaba&lt;br /&gt;detrás de su biombo, entregado a uno de sus sueños frente al muro.&lt;br /&gt;Meditando en esas cosas, y ligándolas al reciente descubrimiento de que había convertido&lt;br /&gt;mi oficina en su residencia, y sin olvidar sus mórbidas cavilaciones, meditando en estas&lt;br /&gt;cosas, repito, un sentimiento de prudencia nació en mi espíritu. Mis primeras reacciones&lt;br /&gt;habían sido de pura melancolía y lástima sincera, pero a medida que la desolación de&lt;br /&gt;Bartleby se agrandaba en mi imaginación, esa melancolía se convirtió en miedo, esa&lt;br /&gt;lástima en repulsión.&lt;br /&gt;Tan cierto es, y a la vez tan terrible, que hasta cierto punto el pensamiento o el&lt;br /&gt;espectáculo de la pena atrae nuestros mejores sentimientos, pero algunos casos especiales&lt;br /&gt;no van más allá. Se equivocan quienes afirman que esto se debe al natural egoísmo del&lt;br /&gt;corazón humano. Más bien proviene de cierta desesperanza de remediar un mal orgánico&lt;br /&gt;y excesivo. Y cuando se percibe que esa piedad no lleva a un socorro efectivo, el sentido&lt;br /&gt;común ordena al alma librarse de ella. Lo que vi esa mañana me convenció de que el&lt;br /&gt;amanuense era la víctima de un mal innato e incurable. Yo podía dar una limosna a su&lt;br /&gt;cuerpo; pero su cuerpo no le dolía; tenía el alma enferma, y yo no podía llegar a su alma.&lt;br /&gt;No cumplí, esa mañana, mi propósito de ir a la Trinidad. Las cosas que había visto me&lt;br /&gt;incapacitaban, por el momento, para ir a la iglesia. Al dirigirme a mi casa, iba pensando&lt;br /&gt;en lo que haría con Bartleby. Al fin me resolví: lo interrogaría con calma, la mañana&lt;br /&gt;siguiente, acerca de su vida, etc., y si rehusaba contestarme francamente y sin reticencias&lt;br /&gt;(y suponía que él preferiría no hacerlo), le daría un billete de veinte dólares, además de lo&lt;br /&gt;que le debía, diciéndole que ya no necesitaba sus servicios; pero que en cualquier otra&lt;br /&gt;forma en que necesitara mi ayuda, se la prestaría gustoso, especialmente le pagaría los&lt;br /&gt;gastos para trasladarse al lugar de su nacimiento dondequiera que fuera. Además, si al&lt;br /&gt;llegar a su destino necesitaba ayuda, una carta haciéndomelo saber no quedaría sin&lt;br /&gt;respuesta.&lt;br /&gt;La mañana siguiente llegó.&lt;br /&gt;Bartleby&lt;br /&gt;dije,&lt;br /&gt;llamándolo comedidamente.&lt;br /&gt;Silencio.&lt;br /&gt;Bartleby&lt;br /&gt;dije&lt;br /&gt;en tono aún más suavevenga,&lt;br /&gt;no le voy a pedir que haga nada que usted&lt;br /&gt;preferiría no hacer. Sólo quiero conversar con usted.&lt;br /&gt;Con esto, se me acercó silenciosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Quiere decirme, Bartleby, dónde ha nacido?&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Quiere contarme algo de usted?&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo.&lt;br /&gt;Pero&lt;br /&gt;¿qué objeción razonable puede tener para no hablar conmigo? Yo quisiera ser un&lt;br /&gt;amigo.&lt;br /&gt;Mientras yo hablaba, no me miró. Tenía los ojos fijos en el busto de Cicerón, que estaba&lt;br /&gt;justo detrás de mí, a unas seis pulgadas sobre mi cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cuál es su respuesta, Bartleby? le&lt;br /&gt;pregunté, después de esperar un buen rato, durante&lt;br /&gt;el cual su actitud era estática, notándose apenas un levísimo temblor en sus labios&lt;br /&gt;descoloridos.&lt;br /&gt;Por&lt;br /&gt;ahora prefiero no contestar dijo,&lt;br /&gt;y se retiró a su ermita.&lt;br /&gt;Tal vez fui débil, lo confieso, pero su actitud en esta ocasión me irritó. No sólo parecía&lt;br /&gt;acechar en ella cierto desdén tranquilo; su terquedad resultaba desagradecida si se&lt;br /&gt;considera el indiscutible buen trato y la indulgencia que había recibido de mi parte.&lt;br /&gt;De nuevo me quedé pensando qué haría. Aunque me irritaba su proceder, aunque al&lt;br /&gt;entrar en la oficina yo estaba resuelto a despedirlo, un sentimiento supersticioso golpeó&lt;br /&gt;en mi corazón y me prohibió cumplir mi propósito, y me dijo que yo sería un canalla si&lt;br /&gt;me atrevía a murmurar una palabra dura contra el más triste de los hombres. Al fin,&lt;br /&gt;colocando familiarmente mi silla detrás de su biombo, me senté y le dije:&lt;br /&gt;Dejemos&lt;br /&gt;de lado su historia, Bartleby; pero permítame suplicarle amistosamente que&lt;br /&gt;observe en lo posible las costumbres de esta oficina. Prométame que mañana o pasado&lt;br /&gt;ayudará a examinar documentos; prométame que dentro de un par de días se volverá un&lt;br /&gt;poco razonable, ¿verdad, Bartleby?&lt;br /&gt;Por&lt;br /&gt;ahora prefiero no ser un poco razonable fue&lt;br /&gt;su mansa y cadavérica respuesta. En&lt;br /&gt;ese momento se abrió la puerta vidriera y Nippers se acercó. Parecía víctima, contra la&lt;br /&gt;costumbre, de una mala noche, producida por una indigestión más severa que las de&lt;br /&gt;costumbre. Oyó las últimas palabras de Bartleby.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¿Prefiere no ser razonable?» gritó&lt;br /&gt;Nippers.&lt;br /&gt;Yo le daría preferencias, si fuera usted,&lt;br /&gt;señor. ¿Qué es, señor, lo que ahora prefiere no hacer? Bartleby&lt;br /&gt;no movió ni un dedo.&lt;br /&gt;Señor&lt;br /&gt;Nippers le&lt;br /&gt;dije,&lt;br /&gt;prefiero que, por el momento, usted se retire.&lt;br /&gt;No sé cómo, últimamente, yo había contraído la costumbre de usar la palabra preferir.&lt;br /&gt;Temblé pensando que mi relación con el amanuense ya hubiera afectado seriamente mi&lt;br /&gt;estado mental. ¿Qué otra y quizá más honda aberración podría traerme? Este recelo había&lt;br /&gt;influido en mi determinación de emplear medidas sumarias.&lt;br /&gt;Mientras Nippers, agrio y malhumorado, desaparecía, Turkey apareció, obsequioso y&lt;br /&gt;deferente.&lt;br /&gt;Con&lt;br /&gt;todo respeto, señor dijo,&lt;br /&gt;ayer estuve meditando sobre Bartleby, y pienso que si él&lt;br /&gt;prefiriera tomar a diario un cuarto de buena cerveza, le haría mucho bien, y lo habilitaría&lt;br /&gt;a prestar ayuda en el examen de documentos.&lt;br /&gt;Parece&lt;br /&gt;que usted también ha adopta do la palabra dije,&lt;br /&gt;ligeramente excitado.&lt;br /&gt;Con&lt;br /&gt;todo respeto. ¿Qué palabra, señor? preguntó&lt;br /&gt;Turkey, apretándose respetuosamente&lt;br /&gt;en el estrecho espacio detrás del biombo y obligándome, al hacerlo, a empujar al&lt;br /&gt;amanuense.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué palabra, señor?&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;quedarme aquí solo dijo&lt;br /&gt;Bartleby, como si lo ofendiera el verse atropellado en&lt;br /&gt;su retiro.&lt;br /&gt;Esa&lt;br /&gt;es la palabra, Turkey, ésa es.&lt;br /&gt;¡&lt;br /&gt;Ah!, ¿preferir?, ah, sí, curiosa palabra. Yo nunca la uso. Pero señor, como iba diciendo,&lt;br /&gt;si prefiriera...&lt;br /&gt;Turkey&lt;br /&gt;interrumpí,&lt;br /&gt;retírese, por favor.&lt;br /&gt;Ciertamente,&lt;br /&gt;señor, si usted lo prefiere.&lt;br /&gt;Al abrir la puerta vidriera para retirarse, Nippers desde su escritorio me echó una mirada&lt;br /&gt;y me preguntó si yo prefería papel blanco o papel azul para copiar cierto documento. No&lt;br /&gt;acentuó maliciosamente la palabra preferir. Se veía que había sido dicha&lt;br /&gt;involuntariamente. Reflexioné que era mi deber deshacerme de un demente, que ya, en&lt;br /&gt;cierto modo, había influido en mi lengua y quizá en mi cabeza y en las de mis&lt;br /&gt;dependientes. Pero juzgué prudente no hacerlo de inmediato.&lt;br /&gt;Al día siguiente noté que Bartleby no hacía más que mirar por la ventana, en su sueño&lt;br /&gt;frente a la pared. Cuando le pregunté por qué no escribía, me dijo que había resuelto no&lt;br /&gt;escribir más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué no? ¿Qué se propone? exclamé.&lt;br /&gt;¿ No escribir más?&lt;br /&gt;Nunca&lt;br /&gt;más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Y por qué razón?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿No la ve usted mismo? replicó&lt;br /&gt;con indiferencia.&lt;br /&gt;Lo miré fijamente y me pareció que sus ojos estaban apagados y vidriosos. Enseguida se&lt;br /&gt;me ocurrió que su ejemplar diligencia junto a esa pálida ventana, durante las primeras&lt;br /&gt;semanas, había dañado su vista.&lt;br /&gt;Me sentí conmovido y pronuncié algunas palabras de simpatía. Sugerí que, por supuesto,&lt;br /&gt;era prudente de su parte el abstenerse de escribir por un tiempo; y lo animé a tomar esta&lt;br /&gt;oportunidad para hacer ejercicios al aire libre. Pero no lo hizo. Días después, estando&lt;br /&gt;ausentes mis otros empleados, y teniendo mucha prisa por despachar ciertas cartas, pensé&lt;br /&gt;que no teniendo nada que hacer, Bartleby seria menos inflexible que de costumbre y&lt;br /&gt;querría llevármelas al Correo. Se negó rotundamente y aunque me resultaba molesto, tuve&lt;br /&gt;que llevarlas yo mismo. Pasaba el tiempo. Ignoro si los ojos de Bartleby se mejoraron o&lt;br /&gt;no. Me parece que sí, según todas las apariencias. Pero cuando se lo pregunté no me&lt;br /&gt;concedió una respuesta. De todos modos, no quería seguir copiando. Al fin, acosado por&lt;br /&gt;mis preguntas, me informó que había resuelto abandonar las copias.&lt;br /&gt;¡&lt;br /&gt;Cómo! exclamé.&lt;br /&gt;¿Si sus ojos se curaran, si viera mejor que antes, copiaría entonces?&lt;br /&gt;He&lt;br /&gt;renunciado a copiar contestó&lt;br /&gt;y se hizo a un lado.&lt;br /&gt;Se quedó como siempre, enclavado en mi oficina. ¡Qué! si&lt;br /&gt;eso fuera posiblese&lt;br /&gt;reafirmó&lt;br /&gt;más aún que antes. ¿Qué hacer? Si no hacia nada en la oficina: ¿por qué se iba a quedar?&lt;br /&gt;De hecho, era una carga, no sólo inútil, sino gravosa. Sin embargo, le tenía lástima. No&lt;br /&gt;digo sino la pura verdad cuando afirmo que me causaba inquietud. Si hubiese nombrado a&lt;br /&gt;algún pariente o amigo, yo le hubiera escrito, instándolo a llevar al pobre hombre a un&lt;br /&gt;retiro adecuado. Pero parecía solo, absolutamente solo en el universo. Algo como un&lt;br /&gt;despojo en mitad del océano Atlántico. A la larga, necesidades relacionadas con mis&lt;br /&gt;asuntos prevalecieron sobre toda consideración. Lo más bondadosamente posible, le dije&lt;br /&gt;a Bartleby que en seis días debía dejar la oficina. Le aconsejé tomar medidas en ese&lt;br /&gt;intervalo para procurarse una nueva morada. Le ofrecí ayudarlo en este empeño, si él&lt;br /&gt;personalmente daba el primer paso para la mudanza.&lt;br /&gt;Y&lt;br /&gt;cuando usted se vaya del todo, Bartleby añadí,&lt;br /&gt;velaré para que no salga&lt;br /&gt;completamente desamparado. Recuerde, dentro de seis días.&lt;br /&gt;Al expirar el plazo, espié detrás del biombo: ahí estaba Bartleby.&lt;br /&gt;Me abotoné el abrigo, me paré firme; avancé lentamente hasta tocarle el hombro y le dije:&lt;br /&gt;El&lt;br /&gt;momento ha llegado; debe abandonar este lugar; lo siento por usted; aquí tiene dinero,&lt;br /&gt;debe irse.&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no hacerlo replicó,&lt;br /&gt;siempre dándome la espalda.&lt;br /&gt;Pero&lt;br /&gt;usted debe irse.&lt;br /&gt;Silencio.&lt;br /&gt;Yo tenía una ilimitada confianza en su honradez. Con frecuencia me había devuelto&lt;br /&gt;peniques y chelines que yo había dejado caer en el suelo, porque soy muy descuidado con&lt;br /&gt;esas pequeñeces. Las providencias que adopté no se considerarán, pues, extraordinarias.&lt;br /&gt;Bartleby&lt;br /&gt;le&lt;br /&gt;dije,&lt;br /&gt;le debo doce dólares, aquí tiene treinta y dos; esos veinte son suyos&lt;br /&gt;¿quiere tomarlos? y&lt;br /&gt;le alcancé los billetes.&lt;br /&gt;Pero ni se movió.&lt;br /&gt;Los&lt;br /&gt;dejaré aquí, entonces y&lt;br /&gt;los puse sobre la mesa bajo un pisapapeles. Tomando mi&lt;br /&gt;sombrero y mi bastón me dirigí a la puerta, y volviéndome tranquilamente añadí:&lt;br /&gt;Cuando&lt;br /&gt;haya sacado sus cosas de la oficina, Bartleby, usted por supuesto cerrará con&lt;br /&gt;llave la puerta, ya que todos se han ido, y por favor deje la llave bajo el felpudo, para que&lt;br /&gt;yo la encuentre mañana. No nos veremos más. Adiós. Si más adelante, en su nuevo&lt;br /&gt;domicilio puedo serle útil, no deje de escribirme. Adiós Bartleby y que le vaya bien.&lt;br /&gt;No contestó ni una palabra, como la última columna de un templo en ruinas, quedó mudo&lt;br /&gt;y solitario en medio del cuarto desierto.&lt;br /&gt;Mientras me encaminaba a mi casa, pensativo, mi vanidad se sobrepuso a mi lástima. No&lt;br /&gt;podía menos de jactarme del modo magistral con que había llevado mi liberación de&lt;br /&gt;Bartleby. Magistral, lo llamaba, y así debía opinar cualquier pensador desapasionado. La&lt;br /&gt;belleza de mi procedimiento consistía en su perfecta serenidad. Nada de vulgares&lt;br /&gt;intimidaciones, ni de bravatas, ni de coléricas amenazas, ni de paseos arriba y abajo por&lt;br /&gt;el departamento, con espasmódicas órdenes vehementes a Bartleby de desaparecer con&lt;br /&gt;sus miserables bártulos. Nada de eso. Sin mandatos gritones a Bartleby como&lt;br /&gt;hubiera&lt;br /&gt;hecho un genio inferioryo&lt;br /&gt;había postulado que se iba, y sobre esa promesa había&lt;br /&gt;construido todo mi discurso. Cuanto más pensaba en mi actitud, más me complací en ella.&lt;br /&gt;Con todo, al despertarme la mañana siguiente, tuve mis dudas: mis humos de vanidad se&lt;br /&gt;habían desvanecido. Una de las horas más lúcidas y serenas en la vida del hombre es la&lt;br /&gt;del despertar. Mi procedimiento seguía pareciéndome tan sagaz como antes, pero sólo en&lt;br /&gt;teoría. Cómo resultaría en la práctica era lo que estaba por verse. Era una bella idea, dar&lt;br /&gt;por sentada la partida de Bartleby; pero, después de todo, esta presunción era sólo mía, y&lt;br /&gt;no de Bartleby. Lo importante era no que yo hubiera establecido que debía irse, sino que&lt;br /&gt;él prefiriera hacerlo. Era hombre de preferencias, no de presunciones.&lt;br /&gt;Después del almuerzo, me fui al centro, discutiendo las probabilidades pro y contra. A&lt;br /&gt;ratos pensaba que sería un fracaso y que encontraría a Bartleby en mi oficina como de&lt;br /&gt;costumbre; y enseguida tenía la seguridad de encontrar su silla vacía. Y así seguí&lt;br /&gt;titubeando. En la esquina de Broadway y la calle del Canal, vi a un grupo de gente muy&lt;br /&gt;excitada, conversando seriamente.&lt;br /&gt;Apuesto&lt;br /&gt;a que... oí&lt;br /&gt;decir al pasar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿A que no se va? ¡Ya está! dije,&lt;br /&gt;ponga su dinero.&lt;br /&gt;Instintivamente metí la mano en el bolsillo, para vaciar el mío, cuando me acordé que era&lt;br /&gt;día de elecciones. Las palabras que había oído no tenían nada que ver con Bartleby, sino&lt;br /&gt;con el éxito o fracaso de algún candidato para intendente. En mi obsesión, ya había&lt;br /&gt;imaginado que todo Broadway compartía mi excitación y discutía el mismo problema.&lt;br /&gt;Seguí, agradecido al bullicio de la calle, que protegía mi distracción. Como era mi&lt;br /&gt;propósito, llegué más temprano que de costumbre a la puerta de mi oficina. Me paré a&lt;br /&gt;escuchar. No había ruido. Debía de haberse ido. Probé el llamador. La puerta estaba&lt;br /&gt;cerrada con llave. Mi procedimiento había obrado como magia; el hombre había&lt;br /&gt;desaparecido. Sin embargo, cierta melancolía se mezclaba a esta idea: el éxito brillante&lt;br /&gt;casi me pesaba. Estaba buscando bajo el felpudo la llave que Bartleby debía haberme&lt;br /&gt;dejado cuando, por casualidad, pegué en la puerta con la rodilla, produciendo un ruido&lt;br /&gt;como de llamada, y en respuesta llegó hasta mí una voz que decía desde adentro:&lt;br /&gt;Todavía&lt;br /&gt;no; estoy ocupado.&lt;br /&gt;Era Bartleby.&lt;br /&gt;Quedé fulminado. Por un momento quedé como aquel hombre que, con su pipa en la&lt;br /&gt;boca, fue muerto por un rayo, hace ya tiempo, en una tarde serena de Virginia; fue&lt;br /&gt;muerto asomado a la ventana y quedó recostado en ella en la tarde soñadora, hasta que&lt;br /&gt;alguien lo tocó y cayó.&lt;br /&gt;¡&lt;br /&gt;No se ha ido! murmuré&lt;br /&gt;por fin. Pero una vez más, obedeciendo al ascendiente que el&lt;br /&gt;inescrutable amanuense tenía sobre mí, y del cual me era imposible escapar, bajé&lt;br /&gt;lentamente a la calle; al dar vuelta a la manzana, consideré qué podía hacer en esta&lt;br /&gt;inaudita perplejidad. Imposible expulsarlo a empujones; inútil sacarlo a fuerza de&lt;br /&gt;insultos; llamar a la policía era una idea desagradable; y, sin embargo, permitirle gozar de&lt;br /&gt;su cadavérico triunfo sobre mí, eso también era inadmisible. ¿Qué hacer? o, si no había&lt;br /&gt;nada que hacer, ¿qué dar por sentado? Yo había dado por sentado que Bartleby se iría;&lt;br /&gt;ahora podía yo retrospectivamente asumir que se había ido. En la legítima realización de&lt;br /&gt;esta premisa, podía entrar muy apurado en mi oficina, y fingiendo no ver a Bartleby,&lt;br /&gt;llevarlo por delante como si fuera el aire. Tal procedimiento tendría en grado singular&lt;br /&gt;todas las apariencias de una indirecta. Era bastante difícil que Bartleby pudiera resistir a&lt;br /&gt;esa aplicación de la doctrina de las suposiciones. Pero repensándolo bien, el éxito de este&lt;br /&gt;plan me pareció dudoso. Resolví discutir de nuevo el asunto.&lt;br /&gt;Bartleby&lt;br /&gt;le&lt;br /&gt;dije, con severa y tranquila expresión, entrando a la oficina,&lt;br /&gt;estoy&lt;br /&gt;disgustado muy seriamente. Estoy apenado, Bartleby. No esperaba esto de usted. Yo me&lt;br /&gt;lo había imaginado de caballeresco carácter, yo había pensado que en cualquier dilema&lt;br /&gt;bastaría la más ligera insinuación en&lt;br /&gt;una palabrasuposición.&lt;br /&gt;Pero parece que estoy&lt;br /&gt;engañado. ¡Cómo! agregué,&lt;br /&gt;naturalmente asombrado,&lt;br /&gt;¿ni siquiera ha tocado ese dinero?&lt;br /&gt;Estaba&lt;br /&gt;en el preciso lugar donde yo lo había dejado la víspera.&lt;br /&gt;No contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Quiere usted dejarnos, sí o no? pregunté&lt;br /&gt;en un arranque, avanzando hasta acercarme a&lt;br /&gt;él.&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no dejarlos replicó&lt;br /&gt;suavemente, acentuando el no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Y qué derecho tiene para quedarse? ¿Paga alquiler? ¿Paga mis impuestos? ¿Es suya la&lt;br /&gt;oficina?&lt;br /&gt;No contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Está dispuesto a escribir ahora? ¿Se ha mejorado de la vista? ¿Podría escribir algo para&lt;br /&gt;mi esta mañana, o ayudarme a examinar unas líneas, o ir al Correo? En una palabra,&lt;br /&gt;¿quiere hacer algo que justifique su negativa de irse?&lt;br /&gt;Silenciosamente se retiró a su ermita.&lt;br /&gt;Yo estaba en tal estado de resentimiento nervioso que me pareció prudente abstenerme de&lt;br /&gt;otros reproches. Bartleby y yo estábamos solos. Recordé la tragedia del infortunado&lt;br /&gt;Adams y del aún más infortunado Colt en la solitaria oficina de éste; y cómo el pobre&lt;br /&gt;Colt, exasperado por Adams, y dejándose llevar imprudentemente por la ira, fue&lt;br /&gt;precipitado al acto fatal, acto que ningún hombre puede deplorar más que el actor. A&lt;br /&gt;menudo he pensado que si este altercado hubiera tenido lugar en la calle o en una casa&lt;br /&gt;particular, otro hubiera sido su desenlace. La circunstancia de estar solos en una oficina&lt;br /&gt;desierta, en lo alto de un edificio enteramente desprovisto de domésticas asociaciones&lt;br /&gt;humanas una&lt;br /&gt;oficina sin alfombras, de apariencia, sin duda alguna, polvorienta y&lt;br /&gt;desoladadebe&lt;br /&gt;haber contribuido a acrecentar la desesperación del desventurado Colt.&lt;br /&gt;Pero cuando el resentimiento del viejo Adams se apoderó de mí y me tentó en lo&lt;br /&gt;concerniente a Bartleby, luché con él y lo vencí. ¿Cómo? Recordando sencillamente el&lt;br /&gt;divino precepto: Un nuevo mandamiento les doy: ámense los unos a los otros. Sí, esto fue&lt;br /&gt;lo que me salvó. Aparte de más altas consideraciones, la caridad obra como un principio&lt;br /&gt;sabio y prudente, como una poderosa salvaguardia para su poseedor. Los hombres han&lt;br /&gt;asesinado por celos, y por rabia, y por odio, y por egoísmo y por orgullo espiritual; pero&lt;br /&gt;no hay hombre, que yo sepa, que haya cometido un asesinato por caridad. La prudencia,&lt;br /&gt;entonces, si no puede aducirse motivo mejor, basta para impulsar a todos los seres hacia&lt;br /&gt;la filantropía y la caridad. En todo caso, en esta ocasión me esforcé en ahogar mi&lt;br /&gt;irritación con el amanuense, interpretando benévolamente su conducta. ¡Pobre hombre,&lt;br /&gt;pobre hombre!, pensé, no sabe lo que hace; y, además, ha pasado días muy duros y&lt;br /&gt;merece indulgencia.&lt;br /&gt;Procuré también ocuparme en algo; y al mismo tiempo consolar mi desaliento. Traté de&lt;br /&gt;imaginar que en el curso de la mañana, en un momento que le viniera bien, Bartleby, por&lt;br /&gt;su propia y libre voluntad, saldría de su ermita, decidido a encaminarse a la puerta. Pero,&lt;br /&gt;no, llegaron las doce y media, la cara de Turkey se encendió, volcó el tintero y empezó su&lt;br /&gt;turbulencia; Nippers declinó hacia la calma y la cortesía; Ginger Nut mascó su manzana&lt;br /&gt;del mediodía; y Bartleby siguió de pie en la ventana en uno de sus profundos sueños&lt;br /&gt;frente al muro. ¿Me creerán? ¿Me atreveré a confesarlo? Esa tarde abandoné la oficina,&lt;br /&gt;sin decirle ni una palabra más.&lt;br /&gt;Pasaron varios días durante los cuales, en momentos de ocio, revisé Sobre testamentos de&lt;br /&gt;Edwards y Sobre la necesidad de Priestley. Estos libros, dadas las circunstancias, me&lt;br /&gt;produjeron un sentimiento saludable. Gradualmente llegué a persuadirme de que mis&lt;br /&gt;disgustos acerca del amanuense estaban decretados desde la eternidad, y Bartleby me&lt;br /&gt;estaba destinado por algún misterioso propósito de la Divina Providencia, que un simple&lt;br /&gt;mortal como yo no podía penetrar. Sí, Bartleby, quédate ahí, detrás del biombo, pensé; no&lt;br /&gt;te perseguiré más; eres inofensivo y silencioso como una de esas viejas sillas; en una&lt;br /&gt;palabra, nunca me he sentido en mayor intimidad que sabiendo que estabas ahí. Al fin lo&lt;br /&gt;veo, lo siento; penetro el propósito predestinado de mi vida. Estoy satisfecho. Otros&lt;br /&gt;tendrán papeles más elevados, mi misión en este mundo, Bartleby, es proveerte de una&lt;br /&gt;oficina por el período que quieras. Creo que este sabio orden de ideas hubiera continuado,&lt;br /&gt;a no mediar observaciones gratuitas y maliciosas que me infligieron profesionales&lt;br /&gt;amigos, al visitar las oficinas. Como acontece a menudo, el constante roce con mentes&lt;br /&gt;mezquinas acaba con las buenas resoluciones de los más generosos. Pensándolo bien, no&lt;br /&gt;me asombra que a las personas que entraban a mi oficina les impresionara el peculiar&lt;br /&gt;aspecto del inexplicable Bartleby y se vieran tentadas de formular alguna siniestra&lt;br /&gt;observación. A veces un procurador visitaba la oficina y, encontrando solo al amanuense,&lt;br /&gt;trataba de obtener de él algún dato preciso sobre mi paradero; sin prestarle atención,&lt;br /&gt;Bartleby seguía inconmovible en medio del cuarto. El procurador, después de&lt;br /&gt;contemplarlo un rato, se despedía tan ignorante como había venido.&lt;br /&gt;También, cuando alguna audiencia tenía lugar, y el cuarto estaba lleno de abogados y&lt;br /&gt;testigos, y se sucedían los asuntos, algún letrado muy ocupado, viendo a Bartleby&lt;br /&gt;enteramente ocioso le pedía que fuera a buscar en su oficina (la del letrado) algún&lt;br /&gt;documento. Bartleby, en el acto, rehusaba tranquilamente y se quedaba tan ocioso como&lt;br /&gt;antes. Entonces el abogado se quedaba mirándolo asombrado, le clavaba los ojos y luego&lt;br /&gt;me miraba a mí. Y yo ¿qué podía decir? Por fin, me di cuenta de que en todo el círculo de&lt;br /&gt;mis relaciones corría un murmullo de asombro acerca del extraño ser que cobijaba en mi&lt;br /&gt;oficina. Esto me molestaba ya muchísimo. Se me ocurrió que podía ser longevo y que&lt;br /&gt;seguiría ocupando mi departamento, y desconociendo mi autoridad y asombrando a mis&lt;br /&gt;visitantes; y haciendo escandalosa mi reputación profesional; y arrojando una sombra&lt;br /&gt;general sobre el establecimiento y manteniéndose con sus ahorros (porque&lt;br /&gt;indudablemente no gastaba sino medio real por día), y que tal vez llegara a sobrevivirme&lt;br /&gt;y a quedarse en mi oficina reclamando derechos de posesión, fundados en la ocupación&lt;br /&gt;perpetua. A medida que esas oscuras anticipaciones me abrumaban, y que mis amigos&lt;br /&gt;menudeaban sus implacables observaciones sobre esa aparición en mi oficina, un gran&lt;br /&gt;cambio se operó en mí. Resolví hacer un esfuerzo enérgico y librarme para siempre de&lt;br /&gt;esta pesadilla intolerable.&lt;br /&gt;Antes de urdir un complicado proyecto, sugerí simplemente a Bartleby la conveniencia&lt;br /&gt;de su partida. En un tono serio y tranquilo, entregué la idea a su cuidadosa y madura&lt;br /&gt;consideración. Al cabo de tres días de meditación, me comunicó que sostenía su criterio&lt;br /&gt;original; en una palabra, que prefería permanecer conmigo.&lt;br /&gt;¿Qué hacer?, dije para mi, abotonando mi abrigo hasta el último botón. ¿Qué hacer?&lt;br /&gt;¿Qué debo hacer? ¿Qué dice mi conciencia que debería hacer con este hombre, o más&lt;br /&gt;bien, con este fantasma? Tengo que librarme de él; se irá, pero ¿cómo? ¿Echarás a ese&lt;br /&gt;pobre, pálido, pasivo mortal, arrojarás esa criatura indefensa? ¿Te deshonrarás con&lt;br /&gt;semejante crueldad? No, no quiero, no puedo hacerlo. Más bien lo dejaría vivir y morir&lt;br /&gt;aquí y luego emparedaría sus restos en el muro. ¿Qué harás entonces? Con todos tus&lt;br /&gt;ruegos, no se mueve. Deja los sobornos bajo tu propio pisapapeles, es bien claro que&lt;br /&gt;prefiere quedarse contigo.&lt;br /&gt;Entonces hay que hacer algo severo, algo fuera de lo común. ¿Cómo, lo harás arrestar por&lt;br /&gt;un gendarme y entregarás su inocente palidez a la cárcel? ¿Qué motivos podrías aducir?&lt;br /&gt;¿Es acaso un vagabundo? ¡Cómo!, ¿él, un vagabundo, un ser errante, él, que rehúsa&lt;br /&gt;moverse? Entonces, ¿porque no quiere ser un vagabundo, vas a clasificarlo como tal?&lt;br /&gt;Esto es un absurdo. ¿Carece de medios visibles de vida?, bueno, ahí lo tengo. Otra&lt;br /&gt;equivocación, indudablemente vive y ésta es la única prueba incontestable de que tiene&lt;br /&gt;medios de vida. No hay nada que hacer entonces. Ya que él no quiere dejarme, yo tendré&lt;br /&gt;que dejarlo. Mudaré mi oficina; me mudaré a otra parte, y le notificaré que si lo&lt;br /&gt;encuentro en mi nuevo domicilio procederé contra él como contra un vulgar intruso.&lt;br /&gt;Al día siguiente le dije:&lt;br /&gt;Estas&lt;br /&gt;oficinas están demasiado lejos de la Municipalidad, el aire es malsano. En una&lt;br /&gt;palabra: tengo el proyecto de mudarme la semana próxima, y ya no requeriré sus&lt;br /&gt;servicios. Se lo comunico ahora, para que pueda buscar otro empleo.&lt;br /&gt;No contestó y no se dijo nada más.&lt;br /&gt;En el día señalado contraté carros y hombres, me dirigí a mis oficinas, y teniendo pocos&lt;br /&gt;muebles, todo fue llevado en pocas horas. Durante la mudanza el amanuense quedó atrás&lt;br /&gt;del biombo, que ordené fuera lo último en sacarse. Lo retiraron, lo doblaron como un&lt;br /&gt;enorme pliego; Bartleby quedó inmóvil en el cuarto desnudo. Me detuve en la entrada,&lt;br /&gt;observándolo un momento, mientras algo dentro de mí, me reconvenla.&lt;br /&gt;Volví a entrar, con la mano en el bolsillo y mi corazón en la boca.&lt;br /&gt;Adiós,&lt;br /&gt;Bartleby, me voy, adiós y que Dios lo bendiga de algún modo, y tome esto deslicé&lt;br /&gt;algo en su mano. Pero él lo dejó caer al suelo y entonces, raro es decirlo, me&lt;br /&gt;arranqué dolorosamente de quien tanto había deseado librarme.&lt;br /&gt;Establecido en mis oficinas, por uno o dos días mantuve la puerta con llave,&lt;br /&gt;sobresaltándome cada pisada en los corredores. Cuando volvía, después de cualquier&lt;br /&gt;salida, me detenía en el umbral un instante, y escuchaba atentamente al introducir la&lt;br /&gt;llave. Pero mis temores eran vanos. Bartleby nunca volvió.&lt;br /&gt;Pensé que todo iba bien, cuando un señor muy preocupado me visitó, averiguando si yo&lt;br /&gt;era el último inquilino de las oficinas en el n.º X de Wall Street.&lt;br /&gt;Lleno de aprensiones, contesté que sí.&lt;br /&gt;Entonces,&lt;br /&gt;señor dijo&lt;br /&gt;el desconocido, que resultó ser un abogado,&lt;br /&gt;usted es responsable&lt;br /&gt;por el hombre que ha dejado allí. Se niega a hacer copias; se niega a hacer todo; dice que&lt;br /&gt;prefiere no hacerlo; y se niega a abandonar el establecimiento.&lt;br /&gt;Lo&lt;br /&gt;siento mucho, señor le&lt;br /&gt;dije con aparente tranquilidad, pero con un temblor interior,&lt;br /&gt;pero el hombre al que usted alude no es nada mío, no es un pariente o un meritorio, para&lt;br /&gt;que usted quiera hacerme responsable.&lt;br /&gt;En&lt;br /&gt;nombre de Dios, ¿quién es?&lt;br /&gt;Con&lt;br /&gt;toda sinceridad no puedo informarlo. Yo no sé nada de él. Anteriormente lo tomé&lt;br /&gt;como copista; pero hace bastante tiempo que no trabaja para mí.&lt;br /&gt;Entonces,&lt;br /&gt;lo arreglaré. Buenos días, señor.&lt;br /&gt;Pasaron varios días y no supe nada más; y aunque a menudo sentía un caritativo impulso&lt;br /&gt;de visitar el lugar y ver al pobre Bartleby, un cierto escrúpulo, de no sé qué, me detenía.&lt;br /&gt;Ya he concluido con él, pensaba, al fin, cuando pasó otra semana sin más noticias. Pero al&lt;br /&gt;llegar a mi oficina, al día siguiente, encontré varias personas esperando en mi puerta, en&lt;br /&gt;un estado de gran excitación.&lt;br /&gt;Este&lt;br /&gt;es el hombre, ahí viene gritó&lt;br /&gt;el que estaba delante, y que no era otro que el&lt;br /&gt;abogado que me había visitado.&lt;br /&gt;Usted&lt;br /&gt;tiene que sacarlo, señor, en el acto gritó&lt;br /&gt;un hombre corpulento adelantándose y&lt;br /&gt;en el que reconocí al propietario del n.º X de Wall Street.&lt;br /&gt;Estos caballeros, mis&lt;br /&gt;inquilinos, no pueden soportarlo más; El señor B. señalando&lt;br /&gt;al abogadolo&lt;br /&gt;ha echado de&lt;br /&gt;su oficina, y ahora persiste en ocupar todo el edificio, sentándose de día en los pasamanos&lt;br /&gt;de la escalera y durmiendo a la entrada, de noche. Todos están inquietos; los clientes&lt;br /&gt;abandonan las oficinas; hay temores de un tumulto, usted tiene que hacer algo,&lt;br /&gt;inmediatamente.&lt;br /&gt;Horrorizado ante este torrente, retrocedí y hubiera querido encerrarme con llave en mi&lt;br /&gt;nuevo domicilio. En vano protesté que nada tenía que ver con Bartleby. En vano: yo era&lt;br /&gt;la última persona relacionada con él y nadie quería olvidar esa circunstancia.&lt;br /&gt;Temeroso de que me denunciaran en los diarios (como alguien insinuó oscuramente)&lt;br /&gt;consideré el asunto y dije que si el abogado me concedía una entrevista privada con el&lt;br /&gt;amanuense en su propia oficina (la del abogado), haría lo posible para librarlos del&lt;br /&gt;estorbo.&lt;br /&gt;Subiendo a mi antigua morada, encontré a Bartleby silencioso, sentado sobre la baranda&lt;br /&gt;en el descanso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué está haciendo ahí, Bartleby? le&lt;br /&gt;dije.&lt;br /&gt;Sentado&lt;br /&gt;en la baranda respondió&lt;br /&gt;humildemente.&lt;br /&gt;Lo hice entrar a la oficina del abogado, que nos dejó solos.&lt;br /&gt;Bartleby&lt;br /&gt;dije,&lt;br /&gt;¿se da cuenta de que está ocasionándome un gran disgusto, con su&lt;br /&gt;persistencia en ocupar la entrada después de haber sido despedido de la oficina?&lt;br /&gt;Silencio.&lt;br /&gt;Tiene&lt;br /&gt;que elegir. O usted hace algo, o algo se hace con usted. Ahora bien, ¿qué clase de&lt;br /&gt;trabajo quisiera hacer? ¿Le gustaría volver a emplearse como copista?&lt;br /&gt;No,&lt;br /&gt;preferiría no hacer ningún cambio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Le gustaría ser vendedor en una tienda de géneros?&lt;br /&gt;Es&lt;br /&gt;demasiado encierro. No, no me gustaría ser vendedor; pero no soy exigente.&lt;br /&gt;¡&lt;br /&gt;Demasiado encierro grité,&lt;br /&gt;pero si usted está encerrado todo el día!&lt;br /&gt;Preferiría&lt;br /&gt;no ser vendedor respondió&lt;br /&gt;como para cerrar la discusión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué le parece un empleo en un bar? Eso no fatiga la vista.&lt;br /&gt;No&lt;br /&gt;me gustaría, pero, como he dicho antes, no soy exigente.&lt;br /&gt;Su locuacidad me animó. Volví a la carga.&lt;br /&gt;Bueno,&lt;br /&gt;¿entonces quisiera viajar por el país como cobrador de comerciantes? Sería&lt;br /&gt;bueno para su salud.&lt;br /&gt;No,&lt;br /&gt;preferiría hacer otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿No iría usted a Europa, para acompañar a algún joven y distraerlo con su conversación?&lt;br /&gt;¿No le agradaría eso?&lt;br /&gt;De&lt;br /&gt;ninguna manera. No me parece que haya en eso nada preciso. Me gusta estar fijo en&lt;br /&gt;un sitio. Pero no soy exigente.&lt;br /&gt;Entonces,&lt;br /&gt;quédese fijo grité,&lt;br /&gt;perdiendo la paciencia. Por primera vez, en mi&lt;br /&gt;desesperante relación con él, me puse furioso.&lt;br /&gt;¡Si usted no se va de aquí antes del&lt;br /&gt;anochecer; me veré obligado, en verdad, estoy obligado, a irme yo mismo! dije,&lt;br /&gt;un poco&lt;br /&gt;absurdamente, sin saber con qué amenaza atemorizarlo para trocar en obediencia su&lt;br /&gt;inmovilidad. Desesperado de cualquier esfuerzo ulterior; precipitadamente me iba,&lt;br /&gt;cuando se me ocurrió un último pensamiento uno&lt;br /&gt;ya vislumbrado por mí.&lt;br /&gt;Bartleby&lt;br /&gt;dije,&lt;br /&gt;en el tono más bondadoso que pude adoptar; dadas las circunstancias¿&lt;br /&gt;usted no iría a casa conmigo? No a mi oficina, sino a mi casa, ¿a quedarse allí hasta&lt;br /&gt;encontrar un arreglo conveniente? Vámonos ahora mismo.&lt;br /&gt;No,&lt;br /&gt;por el momento preferiría no hacer ningún cambio.&lt;br /&gt;No contesté; pero eludiendo a todos por lo súbito y rápido de mi fuga, huí del edificio,&lt;br /&gt;corrí por Wall Street hacia Broadway y saltando en el primer ómnibus me vi libre de toda&lt;br /&gt;persecución. Apenas vuelto a mi tranquilidad, comprendí que yo había hecho todo lo&lt;br /&gt;humanamente posible, tanto respecto a los pedidos del propietario y sus inquilinos, como&lt;br /&gt;respecto a mis deseos y mi sentido del deber; para beneficiar a Bartleby, y protegerlo de&lt;br /&gt;una ruda persecución. Procuré estar tranquilo y libre de cuidados; mi conciencia&lt;br /&gt;justificaba mi intento, aunque a decir verdad, no logré el éxito que esperaba. Tal era mi&lt;br /&gt;temor de ser acosado por el colérico propietario y sus exasperados inquilinos, que&lt;br /&gt;entregando por unos días mis asuntos a Nippers, me dirigí a la parte alta de la ciudad, a&lt;br /&gt;través de los suburbios, en mi coche; crucé de Jersey City a Hoboken, e hice fugitivas&lt;br /&gt;visitas a Manhattanville y Astoria. De hecho, casi estuve domiciliado en mi coche&lt;br /&gt;durante ese tiempo. Cuando regresé a la oficina, encontré sobre mi escritorio una nota del&lt;br /&gt;propietario. La abrí con temblorosas manos. Me informaba que su autor había llamado a&lt;br /&gt;la policía, y que Bartleby había sido conducido a la cárcel como vagabundo. Además,&lt;br /&gt;como yo lo conocía más que nadie, me pedía que concurriera y que hiciera una&lt;br /&gt;declaración conveniente de los hechos. Estas nuevas tuvieron sobre mi un efecto&lt;br /&gt;contradictorio. Primero, me indignaron, luego casi merecieron mi aprobación. El carácter&lt;br /&gt;enérgico y expeditivo del propietario le había hecho adoptar un temperamento que yo no&lt;br /&gt;hubiera elegido; y, sin embargo, como último recurso, dadas las circunstancias&lt;br /&gt;especiales, parecía el único camino.&lt;br /&gt;Supe después que cuando le dijeron al amanuense que sería conducido a la cárcel, éste no&lt;br /&gt;ofreció la menor resistencia. Con su pálido modo inalterable, silenciosamente asintió.&lt;br /&gt;Algunos curiosos o apiadados espectadores se unieron al grupo; encabezada por uno de&lt;br /&gt;los gendarmes, del brazo de Bartleby, la silenciosa procesión siguió su camino entre todo&lt;br /&gt;el ruido, y el calor, y la felicidad de las aturdidas calles al mediodía.&lt;br /&gt;El mismo día que recibí la nota, fui a la cárcel. Buscando al empleado, declaré el&lt;br /&gt;propósito de mi visita, y fui informado que el individuo que yo buscaba estaba, en efecto,&lt;br /&gt;ahí dentro. Aseguré al funcionario que Bartleby era de una cabal honradez y que merecía&lt;br /&gt;nuestra lástima, por inexplicablemente excéntrico que fuera. Le referí todo lo que sabía, y&lt;br /&gt;le sugerí que lo dejaran en un benigno encierro hasta que algo menos duro pudiera&lt;br /&gt;hacerse aunque&lt;br /&gt;no sé muy bien en qué pensaba. De todos modos, si nada se decidía, el&lt;br /&gt;asilo debía recibirlo. Luego solicité una entrevista.&lt;br /&gt;Como no había contra él ningún cargo serio, y era inofensivo y tranquilo, le permitían&lt;br /&gt;andar en libertad por la prisión y particularmente por los patios cercados de césped. Ahí&lt;br /&gt;lo encontré, solitario en el más quieto de los patios, con el rostro vuelto a un alto muro,&lt;br /&gt;mientras alrededor; me pareció ver los ojos de asesinos y de ladrones, atisbando por las&lt;br /&gt;estrechas rendijas de las ventanas.&lt;br /&gt;¡&lt;br /&gt;Bartleby!&lt;br /&gt;Lo&lt;br /&gt;conozco dijo&lt;br /&gt;sin darse vueltay&lt;br /&gt;no tengo nada que decirle.&lt;br /&gt;Yo&lt;br /&gt;no soy el que le trajo aquí, Bartleby dije&lt;br /&gt;profundamente dolido por su sospecha.&lt;br /&gt;Para usted, este lugar no debe ser tan vil. Nada reprochable lo ha traído aquí. Vea, no es&lt;br /&gt;un lugar tan triste, como podría suponerse. Mire, ahí está el cielo, y aquí el césped.&lt;br /&gt;Sé&lt;br /&gt;dónde estoy replicó,&lt;br /&gt;pero no quiso decir nada más, y entonces lo dejé.&lt;br /&gt;Al entrar de nuevo en el corredor; un hombre ancho y carnoso, de delantal, se me acercó,&lt;br /&gt;y señalando con el pulgar sobre el hombro, dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Ése es su amigo?&lt;br /&gt;Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Quiere morirse de hambre? En tal caso, que observe el régimen de la prisión y saldrá&lt;br /&gt;con su gusto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Quién es usted? le&lt;br /&gt;pregunté, no acertando a explicarme una charla tan poco oficial en&lt;br /&gt;ese lugar.&lt;br /&gt;Soy&lt;br /&gt;el despensero. Los caballeros que tienen amigos aquí me pagan para que los provea&lt;br /&gt;de buenos platos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Es cierto? le&lt;br /&gt;pregunté al guardián. Me contestó que sí.&lt;br /&gt;Bien,&lt;br /&gt;entonces dije,&lt;br /&gt;deslizando unas monedas de plata en la mano del despensero,&lt;br /&gt;quiero que mi amigo esté particularmente atendido. Dele la mejor comida que encuentre.&lt;br /&gt;Y sea con él lo más atento posible.&lt;br /&gt;Presénteme,&lt;br /&gt;¿quiere? dijo&lt;br /&gt;el despensero, con una expresión que parecía indicar la&lt;br /&gt;impaciencia de ensayar inmediatamente su urbanidad.&lt;br /&gt;Pensando que podía redundar en beneficio del amanuense, accedí, y preguntándole su&lt;br /&gt;nombre, me fui a buscar a Bartleby.&lt;br /&gt;Bartleby,&lt;br /&gt;éste es un amigo, usted lo encontrará muy útil.&lt;br /&gt;Servidor;&lt;br /&gt;señor dijo&lt;br /&gt;el despensero, haciendo un lento saludo, detrás del delantal.&lt;br /&gt;Espero que esto le resulte agradable, señor; lindo césped, departamentos frescos, espero&lt;br /&gt;que pase un tiempo con nosotros, trataremos de hacérselo agradable. ¿Qué quiere cenar&lt;br /&gt;hoy?&lt;br /&gt;Prefiero&lt;br /&gt;no cenar hoy dijo&lt;br /&gt;Bartleby, dándose vuelta.&lt;br /&gt;Me haría mal; no estoy&lt;br /&gt;acostumbrado a cenar con&lt;br /&gt;estas palabras se movió hacia el otro lado del cercado, y se&lt;br /&gt;quedó mirando la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo es esto? dijo&lt;br /&gt;el hombre, dirigiéndose a mí con u
